¿PUEDE LA TIERRA ALIMENTAR AL MUNDO?

1-Christian Troubé

 

POR CHRISTIAN TROUBÉ

cenefa1Técnicamente, la Tierra podría alimentar a los mil millones de desnutridos del mundo. El problema no procede de la producción, sino del acceso a la alimentación para todos.

¿Calma antes de la recaída? En septiembre de 2010, la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, se alegraba del descenso del número de personas que sufren desnutrición: 925 millones en vez de los 1020 millones censados en 2009. Sin embargo, la crisis podría volver a aumentar las estadísticas a partir del año 2011. En el año 2000, durante la Cumbre del Milenio celebrada en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, los principales jefes de Estado del planeta se comprometieron a reducir a la mitad en 2015 el número de personas que sufren esta calamidad. Por entonces sumaban cerca de 800 millones. Así que estamos muy lejos de alcanzar la meta propuesta.

El espectro del hambre parece proyectar más que nunca su sombra sobre los países más pobres. Regularmente, las imágenes de niños escuálidos, principalmente de África, son titulares de los medios de comunicación, para después volver a caer en el olvido hasta la próxima crisis alimentaria.

2-Alimentación mundial.metirta.online

Alimentación mundial.

Esta persistencia de la malnutrición que, en su fase más aguda puede causar la muerte a entre 5 y 6 millones de personas al año, principalmente menores de 5 años, da argumentos a los más pesimistas y neo-maltusianos, que advierten de la aceleración de la demografía planetaria, que se precipita hacia los 9 000 millones de habitantes, y de la capacidad agrícola, a sus ojos limitada, de la tierra. No obstante, todos los expertos están de acuerdo en que a través de una doble revolución verde, a la vez productivista y ecológica, el mundo puede alimentar al mundo.

La situación actual no es por tanto una cuestión de producción de alimentación sino de acceso a ella. Hablando claro, el asunto de la desnutrición, en lugar de ser una cuestión de producción alimentaria, es una cuestión de pobreza. Las personas más desnutridas son las que no tienen los recursos para comprar alimentos, una vez extinguidos sus medios de subsistencia. Es importante señalar que la mayoría de ellos son pequeños campesinos de países en vías de desarrollo. Los intercambios vinculados a la mundialización se encuentran en el centro del debate sobre la desnutrición, a diversas escalas.

Las “revueltas del hambre” que afectaron en 2007 a varias capitales de los países del Sur (Egipto, Senegal, Filipinas) también han puesto de manifiesto, en un momento en el que una de cada dos personas vive en la ciudad, la transformación de los hábitos alimentarios de las poblaciones que se vuelven dependientes de los artículos de importación y, consecuentemente, de las subidas de los precios mundiales.

El encarecimiento del precio del trigo en Estados Unidos repercute directamente sobre el presupuesto de la familia egipcia, gran consumidora de pan; y el del arroz tailandés, sobre el consumidor senegalés, que lo prefiere al que se produce localmente.

La mundialización de los intercambios también influye sobre la cuestión de la desnutrición cuando los productos de las agriculturas subvencionadas de los países del Norte compiten directamente con las producciones locales.

Cuando el pollo bretón llega más barato al mercado de Duala que las aves de corral del país, todo el sector avícola camerunés se ve privado de ingresos, y miles de pequeños campesinos caen en la desnutrición por falta de dinero. Desde hace tres décadas, las sucesivas negociaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC) tropiezan con la paradoja de la liberalización de los intercambios, que enriquece al Norte y empobrece al Sur.

 

CULTIVOS DE RENTABILIDAD

En un registro similar, la elección de algunos países emergentes de edificar su desarrollo sobre cultivos de exportación incrementa los batallones de desnutridos.

En Brasil, por ejemplo, que ha decidido consagrar millones de hectáreas a cultivos de rentabilidad como la soja o los agro-carburantes, los pequeños campesinos que vivían mal que bien de su pequeña parcela de tierra se convierten en trabajadores agrícolas proletarizados y desnutridos por la falta de recursos para comprar productos a precios inasequibles.

La promoción de agriculturas campesinas locales, respetuosas con el medio ambiente, desconectadas de los lobbies internacionales que imponen OMG (organismos modificados genéticamente) y semillas patentadas, con perspectivas de mercado protegidas de la competencia de los países del Norte, organizadas y que generen ingresos, parece ser la solución de futuro y comienza a reunir los votos (y la financiación) de las organizaciones internacionales.

Esta nueva agricultura campesina, unida al auge del micro-financiamiento, a la educación y a los servicios sanitarios de atención primaria, es la única susceptible de acabar con el 90% de los casos de desnutrición del planeta.

Queda la cuestión, crucial, de la desnutrición potencialmente mortal. La que causa estragos en los conflictos que bañan de sangre los países del Sur, la que merodea por los campos de refugiados, la que surge a raíz de una catástrofe natural. Durante las dos últimas décadas se han hecho grandes progresos para tratarla, gracias a la invención de nuevos productos nutricionales terapéuticos.

Estos productos listos para ser usados son pastas nutritivas, distribuidas de forma gratuita por las ONG y que los padres pueden administrar a sus hijos directamente. Estados Unidos, que durante mucho tiempo se mantuvo contrario a estos productos (cuyo líder es la empresa francesa Nutriset) y que prefiriera liquidar sus existencias de cereales, trata en la actualidad de abrirse camino en ese ámbito.

Una iniciativa que se traduce efectos indisociables de la mundialización en una guerra de patentes. Si a ello le sumamos el desinterés de los Estados que no cumplen sus promesas de financiación, este pulso corre el riesgo de seguir siendo mortal durante mucho tiempo para unas poblaciones a las que técnicamente podríamos salvar en la actualidad.

 

El coste económico de la desnutrición

Los estragos de la desnutrición castigan económicamente al mundo en vías de desarrollo. Los economistas calculan que cada niño con retraso físico y mental debido a la desnutrición perderá hasta un 10% de ingresos con respecto a una persona sana en el transcurso de su vida. En 2005, la FAO estimó que el hambre costaba a los países en vías de desarrollo el equivalente a 220 millones de años de vida productivos, es decir, la pérdida de miles de millones de dólares en potencial de productividad y de consumo.

Estas cifras representan un déficit de productividad equivalente al que provocaría la desaparición de una población superior a la de Estados Unidos. Según los expertos, la desnutrición hace perder a los países africanos el equivalente a 20 000 millones de dólares al año. Y para un país como la India, en el que prácticamente un habitante de cada cuatro sufre de desnutrición, unos 30 000 millones.

Como puede observarse, el hambre representa un obstáculo principal para el desarrollo de los países del Sur. Incluso para el desarrollo de todo el planeta: contener en 2015 la desnutrición alrededor de los 500 millones, como proyecta el primero de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas, supondría para estos países obtener unas ganancias de 120 mil millones de dólares al año.

Desafortunadamente, nos encontramos muy lejos de estas previsiones y, cada día, se aleja un poco más la posibilidad de reducir a la mitad el hambre en el mundo en el horizonte de 2015.

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