VALLE INFERIOR DEL OMO

VALLE INFERIOR DEL OMO

Año de inclusión en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad: 1980.

Situación: Extremo meridional del país, en la región de Gemu Gofa.

Accesos: Por carretera desde la localidad de Jima, que cuenta con aeropuerto regional.

 

En los albores de nuestra especie

El río Awash se abría paso por una sabana, como hemos podido ver, y por allí pasaron grupos humanos procedentes al parecer de tierras más meridionales. Es muy probable que el lugar que vamos a visitar ahora se encuentre dentro del área que podemos considerar el origen de esos grupos que vimos en aquel valle. Son hipótesis que, sin embargo, van confirmando los sucesivos hallazgos que se han ido produciendo desde que paleontólogos como Leakey, Arambourg, Howell o Chavaillon han ido trabajando con tesón por estas tierras, sacando a la luz huesos e incluso esqueletos completos de individuos pertenecientes a diferentes grupos de primates y homínidos.

El río Omo es uno de los muchos que nacen en las altas tierras centrales del macizo Etíope. Desciende impetuoso por valles estrechos y gargantas, por lugares a los que con frecuencia el hombre no puede acceder, excavando un paisaje de impresionante belleza a su paso. En su curso inferior, donde el valle se ensancha, las orillas y las laderas cubiertas del verde de la vegetación que se extienden hasta su desembocadura en el gran lago Turkana, han sido testigos del paso de primates que progresivamente iban adquiriendo la postura erguida que les permitía desplazarse con mayor soltura por las áreas de sabana que comienzan a aparecer en cotas inferiores. Han sido varios millones de años los transcurridos entre el primate arborícola y el primer homínido que de modo regular avanzaba trabajosamente de pie entre los matorrales, utilizando sus manos para recoger frutos o asir piedras con las que defenderse del ataque de un enemigo.

El proceso ha sido lento y en su transcurso la naturaleza ha ido ensayando las posibles soluciones que mejor se adaptaran a las condiciones del medio. Es indudable que en un entorno de sabana y bosque, la postura erguida posee ventajas para un primate no especializado, que le permiten así sacar mejor provecho de cualquier tipo de circunstancia. La falta de especialización fue, precisamente, uno de los factores que contribuyeron a la evolución de la especie humana. La enorme masa muscular que necesita para sus mandíbulas un depredador especializado en el consumo de carne o para sus extremidades otro especializado en la carrera o en el desplazamiento entre las ramas de los árboles, impiden que pueda adaptarse bien a un medio en que no se da con claridad ninguna de las condiciones óptimas que necesita para su desarrollo.

Nuestros antepasados homínidos, en cambio, recurrían a la carrera en terreno llano, al salto entre matorrales y pequeños obstáculos, a trepar por las ramas al llegar al bosque, se alimentaban de frutos de los árboles cuando maduraban, de las semillas caídas en el suelo, de los tubérculos y de pequeñas presas que ocasionalmente podían capturar. Por consiguiente, su espectro trófico y de espacio se multiplicaba y ahí radica la clave de su éxito. Al quedar abiertas las posibilidades de evolucionar en muy diferentes sentidos, los homínidos se diversificaron en especies y subespecies distintas.

Los Australopithecus constituyeron uno de esos géneros evolucionados que ya se desplazaban erguidos y que agrupaban infinidad de especies, de las que conocemos las pocas cuyos esqueletos se han conservado hasta nuestros días. Un grupo de ellos, más antiguo, constituye lo que se llama A. robustus, mientras que el otro, el A. gracilis, más moderno, pues frente a los cuatro millones de años de antigüedad del primero sólo cuenta con tres millones, recibe esa denominación por presentar rasgos más definidos en el sentido de la especie humana, hasta el punto que posee rasgos análogos a muchos de los Homo que comenzaron a aparecer entonces.

Cuando los últimos A. gracilis desaparecieron hace un millón de años más o menos, debían convivir ya en esta región con distintos grupos de Horno erectus.

Los yacimientos del valle inferior del río Omo han sacado a la luz no sólo los huesos de todos estos grupos humanos, sino también primitivos utensilios pertenecientes a todos ellos. Es un hecho muy importante, pues constituye la prueba de una primitiva culturización. Aunque los menos evolucionados de esos grupos emplearan simples piedras a modo de herramientas, como hacen también algunos grupos actuales de primates e incluso de animales diversos, otros usaban ya piedras modificadas expresamente para un fin determinado.

Los paleontólogos han desenterrado también huesos de muchos animales que vivieron en aquella época, así como restos de los vegetales que crecían entonces, lo que permite conocer el entorno en que vivieron. Estudiando el tamaño de los huesos, el modo de inserción de la musculatura, la forma y el tamaño de los dientes y la capacidad de la caja craneana, han podido elaborar modelos que nos muestran unos hombres rudos con una progresiva adquisición de rasgos humanos modernos a medida que se acercan en el tiempo hasta nuestros días.

La evolución humana no fue lineal, sino una larga carrera zigzagueante. Una vez adquirido un rasgo que reportaba ventajas evolutivas, es decir, una mejor capacidad de supervivencia en el medio, la naturaleza creaba diversos individuos con pequeñas diferencias e imponía su regla implacable haciendo que sólo sobrevivieran aquellos cuyos rasgos eran más eficaces. Otros, con rasgos más primitivos o menos eficaces, perduraron algún tiempo y fueron contemporáneos de los grupos evolucionados, pero acabaron por extinguirse.

37-Río Omo

También a orillas del río Omo los primitivos antecesores del hombre encontraron condiciones adecuadas para su desarrollo. Los restos petrificados hallados en estos yacimientos son un material decisivo para el estudio de la evolución humana.

Los Australopithecus robustus fueron una de esas líneas sin salida y se extinguieron. Los A. gracilis, mejor dotados para la supervivencia, también se extinguieron, pero algunos de sus descendientes evolucionaron para situarse dentro de la línea que dio origen al género Homo. Y lo mismo sucedió con éste. El H. erectus desapareció como tal, pero entre algunos de sus descendientes surgieron individuos más evolucionados, que formaron el grupo del H. sapiens presapiens, ya un directo antecesor nuestro y del que proceden al parecer los neandertales. Pero también acabó por extinguirse, mientras convivía con sus parientes más evolucionados, los H. sapiens sapiens, grupo al que pertenecernos los actuales seres humanos.

Se desconoce el momento preciso del paso de un grupo a otro o cómo sucedió, pues los restos disponibles sólo nos dan eslabones aislados, aunque cada vez poseemos más eslabones de esa larga cadena que conduce desde un pequeño mamífero del tamaño de una musaraña que vio algunos de los últimos dinosaurios pasar junto a él, hasta el sesudo investigador que inspecciona cuidadosamente los huesos que va encontrando enterrados a lo largo del valle del río Omo.

 

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