SOCIEDADES DE BAJO COSTE – GOBERNAR EL MUNDO SIN LA CLASE MEDIA.

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Un desafío para la democracia

El gobierno de la sociedad post clase media ya ha empezado. Se trata de un fenómeno político visible, con distinta intensidad, en los países avanzados, en los que la agenda política debe ofrecer mayores oportunidades de realización para las masas —una especie de plena ocupación de la posibilidad de consumir—, y contextualmente tiene que ser capaz de encontrar las fórmulas para que no se pierdan demasiados puestos de trabajo y cuotas de mercado en favor de las economías emergentes. Un círculo difícil de cuadrar, también porque las sociedades occidentales, amenazadas por los éxitos de China, India y Brasil, parecen estar siempre en busca de una especie de óptimo «paretismo» del siglo XXI. El postulado enunciado por Vilfredo Pareto, que ha dado forma a las políticas sociales del siglo XX, establecía que una intervención era óptima cuando mejoraba al menos el bienestar de un individuo sin perjudicar, de ninguna manera, al resto de los individuos.

La política sólo puede seguir marcándose objetivos de este tipo, pero, si el mecanismo del crecimiento económico se rompe, la realidad empuja inexorablemente al sistema en otra dirección. Si la renta disponible se estanca o incluso disminuye, quien gobierna se encuentra en una encrucijada: puede hacer selecciones de seguridad en la forma, pero veleidosas en la sustancia, o llevar el camino de un realismo doloroso (y, por lo tanto, impopular).

En definitiva, garantizar las mejores condiciones de vida e igualdad de oportunidades iniciales de realización a los ciudadanos es una empresa extremadamente compleja, tanto que una realidad social cada vez más magmática complica no poco la búsqueda de un acuerdo sobre el nuevo modelo que hay que adoptar. Y no es en absoluto cierto que, en los procesos de superación de las antiguas ordenaciones basadas en la clase media, los sistemas económicos más desreglamentados aseguren una mayor movilidad social.

Esto se ve claramente en los Estados Unidos, donde la gran mayoría de los ciudadanos —desde los que están al límite de la indigencia hasta los abogados que ganan medio millón de dólares al año— se declara, en los sondeos, como clase media. Con lo que se certifica que esta clase, de hecho, ya no existe.

Y, sin embargo, Estados Unidos, tierra de oportunidades, el país que ha construido el elemento unificador social del sueño americano precisamente con la potencia de sus «ascensores» sociales, ya tiene un nivel de movilidad social igual al que se encuentra en la estatista Francia e inferior a la tasa registrada en algunos países escandinavos con niveles astronómicos de recaudación tributaria sobre la renta y el patrimonio (10).

Por lo demás, como ha referido una investigación del New York Times, que ha dedicado una encuesta de nada menos que once entregas a la evolución de las clases sociales en Estados Unidos (Scott, Leonhardt, 2005), los recortes fiscales del presidente han producido una situación en la que los impuestos pagados para costear la sanidad y la asistencia por los que ganan entre cien y doscientos mil dólares al año son superiores, en porcentaje de la renta, a lo que han pagado los que han ganado más de diez millones al año.

Algunos elementos regresivos del sistema fiscal estadounidense probablemente han alentado a los productores y, por lo tanto, han contribuido al relanzamiento conjunto de la economía experimentado en los Estados Unidos en los últimos años. Pero esta situación confirma todo lo analizado en los capítulos precedentes: la nueva clase de rentistas del conocimiento vive en una dimensión propia y participa, al pagar un mínimo, a la preservación, más que del Estado social, de un Estado que garantice sus niveles aceptables de seguridad personal y colectiva. Poseen rentas y patrimonios que les permiten crearse un sistema de bienestar paralelo, personalizado según las necesidades del momento.

Su pertenencia a la sociedad estadounidense, más que por los impuestos pagados para redistribuir recursos entre las distintas clases, se manifiesta por los fondos y por los cheques millonarios que generosamente extienden para financiar las campañas electorales de presidentes y gobernadores, o las fundaciones filantrópicas que operan en el ámbito de la investigación científica o que sustituyen al Estado en el suministro de algunos servicios asistenciales.

Europa no debe fijarse en este modelo. Pero no se puede ignorar tampoco que esta es la realidad de la mayor economía del mundo. Pero vayamos al grano: ¿qué debería caracterizar en concreto a la acción política en un contexto sin clase media? Según nuestra opinión, es necesario en primer lugar entender que hoy los «cuerpos» electorales occidentales, cada vez más, se caracterizan, organizan y dirigen por los deseos de la clase de la masa, estratificación de comunidades de intereses móviles y abiertos, que tienden a interpretar el presente y el futuro a través de su propia agenda, que no coincide con la tradicional. Esta clase, potencialmente vulnerable a la fascinación de propuestas políticas extremas y radicales, quiere comprender cómo es posible, en concreto, seguir teniendo una perspectiva de crecimiento del consumo, del bienestar, de la calidad y de la duración de la vida en un contexto en el que el poder económico y político se desplaza rápidamente hacia países asiáticos, como advierte Clyde Prestowitz en su ya citado ensayo (Prestowitz, 2005).

Una sociedad sin clase media está, al menos teóricamente, mejor predispuesta para afrontar este estímulo externo al cambio y a la movilidad, porque se halla menos anclada en valores tradicionales o en puntos de referencia «históricos». Una directiva política creíble y carismática la puede convencer para que ceda algo al resto del mundo, a condición de que vea perspectivas de crecimiento originales en nuevos sectores ligados a la tecnología, a la creatividad, a la innovación o a los servicios a las personas. En ausencia de esto, muy probablemente vivirá la tentación de radicalizar la propia presencia política en una actitud antiglobalizadora, acríticamente contraria al libre cambio y al pluralismo cultural y étnico.

Este es un paso fundamental, porque da luz a la potencial fragilidad del marco. Falta una clase media que, si bien se había convertido en un elemento viscoso para el sistema económico, había desarrollado una importante función de «amalgama» política y de correa de transmisión del consenso. Y, sin embargo, a pesar de la solidez de esta amalgama, cuando, en la primera mitad del siglo pasado, la burguesía se vio amenazada por la crisis de la primera posguerra mundial, radicalizó su comportamiento confiándose a regímenes dictatoriales.

Frente a una sociedad «desclasificada» todavía más fluida, y, por lo tanto, más influible por propuestas políticas radicales, este problema de gobernabilidad se plantea de manera más viva. El riesgo es que, a falta de una propuesta política clara, un porcentaje relevante del cuerpo electoral acabe por escuchar las sirenas de los líderes «populistas», que proponen responder a la complejidad de los problemas con recetas proteccionistas simples pero inaplicables, con la xenofobia, con la tendencia a echarles a los demás —China, los emigrantes, las instituciones europeas, el euro— las culpas de nuestros problemas.

Las dimensiones del problema quedan muy bien ilustradas por lo que ocurrió el año pasado con ocasión de los referendos de Francia y Holanda para ratificar la Constitución europea: a pesar del pleno apoyo al sí por parte de los gobiernos y de las fuerzas políticas tradicionales, el electorado no dudó en demoler cincuenta años de política comunitaria; ante la existencia de una propuesta europea capaz de responder a sus miedos, se ha refugiado en el interior de su horizonte nacional. Un escenario destinado a repetirse muy a menudo en un futuro próximo, cuando la política esté ausente en los programas propuestos o no sea creíble.

Nos encontramos ante un formidable reto, no sólo para los políticos sino también para los empresarios, que pueden desempeñar un papel de vigilancia de la democracia, como intentan hacer los magnates americanos tipo Andy Grove o Steve Jobs, que obtienen su riqueza de una sociedad dinámica, creativa y abierta, o pueden caer —como sucedió en Italia durante los veinte años fascistas— en la tentación de secundar un régimen reaccionario que les ofrece operar en un sistema económico ampliamente tutelado. Un capitalismo que, como en Italia, tiende a huir de la competencia para retirarse a sectores reglamentados y protegidos por concesiones no está acumulando los anticuerpos necesarios para afrontar situaciones en las que la defensa de la democracia pueda exigir también el compromiso activo de las partes sociales.

Estos interrogantes sobre la capacidad democrática se han hecho todavía más concretos y profundos por las dificultades de sostenibilidad del llamado modelo social europeo. Obviamente, hablar de un único modelo en el área de la Unión Europea es aventurado, ya que el capitalismo renano franco-alemán es distinto del de proveniencia anglosajona, mientras que el bienestar escandinavo a su vez difiere mucho del español o el italiano. Pero es indudable que a Europa, en el mundo, se la identifica con el continente que, más que los demás, ha ofrecido a sus ciudadanos una red de protección amplia, articulada y duradera.

Es un modelo que, hasta el momento, ha garantizado estabilidad política, además de económica, y al que muy pocos estamos dispuestos a renunciar. Hay que analizarlo, sin embargo, con objetividad, partiendo de los datos de la realidad internacional: los países emergentes, los de mayor éxito económico, no parecen interesados en repetir el modelo europeo. El bienestar encuentra dificultades para aplicarse incluso en el corazón de la Mittel-europa, que ha experimentado hasta hace poco tiempo el socialismo real. La pregunta es entonces: ¿durante cuánto tiempo se puede todavía mantener un modelo autónomo europeo que tiene una acentuada dificultad para producir desarrollo económico —como muestran irrefutablemente los datos del producto interior bruto de los últimos diez años— y no consigue atraer capital internacional a inversiones innovadoras?

El riesgo radica en que —en un contexto mundial donde los precios de las actividades y de las mercancías se determinan cada vez más por decisiones tomadas en Pekín o en Washington— nuestro modelo sufra de repente un colapso. Es decir, que el área de la Unión Europea, anémica en la producción de nuevo valor, se encuentre en una condición análoga a la de Japón en los años noventa, que, sin saber modernizar durante un tiempo su sistema socioeconómico, se quedó entrampado una década en una situación recesiva.

Probablemente, para los políticos europeos ha llegado el momento de comprender que los distintos intentos de reformar el modelo, como los del «Libro Blanco» de Lisboa de 2000, que pretendía transformar en el plazo de una década a Europa en el área más competitiva del planeta, no han dado los frutos esperados: quizá no era la receta adecuada, y, en cualquier caso, ha faltado la voluntad política para implementarla. Hoy es, sin embargo, necesario comprender que, al faltar la construcción social sobre la que se formó históricamente el modelo europeo, se precisa, más que Ajustes en los márgenes, un replanteamiento conjunto, pues se sabe que, si el empuje de China prosigue imparable, dentro de una década la renta de los bolsillos europeos podría ser inferior que la de los ciudadanos de las grandes potencias asiáticas: el producto interior bruto per cápita y, por lo tanto, la renta disponible de los trescientos millones de chinos más acomodados podría superar a la de los cerca de trescientos millones de europeos de la zona euro.

Si para entonces la política del Viejo Continente no ha sabido dar una respuesta concreta, podría empezar a crecer entre los europeos la tentación de intercambiar mayor bienestar económico y capacidad de gasto con una renuncia parcial a los derechos democráticos y a la libertad de las personas. Un régimen totalitario gobernado por una tecnocracia eficiente y competente podría parecer más capaz de gobernar el cambio de sistemas democráticos con liderazgos débiles y partidos ligados a las lógicas del pasado.

En definitiva, no se puede excluir que, incluso los sofisticados ciudadanos europeos, frente a la necesidad de elegir entre una democracia que tiene dificultades para garantizar la capacidad del bienestar conquistado y una tecnocracia retrógrada, pero capaz de expandir continuamente las posibilidades de consumo, acaben por buscar refugio en un gobierno de los “mejores”: un gobierno, pues, ya no estrictamente democrático, o incluso no elegido, según la fórmula acuñada por  Platón en la “República”

Obviamente, la partida está lejos de haber acabado. Existen todos los márgenes de maniobra para que la política, comprendiendo que debe actuar en un espacio sin clase media, sepa adoptar programas no centrados en objetivos de corto alcance, pretendiendo, sin embargo, reformas capaces de alinear, al cabo de pocos años, a Europa con las probabilidades productivas y competitivas adoptadas por el resto del mundo y que ya no podemos pensar en cambiar unilateralmente. Es preciso comprender que frente a los empujes exógenos de fuerzas económicas y sociales que no se habían manifestado antes en la historia con tanta intensidad y capacidad de choque, el propio contexto de las relaciones internacionales ha cambiado profundamente: ya no existe un sistema caracterizado por pocos bloques homogéneos en los que Europa desempeña un papel central. Es perfectamente verosímil que, dentro de pocos años, en algunos organismos multilaterales, como la Organización Mundial del Comercio, se puedan formar mayorías «pacíficas» (en el sentido del océano) en detrimento de los intereses de nuestro continente.

Europa, que incluso se enorgullece de un modelo social ciertamente envidiado en el mundo por los resultados obtenidos en la calidad de vida y por su capacidad para garantizar la cohesión social, se encuentra menos preparada para afrontar los esfuerzos producidos por el nacimiento de una sociedad mundial de bajo coste. Pero esto no significa que todo lo que ha distinguido a Europa, y la distingue, esté destinado a desaparecer: el modelo de economía de mercado fundado sobre el papel de la clase media, que ha acompañado durante mucho tiempo las decisiones políticas del Viejo Continente, debe ceder su puesto al capitalismo de la clase de la masa.

Algunos políticos amplios de miras pueden gobernar este proceso sin renunciar a las conquistas esenciales del último medio siglo. Si, en la posguerra, la visión de los estadistas europeos supo utilizar las reformas sociales y políticas para encauzar el empuje a la expansión del modelo colectivista, hoy las fuerzas de gobierno de la Unión Europea deben interpretar la realidad, entender qué partes del sistema actual pueden utilizarse y cuáles, sin embargo, hay que sacrificar, y sobre esta base construir un nuevo modelo. No resultará fácil, pero siempre es mejor que atragantarse al demonizar las tendencias emergentes en otros continentes, sin comprender que las dinámicas actuales son globales, transversales e imparables. Europa es rígida y lenta, pero tiene una característica que, si se valoriza, puede resultar preciosa incluso para los demás sistemas: mientras que en otros sitios la rapidez de adaptación a los cambios económicos coincide con cierta tendencia a hacer tabla rasa de las experiencias precedentes, con consecuencias políticas y sociales a menudo desestabilizantes, Europa siempre ha intentado no «destruir su historia». No sólo ha sabido constantemente producir modelos universales (desde el Estado-nación hasta el marxismo social), sino que, además, en el transcurso de un equilibrio económico a otro sucesivo casi siempre ha mantenido con vida los elementos esenciales producidos hasta ese momento por su trayectoria histórico-política.

En definitiva, la Europa que ha «inventado» la clase media puede sobrevivir a su fin. Liderazgos descolgados del ciclo político del momento y capaces de leer la realidad y las soluciones desde una perspectiva histórica están capacitados para contribuir al gobierno de la sociedad de bajo coste, suavizando su tendencia natural al exceso de consumismo, y casi se podría decir al totalitarismo consumístico, y, por lo tanto, a la pérdida de valores distintos por el simple precio de un bien o de un servicio. La sociedad a bajo coste ya es una realidad, pero se trata de un modelo incompleto, incapaz de mirar al hombre en su totalidad y complejidad. El capitalismo salvaje y los sistemas económicamente dinámicos, pero no democráticos, no pueden, ciertamente, curar sus patologías. Esta nueva realidad social necesita, pues, una humanización, valor plurisecular de la identidad occidental. El neohumanismo de la sociedad de bajo coste.

 

APUNTE A PIE DE PÁGINA

(10) Los datos están recogidos en un artículo de Bob Herbert (Herbert, 2005). Contiene otras referencias cuantitativas y notas bibliográficas sobre el tema.

 

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