PRIMEROS BANQUEROS MODERNOS: LOS TEMPLARIOS.

POR: MANUEL PIMENTEL

 La Iglesia del Temple de Londres fue consagrada en 1185 en una misa solemne presidida por el patriarca de Jerusalén, Heraclius, a la que asistiría el mismísimo rey Enrique II. Por aquel entonces, la Orden Templaria era muy poderosa en Inglaterra, en la que su maestre era considerado “primas baro”, primer barón del reino. Ese enorme poder, amparado por el Papa y por su fuerza militar y económica, permitió a las sedes del Temple convertirse en un lugar seguro en el que depositar las riquezas, sin temor al robo ni, tampoco, al expolio real.

Y el caso londinense no es el único, ya que la dimensión internacional de la Orden del Temple le permitió que muchos de sus de sus puertos, monasterios, castillos y encomiendas se convirtieran también en enormes cajas de caudales repletas de tesoros, prestando un servicio impagable para cualquier viajero, comerciante o cruzado, que podía depositar una cantidad en Londres o París, recibir un certificado de crédito —o algo parecido a un protopagaré— y retirar ese dinero en Jerusalén o en cualquiera de los muchos establecimientos de la Orden distribuidos por multitud de reinos.

 Estamos hablando de funciones puras de la banca actual, que hoy en día consideramos como lo más normal del mundo, pero que en aquella época supusieron un enorme avance para la gestión y movilidad de los fondos. Los templarios fueron, pues, los primeros banqueros modernos de la historia y, durante los siglos XII y XIII, los más poderosos y ricos. Conocerlos no solo supone ahondar en la historia de la Iglesia, del gótico y de las Cruzadas. Supone también descubrir el origen de la banca tal y como hoy la conocemos.

PERO, ¿QUIÉNES FUERON ESTOS CABALLEROS TEMPLARIOS tan famosos hoy como temidos en su época? Su nacimiento está íntimamente relacionado con las Cruzadas. A finales del siglo XI, en 1095, el Papa Urbano II predica la primera Cruzada. Nacen y se desarrollan entonces diversas órdenes religiosas-militares y, entre ellas, la más famosa de todas, la de los Templarios.

 La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón se fundó en 1118, por Hugo de Payns junto a otros ocho caballeros franceses, para proteger el Santo Sepulcro de Jerusalén y para defender a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa en busca de redención.

EMBLEMA TEMPLARIO

El rey Balduino II de Jerusalén les cedería un palacio en las inmediaciones del antiguo Templo de Salomón. Y de ese templo tomaron el nombre de Temple. San Bernardo de Claraval redactaría su regla, con importantes innovaciones frente a anteriores órdenes religiosas, lo que les confirió, desde sus orígenes, una acusada personalidad.

DONACIONES, CONQUISTAS Y DERECHOS REALES la hicieron rica y le permitieron crecer con rapidez por varios reinos europeos, Castilla y Aragón incluidos. Los privilegios que la Iglesia concedió a la Orden que consideraba como el ejército del Papa le ayudarían a conseguir una acumulación de riqueza desconocida hasta entonces.

Así, la Orden quedó exenta de pagar impuestos y diezmos en cualquier reino cristiano en el que se estableciera. Pero su éxito no solo se debió a los favores de reyes y papas sino que, sobre todo, fue ganado a pulso por su buen hacer, por los servicios que prestaba y por las innovaciones que introdujo en el arte de la guerra, en los modelos de organización y, también, en la forma de hacer negocios, banca incluida.

Su dependencia exclusiva con el Papa convirtió a los Templarios en una isla de paz para los alambicados conflictos que padecían la mayoría de las cortes europeas. Además de oración y guerra, ofrecían seguridad, confianza y estabilidad, atributos que, como sabemos, deben adornar siempre a los banqueros de pro. Todo se unió para que les fuera bien —muy bien—, en sus finanzas. Pero lo curioso es que todas aquellas riquezas fabulosas estuvieron custodiadas por unos caballeros que, al entrar en el Temple, hacían los votos preceptivos de pobreza, obediencia y castidad.

Sí, hemos dicho bien pobreza, pues, a pesar de custodiar grandes tesoros, dormían en modestos camastros, comían ranchos en comedores comunes y no disponían de bien propio alguno. Eran pobres que generaban y custodiaban riqueza para los fines de la Orden. Los bancarios actuales se horrorizarían si tuvieran que soportar siquiera un ápice de las duras condiciones de vida de aquellos con tradictorios caballeros templarlos.

Además de ayudar a financiar las cruzadas, pronto los templarios se dotaron de una flota propia con la que trasladaban tropas, mercancías y dinero. Sus numerosos enclaves distribuidos por el norte del Mediterráneo les garantizaban excelentes infraestructuras de fondeo, almacenamiento y mercadeo. Sin duda alguna, el Temple logró convertirse en la mayor y más eficaz organización financiera que los siglos hubieran conocido hasta entonces, el primer banco internacional en operación.

PARA MUCHOS, LA BANCA ES UNA INSTITUCIÓN EN LA QUE UNOS DEPOSITAN DINERO y otros lo reciben en forma de préstamo. Pero, probablemente, su primera función fue, al modo templario, la de actuar como lugar de depósito y como entidad de emisión de certificados de los mismos, que el depositante podría canjear en cualquier momento, tanto en el lugar donde los realizó como en algún otro establecimiento de la entidad depositaria.

JACQUES DE MOLAY

 Estos certificados también resultarían válidos frente a terceros, que podrían negociar con él o retirarlo a su voluntad de la entidad de depósito. Este servicio, importantísimo para el desarrollo del comercio y de la movilidad, ya se puede considerar como neta e innovadoramente bancario.

DESDE AQUEL GERMEN DE BANCA HASTA LAS FINTECH POSMODERNAS Y DIGITALES de la actualidad, la banca iría adquiriendo nuevas funciones, como la de comercialización de diversos productos financieros, algunos simples y otros complejos, como los derivados y demás, que tantos dolores de cabeza causaron en ocasiones, pasando, como vemos en cualquier sucursal de nuestros días, por vender seguros, viajes e, incluso, cuberterías.

Todo tiene su historia, y la banca también. Los templarios, gentes serias —demasiado serias incluso—, cumplieron, por tanto, con las dos funciones canónicas de cualquier banco que se precie: la de institución de depósito y custodia de fondos y, también, la de prestamista, pues, en muchas ocasiones, prestaron dinero a reinos y monarcas para financiar sus guerras y aprietos económicos, que fueron frecuentes y crónicos.

 Merece la pena destacar el legado que aquellos caballeros templarios dejaron para la posterior cultura bancaria, en algunos casos por propia innovación y, en otros, por mejora y extensión de prácticas financieras anteriores. Así, fueron los predecesores de los cheques de viaje o de las entidades depositarias de valores, por citar dos ejemplos simples. Mejoraron los sistemas de contabilidad y de administración existentes y dieron luz a las primeras versiones de lo que hoy conocemos como cartas de crédito para la importación/exportación y, también, para las posteriormente archiconocidas como letras de cambio. Además, estos primeros intermediarios financieros modernos desarrollaron su propia Rsc.

TEMPLE CHURCH

CONSTRUYERON O FINANCIARON LA CONSTRUCCIÓN DE MÁS DE SESENTA CATEDRALES, dieron alimento y cobijo a pobres, curaron a enfermos e hicieron los caminos y rutas marítimas más seguros para viajeros y comerciantes. Por todo ello, además de temida, la Orden del Temple también fue amada por la sociedad europea del momento, que conectó emocionalmente con los valores que encarnaba.

 La literatura y el cine también están en deuda con la Orden mítica y misteriosa, pues ha inspirado a poetas, escritores y cineastas. Como decimos en el mundo editorial, lo templario, casi mil años después, sigue vendiendo casi tan bien como entonces. Murieron de éxito. Felipe IV, rey de Francia, ambicionaba las riquezas del Temple.

 Con excusas de mal pagador, procuró encontrar un argumento para no tener que devolver los cuantiosos préstamos que los templarios le habían concedido. Los acusó de herejía, sodomía, satanismo y de mil dislates y perversiones más. Malvado y desagradecido sí que fue este monarca, que presionó al papa Clemente V para que en marzo de 1314 disolviera la Orden.

Su último maestre, Jacques de Molay, ardería en la hoguera parisina, no sin antes maldecir con una pronta muerte al rey francés y al Papa, que fallecerían poco después. ¿Casualidad? Quién lo sabe, pero ahí queda el dato para los amantes de lo esotérico y oculto. Los prestamistas judíos tomarían el relevo de la banca, incorporando ya algunas de sus innovaciones. Al inicio del Renacimiento, algunas familias, como los Médici, lograron acumular grandes fortunas bajo el ala pródiga del negocio bancario, aunque pequeños se quedarían en comparación con aquellos colosos medievales. Nuevos ricos, su riqueza ni siquiera llegaría a las rodillas de la alcanzada por los famosísimos y literarios caballeros templarios, primeros banqueros de la historia. Descansen en paz.

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