SOCIEDADES DE BAJO COSTE -LA CRISIS DEL MODELO EUROPEO Y EL BIENESTAR DE BAJO COSTE

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Atrapados entre China y Estados Unidos

Si hubiera que identificar un lugar o una región del planeta en la que, más que en ninguna otra, la desaparición de la clase media se vive con profunda dificultad, incluso con un sentimiento difuso y común de miedo, se trataría sin duda de Europa. Y esto a pesar de que el Viejo Continente presenta éxitos de innovación institucional únicos en el mundo y de que ha creado un ambiente supranacional muy atractivo, incluso para Turquía —país con una historia que se mezcla con la europea, pero que geográficamente está fuera—.

Y, sin embargo, desde hace bastantes años, la Unión Europea vive cada cambio con una postura defensiva, casi de ensimismamiento puro. Todo lo que implica innovación, sobre todo social, se traduce, en el comportamiento contemporáneo de la Unión Europea, en una fibrilación temerosa, en persecuciones de peligrosos fantasmas tachados de poner en peligro el equilibrio alcanzado, en rimbombantes protestas políticas a menudo camufladas bajo la apariencia de nuevos partidos. Globalización, inmigración, innovación tecnológica, destrucción creativa del statu quo industrial para generar un nuevo y mayor valor: todo representa un problema casi insuperable para los ciudadanos y los gobernantes del Viejo Continente. Como si el llamado fin de la historia se transformase, en el caso europeo, en la fórmula más simple de fin de la capacidad de adaptación a lo nuevo, en el fin de la fuerza de la razón que sabe gobernar los cambios y llevarlos a buen puerto.

Europa vive y sufre, más que cualquier otro contexto, el deseo y la voluntad de lo que queda de clase media para sobrevivir al cambio. Hecho razonable si se piensa que Europa —primero la de los totalitarismos, después la del terreno de enfrentamiento de los casi cincuenta arios de Guerra fría— ha tenido que apoyarse, en vez de en otros sistemas, en las virtudes contrarrevolucionarias y productivas de la clase media. Su modelo social ha buscado, más que el de otros países, incluso occidentales, niveles de igualdad y de justicia social, y ha garantizado (o ha intentado hacerlo), más que otros, tranquilidad y estabilidad.

La clase media ha sido y es todavía el modelo ideal de referencia del modelo social europeo, que siempre ha albergado la esperanza de diluir la diferencia entre clases favoreciendo el gradual «desplazamiento hacia arriba» de la clase obrera. Se comprende, pues, que en este continente se tenga más dificultad en tomar conciencia del hecho de que la clase media ha cedido su lugar a una nueva realidad común.

Así se puede, quizá, explicar por qué la política europea busca un supuesto votante de centro al que, analizado desde la perspectiva de la clase media antes delineada, no hay mucha razón para buscar: de hecho, los votantes «extremos» pueden marcar más fácilmente diferencias en los resultados electorales, ya que el gran magma de la sociedad de bajo coste tiende, por definición, a estar poco ideologizado y a dividirse según los programas y ofertas políticas que, en el ámbito económico (retenciones, servicios públicos, posibilidades de acceso a los mercados), son cada vez más coincidentes.

Basta con observar la experiencia italiana de la última década: tanto los gobiernos de derecha como los de izquierda han intervenido en las pensiones con reformas parciales que han reducido los beneficios, pero sin tocar en profundidad los mecanismos que hoy funcionan. Tanto unos como otros han decidido descargar los mayores gravámenes de estas medidas en las generaciones futuras.

En cuanto a las liberalizaciones, que deberían suponer un componente esencial del ADN de una formación que se defina como liberal, las promesas del gobierno de derecha se han quedado en el tintero: las únicas y tímidas intervenciones se remontan a la primera fase del primer gobierno de Prodi, a mediados de los años noventa (reforma del comercio, difusión de la gran distribución, baremos para el gas y la electricidad). En cuanto a los impuestos, se discutió una reducción de la recaudación sobre la renta, pero la izquierda no la aplicó porque las fuerzas que la pedían eran minoritarias. Una vez en el programa de Berlusconi, el recorte del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF) ha quedado también en el tintero, y no sólo por problemas de presupuesto: de hecho se desencadenó una guerra de vetos cruzados en la que Alleanza Nazionale (AN) y Unione dei Democratici Cristiani e di Centro (UDC) (6) han impugnado el proyecto de Berlusconi y Tremonti con argumentos no muy distintos de los de la izquierda.

En definitiva, resulta cada vez más evidente que el problema central para la Unión Europea es la resistencia de los gobiernos y las fuerzas políticas a aceptar los ritmos y los dictados impuestos a nuestra conveniencia por una necesidad de innovación que, sin solución de continuidad, reinventa contextualmente el ser y el hacer de las empresas, los modelos de negocio y las estrategias relacionadas. Y que, mientras tanto, remodela también profesionalidad, especializaciones, trabajos y papeles, y despedaza sin tregua —con lo que lo hace anticuado— todo lo que encuentra vuelto de espaldas a lo largo del camino de la «creatividad destructiva».

Precisamente esta gran velocidad de cambio de escenario es el factor que más pone en crisis a los europeos contemporáneos. Al solicitar permanentemente nuevos equilibrios sociales, esta velocidad impone una apertura al cambio y una capacidad de adaptación que a la clase media europea, acostumbrada a admitir como normal el hecho de poder transmitir generacionalmente la propia tranquilidad adquirida, le cuesta desarrollar no poco. El hecho es que ya nadie puede garantizar las certezas típicas de las clase media. El resultado máximo que un sistema económico-social puede ofrecer, a una colectividad que se resigna a la ineluctable necesidad de tener que alinearse a los dictados requeridos por el nuevo contexto productivo global, es sólo el de garantizar pro témpore un buen crecimiento económico y un incremento constante del bienestar. Pero, obviamente, en condiciones mucho menos estables y ciertas respecto al pasado. Si se comenten errores en las preferencias públicas sucesivas, o se permanece demasiado impermeable al cambio, el bienestar se va con la misma velocidad con que ha llegado. Los datos del Eurostat indican que entre 1999 y 2004 (por lo tanto antes de la ampliación) sólo cuatro economías supieron concretamente aumentar —tanto en volumen como en porcentaje—la riqueza individual producida (producto interior bruto per cápita) (7): España, Finlandia, Irlanda y el Reino Unido. Las demás o se han quedado paradas o, como en el caso italiano, han registrado un retroceso. La Irlanda de hoy, aunque cueste creerlo vista la situación económica del país a principios de los años ochenta, puede presumir de tener el nivel de producto interior bruto por habitante más alto después de Luxemburgo, mientras que el Foro Económico Mundial ha confirmado que Finlandia es el Estado más competitivo del mundo por tercer año consecutivo (Porter, Schwab, López-Claros, 2005) y goza del nivel GERD (inversiones brutas en investigación y desarrollo) en porcentaje del producto interior bruto más alto de la  zona euro, cercano al 3,5 por ciento (el estadounidense de 2003 era del 2,75 por ciento). Estos datos no son otra cosa que la fotografía de las preferencias —bien escogidas sólo por algunos Estados de la Unión Europea— de política pública y de los resultados obtenidos a través de tales decisiones al liberalizar los mercados y apoyar la investigación y la innovación. Los países europeos que se han impuesto objetivos de crecimiento del producto interior bruto, mediante la valorización del conocimiento especializado y aprovechando lo mejor posible los estímulos positivos de la competencia, han crecido efectivamente a pesar de los ataques terroristas a las Torres Gemelas de Nueva York y el ciclo económico negativo. Sin embargo, los sistemas que, como Italia, han seguido sin tener una verdadera estrategia de crecimiento digna del siglo XXI (por lo tanto, sin basarse fundamentalmente en inversiones en infraestructuras físicas y en traslados indiscriminados), han perdido terreno, capacidad de atraer talentos y capital y oportunidades empresariales.

La Europa de hoy, antes incluso que por los resultados de los referendos de Francia y Holanda sobre la Constitución europea, está en crisis porque no comparte un modelo de desarrollo. El famoso modelo europeo ya no existe, se ha desmoronado por la presión del comercio internacional y por la dificultad de garantizar su financiación. Han quedado dos Europas: una que ha sabido reformarse y crece —o no para— y sigue el paso del resto del mundo, y otra que está atrapada en el medio, si utilizamos la jerga estratégica de Michael Porten Italia ha empezado a perder contacto con la cabeza del grupo en cuanto el camino se ha empinado. Ahora corre el serio riesgo de llegar incluso fuera de tiempo en la etapa reina. Entre 1996 y 2001 la contribución del sector de la tecnología de la información y comunicación italiano al crecimiento de la productividad del trabajo ha estado próxima a cero, con el valor más bajo entre los censados en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Y es bien sabido que el crecimiento de la productividad supone el verdadero factor competitivo de la economía sin fronteras de hoy. La cuota de inversiones en investigación y desarrollo sobre el total de la OCDE ha pasado del 2,7 por ciento en 1991 al 1,8 por ciento en 2002. A esto se añade el hecho de que hoy los sistemas, incluso los escandinavos —casi perfectos por lo que respecta al coeficiente de Gini (8), que mide los desequilibrios distributivos—, están, en cualquier caso, más polarizados en cuanto a redistribución de la renta o del valor incremental producido.

Para comprender por qué para los europeos este es un camino muy difícil de emprender, es suficiente con ver cuánto se ha registrado, en los últimos tres lustros, en el sector de la innovación industrial y productiva. Durante toda la década de los años noventa, la cantinela de los debates industriales de proveniencia francesa, vacíos de esperanza y llenos de impotencia, ha influido en la población europea. « ¿Por qué no conseguimos tener nuestro propio Bill Gates?», preguntaban a los cuatro vientos los mosqueteros del capitalismo trasalpino. Desde entonces han pasado nada menos que tres lustros y el nuevo siglo ya se ha puesto en marcha sin que nada parezca cambiar en el Viejo Continente.

Si acaso se han añadido otras peticiones, dado que hoy franceses y europeos también deben preguntarse por qué no consiguen ni siquiera producir los Larry Page y Serge Brin, fundadores de Google. En definitiva, en París y en Berlín se nos puede todavía preguntar por qué la Unión Europea tiene tantas dificultades para seguir la trayectoria empresarial-innovadora que ha hecho de los Estados Unidos la única superpotencia del planeta, no sólo en el terreno militar, y el país más dinámico del mundo. Para salir del laberinto de incomprensiones es necesario tomar conciencia de la realidad y aceptar que Europa no es América y que nuestro sistema industrial y productivo se mueve y reacciona siguiendo una trayectoria distinta a la estadounidense. La Unión Europea no tiene capital humano menos preparado o capaz que el americano, y ni siquiera menos ahorro disponible para financiar la innovación o menos infraestructuras para atraer a las empresas con profesionales del conocimiento. Sencillamente, Europa arriesga menos, lo que significa que desea soportar un riesgo colectivo menos acentuado que los estadounidenses. En consecuencia, a igualdad de patrimonio (que está hecho también de activos intangibles), los ciudadanos europeos tienden a arriesgar menos que los americanos. Es como si, en la frontera de las inversiones posibles, eligiéramos siempre una cartera con más obligaciones que acciones, y los estadounidenses sin embargo, se adeudaran para apostar por una cesta formada sólo por capital de riesgo.

En este contexto es inevitable que el Viejo Continente esté más falto de empresarios y registre menos iniciativas tecnológicas de éxito a escala global. Quien menos arriesga menos beneficios puede esperar por la volubilidad del mercado. Pero es asimismo obvio que Europa, sin empresas como eBay y Microsoft, no puede permanecer para siempre en una posición en la que crece menos de la mitad que los Estados Unidos. Y tampoco se puede permitir dejar sólo a pequeñas realidades geográficas de la propia región, como Irlanda o Finlandia, la tarea de tirar del carro de la innovación.

Donde la Unión Europea ha producido óptimos resultados en sectores avanzados de la industria, como Airbus, StMicroelectronics o en el sector aeroespacial, lo ha hecho partiendo de políticas «neocolbertianas». El presupuesto público financia un proyecto ambicioso y se queda en una posición residual con respecto a los riesgos de fracaso (papel que los operadores financieros europeos, también más contrarios al riesgo que los americanos, no desempeñarían), con lo que garantiza al proyecto la posibilidad de atraer talentos y técnicos de garantía. De esta manera, la iniciativa, desligada completamente de las injerencias distorsionadas de la política y colocada fuera de la estrategia competitiva, puede desaparecer sin el agobio generado por el «cortoplacismo» de los mercados financieros. Y, así, se sobrepasa también las pocas ganas de arriesgar de los europeos y su menor inclinación a hacer empresarios exportables en el sector de las producciones inmateriales.

Tomar conciencia del hecho de que tenemos que movernos en una trayectoria distinta de la americana no significa abdicar o abandonar: simplemente evitaría a los europeos debatir durante años sobre lo que no pueden ser o sobre lo que no pueden ni siquiera llegar a ser chasqueando los dedos y esforzándose en imitar lo que sucede al otro lado del océano. Como enseña el lenguaje de los neocons, encendidos y determinados partidarios electorales de la administración Bush, también en la innovación y en la tecnología estamos a años luz de los americanos. Basta con admitirlo y encontrar estrategias vencedoras para innovar según las potencialidades de los europeos y no de las de los americanos. Hay que tener siempre presente que, en cualquier caso, como hemos recordado anteriormente, en el campo de las tecnologías militares (aunque no sólo) también los americanos recurren bastante a los fondos públicos del Pentágono para financiar la investigación.

La Unión Europea de hoy tiene una necesidad extrema de crecimiento económico, de desarrollo fuerte y estable durante un periodo largo. En definitiva, un periodo récord como el registrado por Estados Unidos durante el gobierno de Clinton. Sólo así las decisiones que vienen de arriba pueden demostrar a los ciudadanos europeos, con hechos concretos, que los esfuerzos y las renuncias hechas para dar vida a la moneda única valían la pena. Por lo demás, los modelos que saben producir crecimiento económico son los únicos que sobreviven al paso del tiempo. La Europa de la ampliación continua ya no tiene excusas para evitar la prueba extrema requerida a la bondad de cada estrategia de éxito: ofrecer desarrollo y crecimiento junto a estabilidad. Sólo la estabilidad no es suficiente para un continente que ve desaparecer la flor y nata de su estructura social: la clase media, gracias a la cual se había convencido de que podía superar cualquier temporal de la historia.

Cuando, más adelante, se pasa a discutir sobre cómo favorecer el crecimiento, es indudable que la Unión Europea posee una capacidad extraordinaria, desconocida para los Estados Unidos, de producir documentos ambiciosos, libros blancos rebosantes de objetivos, pero denota igualmente una comprobada impotencia a la hora de implementarlos.

Europa, hoy, se muestra muy lenta en la toma de conciencia de que el contexto de referencia internacional está cambiando a gran velocidad. Para demostrarlo, es suficiente pararse a analizar lo que está ocurriendo entre las dos orillas del océano Pacífico. A finales de 2004, IBM, todavía uno de los principales colosos tecnológicos del mundo, decidió vender su división de ordenadores personales a la empresa china Lenovo. La noticia, hasta hace relativamente poco, habría formado parte del mundo de las hipótesis económicas, mientras que hoy representa un simple episodio de la geopolítica en la redistribución de la producción mundial en proceso desde hace tiempo entre las dos áreas más dinámicas del globo. Estados Unidos y China son los paradigmas de las dos economías que se desarrollan más rápidamente en el planeta. El producto interior bruto estadounidense, muy por encima del tres por ciento de crecimiento desde hace años, se mueve con una trayectoria que las otras economías avanzadas son incapaces de imitar. Estados Unidos es el país que crece más entre los del G7, demasiado por encima de la media aritmética de los países de la zona euro, impulsados por un modelo financiero que reclama a los productores innovación continua.

China, en lo alto de su crecimiento económico desde hace años cercanos al ocho por ciento, se aleja de cualquier otra economía en vías de desarrollo por el papel internacional desempeñado y por la capacidad única y distintiva de producir cantidades inmensas de bienes de bajo coste, al servicio del mercado de masas mundial. La China contemporánea es la realidad industrial que necesitaba la sociedad de bajo coste para poderse sublimar, el factor esperado desde hace tiempo capaz de «destruir» la inflación para reorientar cuotas consistentes de la renta disponible de los consumidores acomodados. El golpe ideal y definitivo a la organización de la oferta pensada por la clase media.

Las trayectorias de desarrollo de China y Estados Unidos son, en cualquier caso, paralelas y están dirigidas a no cruzarse, al menos durante una o dos generaciones todavía: el tiempo necesario para que la potencia asiática pueda moverse a producciones más sofisticadas. Pero los intereses de los dos motores de la economía mundial son ya bastante opuestos. Lo atestigua, por ejemplo, la lucha por las fuentes de energía, con el intento (fallido) de la empresa china Cnooc de conquistar Unocal, un grupo petrolífero californiano que al final se ha visto absorbido por Chevron; o como se puede observar en el mercado de cambio. China se ha negado durante mucho tiempo a revalorizar el yuan, su moneda, porque le interesa ganar lo más rápidamente posible cuotas de mercado en el extranjero después de su entrada en la OMC (Organización Mundial del Comercio). Los Estados Unidos, sin embargo, han estado siempre menos dispuestos a hacer crecer el déficit comercial y a dejarse invadir demasiado rápido por productos chinos, menos caros que los nacionales hasta en un setentapor ciento. Las presiones de Washington para que revalorizase el yuan han obligado a Pekín, al final, a modificar su política monetaria; ya no existe el cambio fijo, aunque hasta ahora las correcciones han sido milimétricas, casi simbólicas.

En este escenario Europa se coloca hoy en una posición de simple captador de precios: se encuentra, pues, obligada a adecuarse a los efectos de políticas de la oferta y de dinámicas de la demanda formadas en otra parte. Son los intereses chinos y estadounidenses los que marcan los precios de casi todo lo que se intercambia en el mundo: desde materias primas hasta divisas, desde bienes duraderos hasta el precio del dinero. Incluso el valor de referencia del conocimiento especializado cada vez está más impuesto por la demanda no europea. El mercado más grande del mundo, no sólo sobre el papel y para las estadísticas, está obligado a asistir sin mucha voz a una contienda que entra en las cuentas económicas de las propias multinacionales.

La economía europea pasa por dificultades porque desde hace mucho tiempo ya no consigue sostener los ritmos de crecimiento (al menos el tres por ciento anual) indispensables para mantener las nuevas necesidades de los consumidores contemporáneos, desde la banda ancha a la cirugía plástica. Y todo esto ha sucedido porque sus grandes empresas pierden beneficios en favor de los productos chinos en la franja más baja de la gama y se encuentran con que tienen que gestionar el dilema entre precios bajos o menos cuotas de mercado en los Estados Unidos, principal centro de consumo del mundo. Es como si la capacidad productiva del Viejo Continente se redujera contextualmente por la acción de dos fuerzas distintas: la rápida penetración de mercancías rebajadas chinas y la recuperada competitividad de las estadounidenses mantenidas por una mayor innovación en la oferta. Es difícil creer que las cuentas económicas de las empresas europeas puedan ser tan flexibles como para adaptarse sin perjuicios a la acción de ambas fuerzas. Obviamente, se está hablando de sectores abiertos a la competencia internacional y no de empresas que conceden servicios nacionales protegidos. Europa no se puede permitir una asistencia pasiva al enfrentamiento económico chino-norteamericano. Los países de la zona euro tienen que saber ofrecer una estrategia común que vaya más allá de los límites de Maastricht, porque hoy el escenario es profundamente distinto del de principios de los años noventa.

Si, desde la caída del muro de Berlín, la Unión Europea camina a duras penas en el terreno del crecimiento económico, muchas cosas se explican con la mayor rigidez de su contrato social y con la menor capacidad de los gobernantes para desarrollar políticas capaces de evolucionar y ajustar las reglas de este contrato. El continente goza ahora de márgenes de acción y de recursos a los que recurrir, dada su consistente dotación de patrimonio, incluso intelectual y cultural.

Es irrefutable el hecho de que el análisis de la crisis europea evidencia sin medias tintas y con perfil cristalino que el fin de la clase media coincide con la crisis del Estado fiscal, es decir, del instrumento pensado para ejecutar el modelo de sociedad del bienestar. La máquina redistributiva pública y la de la recaudación que la nutre sufren dos crisis de legitimación contextuales, aunque distintas: por un lado, ya no existe un recurso de referencia —la base imponible estable, oferta segura y consistente de la clase media— que se pueda utilizar como fuente principal de financiación del bienestar; por otro, la sociedad de bajo coste percibe de manera original la utilidad social de las tradicionales estructuras y servicios públicos. Y esto es así porque la disponibilidad para secundar políticas fiscales muy recaudatorias es exactamente lo opuesto a la actitud mental de esta nueva clase de masas que también pretende de los organismos públicos la producción de servicios con costes cada vez más bajos.

La clase de masas, de hecho, aprenderá a replicar muy pronto sus hábitos de compra incluso en el caso de la oferta de servicios personales. Así, provocará la principal revolución en la agenda política desde la época de la crisis de entreguerras y elaborará las bases de un sistema de servicios públicos de bajo coste y de una reorganización de la recaudación fiscal. En algunas partes del mundo esto ya está sucediendo, como muestran las más recientes políticas estadounidenses, australianas y neozelandesas. Otros países, como China, parecen preparados para ir en la misma dirección. Otro aspecto de la tenaza que comprime a Europa.

En este contexto se reconducen e interpretan los efectos de la innovación técnica en el funcionamiento y en los equilibrios sociales. En las últimas décadas, el fenómeno revolucionario más auténtico en favor de los consumidores-ciudadanos lo ha producido el conjunto de innovaciones que se han registrado en el universo de las tecnologías de la información y la comunicación. Nunca se había garantizado tanto bienestar a los consumidores —y no sólo a la clase con mayor poder de compra— a través de un flujo constante y secuencial de innovaciones revolucionarias que habilitan la adopción de modelos de negocios originales y de bajo coste. Ryanair, Ikea, Wa-lMart no existen y producen valor porque dispongan de tecnologías únicas y exclusivas, pero es indudable que han podido implementar estrategias originales gracias a la presencia de infraestructuras tecnológicas originales.

Para ser de bajo coste, una empresa tiene que pensarse como tal y, por lo tanto, programar de manera completamente original su propio modo de ser: desde las compras hasta las ventas, desde la gestión del personal hasta la informática todo eso debe ser muy innovador. Pero es asimismo verdad que, sin las nuevas funcionalidades tecnológicas, habría sido imposible vender billetes en línea, gestionar una tienda en tiempo real o llevar una producción continua todo el año viajando por el mundo. Las empresas de bajo coste existen y prosperan porque la gestión de la información cuesta cero, o casi.

Se trata de un fenómeno original coproducido por la tecnología que no limitará sólo sus efectos a la dimensión del negocio privado. Al contrario. Si se intenta hacer una lectura conjunta del efecto sobre la sociedad de las ofertas de bajo coste y de la menor disponibilidad de los contribuyentes a pagar impuestos altos (en Europa del Este, por ejemplo, Rumania acaba de introducir un impuesto fijo del dieciséis por ciento, y lo mismo habían hecho antes Estonia, Eslovaquia, Rusia, Ucrania, Polonia, Letonia y Lituania: en ningún caso la recaudación supera el veintiséis por ciento), se comprende por qué el escenario del estado del bienestar europeo está destinado a desestructurarse en profundidad pronto (9).

No parece un ejercicio de locura visionaria imaginar que en pocos años tomará forma un bienestar de bajo coste, es decir, un sistema de protección social del que los ciudadanos esperarán servicios a costes menores gracias al empleo óptimo y difuso de las nuevas tecnologías y de modelos de producción y abastecimiento originales. En el escenario que llega del bienestar de bajo coste, los servicios se repensarán para que sean los básicos y esenciales y para que los usuarios los valoren y comprendan mejor.

También los consumidores del Viejo Continente se han acostumbrado ya a comprar servicios y bienes a precios reducidos en comparación con los de hace pocos años. No habrá que esperar para que estos consumidores empiecen a reclamar una mejora equivalente del sector público. Y el hecho de que la administración pública actúe en régimen de monopolio de la oferta no bastará para cambiar la música de la partitura. Cuando después, dentro de no mucho, los europeos empiecen a ajustar cuentas con el bienestar de bajo coste chino de raíz poscomunista —que dejará cientos de millones ciudadanos de individuos con servicios esenciales para poder dar también a China de una elevada competencia fiscal, quizá de un impuesto fijo al quince por ciento, con la intención de favorecer el consumo, las inversiones y el crecimiento económico—, entonces podría ser demasiado tarde phi que la Unión Europea reaccione. Porque el bienestar de bajo coste se ha asentado en Estados Unidos, pero podría consagrarse por las ambiciones hegemónicas y de liderazgo económico de China.

Para la vieja Europa quizá la situación no haya sido nunca tan compleja desde los tiempos de las primeras revueltas obreras producidas por la industrialización. Entonces, la discusión se centraba en la titularidad del derecho de propiedad, privada y difundida o del Estado, y en los derechos esenciales que hay que reconocer a los ciudadanos en el nuevo contrato.

Hoy Europa debe, sin embargo, decidir qué conservar, y cómo hacerlo, de su modelo social en el nuevo escenario global, salvando los valores esenciales de su sistema de garantías y eliminando las «comidas gratis» representadas por las áreas de privilegio que la sociedad de bajo coste ya no está dispuesta a financiar.

 

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(6) Partidos de derecha.

(7) La medición de la oficina europea de estadística hace referencia al producto interior bruto por habitante en términos de poder adquisitivo estándar.

(8) El coeficiente de Gini, inventado por el estadístico italiano Corrado Gini, es una fórmula matemática para dilucidar el nivel de desigualdad económica de una sociedad: el resultado es un número entre O (igualdad máxima) y 1 (desigualdad máxima).

(9) Después de su introducción en los países del este europeo, el impuesto fijo también ha sido objeto de debate en Italia (Amato, 2005).

 

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