SUGERENCIAS PARA UNA MORAL NUEVA – JORDI LLIMONA (1924-2019)

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Por Jordi Llimona (1924-2019) monje de la Orden de los Capuchinos, Periodista y escritor.

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¿Nueva? No del todo. De hecho el que se propone es asumir todas las vivencias humanas y todas aquellas morales que las han recogido. Se propone no dejar nada fuera, no casarse con ningún sistema, y sobre todo con ningún sistema parcial, que son los que han regido el mundo, sino hacer una moral verdaderamente humana, partiendo del hombre, de todas sus necesidades y de todas sus tendencias. Me placería —dentro de esta línea— que la moral oficial de la Iglesia fuera más cristiana y menos aristotélica, menos maniquea y menos estoica, sobre todo que asumiera todo el hombre y todas sus necesidades, en una palabra, que no fuera tan parcial como ha estado hasta ahora. Si bajo la luz cristiana asumiera todo el hombre, haría un buen servicio en el mundo. Ciertamente, esto sería nuevo, nuevo y deseable.

Cuando se mira el horizonte moral del mundo y de la historia, se encara con una cierta perplejidad. Han existido varias morales, a veces opuestas, y casi siempre con la pretensión del exclusivo dominio de las conciencias. Nos topamos, pues, con un cierto relativismo fáctico en el campo moral: a pesar de que la naturaleza humana sea una, hay varias morales. Si la moral tiene que ser universal, ¿cómo es que hay varias morales? ¿Qué de estas es cierta? ¿O…, en un cierto grado, lo son todas? ¿Se puede hablar de moral absoluta, es decir, de valor absoluto, o…, se tiene que hablar de morales relativas, de valor relativo? ¿Estas tienen que tener relación con un valor absoluto para poder tener carta de ciudadanía? He aquí un puñado de preguntas que se presentan a nuestro panorama moral. De momento podemos decir, al menos, que existe el hecho del pluralismo moral.

Opino que hay un fondo de verdad en cada sistema moral, coeficiente suficiente para justificar nuestro respeto y, aun, nuestra estimación. En todos hay una voluntad de bien, una ordenación hacia el bien. En todos se quiere ordenar rectamente el comportamiento humano. Pero también es cierto que algunos traducirán con más aproximación su ordenación a la moral universal, al bien y a la verdad universal. Naturalmente que, para ser algo situado en nuestra dimensión temporal, se trata de una ordenación meramente aproximada, relativa, situada e histórica. Pero ordenación, aun así. Y si es así, contiene una exigencia de investigación y de ensambladura con aquel absoluto que nos excede.

Podemos constatar un pluralismo moral práctico que corresponde a un pluralismo de situaciones, y también un pluralismo moral ideológico correspondiendo a un pluralismo de culturas. Ahora, junto a este pluralismo, y en contradicción a un análisis objetivo, hay unos absolutismos morales e ideológicos, y a veces también prácticos. Algunos sistemas morales son más humildes, más cautos y, hasta, más científicos. No se atreven a tomar posiciones exclusivistas. Pero algunos son radicales, exclusivistas, y afirman la posesión absoluta de la verdad. Esta actitud absolutista —que se encuentra en las morales hebrea, cristiana, musulmana o marxista— en parte es debida a la idiosincrasia de los hombres que han originado estos sistemas, pero en parte también es debida a sus cimientos ideológicos.

Todo sistema religioso —que implica trascendencia, libertad e incondicionalmente— se origina en un contexto cultural determinado y es interpretado después por un pensamiento perteneciente a un contexto cultural concreto. Estos contextos pueden facilitar o dificultar la expansión de la vivencia religiosa, según que sean abiertos o cercados. La misma cosa pasa respecto a los sistemas éticos. Estos, tanto si son dependientes de un sistema religioso, como pasa generalmente, como si no lo son, existen en estrecha relación con un pensamiento determinado. Los sistemas morales de formas absolutas y exclusivistas dependen de metafísicas absolutas o de psicologías autoritarias.

En el caso cristiano, por ejemplo, el origen se dio en un contexto cultural hebreo, de psicología autoritaria, patriarcalista, pero de metafísica abierta, donde el concepto de tiempo no era algo cercado sino proyectado a un allá. A pesar de la dificultad del aspecto autoritario, su pensamiento facilitaba en gran medida la aparición y el desarrollo de la vivencia religiosa. Esta, pierde, fue interpretada a través del pensamiento griego, fundamentalmente cerrado. Este pensamiento dependía de la concepción cerrada del tiempo, un tiempo cíclico, y también, en buena parte, dependía de las concepciones de Parménides, para el cual los seres eran algo hecho, perfecto e inmutable. Las ideas de Platón, el ser parmeniano idealizado, o las esencias de  Aristóteles, el ser parmeniano ensimismado, mantienen el carácter cerrado de aquel ser: son algo necesario, eterno e inmutable. Consiguientemente, las morales que dependen de este pensamiento serán también, a su turno, algo necesario, eterno e inmutable: un absoluto. El ideal de las cuales consistirá en la realización de un arquetipo, que al ser algo pensado por el hombre se transforma en la autorrealización, en una mismidad, en una degradación entrópica. Y, al tratarse de cosas humanas, será un pequeño absoluto, un absolutito, un ídolo.

Las morales absolutas y exclusivistas no dependen solo de un pensamiento antiguo cercado —que excluye una visión del ser como algo dinámico, siempre haciéndose y siempre creador—, sino que dependen también de una concepción y de una estructura social autoritaria. Efectivamente, al abandonarse unas formas de vida más o menos comunitarias y más o menos matriarcales, o cuando menos donde los elementos femeninos tenían el mismo peso en la vida humana que los elementos masculinos, se adoptaron o, mejor dicho, se hicieron adoptar, unas formas patriarcales de vida, donde privaban casi absolutamente los elementos masculinos. Antes, la bondad, los intercambios sexuales, el gozo de vivir, la espontaneidad, la fraternidad y el colectivismo eran los valores aceptados en la sociedad. Pero cuando el varón se dio cuenta que los hijos de su compañera eran suyos, y que teniendo más hijos y más mujeres aseguraba mejor la economía, empezó a establecer las primeras limitaciones en la libertad de la mujer, y con ellas empezó la historia del dominio del hombre encima el otro hombre. Entonces nació la sociedad patriarcal y autoritaria, que todavía hoy perdura. En esta sociedad las costumbres fueron impuestas por el más fuerte, y se estableció un código moral que garantizara el funcionamiento y la persistencia de estas costumbres. Hacía falta, pues, establecer una moral del poder y de la inmovilidad. Esta situación de hecho encontró un buen aliado en el mundo ideológico de los absolutos, concretamente en la moral de los principios absolutos y de las normas inmutables. Así tenemos aliados la metafísica y el autoritarismo en el engendramiento de este pequeño monstruo: la moral absoluta y autoritaria, una moral que mantiene los intereses de unas clases. Así, el varón se impuso encima la mujer, el poderoso encima el débil, y este cada vez ha estado más débil y aquel más poderoso. Hasta que los débiles y las mujeres han tomado conciencia de su universal expoliación.

Hay más todavía. El hombre estaba poseído por el miedo, por el miedo ante la naturaleza al sentirse emergido de ella, diferenciado y solo, por el miedo de dejar de ser, por el miedo de la impotencia y del esfuerzo. En vez de reintegrarse a la naturaleza de una manera personal y libre por el trabajo del creador, se acobarda, se atemoriza frente a ella. Y, por otro lado, no solo tiene miedo de la propia debilidad, sino también de la fuerza de los otros, de los hombres como hombres, más todavía, de los hombres que había expoliado. Entonces establece un orden que lo defienda, y una moral que defienda este orden, una moral negativa, de temor y de represión. Finalmente, una visión negativa del ser y de la vida, especialmente de la materia y de todo el que  deriva de ella, así como un miedo a que lo insten, miedo a lo que no domina, hacen nacer en el hombre una aversión irracional a este ser, a esta materia y a esta instintividad, con la subsiguiente represión hacia todo lo que pueda ser una afirmación de la positividad del ser y de la vida. Las morales existentes se aliarán con este comportamiento, y ahogarán la joya de vivir, lo insten natural, la bondad del mundo, la confianza en el hombre, la apertura y el diálogo.

Las morales conocidas, unas más, otros menos, son, represivas, autoritarias y absolutistas. Nos encontramos ante unas morales exclusivistas que exigen un total acatamiento y el rechazo, también total, de cualquier otro sistema moral. Muchos han hecho de la verdad, y en este caso de la verdad moral, la «suya» verdad; entonces esta no es nada más que la expresión objectivizada del poder y de la historia de cada hombre, una historia apoyada en el pasado, regresiva. Así, el absolutismo metafísico y los absolutismos económicos, sociales, políticos y religiosos se unen para ir contra el hombre. Por otro lado toda expoliación no se puede aguantar si no está en base de una represión; de aquí que estas morales estén aliadas, en el transcurso de la historia, con los elementos más autoritarios y represores de la sociedad. Es el caso claro de la sujeción de la mujer, en que el macho ha tenido que recurrir a la represión: podemos bien decir que la cultura patriarcal fue creada bajo una losa represiva.

Esta represión se da ya en los inicios de la vida de un hombre. Efectivamente, al niño se le prohíben un puñado de cosas. Algunas le son prohibidas razonablemente, aunque no muchas veces de una manera razonable. Si la prohibición fuera realmente razonable y se hiciera de una manera razonable, se evitaría la tensión en el niño, y con ella la frustración y la subsiguiente agresividad. Otras veces las prohibiciones son del todo irracionales. La irracionalidad de la forma y la irracionalidad del fondo crean en el niño un super-yo, que él interioriza. Se encuentra reprimido y frustrado, y toma una actitud violentamente agresiva, tanto en el subconsciente como en el consciente. El subconsciente de cada persona es básicamente antisocial, porque para sobrevivir o para adaptarse al ambiente ha habido que renunciar al  instinto. Este cuando es bueno generalmente es bueno, cuando no se lo deforma— hace falta que tenga un libre curso.5 De aquí la importancia y la urgencia de establecer una moral no represiva en la sociedad. Evidentemente la moral no puede ir contra las tendencias biológicas naturales. Estas no son nunca nocivas por ellas mismas. Lo pueden ser por las desmesuras, pero no por su naturaleza. De aquí que tienen que poder ser satisfechas, y satisfechas a voluntad del hombre libre. Y que no se diga que la moral sea forzosamente represiva porque implica una opción, una elige. Nosotros cuando escogemos no reprimimos la cosa dejada, sino que, a causa de nuestra limitación,  preferimos una frente a las otras, las cuales no son rechazadas, sino estimadas de aquí el valor de la opción— y dejadas para otra ocasión. Por lo tanto, no se reprime, sino que se sitúa en una línea de posibilidades. La moral únicamente tiene que controlar las tendencias asociales que puedan anidar en el hombre, como son las tendencias agresivas, dominadoras o desintegradoras.

En el mundo de esta problemática hay que hacer notar el antagonismo existente entre la orden moral y el orden psicológico. No solo las conclusiones psicológicas, sino el que la psicología reclama para el desarrollo normal de un hombre, se contrapone a las exigencias de la moral existente. Evidentemente, si se da esta desarmonía es que hay algo que falla, o en las conclusiones psicológicas o en las normas morales. Siendo las normas morales de orden abstracto y autoritario, y siendo, por otro lado, las conclusiones psicológicas comprobadas empíricamente y científicamente, más bien habrá que creer que son las normas morales las que están equivocadas y las que se tendrán que modificar y adaptar a las necesidades de los hombres.

No creo en una moral abstracta, venida de las alturas, sino en una moral que corresponda a las necesidades humanas, hecho a medida de hombre y subsiguiente a los datos reales y empíricas. Una vez observada el hombre y su comportamiento, establecemos unas normas que regulen este comportamiento y faciliten el desarrollo del hombre. Es del todo inadmisible una moral apriorística, deducida de unos principios abstractos, a la cual se pretenda hacer adaptar el hombre. Recordamos las palabras de Cristo: «No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre» (Mc 2, 27). Es decir, no es el hombre para los ordenamientos y las estructuras, sino estos para aquel. No puede existir un antagonismo entre la psicología y la moral, sino que la moral tiene que ser conforme a la psicología.

Más bien tendríamos que decir que no hay contraposición entre comportamiento y regulación del comportamiento, sino que el malentendido empieza cuando la regulación procede de unos principios que no tienen en cuenta la realidad, sino que brotan de un mundo abstracto y autoritario, externo y forastero al hombre. O bien cuando se toma por comportamiento negativo el que en realidad es un comportamiento positivo y bueno. Solo pertenece a la regulación moral hacer que el comportamiento no sea desmesurado o que no atente a las necesidades y derechos de otro hombre. De ninguna forma no se puede tildar de inmoral un comportamiento que es simplemente algo humano, conforme a las necesidades del hombre y a sus tendencias. La realidad siempre tiene que preceder toda regulación moral y estar por sobre. Toda regulación que no tenga en cuenta el comportamiento natural del hombre acaba en una moral antinatural.

La visión dada en este largo apartado nos abastece un concepto bien negativo de la moral, mejor dicho, de la historia de la moral. Se han remarcado en él los aspectos negros. Pero sería injusto si no se afirmaran, paralelamente, los aspectos positivos. He dicho, muchas veces, que nada es del todo bueno ni nada es del malo, que el defecto y la calidad se entrelazan. Toda moral contiene una ordenación al bien. En el proceso histórico, que ha conducido a las morales que conocemos, se han mezclado los aspectos positivos y los negativos. A pesar del origen y el trasfondo patriarcal, autoritario, absoluto y represivo de las morales existentes, ha habido en ellas constantemente una voluntad de servir los hombres, de hacerlos más humanos y menos violentos. Después de haber pasado un largo tiempo, durante el cual ha cristalizado una situación determinada, se hace difícil humanamente hablando, y más en estos tiempos, distinguir la auténtica verdad y  descondicionarse de un estado de hecho. Por eso, a pesar del intento de formular una moral que humanizara las personas, en el fondo se las oprimía porque se partía de un origen falso.

Sin embargo, este intento de humanización constituye un verdadero esfuerzo y un auténtico progreso. Se busca en cada situación concreta lo mejor bien posible, aunque esta situación concreta no fuera globalmente justa ni fuera un ideal. Viste en nuestro tiempo y con nuestros ojos, podríamos tildar esto del posibilismo, tan emparentado muchas veces con el colaboracionismo. Pero no podemos hacer anacronismos, y nos tenemos que situar en las capacidades mentales de los hombres de aquellas épocas. Es del todo innegable que los antiguos códigos morales han ayudado el hombre a ser más hombre, han procurado disminuir la violencia de todo orden, y han procurado afirmar la verdad y la justicia, a pesar de todos sus defectos y limitaciones. Por los griegos, por ejemplo, el que es moral es areté, excelencia. Ser moral implica, para ellos, excelencia en humanidad, ilusión y rectitud en el comportamiento.

Las dos corrientes, el de deseo de humanización y el de mantener una situación concreta opresiva, se implican, de hecho, en la formulación de los códigos morales. Se mezclan inconscientemente muchas veces, otras con plena conciencia pero a regañadientes, como un mal menor. La buena actitud de presente no consiste a echar piedras encima la obra del pasado, sino a corregir los defectos. Si ahora somos conscientes de las corrientes negativas y de los aspectos espurios infiltrados, miramos de construir una moral limpia y positiva, que ayude verdaderamente el hombre de ahora a liberarse. Es evidente que toda moral tiene que estar fundamentada en una antropología. Según se entienda el hombre, así será la moral. Y el hombre es un ser inteligente, social, libre, amante y abierto. Y creador. Todas estas calidades tienen que ser tenidas en cuenta al construir una moral. Estas y todas las que se refieren al hombre como un ser sensible e imaginativo. El hombre se tiene que coger íntegramente y se tiene que desarrollar globalmente. Así, la moral se tiene que fundamentar en el hombre total, tiene que ayudar a liberarlo, a desarrollarlo y a permitirle, al máximo, la actividad creadora y la fruición de la vida.

No implicaría una actitud correcta afirmar que la norma consiste a no tener norma, fundamentándose en el puro acontecimiento. Es verdad que la vida es acontecimiento, pero también es ser, contenido, materia, energía y permanencia. Si bien es cierto que en las concepciones filosóficas y religiosas del pasado se ha tendido a olvidarse del acontecimiento y del cambio, no por eso ahora nos tenemos que olvidar del ser y la permanencia. Si volamos un hombre sano y equilibrado, tenemos que tener una cosmovisión completa y armónica, dentro de la cual el hombre  esté integralmente valorado. Tienen que existir, armónicamente sintetizadas, la razón y los sentimientos, la sensualidad y la imaginación. De aquí la necesidad de una antropología, de una axiología y, hasta, de una ontología que precedan y fundamenten toda regulación moral.

Desgraciadamente las morales que han existido, y sobre todo las que han dominado en Occidente, han sido unas morales intelectualistas, la norma de las cuales es conformarse a un arquetipo, el  arquetipo del hombre por Aristóteles, la ley divina por santo Tomás, la naturaleza divina por Scott, la fruición regida por la razón por los hedonistas. Se han olvidado otros aspectos del hombre, aspectos reivindicados por la contracultura y a casa nuestra por Rubert de Ventós cuando dice que se tiene que establecer una moral del imprevisto, del desconocido, de la sensualidad y de la imaginación, una moral de la apertura a los otros y de la disponibilidad.6 Tiene toda la razón cuando afirma que el buen comportamiento moral es aquel que trata de luchar contra el ethos, el carácter propio, el cual trata siempre de acoplarlo todo a la propia medida.7 Se tiene que abrir a los otros e ir más allá. Una moral cerrada seria siempre una moral regresiva. Pero no se tiene que olvidar que no podemos construir una moral fundamentada solo en el acontecimiento y las experiencias, como parece hacer Rubert, sino que se tiene que tener en cuenta todo el hombre y toda la realidad, incluidos los valores y el ser.

A la moral de la globalidad se le objeta que es regresiva y entrópica, porque tiende en un estado de quietud indeterminada, y porque solo desarrollando un aspecto del hombre este puede realmente progresar. Esto sería cierto si no se tuvieran en cuenta dos aspectos del hombre que le permiten romper la circunvalación de la entropía: la libertad y la creatividad. Por ellas el hombre, siempre y en cualquier situación, se proyecta allá y ultrapasa cualquier entropía y cualquier regresividad. El hombre, por la libertad y la creación, e indudablemente por la imaginación, es capaz de producir situaciones siempre nuevas. Con estas cualidades no hay que temer que el desarrollo global de las cualidades humanas y de las vivencias del hombre lo puedan dirigir en un estado entrópico, a la indiferenciación del medio inicial, al cero; sino lo contrario, el hombre está preparada para ir más allá.

La moral tiene que recoger toda esta problemática, y tiene que permitir al hombre vivir y desarrollarse. Tiene que regular la relación y la apertura a los otros y a todo, fomentada en un principio capital: el amor. Tener en cuenta todo el hombre, fundamentaste en el amor y exigir de hacer el bien y evitar el mal, he aquí qué tiene que ser toda moral que quiera ser tenida por humana. La moral tiene que ayudar e impulsar a amar, con todo el que significa esta noble realidad. El amor, que es una pura apertura al otro, una comunión, da la norma de todo comportamiento y, incluso, ilumina nuestro camino. Allá donde la razón se queda corta, el amor llega.

Damos ahora un vistazo a la moral llamada cristiana. Cuando hablamos aquí de moral cristiana nos referimos a la moral que actualmente se presenta bajo este nombre, prescindiendo de si realmente ha captado plenamente el mensaje de Cristo o no, y prescindiendo de si se  han introducido elementos extraños en el mensaje cristiano. Esta moral tiene, actualmente, planteados graves problemas no tan solo el de adaptación, sino  el de replanteamiento. En efecto, creo que no solo ha sufrido un desgaste en el transcurso del tiempo, o que ha tenido unas adherencias que le son sobreras, sino que ha sufrido un error de mayúsculo en la interpretación que se ha dado del mensaje de Cristo. No se ha aprovechado, ni a veces se ha tenido en cuenta, toda la fuerza que el mensaje de Jesús llevaba en sí, la carga de dinamismo, la fuerza del amor, el reclamo de respeto a Ia persona humana, el descondicionamiento de las conciencias, Ia desabsolutización de las realidades temporales y la exigencia de creer en el más allá. Todo esto ha quedado a la sombra, mientras han sobresalido principios o exigencias que provenían de fuentes extrañas al cristianismo. Habría que preguntarnos, como dice muy bien Marc Oraison, si esto que se denomina moral cristiana es realmente de origen cristiano o procede de otro lugar, principalmente de las doctrinas estoicas.8

La interpretación del cristianismo se hizo según el pensamiento de Platón y esta fuente, extraña no solo al contenido cristiano, sino también a la dimensión espacio-temporal donde se vació aquel contenido, ha marcado la mentalidad cristiana, el dogma y la moral. La vida cristiana, que tiene una exigencia de más allá, ha restado cerrada en unos conceptos y en unos principios inmutables y necesarios. La fe se ha reducido a una doctrina dogmática, el amor a una moral legalista y la vida a unas estructuras fosilizadas. Y la fe, el amor y la vida no pueden ser nunca cerrados, solo pueden ser vaciados en una dimensión dinámica, en una correntia que dirija siempre al más allá. Unos principios morales absolutos han sustituido una exigencia de comunión. El sábado ha triunfado encima el hombre, y el ser hecho de Parménides encima la vida que se hace. Jahvé, el Dios que «irá siendo para vosotros», el Dios que «iréis encontrando» y que «hace existir», se ha transformado en el Dios disecado y controlado de los manuales de teología. Y el hombre, el nómada libre del desierto, ha acabado siendo el prisionero de las ideologías de los dominadores.

Hacer triunfar la idea por encima del hombre ha llevado que los principios dominaran la realidad, no los principios que están en la realidad como fuerzas operativas del ser, sino unos principios hechos y amasados por el mismo hombre. Entonces el hombre se ha acontecido prisionero de su obra. Se procura elevar estos principios tanto más arriba cuanto más inconsistentes son. Y aquí caemos en el abstraccionismo. Los principios abstractos dominan encima las realidades concretas. Y el hombre, por un giro inimaginable, toma por realidad el que es una pura abstracción, obra suya, y pretende que el mundo real sea el mundo de las ideas. Con una lógica implacable quiere que la vida se sujete a los principios que él mismo ha creado. La moral cristiana sufre de este abstraccionismo, y ha confundido el mundo de la abstracción con el mundo de la realidad. No es lícito obligar a unos preceptos que solo se sostienen en las nubes. Y menos pretender que sujeten a los hombres aunque tengan que reventar. El hombre, que proviene de la tierra, solo puede ser hombre si cuenta con la tierra.

El maniqueísmo, conjuntamente con el platonismo, ha marcado la moral cristiana. Esta ideología, extremamente dualista, separaba radicalmente la materia y el espíritu, y concebía aquella como proveniente de un principio del mal. El mal iba vinculado a la materia, y toda afirmación o expansión de esta contribuía a la propagación del mal Se infiltró en el mundo cristiano, más por ósmosis ambiental que por vía filosófica, puesto que todo el Imperio  era lleno. San Agustín en su juventud fue maniqueo, y aunque después combatió esta tendencia la mantuvo en el subconsciente, y todo su pensamiento  está rellenado. Viendo la materia como mala, y con ella el sexo, el matrimonio y la ciudad temporal, muchos cristianos concibieron la vida de los religiosos como una conversión del mundo. Se vieron las relaciones sexuales como si fueran un pecado, y hasta dentro del matrimonio, solo permitidas en él para posar hijos en el mundo. En una palabra, el maniqueísmo ha marcado la moral cristiana haciéndole ver la materia y sus derivados, como la sensibilidad, la sensualidad, la sexualidad, el arte, las diversiones, la técnica, etc., como algo negativo, que había que mirar con desconfianza y combatir.

Todo esto está en contradicción no solo con la afirmación del ser y de la materia como realidades positivas, sino también con la historia de la salvación. Efectivamente, el Dios que crea la primera materia y la ornamenta a través de la evolución, la erige como buena y se  complace, y después lo asumirá en el Cristo para ser signo de su presencia en medio nuestro. La dialéctica de la creación y de la encarnación, de la sacramentalidad y de la liturgia, constituye una afirmación de la bonanza de la materia. De aquí el gran error de la moral dicha cristiana, de abastecernos una visión negativa de la materia, del mundo y del sexo. La frustración producida por esta actitud ha neurotizado a generaciones enteras y ha privado de la gozo de vivir a los hombres de nuestro mundo, que algunos han convertido en un valle de lágrimas. Esto ha estado motivo que muchos se separaran de esta Iglesia que los privaba del gozo de vivir y que mantenía una visión pesimista y desconfiada de los hombres y del mundo. El mundo tiene una cita con el esfuerzo, pero no con las lágrimas: estas son, muchas veces, culpa nuestra.

Por otro lado, la moral cristiana ha sido extraída casi toda de la moral estoica. Muchos estoicos se convirtieron al cristianismo, y junto con sus personas aportaron el bagaje de su doctrina. Además, Séneca, que muchos cristianos creyeron que se había «convertido», tuvo una inmensa influencia en el pensamiento moral y ascético del cristianismo de todos los tiempos. Todo esto hizo que la doctrina estoica, elevada por otro lado, pero represiva e irreal, y cuando menos otros horizontes que los del cristianismo, pasara a formar parte del pensamiento de la misma Iglesia. Una moral que hacía prevalecer la abstracción de la orden por encima de las necesidades de la vida mal podía servir al hombre y a un ideal dinámico y abierto como el que representaba Cristo. Es bien cierto que nos habría servido más una moral epicúrea, más realista y más vitalista. Pero, ya sea por los excesos de algunos epicúreos, ya sea porque no fue muy entendida y tuvo mala prensa, ya sea por el deslumbramiento de la doctrina estoica y por la influencia de sus hombres, el hecho es que esta moral prevaleció en el mundo cristiano. Siglos después, la Imitación de Cristo, de Kempis, será un ejemplo de moral estoica.

Finalmente, al haberse desarrollado el cristianismo dentro del Imperio, donde prevalecía el derecho romano, este derecho influyó en el sentir de la mentalidad cristiana, principalmente de la Iglesia de Occidente. Con esta influencia se ha infiltrado una mentalidad juridicista, que ha marcado toda la historia de la vida cristiana de Occidente. Esto ha contribuido a la carencia de entendimiento entre griegos y latinos, y a la vez, junto con el pensamiento antiguo griego, ha dado un concepto uniformista y estático de la unidad cristiana, que tanto mal ha hecho a esta misma unidad. La moral cristiana ha resultado ser más una moral del derecho que una moral del amor. Se  ve más la cara de la ley que la cara de la vida. Es más presente el Senado romano que el cenáculo de los apóstoles,  está más presente la justicia conmutativa que el Sermón de la montaña. La libertad de Cristo ha estado ahogada en un campo de espinas, hechos, de cánones, de preceptos y de normas.

Con todo el que acabo de afirmar no pretendo  decir que no se tenga que dar una interpretación y una encarnación de los datos iniciales. Solo querría remarcar las cosas siguientes. En primer término, que existen contextos culturales en los cuales se vacía el dato inicial y la interpretación posterior, de los contextos unos son más aptos que otros para este cometido. Segundo, que siempre se tiene que tener en cuenta que toda interpretación es meramente aproximativa al dato inicial y a la verdad última, todo es solo provisional y siempre reformable, y que, además, solo es una simple interpretación, no el dato en sí. Finalmente, que las interpretaciones que se han dado del cristianismo, más bien han empobrecido su riqueza que no la han acrecentado, ni siquiera no han manifestado rectamente su contenido. «Bajo el impulso de un miedo oscuro, que ensordece la voz de Dios por la influencia de corrientes de pensamiento fijista o racionalista… la moral ha traicionado el hombre en todas sus dimensiones naturales y sobrenaturales.»9

«La piedra de toque de la moral —nos dice Helena Stöcker en el Programa de reforma sexual— es saber si ella puede conducir a una vida más rica y más armoniosa, tanto desde un punto de vista individual como desde un punto de vista social.»10 Yo subscribiría plenamente esta idea añadiendo solo —cosa que la implica y no la contradice— una posibilidad de ir más allá. Es moralmente razonable y bueno todo aquello que conduce al desarrollo individual y social del hombre. La auténtica moral, pues, no consiste en una lista de prohibiciones y de tabúes, sino a establecer las bases positivas de relación entre los hombres y su desarrollo. La moral no tiene que ser algo negativo, sino algo positivo, es decir, tiene que ser la ciencia que permita hacer del hombre aquello que él es en sí y en la naturaleza, la plena humanización integral e integrada de la persona humana. Cómo se puede ver, pues, la finalidad de la moral consiste en la humanización del hombre, a ordenar sus relaciones y favorecer su apertura. Está toda ella orientada hacia el hombre, como un lugar de reencuentro entre los hombres y como una plataforma de lanzamiento del hombre hacia los más altos horizontes. La suprema referencia en ella es el hombre, no en un absoluto abstracto. Así podamos bien decir que no es el hombre para la moral, sino la moral para el hombre. Es verdad que en la dimensión de la fe, la moral tiene una suprema referencia a un absoluto, pero no a un absoluto abstracto sino concreto, a Dios que implica una trascendencia a la cual lo simple del hombre no puede llegar sin la ayuda divina, Dios que respeta el ordenamiento moral humano no dice otra cosa ni otra concreción que una exigencia de perfección, de ser aquello que el hombre lleva adentro y de desarrollar la comunicación entre los seres.

Hace falta, por lo tanto, rechazar la creencia en la indignidad y la impotencia del hombre. Este, como ser inteligente y libre, posee una dignidad que el coloca en el centro de las cosas conocidas. Y todos los hombres tienen la misma dignidad y, fundamentalmente, la misma capacidad. De aquí que se tenga que rechazar toda autocracia, la cual se fundamenta en la pretensión de poseer privilegiadamente unas calidades que en realidad son comunes a todos los hombres; como también se tiene que rechazar todo autoritarismo, el cual tiende a querer dirigir las opciones de los hombres, como si estos fueran unos minorados. Son la razón y la libertad las que tienen que regir la conducta de los hombres y los ordenamientos morales.

Una moral para nuestro tiempo tiene que ser una moral dinámica, en conformidad al dinamismo de los seres y de la vida. La moral no puede ser algo fijado, estático e inmutable, sino algo abierto, dinámico, siempre haciéndose, siempre adelante siguiendo el paso del tiempo y el evolucionar del hombre. Su dinamismo, sin negar el pasado, tiene que estar abierto a nuevos ordenamientos, según las nuevas necesidades de los hombres.

El hecho de existir un pluralismo moral nos inclina a pensar que no se da una moral absoluta, sino que esta, como toda realidad temporal, es relativa en un contexto cultural y a un contexto histórico. Cómo todo, permanece sujeta en la dimensión del tiempo y del espacio. Para ser razonables en esta materia tenemos que partir del relativismo, y solo partiendo de él podremos dar una explicación plausible de la existencia de varias morales. La filosofía, nos dice Smacle, aunque tiene relación a un absoluto, en cuanto que «producto de una existencia histórica es subjetiva y condicionada por el tiempo; para juzgar su valor de verdad hay que tener en cuenta su inserción histórica. Nos encontramos ante una tensión interna entre el absoluto de la verdad considerada en ella misma y su relatividad en cuanto que objeto de conocimiento humano.»11 Evidentemente, la diversidad fáctica de las teorías filosóficas o morales no nos permite adentrarnos a un dogmatismo, puesto que no podemos tener una concepción de nuestra verdad como algo inmutable, necesario y eterno. Nuestra verdad la basura a la que constantemente estamos sometidos pero…, es cierto, que también se relaciona a una Verdad que nos excede, y este orden, como la conciencia que tenemos de nuestro perspectivismo, y hasta de nuestro relativismo, nos permite superar toda relatividad pura y todo escepticismo. Cómo dice muy bien el autor antes citado, «el saber ético está caracterizado por la historicidad, por la implicación de absoluto y relativo, de unidad y de multiplicidad.»12 Así como el hombre es un sujeto en situación existencial, así también la moral tiene que recoger esta situacionalidad. Tiene que ser una moral relativa, del acontecimiento y de la situación.

La moral tiene que apoyarse en la positividad del ser y, consiguientemente, en la parte buena de la materia y del espíritu. Las cosas que existen, por el solo hecho de existir, son algo bueno y algo capaz de desenrollar las energías acumuladas en su interior. El hombre es bueno por naturaleza, y se lleva correctamente no tan solo por el temor, sino como consecuencia de sus energías de bondad y de construcción. Si el hombre es agresivo o incorrecto, lo es más a causa de la frustración que a nada más. Así, «el hombre no es necesariamente doliendo, sino que se vuelve doliendo en el supuesto de que le falten las condiciones adecuadas para su desarrollo. El mal no tiene una existencia propia independiente: es la ausencia de bien, el resultado del fracaso a realizar la vida.»13 De aquí que la moral tenga que evitar toda actitud represiva, que llevaría al hombre a una insatisfacción de su deseo de vivir y de progresar. La moral no existe para reprimir al hombre, sino para facilitarle el camino de su expansión.

Toda moral frustrativa no sirve a los hombres, y, consiguientemente, no viene de Dios ni de la naturaleza. Es un fruto histórico, producto enrarecido del hombre. El mundo y el hombre son fundamentalmente buenos, estimables en sí y finalizables en ellos. El camino de la vida nos dirige siempre allá, nos abre a la confianza en los otros, nos afianza en la confianza en la razón y en la libertad, y el hombre que se  adentra no temerá ni los abismos ni las cumbres, se dejará llevar por la corriente de la vida en un proceso eterno.14 La moral tiene que recoger este estallido de positividad y de bondad.

La moral tiene que ayudar a liberar al hombre, a liberarlo de toda alienación, ya sea económica, social, política, intelectual o religiosa. La moral tiene que estimular el cultivo de la inteligencia, y comprender que solo a través de la cultura y de la ciencia el hombre adquiere las posibilidades de un comportamiento moral correcto, lejos de todo tipo de ignorancia, superstición o dogmatismo. Igualmente tiene que estimular el uso de la libertad. Ella es la condición necesaria para ser hombres y para ser felices. Sin ella no se puede ser sujeto de responsabilidades morales. La moral no puede existir sin la libertad, de aquí que no solo lo tenga que afirmar, sino que tiene que hacer que los comportamientos y las opciones morales de los hombres se den en la dimensión de la libertad. La moral no tiene que ser un obstáculo ni una limitación, sino un estímulo, y hacer comprender que la libertad de un mismo empieza donde acaba la libertad del otro. La moral tiene que garantizar que la libertad pueda ser «la capacidad de hacer realidad aquello que es potencia, de realizar la verdadera naturaleza del hombre, de acuerdo con las leyes de su existencia.»15

No podríamos aceptar una moral que no ayudara a promocionar el hombre y a facilitarle las relaciones con el mundo que lo rodea. Creo que toda ética humanística se tiene que fundamentar, más que en la productividad, como afirman los marxistas y Fromm, 16 que lo encuentro demasiado parcial, en el desarrollo integral del hombre, en su humanización, su construcción y su capacidad de relación, calidades que no tan solo incluyen los elementos productivos, sino también los humanos y de proyección. La productividad es una creación ordenada a la vida material del hombre, pero en este se dan otras creaciones, que se distinguen de esta mera vida material, como las afectivas, las culturales, las estéticas, etcétera. No podemos limitar el campo del hombre si queremos ser moralmente correctos.

El hombre no es una isla, sino un ser abierto a la solidaridad y a la relación con los otros. De aquí que la moral no pueda inclinar al hombre hacia comportamientos individualistas, sino que lo tenga que llevar hacia actitudes de solidaridad con los otros hombres. La moral tiene que recoger este axioma: cada hombre es en cuanto que los otros también son. La autonomía quiere decir ser uno mismo en relación con el otro, pero no quiere decir negación de relación. La moral, más que ordenar unas relaciones de la persona con las cosas, ordena unas relaciones de una persona respecto a otra persona, aunque el objeto inmediato de las relaciones sea una cosa. En esta proyección hacia la persona trae toda la grandeza de la moral y su inmensa capacidad creadora. Si dice relación a la persona, dice relación a toda persona, aun a la Persona que hay detrás de toda persona y que  es el cimiento. De aquí que aunque establecemos una moral meramente humana, situada dentro del ámbito de nuestras dimensiones existenciales, sin ninguna ordenación a una instancia superior, sin embargo para ser una ordenación a la persona transciende esta persona para encontrarse con el infinito. Es verdad que la moral es un asunto secular, algo que se tiene que desacralizar, algo que pertenece a la temporalidad y no a la religión ni a la fe. Tenemos que establecer una moral meramente humana, que pueda servir a todos los hombres, laica, sin referencia a Dios. Pero aun así, al ser una referencia a la persona y al ser una exigencia de construcción, incluye una apertura a la  allá, una connotación última en algo que la ultrapasa. El conocimiento de esta connotación solo se obtiene por la fe. Por eso podemos decir que la moral y sus ordenamientos son un asunto meramente humano, la dilucidación de los cuales pertenece solo a la inteligencia del hombre, en que toda connotación a un absoluto pertenece a una dimensión extrahumana, al menos en nuestro actual estadio de conocimiento.

Solo me queda decir aquello que, según mi opinión, tendría que ser la moral cristiana. Es una moral derivada de Cristo, más de su persona que de su doctrina. Es una moral que se desprende de una cosmovisión que arranca de los profetas y se completa en Cristo. Pero del mismo modo que Cristo es un hombre plenamente hombre, así la moral derivada de él tiene que ser plenamente humana. Le corresponden, pues, las mismas calidades de la moral humanista, es decir, se tienen que fundamentar en el hombre y tiene que favorecer todo aquello que permita su pleno desarrollo. Con todo, si solo fuera esto no se diferenciaría de la moral humanista, y aun así contiene una diferencia. Si bien genéricamente tiene que ser la misma que la moral simplemente humana, específicamente toma una razón nueva, aquella que deriva de la persona de Cristo, de su misterio y de su mensaje. Estas calidades, que brotan de Cristo, se pueden reducir, en mi opinión, a tres: el amor, el  allá trascendente y el hecho de la resurrección.

Hay que tener en cuenta que en el mundo cristiano la suprema referencia no es la ley, sino el amor. Desgraciadamente, esto no se ha tenido mucho en cuenta en la vida y los procedimientos de la Iglesia. Ahora bien, el amor cristiano, como todo otro amor, no es paso vacío de poder, es decir, de fuerza coactiva para llevar a cabo las exigencias de este mismo amor.17 Ha sido una equivocación separar, y aun contraponer, el amor y el poder. El amor es necesario porque el poder sea humano, y el poder es necesario porque el amor sea eficiente. Cierto, no un poder arbitrario y de dominio, sino ordenado y de servicio, pero poder aun así. El amor es algo más que una simple emoción y que una pura inclinación. El amor es transformando, y es en este sentido de creación del otro en mí y de mí en el otro que hay que tomar el amor como base de la moral cristiana y, incluso, de toda moral. Pero en la moral cristiana no se trata de una transformación cualquiera, sino de una transformación en Cristo y en Dios. Tengamos, pero, en  cuenta con que, si se trata de una transformación en Cristo, por eso mismo que él es hombre, implica también y previamente una transformación en todo hombre y en todos los hombres: se trata de la asunción de toda la humanidad en Cristo para llevarla al Padre.

Hay que añadir algo. Ya se ha dicho que la moral cristiana depende de la persona de Cristo. Y Cristo era hombre. El Hombre por excelencia. Él nos enseña con aquello que él fue y es, frente a todo abstraccionismo y de toda dimisión humana, que el desempeño humano se alcanza solo siendo plenamente el hombre y que el reencuentro de Dios solo se logra a través de este desempeño. «Fuera de mí —el hombre— no hay salvación.» Fuera del hombre, de aquello que tiene que ser el hombre en cada momento histérico, no hay salvación. No podemos llegar a Dios si no hemos pasado por el hombre. Pero hay más encara: Cristo es persona, y por este solo hecho valora en él todo universo personal. Frente a unas salvaciones impersonales, frente al desprecio —griego u oriental— de la pluralidad o del individuo, Cristo coloca la salvación en un plan personal. Es la persona concreta e individualizada quien atiende Dios. La persona con todo lo yo consciente y rico, y con todo el que este yo haya construido en la vida. Afirmación humana y afirmación personal, he aquí dos notas que caracterizan la moral cristiana, y que tienen que caracterizar, por aquello que tienen de reales y universales, toda moral humana. Ahora se han extendido a la moral universal, pero en el comienzo fue una aportación limpiamente cristiana.

Hay más todavía. El amor cristiano es un amor que se especifica en el «como yo os he amado». Es un amor como el amor de Cristo, sin límites, un amor que viene de Dios y va a Dios. «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre.» Y esta voluntad del Padre es que partimos nuestro pan con el indigente, es dar el que es superfluo, que ya no es nuestro, sino de las necesidades de los otros. «Da lo que te sobre a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo.»

Cómo se puede ver, el amor que nos exige el Cristo lleva una carga inmensa de dinamismo, de exigencia de más. La justicia y la ley pueden ser perfectamente delimitadas, y una vez se haya cumplido con el que su límite nos exige restamos liberados de esta misma exigencia: hemos cumplido con nuestro deber. El amor no. El amor no tiene límites, y es todo él una constante donación y una constante exigencia. El amor cristiano es un amor trascendente, que va siempre más allá, para acabar finalmente en Dios. Por eso la moral cristiana, fundamentada en este amor, tiene que ser una moral que vaya siempre allá.

Si el amor, en el cual se fundamenta la moral cristiana, implica una exigencia constante del  allá, es algo que nos pone en estado de perdurable investigación, de constante acontecimiento y de continua creación. Esta movilidad nos lleva a una cierta inseguridad y a una plena donación. El hombre tiene que pedalear siempre, como aquel quién va en bicicleta, para no caer; pero pedalear implica también avanzar. Es una situación incómoda, que comporta esfuerzo e inquietud, y por eso no place a mucha gente. Frente a estas exigencias se constituyen, entonces, los «bloques de defensa» de los temores y de los establecidos, que si son cristianos constituyen la moral de la ley y del integrismo.18 Ante tanta exigencia, tanto riesgo y tanto dinamismo revolucionario, los hombres de la Iglesia han preferido la seguridad que los abastecía la ley, y dormir tranquilos después de haber cumplido unas exigencias determinadas, pero solo estas y nada más. Las exigencias evangélicas han sido amordazadas en un orden perfectamente establecido y, en un orden diplomáticamente de acuerdo con el más poderoso de turno. Se ha ido a misa y se han observado los ayunos, y hasta una moral matrimonial muy estricta, pero se ha olvidado el Cristo, el Cristo que pasa en aquel niño que nace y que reclama un futuro, en el ignorante que reclama cultura, en el hambriento que reclama trabajo y pan. El evangelio ha restado sepultado bajo un montón de piedras, bajo un montón de gloriosos cánones. Y todos hemos respirado y dormido tranquilos. Amén.

¿Qué  hacen los preceptos de la Iglesia, qué  hacen las abstinencias sin sentido, qué  hacen los mandamientos en un mundo cristiano? No  caben. En él, solo  cabe el amor. Y entonces, desnudados de los preceptos y libres con la libertad de los hijos de Dios, podremos decir: vamos a misa por amor a Cristo, a Dios que murió por nosotros, vamos porque tenemos necesidad de la palabra y del misterio, vamos porque es razonable que la comunidad de creyentes se reúna y hable de sus problemas, junta alabe Dios y junta trabaje por los hombres. El ir, pierde el ir libremente, que es tierra donde puede florecer el amor. En lugar de decir no robamos, no robamos a quien ya tiene o a quien ya ha robado, podremos decir: los bienes de la tierra son para todo el mundo, todo el mundo tiene la obligación y el derecho de trabajar, todo el mundo tiene el derecho de poder cumplir sus necesidades, y todo capital acumulado en exclusiva no solo es un robo sino que es un asesinato. Más que decir no mentirás, diremos: hay que buscar la verdad, todo el mundo tiene derecho en la verdad, todo el mundo tiene derecho de proclamar la aproximación que haya hecho a esta verdad. Hay un fondo que es igual a las cosas y las personas que se mantiene, pero todo se mira y se crea bajo una luz nueva de un amor que es siempre un allá

El amor cristiano implica, evidentemente, una exigencia de sinceridad consigo mismo y con los otros. Se tiene que ser auténtico, y la manera de obrar de cada cual tiene que ser un reflejo del propio ser y de la propia manera de existir. Y, si se tiene que ser sincero, hace falta que constantemente se purifique y constantemente desacondicione la propia conciencia. No tenemos que permanecer prisioneros de las propias obras, por logradas que sean. Todo y todo el mundo resto abierto a nuevos descubrimientos y a nuevas realizaciones.

La moral cristiana incluye, también, como nota propia la dimensión del allá, de la trascendencia. Allá porque nunca queda sesgado en la realización de ninguna obra, pero sobre todo allá en cuanto que nos abre al infinito. Cristo nos ha venido a mostrar al Padre. El misterio de la salvación implica siempre una trascendencia. Hay que dar al hombre lo que es del hombre, y también dar a Dios lo que es de Dios. El hombre, como un todo unitario, se encamina hacia Dios, y cada acto suyo se encamina hacia la última ultimidad que es Dios, se  encamina no como un acto confesional —que ni Dios ni el hombre no necesitan—, sino como un acto simplemente bueno.

Conjuntamente con el amor y el  allá existe otra característica de la moral cristiana: la vinculación al misterio de la resurrección. Este misterio es una síntesis del allá y de humanismo. Con la resurrección todo el hombre es asumido en el allá. La Pascua constituye el misterio central de Cristo viviente. Con la resurrección se ha vencido a la muerte y se ha afirmado la vida. Ella nos asegura nuestra resurrección y atender el estado definitivo. Entonces la moral cristiana acontece, por este hecho central, una moral de la resurrección, en cuanto que toda exigencia moral apunta hacia la resurrección del hombre. Cada acción del hombre está ordenada a una resurrección final y entra en un presente eterno. En esta dimensión de la moral no es, así, simplemente el ordenamiento de nuestras acciones libres, sino que es el pregonar un camino y un anuncio de esperanza.

Finalmente, una última palabra. El hombre, al cual se dirige la moral cristiana, es un hombre situado, situado en las dimensiones del tiempo y del espacio, en las dimensiones de la historia, de la cultura y de los acontecimientos. De aquí que cualquier norma de esta moral tiene que tener en cuenta esta situacionalidad. No puede ser una moral por siempre jamás, sino una moral en constante hacerse, en constante revisión. Sus formulaciones tienen que tener en cuenta las situaciones concretas donde el hombre se encuentra circunscrito, y en su aplicación se tendrá que tener en cuenta algo más específico todavía, la situación concreta de cada hombre particular. La moral tiene que poder responder a los nuevos planteamientos que cada hombre hace.

El hombre no puede permanecer indiferente en él mismo, a las preguntas que le plantea su existencia y a las necesidades que le urgen, su naturaleza y la de los otros. Él se tiene que dar una respuesta. Los planteamientos hechos en este capítulo y las posibles soluciones que apuntan pueden ayudar a encontrar una respuesta, pierde no la dan. Solo posibilitan el reencuentro de una respuesta. La respuesta la tiene que dar cada uno. Y es con esta respuesta personal que se firmará el último y definitivo documento.

 

APUNTES A PIE DE PÁGINA

  1. REICH, W., La revolution sexuelle, Plon. París, 1968, pág. 52.
  2. ROBERT DE VENT0S, X., Moral y nueva cultura, Alianza Editorial. Madrid, 1971, págs. 62 y siguientes.
  3. RUBERT DE VENTÓS, X., Ob. cit., pág. 105.
  4. ORAISON, M., Une morale pour notre tiempo, Fayard. Burdeos, 1964, pág. 57.
  5. ORAISON, M., Ob, cit, pág. 91
  6. Citada por Reich, Ob, cit, pág 93
  7. SMAELE, F. DE, Pluralisme éthique et vérité, d’entre de Revue Philosophique de Louvain, 92 (1968), pág 665
  8. SAMELE, F. DE, Ob. cit., pág. 684.
  9. FROMM, E., Por una sociedad sana, Ediciones 62. Barcelona, 1968, pág. 188.
  10. MILLER, H., Sexus, Buchet-Chastel. Paris, 1968, págs. 446-452.
  11. FROMM, E., Per una ètica humanística, Edicions 62. Barcelona, 1965, pág. 210.
  12. FROMM, E., Ob. cit, pàgs. 194-198.
  13. TILLICH, P., Amor, poder y justicia, Libro del Nopal. Barcelona, 1969, pág. 25.
  14. ORAISON, M., Ob. cit., pág. 83.

 

NECROLÓGICAS

 13 de septiembre de 2019

El capuchino Jordi Llimona falleció ayer, a los 75 años, a causa de un cáncer, en el convento de esa orden religiosa en Barcelona. Jordi Llimona, nacido en Barcelona el 27 de mayo de 1924, tuvo gran notoriedad en la lucha contra el régimen franquista, en la que se destacó por su participación en la caputxinada, en 1966, cuando diversos grupos antifranquistas se reunieron bajo la protección de la Iglesia para evitar la actuación policial.

Jordi Llimona defendió la separación entre el poder civil y el religioso, asunto que recogió en su libro Església i Estat, en el que también propugnaba la libertad dentro de la Iglesia. Sus ideas le acarrearon problemas con los poderes civil y eclesiástico.

El religioso y escritor era hijo del pintor Rafael Llimona y nieto del escultor Josep Llimona. Jordi Llimona, que siempre estuvo fascinado por la figura de san Francisco de Asís, ingresó en la orden de los capuchinos en 1943 y se ordenó sacerdote en 1950.

En 1951 fue nombrado director del Centro Filosófico de Olot (Garrotxa), cargo que ocupó durante seis años y en el que comenzó a desarrollar sus ideas religiosas y políticas.

El sacerdote fallecido era un apasionado del Concilio VaticanoII. Reivindicaba la actualización del lenguaje religioso, e incluso se preguntaba por qué la mujer no puede acceder al sacerdocio, además de defender una mayor participación de las mujeres en la Iglesia. Entre 1957 y 1959 estudió teología en Roma, y a su regreso a Barcelona fue director de los estudios de teología del centro de los capuchinos en el barrio barcelonés de Sarrià.

En el ámbito político, Jordi Llimona era un apasionado defensor de Cataluña, de su lengua y de su cultura, además de estar en contra del régimen franquista y de tener un compromiso social y de izquierdas que le llevó a ser uno de los fundadores del Partit dels Socialistes (PSC). Esa actividad política le valió estar siempre vigilado por las autoridades, y llegó a pisar la cárcel.

El funeral del sacerdote, que el pasado mes de julio recibió la Cruz de Sant Jordi, se celebrará hoy en el convento de los capuchinos de Barcelona.-

EL PAÍS Alfredo Bojalil Gil, el último superviviente de Los Panchos

 

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