TRES NARRACIONES DE LA HUIDA A EGIPTO DE JESÚS – EVANGELIO DEL PSEUDOMATEO. CAPS. XVIII-XXIV .

1-Retablo de Verdú.Jaume Ferrer II. S.XV.metirta.online

EL RETABLO DE VERDÚ, cuyas piezas se conservan en el Museo Episcopal de Vich, es la obra más antigua y una de las más importantes de Jaime Ferrer II, quien debió de pintarla hacia 1434. El autor, a cuyo nombre suele asociarse el numeral II para distinguirle de Jaime Ferrer I, posiblemente padre o tío suyo y en todo caso su predecesor en el taller familiar establecido en Lérida, debió de nacer a principios del siglo XV en esta ciudad, donde documentalmente consta que estaba pintando en 1439 el retablo de la Virgen, de la capilla de la Pahería, en colaboración con un tal Pedro Teixidor. Del análisis estilístico de su obra deduce Gudiol Ricart su relación con el gran pintor de la escuela barcelonesa Bernat Martorell, en alguna de cuyas obras es posible rastrear cierta intervención suya, como, recíprocamente, es visible el influjo martorelliano en el retablo que nos ocupa. La tabla que aquí se reproduce manifiesta las excelentes dotes narrativas de Jaime Ferrer: los sagrados viajeros marchan guiados por un ángel y acompañados por una sirvienta con un hatillo de ropa en la cabeza (que no aparece en nuestra reproducción), en un fondo, asimismo suprimido, donde se ve un paisaje montañoso con un castillo, torres de vigía, una alquería y caminos que conducen a las edificaciones.

Los Evangelios canónicos son poco explícitos en lo referente a la infancia de Cristo. Acerca de la huída a Egipto no nos dan otra noticia que el siguiente pasaje de San Mateo (2, 13-15): “Así que partieron los Magos, he aquí que un ángel del Señor se aparece en sueños a José diciéndole: Levántate, toma contigo al Niño y a su Madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al Niño para acabar con él. Él, levantándose, tomó consigo al Niño y a su Madre, de noche, y se refugió en Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliese lo dicho por el Señor por boca del profeta: “De Egipto llamé a mi Hijo”.

Pero, desde muy antiguo, la piedad cristiana sintió el deseo de completar la sobriedad del texto evangélico, tanto en éste como en los demás pasajes de la infancia del Señor, con una serie de relatos cuyo origen se remonta a los primeros siglos de la Iglesia. Estas tradiciones nos han llegado a través de los Evangelios llamados “apócrifos”, en el sentido de textos no recogidos en el catálogo de las Escrituras, o, como decía ya Rufino en el siglo IV, “textos que los Padres no aceptaban para las lecturas públicas”. Rechazados como fuente de historicidad y de doctrina, estos textos no siempre entrañan en sí mismos la idea de falsedad o de error, y el hecho de que quedaran al margen de la Escritura obedece al cuidado que tuvieron los jefes de la primitiva Iglesia, ante el cúmulo de piadosos relatos que oralmente y por escrito se transmitían de una comunidad a otra, de guardar tan sólo aquello que era seguro, garantizado por la más sólida tradición. Al desbordamiento de imaginación que campea en esta literatura apócrifa la Iglesia opuso, por consiguiente, toda su sabiduría y prudencia y estableció pronto la discriminación entre textos apócrifos y textos inspirados.

En general, los apócrifos adolecen todos de los mismos defectos: la poca fidelidad a la verdad histórica; una ingenuidad rayana a veces en lo pueril; una deformación del relato auténtico que puede llegar, en ocasiones, a extremos de trivialidad o grosería. Pero, en compensación, ¡cuántas reconstrucciones de momentos inefables de la vida del Salvador, especialmente de su infancia rodeada del calor de la Sagrada Familia, no debemos a estos venerables escritos en los que las primeras comunidades cristianas dejaron deslizar su fervor ingenuo y comunicativo, recogiendo tradiciones y recuerdos que se transmitían afanosamente de una a otra! Ciñéndonos al tema de este opúsculo — la huida y estancia de la Santa Familia en Egipto —, episodios como la caída de los ídolos han pasado a la devoción popular y constituyen todavía un tema de plegaria y de meditación para muchos cristianos devotos, y ello es tanto más impresionante por cuanto la fuente más remota de semejantes relatos se encontraría tal vez en recuerdos locales traídos por viajeros llegados de orillas del Nilo a alguna ciudad de Asia o Grecia, contando que en su país se enseñaba aún la casa que había acogido al Niño y a sus padres fugitivos, las estatuas de los ídolos que se habían desplomado a su presencia, la palmera del desierto que les había alimentado milagrosamente, etc. Estos y otros incidentes, seguramente más pueriles, se narran en el texto que traducirnos a continuación, del Pseudo-Mateo, refundición elaborada hacia el siglo VI, o quizá antes, del llamado Proto-evangelio de Santiago, porque se decía escrito por Santiago el Menor y cuya redacción se operó en diversas etapas que arrancan del siglo II de nuestra era y alcanzan hasta los siglos V o VI.

Como hubiesen llegado a una gruta y se propusieran descansar en ella, María descabalgó de la burra y se sentó, colocando a Jesús en su regazo. Y tres muchachos acompañaban a José y una doncella a María. Y he aquí que, de repente, salieron de la gruta numerosos dragones, a la vista de los cuales los muchachos gritaron atemorizados. Entonces Jesús, bajando de las rodillas de la Virgen, se irguió ante los dragones; y éstos le adoraron y, después, se alejaron. Así se cumplió lo que había dicho el profeta David: “Alabad al Señor en la tierra, dragones y todos los abismos” (1).

Y el Niño Jesús, avanzando hacia los monstruos, les ordenó que no hicieran ningún daño a los hombres, pero María y José temían en gran manera que el pequeño fuese herido por los dragones. Y Jesús les dijo: “Tened ánimo, y no me toméis por un niño. Porque he sido siempre un hombre hecho, y es preciso que todas las fieras de los bosques se amansen ante Mí”.

Y del mismo modo, los leones y los leopardos le adoraban y le acompañaban por el desierto; y por doquiera que marchasen María y José, ellos les precedían, mostrando el camino, e, inclinando la cabeza, adoraban a Jesús. Y el primer día que María vió a los leones y a toda clase de animales allí cerca tuvo gran espanto. Pero el Niño Jesús, mirándola con el rostro iluminado por la alegría, la dijo: “No temas, Madre; porque no corren alrededor vuestro para haceros ningún daño, sino para serviros”. Y con estas palabras desvaneció los temores de sus corazones.

Y los leones hacían camino con ellos, y con los bueyes, los asnos y las bestias de carga sin causarles ningún daño; antes bien marchaban mansamente entre las ovejas y corderos que José había traído de Judea, e incluso los apacentaban con él. Y aquéllos avanzaban en medio de los lobos sin ningún temor y sin que éstos les causaran ningún mal. Así se cumplió lo que había dicho el profeta (Isaías]: “Los lobos pacerán con los corderos, y el león y el buey compartirán el forraje” (2). Porque llevaban dos bueyes y una carreta en que transportaban los utensilios caseros, y los leones les guardaban durante el camino.

(1) Salmo 148, 7. 9

(2) Isaías, 65, 25.

Y ocurrió que, al tercer día de la marcha, María sintióse fatigada por el ardor del sol del desierto. Y divisando una palmera, dijo a José: “Voy a descansar un poco bajo su sombra”. José se apresuró a conducirla junto a ella y la ayudó a descabalgar de la burra. Cuando María estuvo sentada, miró a la copa de la palmera y la vió cargada de frutos. Y dijo: “Quisiera, si ello es posible, probar los frutos de esta palmera”. José le contestó: “Me sorprende que hables así viendo la altura en que están las palmas, y que pretendas comer sus frutos. A mí, mucho más que esto, me preocupa la falta de agua, porque ya están vacíos nuestros odres y no tenemos de qué beber, ni nosotros, ni nuestras cabalgaduras”. Entonces el pequeño Jesús, que descansaba apaciblemente en el regazo de su Madre, dijo a la palmera: “Inclínate, árbol, y alimenta a mi Madre con tus frutos”. Y la palmera, obedeciendo a este mandato, inclinó en seguida su copa hasta los pies de María, para que pudiera coger frutos con que todos se refrescaran. Cuando todos ya estaban cogidos, el árbol permanecía aún inclinado, esperando la orden del que le había mandado hacerlo. Entonces, Jesús le dijo: “Enderézate, palmera; recupera tu fuerza. Desde ahora figurarás entre los árboles que están en el Paraíso de mi Padre. Abre la fuente de tus raíces escondida en el seno de la tierra, y que mane de ella agua con que apagar nuestra sed”. Al instante, la palmera se enderezó, y de entre sus raíces empezaron a manar fuentes de aguas muy límpidas, frescas y dulces. Y viéndolas se llenaron todos de gozo, y apagaron su sed, ellos y sus gentes y todas las bestias, y dieron gracias a Dios.

Al día siguiente todos reanudaron la marcha, y en el acto de ponerse en camino Jesús se volvió a la palmera y la dijo: “Te concedo, palmera, el privilegio de que una de tus ramas sea llevada por mis ángeles y plantada en el Paraíso de mi Padre. Te confiero esta bendición, a fin de que a todos los que hubiesen salido vencedores en alguna lucha se les diga: Tenéis la palma de la victoria”. Y mientras así hablaba, he aquí que apareció un ángel del Señor, de pie encima del árbol. Y tomando una de las ramas, voló al cielo, llevándola en la mano. Viendo lo cual, cayeron todos prosternados y quedaron como muertos. Jesús, entonces, les dijo: “¿Por qué dejáis que el miedo embargue vuestros corazones? ¿No sabéis que esta palma que he mandado trasladar al Paraíso está destinada, en este lugar de delicias, a todos los santos, del mismo modo que ha sido reservada para vosotros en el desierto?”. Y todos se levantaron llenos de alegría.

Cuando de nuevo se hallaban en marcha, José le dijo: “Señor, el calor nos abrasa; si te place, tomemos el camino de la orilla del mar, para poder descansar en las ciudades de la ribera”. Jesús respondió: “No temas, José. Voy a acortar vuestro camino de tal suerte que el recorrido que hubiese exigido treinta jornadas de viaje, lo atraveséis en una sola jornada”. Y mientras hablaba de este modo, empezaron a aparecer ante sus ojos las montañas y las ciudades de Egipto.

Alegres y gozosos, alcanzaron el país de Hermópolis, y penetraron en una ciudad, de Egipto que se llama Sotinen. No conociendo en ella a nadie que pudiese darles hospitalidad entraron en un templo que llamaban el capitolio de Egipto. Había en él trescientos sesenta y cinco ídolos, y cada día se tributaban a uno de ellos honores divinos y se le dedicaban ceremonias sacrílegas. Y acaeció que, cuando la bienaventurada Virgen María penetró en el templo con el Niño, todos los ídolos cayeron a tierra, de tal modo que se hicieron añicos y yacían con el rostro partido; y así quedó probada su falsedad. De este modo cumplióse lo que había dicho el profeta Isaías: “He aquí que el Señor cabalga sobre nube ligera y viene a Egipto, y estremécense los ídolos egipcios ante Él, y el corazón de Egipto se derrite en su interior” (3).

Entonces el gobernador de la ciudad, Afrodisio, enterado de lo sucedido, acudió al templo con todo su ejército. Al verle llegar con toda su hueste, los pontífices del templo creyeron que iban a presenciar la venganza contra los que habían causado la ruina de los dioses. Pero al entrar en el templo y ver a todos los ídolos por el suelo, el gobernador se acercó a María y adoró al Infante que tenía en su regazo. Y habiéndole adorado, dijo a sus hombres de armas y a sus amigos: “Si éste no fuese el Dios de nuestros dioses, éstos no hubieran caído en tierra ante Él ni se hubieran prosternado en su presencia; con ello han reconocido tácitamente que era su señor. Por lo que nos concierne, si obrando con prudencia no hacemos lo que nuestros dioses, corremos el riesgo de incurrir en su enojo y de sucumbir todos, como le sucedió a Faraón, rey de los egipcios, el cual, no queriendo dar fe a tales prodigios, fu é tragado por el mar con todo su ejército”. Entonces, todo el pueblo de aquella ciudad creyó en el Señor Dios por Jesucristo.

(3) Isaías, 19,

 

 

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