PRIMERA PARTE: ACTAS DE PILATO

Actas de Pilato

(Redacción griega)

Memorias de nuestro señor Jesucristo, compuestas en tiempo de Poncio Pilato

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Prólogo

Yo, Ananías, protector, del rango de los prefectos, legisperito, conocí a partir de las divinas Escrituras a nuestro Señor Jesucristo, a quien me acerqué por la fe y fui juzgado digno del santo bautismo. Después de rastrear los recuerdos de lo acaecido en aquel tiempo acerca de nuestro Señor Jesucristo y que los judíos depositaron en tiempo de Poncio Pilato, encontré tales recuerdos conservados en hebreo. Por la benevolencia divina los traduje al griego para conocimiento de todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, en el año 17 del reinado de nuestro señor Flavio Teodosio, sexto de Flavio Valentino, en la indicción novena.

Todos cuantos los leéis y los trasladáis a otros libros, acordaos de mí y rezad por mí, para que Dios me sea propicio y me perdone los pecados que he cometido contra él.

Paz a los que los leen, a los que los escuchan y a sus servidores. Amén.

En el ario decimoquinto del gobierno de Tiberio César, emperador de los romanos; en el año decimonono del gobierno de Herodes, rey de Galilea; en el día octavo de las calendas de abril, que es el 25 de marzo; en el consulado de Rufo y Rebelión; en el año cuarto de la olimpíada 202; siendo sumo sacerdote de los judíos José, hijo de Caifás. Todo cuanto narró Nicodemo después de la cruz y la pasión del Señor, se lo entregó a los príncipes de los sacerdotes y a los demás judíos. Lo redactó el mismo Nicodemo en hebreo.

 

Jesús ante el tribunal romano

 

1 1. Después de celebrar un consejo los príncipes de los sacerdotes y los escribas,  Anás, Caifás, Semes, Dataés, Gamaliel, Judas, Leví, Neftalí, Alejandro, Jairo y los demás de entre los judíos, se dirigieron a Pilato acusando a Jesús de muchas maldades diciendo: «Sabemos que este es hijo de José el carpintero y que nació de María. Dice que es hijo de Dios y rey, también profana el sábado y pretende disolver la ley de nuestros padres». Pilato les dice: «¿Qué es lo que hace y lo que pretende disolver?». Los judíos le contestan: «Tenemos una ley que prohíbe curar en sábado. Pues este ha curado en sábado con malas artes a cojos, jorobados, inválidos, ciegos, paralíticos, sordos y endemoniados». Pilato les pregunta: «¿,Con qué malas artes?». Le responden: «Es un encantador y arroja los demonios por virtud de Beelzebul, jefe de los demonios, todos los cuales le están sometidos». Pilato les dice: «Esto no es expulsar los demonios por virtud de un espíritu impuro, sino por la del dios Esculapio».

  1. Dicen los judíos a Pilato: «Rogamos a tu grandeza que sea presentado ante tu tribunal para ser juzgado». Pilato los convocó y les dijo: «Decidme cómo es posible que yo, siendo un gobernador, juzgue a un rey». Ellos le contestaron: «Nosotros no decimos que es rey, sino que él se lo llama a sí mismo». Pilato mandó llamar al mensajero y le dijo: «Que traigan a Jesús con todo respeto». Salió, pues, el mensajero y, reconociéndolo, lo adoró. Tomando la capa que llevaba en la mano, la extendió en tierra, diciendo: «Señor, pisa por aquí y entra, porque te llama el gobernador». Cuando vieron los judíos lo que había hecho el mensajero, gritaron contra Pilato, diciendo: «¿Por qué no lo has hecho entrar por medio de un heraldo, sino de un mensajero? Pues el mensajero, al verlo, lo adoró, y ha extendido su capa en tierra para que pasara por encima como si fuera un rey»
  2. Pilato volvió a llamar al mensajero y le dijo: «¿Por qué has hecho esto, has extendido tu capa en tierra y has hecho pasar sobre ella a Jesús?». El mensajero le contestó: «Señor gobernador, cuando me enviaste a Jerusalén ante Alejandro, vi a Jesús sentado sobre un asno, mientras los hijos de los hebreos portaban ramas en sus manos y gritaban, y otros extendían sus vestiduras en tierra diciendo: «Sálvanos , tú que estás en las alturas; bendito el que viene en el nombre del Señor»».
  3. Los judíos se ponen a gritar diciendo al mensajero: «Los hijos de los hebreos gritaban en hebreo, ¿cómo tú lo expresas en griego?». El mensajero les respondió: «Pregunté a uno de los judíos, y le dije: «¿Qué es lo que gritan en hebreo?». Y él me lo interpretó». Pilato les dice: «¿Qué es lo que gritaban en hebreo?». Los judíos respondieron: «Hosanna membromê; barujammâ; Adonay». Pilato les pregunta: «¿Y qué quiere decir Hosanna y las otras cosas?». Respondieron los judíos: «Sálvanos, tú que estás en las alturas; bendito el que viene en el nombre del Señor». Díceles Pilato: «Si vosotros mismos dais testimonio de que los niños dijeron estas palabras, ¿en qué ha fallado el mensajero?». Pero ellos guardaron silencio. Dijo entonces el gobernador al mensajero: «Sal y hazle entrar de la forma que quieras». Salió el mensajero y trató de que entrara como en la vez anterior. Dijo, pues, a Jesús: «Señor, entra, que el gobernador te llama».
  4. Mientras entraba Jesús, y los abanderados sostenían las banderas, los bustos de las banderas se inclinaron y adoraron a Jesús. Al ver los judíos la actitud de las banderas y cómo se habían inclinado y adorado a Jesús, se pusieron a gritar desmesuradamente contra los abanderados. Pero Pilato dijo a los judíos: «¿No os admiráis de que los bustos se hayan inclinado y hayan adorado a Jesús?». Respondieron los judíos a Pilato: «Nosotros hemos visto cómo los abanderados los inclinaban y adoraban a Jesús». El gobernador llamó a los abanderados y les dijo: «¿Por qué habéis hecho eso?». Ellos respondieron a Pilato: «Nosotros somos griegos y servidores de los dioses, ¿cómo podíamos adorar a este hombre? Pero mientras nosotros sosteníamos los bustos, se inclinaron ellos mismos y lo adoraron».
  5. Dijo Pilato a los jefes de las sinagogas y a los ancianos del pueblo: «Elegid vosotros a hombres fuertes y robustos para que ellos sostengan las banderas. Veremos si ellas se inclinan por sí mismas». Tomaron, pues, los ancianos de los judíos a doce varones robustos y fuertes. Hicieron que seis a la vez sostuvieran las banderas. Se situaron delante del tribunal del gobernador. Dijo Pilato al mensajero: «Sácalo fuera del pretorio e introdúcelo de nuevo de la forma que quieras». Salió, pues, Jesús fuera del pretorio y el mensajero con él. Llamó Pilato a los que anteriormente sostenían los bustos y les dijo: «He jurado por la salud del César que si las banderas no se inclinan cuando entre Jesús, os cortaré la cabeza». Ordenó otra vez el gobernador que entrara Jesús. El mensajero observó la misma actitud que al principio y rogó insistentemente a Jesús que pisara por encima de su capa. Y entró caminando sobre ella. Cuando entraba, se inclinaron de nuevo las banderas y adoraron a Jesús.

 

Detalles del proceso

 

2 1. Cuando Pilato lo vio, se llenó de miedo y trataba de levantarse del tribunal. Pero  mientras estaba pensándolo, su mujer le envió un recado diciendo: «Nada tengas que ver con este hombre justo, pues he padecido mucho por él esta noche». Entonces Pilato llamó a todos los judíos y les dijo: «Sabéis que mi mujer es piadosa y sigue más bien las costumbres judías». Ellos replicaron: «Sí, lo sabemos». Pilato les dijo: «Pues mi mujer me ha enviado a decir que nada tenga que ver con este hombre justo, pues ha padecido por su causa esta noche». Respondiendo los judíos, dijeron a Pilato: «¿No te hemos dicho que es un encantador? Fíjate que ha enviado un sueño a tu mujer».

  1. Pilato hizo entrar a Jesús y le dijo: «¿Qué testimonio dan estos contra ti? ¿No dices nada?». Pero Jesús contestó: «Si no tuvieran poder para hacerlo, no habrían hablado nada, pues cada uno tiene el dominio de su propia boca para hablar lo bueno y lo malo; ellos verán».
  2. Respondiendo los ancianos de los judíos, dijeron a Jesús: «¿Qué es lo que vamos a ver? Primero, que has nacido como fruto de fornicación; segundo, que tu nacimiento en Belén provocó una matanza de niños; tercero, que tu padre José y tu madre María huyeron a Egipto por no tener libertad en el pueblo».
  3. Dijeron algunos de los presentes, que eran judíos piadosos: «Nosotros afirmamos más bien que no ha nacido de fornicación, sino que José celebró desposorios con María, por lo que Jesús no nació de fornicación». Pilato dijo a los judíos que decían que era fruto de fornicación: «Esto que decís no es verdad, porque se celebraron los esponsales, según cuentan vuestros mismos compatriotas». Replicaron a Pilato Anás y Caifás: «Todos en el pueblo gritamos, pero no nos creen cuando decimos que nació de fornicación. Estos son prosélitos y discípulos suyos». Llamó entonces Pilato a Anás y Caifás y les preguntó: «¿Qué quiere decir prosélitos? Ellos respondieron: «Que nacieron de padres griegos, pero ahora se han hecho judíos». Dijeron los que afirmaban que no había nacido de fornicación: Lázaro, Asterio, Antonio, Santiago, Anules, Zeras, Samuel, Isaac, Finees, Crispo, Agripa y Judas: «Nosotros no hemos sido prosélitos, sino que somos hijos de judíos y decimos la verdad. Además, estuvimos presentes en los desposorios de José y de María».
  4. Pilato convocó a los doce hombres que decían que Jesús no había nacido de fornicación y les dijo: «Os conjuro por la salud del César que me digáis: ¿Es verdad lo que habéis dicho que no ha nacido de fornicación?». Respondieron a Pilato: «Nosotros tenemos una ley que nos prohíbe jurar, porque es un pecado. Que estos juren por la salud del César que no es verdad lo que hemos dicho, y somos reos de muerte». Dijo Pilato a Más y Caifás: «¿Nada respondéis a estas cosas?». Respondieron Más y Caifás a Pilato: «Estos doce están convencidos de que no ha nacido de fornicación, pero todos en el pueblo decimos a gritos que ha nacido de fornicación, que es un hechicero y se llama a sí mismo Hijo de Dios».
  5. Ordenó Pilato que saliera toda la muchedumbre, excepto los doce que decían que no había nacido de fornicación, y mandó que Jesús fuera puesto aparte. Entonces les dijo Pilato: «¿Por qué razón quieren matarlo?». Ellos contestaron a Pilato: «Le tienen celos porque cura en sábado». Pilato replicó: «¿Por una obra buena quieren darle muerte?».

 

Pilato intenta librar a Jesús

 

3 1. Lleno de ira, salió Pilato fuera del pretorio y les dijo: «Pongo al sol por testigo de que no encuentro culpa alguna en este hombre». Respondieron los judíos y dijeron al gobernador: «Si este no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado». Dijo Pilato: «Tomadlo vosotros y juzgadlo según vuestra ley». Los judíos dijeron a Pilato: «A nosotros no nos está permitido matar a nadie». Replicó Pilato: «A vosotros os prohibió Dios matar, pero ¿a mí?».

  1. Volvió a entrar Pilato al pretorio, llamó a Jesús a solas y le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió a Pilato: «¿Dices esto por ti mismo o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió a Jesús: «¿Soy yo acaso también judío? Tu pueblo y los príncipes de los sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi reino no es de este mundo, pues si de este mundo fuera mi reino, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí». Dijo Pilato: «¿Luego tú eres rey?». Le respondió Jesús: «Tú dices que yo soy rey; pues para esto he nacido y he venido, para que todo el que es de la verdad escuche mi voz». Pilato le dice: «¿Qué es la verdad?». Jesús le contesta: «La verdad viene del cielo». Pilato pregunta: «¿Es que sobre la tierra no hay verdad?». Jesús dice a Pilato: «Ya ves cómo los que dicen la verdad son juzgados por los que poseen el poder sobre la tierra».

4 1. Dejando a Jesús dentro del pretorio, salió Pilato al encuentro de los judíos y les dice: «Yo no encuentro en él culpa alguna». Los judíos le dicen: «Este ha dicho: «Puedo destruir este templo y en tres días volver a edificarlo»». Pregunta Pilato: «¿Qué templo?». Responden los judíos: «El que edificó Salomón en cuarenta y seis años, este dice que lo va a destruir y edificar en tres días». Dice Pilato: «Soy inocente de la sangre de este hombre justo. Vosotros veréis». Dicen los judíos: «Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos».

  1. Reuniendo Pilato a los ancianos, a los sacerdotes y a los levitas, les dijo en secreto: «No actuéis así, pues no le acusáis de nada que sea digno de muerte; ya que vuestra acusación se refiere a sus curaciones y a la profanación del sábado». Dicen los ancianos, los sacerdotes y los levitas a Pilato: «Si alguien blasfema contra el César, ¿es digno de muerte o no lo es?». Pilato dice: «Es digno de muerte». Replican los judíos a Pilato: «Si alguien que blasfema contra el César merece la muerte, este ha blasfemado contra Dios».
  2. El gobernador mandó salir a los judíos fuera del pretorio, y llamando a Jesús le dice: «¿Qué voy a hacer contigo?». Jesús responde a Pilato: «Haz como se te ha dado». Pilato replica: «¿Cómo se me ha dado?». Responde Jesús: «Moisés y los profetas vaticinaron sobre mi muerte y mi resurrección». Los judíos y los que habían oído estas palabras preguntaron a Pilato: «¿Para qué tienes que seguir escuchando esta blasfemia?». Pilato dice a los judíos: «Si esto es una blasfemia, detenedlo vosotros como blasfemo, llevadlo a vuestra sinagoga y juzgadlo según vuestra ley». Dicen los judíos a Pilato: «Nuestra ley contiene esta norma: Si un hombre peca contra otro hombre, merece recibir cuarenta azotes menos uno; pero el que blasfema contra Dios ha de ser lapidado».
  3. Pilato les dice: «Tomadlo vosotros y castigadlo del modo que queráis». Los judíos dicen a Pilato: «Nosotros queremos que sea crucificado». Pilato replica: «No merece ser crucificado».
  4. Echando el gobernador una mirada sobre las turbas que estaban alrededor, al ver que muchos judíos lloraban, dice: «No toda la gente quiere que muera». Dicen los ancianos de los judíos: «Por eso hemos venido todos juntos, para que muera». Pilato pregunta a los judíos: «¿Por qué tiene que morir?». Los judíos responden: «Porque ha dicho que es Hijo de Dios y rey».

 

Nicodemo intercede por Jesús

 

5 1. Un cierto judío, de nombre Nicodemo, se puso delante del gobernador y le dijo: «Te ruego, hombre piadoso, que me permitas decir unas pocas palabras». Le dice Pilato: «Habla». Dice Nicodemo: «Yo hablé a los ancianos, a los sacerdotes, a los levitas y a toda la muchedumbre de los judíos en la sinagoga: «¿Qué estáis buscando hacer con este hombre? Este hombre hace muchos signos y prodigios, que ningún otro hizo ni podrá hacer. Dejadlo en paz y no queráis hacer nada malo contra él. Si los signos que hace vienen de Dios, permanecerán; pero si proceden de los hombres, se disiparán. Pues también Moisés, enviado por Dios a Egipto, hizo muchos signos que Dios le había indicado que hiciera delante del Faraón, rey de Egipto. Allí estaban también los servidores del Faraón, Jamnés y Jambrés, que hicieron también no pocos signos de los que hacía Moisés. Los egipcios consideraban dioses a Jamnés y Jambrés. Pero como los signos que hacían no venían de Dios, perecieron ellos y los que los creían. Y ahora dejad en paz a este hombre, pues no merece la muerte».

  1. Entonces dicen los judíos a Nicodemo: «Tú te has hecho discípulo suyo, por eso defiendes su causa». Nicodemo les dice: «¿Acaso el gobernador también se ha hecho discípulo suyo y por eso habla a su favor? ¿No es el César el que lo ha puesto en esta dignidad?». Los judíos estaban encolerizados y rechinaban los dientes contra Nicodemo. Pilato les dice: «¿Por qué rechináis vuestros dientes contra él si habéis oído la verdad?». Dicen los judíos a Nicodemo: «Toma tú su verdad y su parte». Dice Nicodemo: «Amén, amén. La tomo como habéis dicho».

 

Testimonios a favor de Jesús

 

6 1. Uno de los judíos se adelantó y rogó al gobernador que le diera la palabra. El  gobernador le dice: «Si quieres hablar, habla». El judío dijo: «Yo estuve treinta y ocho años tumbado en una litera en medio de grandes dolores. Cuando vino Jesús, muchos que estaban endemoniados y sometidos a diversas enfermedades fueron curados por él. Y unos jovencitos, compadeciéndose de mí, me transportaron con la litera y me llevaron hasta él. Al verme Jesús, tuvo compasión de mí y me dijo: «Toma tu camilla y camina». Tomé mi camilla y me puse a caminar». Dicen los judíos a Pilato: «Pregúntale qué día era cuando fue curado». Dice el que había sido curado: «Era sábado». Replican los judíos: «¿Acaso no te habíamos informado de que en sábado cura y expulsa demonios?»

  1. Otro judío, adelantándose, dice: «Yo nací ciego, oía voces, pero no veía a las personas. Una vez que pasaba Jesús, me puse a gritar a grandes voces: «Ten piedad de mí, hijo de David». Se compadeció de mí, puso sus manos sobre mis ojos y al momento recuperé la vista». Otro judío dio un paso adelante y dijo: «Estaba encorvado, y él me enderezó con su palabra». Otro dijo: «Contraje la lepra, y él me curó con una palabra».

7. Una mujer, de nombre Berenice, dijo a gritos: «Padecía flujo de sangre, toqué la 7 orla de su manto y se detuvo la hemorragia, que duraba ya doce años». Dicen los judíos: «Tenemos una ley que prohíbe presentar a una mujer como testigo».

8. Algunos otros, cantidad de varones y mujeres, gritaban diciendo: «Este hombres es O un profeta, y los demonios le están sometidos». Dice Pilato a los que afirmaban que los demonios se le someten: «¿Por qué no se le han sometido también vuestros maestros?». Responden a Pilato: «No lo sabemos». Otros dijeron que había resucitado al difunto Lázaro, que llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Lleno de temor, el gobernador dijo a toda la muchedumbre de los judíos: «¿Por qué queréis derramar sangre inocente?».

 

Jesús condenado a muerte

 

9 1. Llamando a Nicodemo y a los doce que afirmaban que no había nacido de fornicación, les dice: «¿Qué puedo hacer, pues se está levantando un tumulto en el pueblo?». Ellos le contestan: «No sabemos; ellos verán». Convocó de nuevo Pilato a toda la multitud de los judíos y les dice: «Sabéis que es costumbre que se os libere a un preso por la fiesta de los Ácimos. Tengo preso y condenado en la cárcel a un asesino llamado Barrabás, y tengo también a este Jesús que está delante de vosotros, contra quien no encuentro culpa alguna. ¿A quién queréis que os suelte?». Pero ellos gritaron: «¡A Barrabás!». Les dice Pilato: «¿Qué haré, pues, con Jesús, el llamado Cristo?».

Dicen los judíos: «¡Sea crucificado!». Pero algunos judíos respondieron: «No eres a del César si sueltas a este, pues ha dicho que es Hijo de Dios y rey. ¿Quieres este como rey y no al César?».

  1. Encolerizado, Pilato dice a los judíos: «Vuestra raza es siempre pendenciera y oponéis a vuestros bienhechores». Dicen los judíos: «¿A qué bienhechores?». Replica Pilato: «Vuestro Dios os sacó de Egipto de una dura servidumbre, os salvó lo ibais a través del mar corno si fuerais por tierra seca, os alimentó en el de1 con maná, os proporcionó codornices, os dio de beber agua sacada de una roca lio una ley. A pesar de todo, irritasteis a vuestro Dios, os buscasteis un becerro do, exasperasteis a vuestro Dios, y él trató de exterminaros. Pero Moisés intercedió por vosotros, y no fuisteis castigados con la muerte. Y ahora me acusáis de que odio al emperador».
  2. Al levantarse para salir del tribunal, empiezan los judíos a gritar diciendo: “Nosotros reconocemos como rey al César y no a Jesús. Pues hasta los magos le trajeron de Oriente dones como a un rey. Cuando Herodes oyó de los magos que había o un rey, intentó darle muerte. Pero al saberlo su padre José, lo tomó junto con su y huyeron a Egipto. Cuando Herodes se enteró, exterminó a los hijos de los que habían nacido en Belén».
  3. Cuando oyó Pilato estas palabras, se llenó de temor. Y haciendo callar a las turbas porque que estaban gritando, les dice: «¿De modo que este es aquel al que Herodes buscaba?». Dicen los judíos: «Sí, es este». Entonces Pilato, tomando agua se lavó las manos de cara al sol, diciendo: «Inocente soy de la sangre de este justo; allá vosotros». De nuevo empiezan a gritar los judíos: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
  4. Entonces ordenó Pilato que fuera echado el velo del tribunal donde estaba sentado dice a Jesús: «Tu raza te ha rechazado como rey. Por eso, he decidido que en primer lugar seas azotado según la costumbre de los reyes piadosos, y luego seas colgado en la cruz en el jardín donde fuiste apresado; y que los dos malhechores, Dimas Gestas, sean crucificados juntamente contigo».

 

Crucifixión y muerte

 

10 1. Salió Jesús del pretorio, y los dos malhechores con él. Cuando llegaron al lugar acordado, lo desnudaron de sus vestidos y le ciñeron un lienzo a la cintura; le colocaron alrededor de la cabeza una corona de espinas. De manera semejante cola los dos malhechores. Jesús decía: “Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen”. Los soldados se repartieron sus vestiduras mientras el pueblo estaba mirando. Los príncipes de los sacerdotes y las autoridades que estaban con ellos se burlaban de él diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo. Si este es Hijo de Dios, que baje de la cruz». Los soldados se burlaban de él acercándose y llevándole vinagre con hiel: «Tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Después de la sentencia, ordenó que se escribiera como título su acusación con letras griegas, latinas y hebreas lo que habían dicho los judíos que «Es rey de los judíos».

  1. Uno de los malhechores colgados le habló diciendo: «Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero respondiendo Dimas, lo reprendía diciendo: «¿,Nada temes a Dios cuando estás en el mismo suplicio? Nosotros estamos con razón, pues lo que merecen nuestras obras; pero este no ha hecho mal alguno». Y decía: “Acuérdate, Señor, de mí cuando estés en tu reino». Jesús le dijo: «En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso».

11 1. Era como la hora de sexta cuando las tinieblas cayeron sobre la tierra hasta la hora de nona al haberse oscurecido el sol; la cortina del Templo se rasgó por la mitad. Jesús, dando una gran voz, dijo: «Padre, baddakh efkid ruel», que quiere decir. “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Dicho esto, entregó su espíritu. Cuando vio el centurión lo que había sucedido, dio gloria a Dios, diciendo: “Este hombre era justo”. Todas las turbas que habían ido al espectáculo, al ver lo sucedido, regresaban dándose golpes de pecho.

  1. El centurión dio parte al gobernador de lo sucedido. Cuando lo oyeron el gobernador y su mujer, se entristecieron mucho y no comieron ni bebieron nada en aquel día. Pilato hizo llamar a los judíos y les dijo: «¿Habéis visto lo que ha sucedido?». Pero ellos respondieron: «Ha habido un eclipse de sol como de costumbre».
  2. Estaban de lejos sus conocidos; y las mujeres que le habían seguido desde Galilea contemplaban los hechos. Un hombre, llamado José, que era sanedrita, de la ciudad de Arimatea, y que esperaba el reino de Dios, se acercó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Lo bajó, pues, y lo envolvió en una sábana limpia, y lo colocó en un sepulcro en piedra, en el que nadie había sido depositado todavía.

 

José de Arimatea, preso y liberado.

 

12 1. Cuando oyeron los judíos que José había pedido el cuerpo de Jesús, se pusieron a buscarlo, y a los doce que afirmaban que Jesús no había nacido de fornicación, y también a Nicodemo y a otros muchos, que se habían presentado ante Pilato habían manifestado las buenas obras de Jesús. Cuando todos se habían escondido entre ellos Nicodemo solo, porque era un varón importante del pueblo judío. Les dice Nicodemo: «¿Cómo habéis entrado en la sinagoga?». Los judíos le contestan: “¿Y cómo has entrado tú en la sinagoga? Como eres su cómplice, que tengas también parte con él en el siglo venidero”. Nicodemo dijo: «Así sea, así sea».

De semejante manera se presentó también José, que les dijo: «¿Por qué razón os habéis molestado contra mí porque reclamé el cuerpo de Jesús? Fijaos que lo he depositado en mi sepulcro nuevo después de haberlo envuelto en una sábana limpia; y he hecho rodar una piedra sobre la entrada de la cueva. Vosotros no os habéis portado bien con este justo, porque no os habéis arrepentido de haberlo crucificado, sino que también lo habéis herido con una lanza». Los judíos detuvieron a José y ordenaron tenerlo encerrado hasta el primer día después del sábado. Le dicen, pues: «Has de saber que la hora no permite que hagamos nada contra ti, porque ya el sábado amanece. Pero conoce que ni siquiera serás considerado digno de recibir sepultura, sino que daremos tus carnes a las aves del cielo». Responde José: «Estas palabras son propias del orgulloso Goliat, el que injurió al Dios vivo y al santo David. Pues dijo Dios por el profeta: «A mí me corresponde la venganza, y yo soy el que retribuiré», dice el Señor. Y ahora el que es incircunciso en la carne, pero circunciso de corazón, tomando agua se lavó las manos de cara al sol diciendo: «Yo soy inocente de la sangre de este justo, allá vosotros». Y vosotros respondisteis a Pilato, diciendo: «[Caiga] su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Ahora temo que venga la ira del Señor sobre vosotros y sobre vuestros hijos, como dijisteis». Cuando los judíos oyeron estas palabras, se llenó de amargura su alma, y echando mano de José lo apresaron y lo encerraron en una casa donde no había ventana alguna. Pusieron a la puerta guardianes y sellaron la puerta donde estaba encerrado José.

  1. El sábado decretaron los jefes de las sinagogas, los sacerdotes y los levitas que todos se encontraran al día siguiente en la sinagoga. Se levantaron muy de mañana todos los de la multitud y se pusieron a deliberar en la sinagoga con qué género de muerte lo eliminarían. Reunido en sesión el sanedrín, ordenaron que fuera llevado con gran deshonor. Pero abriendo la puerta, no lo encontraron dentro. Quedó todo el pueblo fuera de sí, y se llenaron de estupefacción porque habían encontrado los sellos intactos y la llave la tenía Caifás. Y ya no se atrevieron a poner sus manos sobre los que habían hablado a favor de Jesús delante de Pilato.

 

Noticias de la resurrección

 

13 1. Cuando todavía estaban sentados en la sinagoga, admirados por causa de José, vinieron algunos de los guardianes que los judíos habían pedido a Pilato para que guardaran la tumba de Jesús no fuera que vinieran sus discípulos y robaran su cuerpo. Llegaron, pues, anunciando a los jefes de las sinagogas, a los sacerdotes y a los levitas lo sucedido. Es decir, cómo «se produjo un gran terremoto, y vimos a un ángel que bajó del cielo, retiró la piedra de la entrada de la cueva y se sentó encima de ella. Brilló como la nieve y como el relámpago. Nosotros, llenos de miedo, caímos en tierra como Muertos. Y oímos la voz del ángel quien hablaba a las mujeres, I que permanecían junto a la tumba: «No temáis vosotras, pues sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí; ha resucitado como dijo. Venid, ved el lugar donde yacía el Señor. Id rápidamente y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos y que está en Galilea»».

  1. Los judíos les preguntan: «¿A qué mujeres hablaba?». Responden los guardianes: «No sabemos quiénes eran». Dicen los judíos: «¿Qué hora era?». Dicen los de la guardia: «La medianoche». Insisten los judíos: «¿Y por qué no las detuvisteis?». Dicen los guardianes: «Nos quedamos como muertos por el miedo, no esperando que pudiéramos ver la luz del día, ¿cómo íbamos a poder detenerlas?». Dicen los judíos: «Vive el Señor, que no os creemos». Dicen los guardianes a los judíos: «Visteis tan grandes signos en aquel hombre y no lo creísteis, ¿cómo nos vais a creer a nosotros? Con razón jurasteis que vive el Señor, pues aquel también vive». De nuevo dicen los de la guardia: «Nosotros hemos oído que al que reclamó el cuerpo de Jesús lo encerrasteis sellando la puerta, pero que al abrirla no lo habéis encontrado. Entregad, pues, vosotros a José, y nosotros entregaremos a Jesús». Dicen los judíos: «José se ha ido a su ciudad». Dicen los guardianes a los judíos: «También Jesús ha resucitado, según hemos oído decir al ángel, y está en Galilea».
  2. Cuando los judíos oyeron estas palabras, tuvieron miedo y dijeron: «Que no se conozca este anuncio, no sea que todos se pasen a Jesús». Y convocando un consejo los judíos, recogían dinero abundante que dieron a los soldados, diciendo: «Decid: «Mientras nosotros estábamos dormidos, vinieron sus discípulos de noche y robaron su cuerpo». Si el gobernador llegara a enterarse, nosotros lo convenceremos y os dejaremos libres de problemas». Ellos tomaron el dinero y hablaron como se les había indicado.

 

Testigos de la ascensión de Jesús al cielo

 

14 1. Un sacerdote de nombre Finees, un rabino llamado Adás y el levita Ageo bajaron desde Galilea a Jerusalén y narraron a los jefes de las sinagogas, a los sacerdotes y a los levitas lo siguiente: «Hemos visto a Jesús acompañado de sus discípulos, sentado en el monte Mamilkh; y decía a sus discípulos: «Id a todo el mundo, predicad a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, se condenará. A los creyentes los acompañarán estas señales: en mi nombre arrojarán demonios, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes; si toman alguna bebida mortal, no sufrirán ningún daño; impondrán las manos sobre enfermos y se sentirán bien». Cuando todavía estaba hablando Jesús a sus discípulos, vimos que fue elevado al cielo».

  1. Dicen los ancianos, los sacerdotes y los levitas: «Dad gloria al Dios de Israel y reconocedlo si es que habéis oído y visto lo que habéis contado». Dicen los que habían hablado: «Vive el Señor Dios de nuestros padres, Abrahán, Isaac y Jacob que hemos oído estas cosas y que lo hemos visto cuando era elevado al cielo». Dicen los ancianos, los sacerdotes y los levitas: «¿Habéis venido para anunciarnos esto o para cumplir un voto hecho a Dios?». Ellos dijeron: «A cumplir un voto hecho a Dios». Les dijeron los ancianos, los príncipes de los sacerdotes y los levitas: «Si habéis venido para cumplir un voto hecho a Dios, ¿a qué vienen esas tonterías que habéis contado delante de todo el pueblo?». Dicen el sacerdote Finees, el rabino Adás y el levita Ageo a los jefes de las sinagogas, a los sacerdotes y a los levitas: «Si estas palabras que hemos hablado y lo que hemos visto son un error, aquí estamos ante vosotros. Haced con nosotros lo que os parezca bien a vuestros ojos». Tomaron entonces el libro de la Ley y les hicieron jurar que a nadie contarían aquellos sucesos. Les pusieron de comer y de beber y les hicieron salir de la ciudad después de darles dinero y poner tres hombres a su disposición, que los acompañaron hasta Galilea. Y marcharon en paz.
  2. Cuando marcharon aquellos hombres a Galilea, se reunieron los príncipes de los sacerdotes, los jefes de las sinagogas y los ancianos en la sinagoga a puerta cerrada. Se lamentaban con grandes lamentaciones diciendo: «¿Se ha producido este prodigio en Israel?». Anás y Caifás dijeron: «¿Por qué os escandalizáis? ¿Por qué lloráis? ¿No sabéis acaso que sus discípulos les han dado abundante dinero y les han instruido para que digan que un ángel del Señor bajó y corrió la piedra de la entrada del sepulcro?». Los sacerdotes y los ancianos respondieron: «Pase que sus discípulos robaran el cuerpo, pero ¿cómo es que el alma entró en el cuerpo y ahora vive él en Galilea?». Pero ellos, al no poder dar respuesta a estos argumentos, apenas pudieron decir: «No nos está permitido creer a unos incircuncisos».

 

Milagrosa liberación de José de Arimatea

 

15 1. Entonces se levantó Nicodemo y se puso en pie delante del sanedrín diciendo: «Habláis con razón. Conocéis, pueblo del Señor, a los varones que han bajado de Galilea. Son temerosos de Dios, con abundancia de recursos, enemigos de la codicia, hombres de paz. Han contado bajo juramento: «Hemos visto a Jesús en el monte Mamilkh en compañía de sus discípulos». Y enseñaba cuantas cosas les habéis oído contar y que lo habían visto ser trasportado al cielo. Pero nadie les preguntó con qué aspecto había sido trasportado. Pues según nos enseñaba a nosotros, el libro de las Santas Escrituras contenía el relato de que Elías había sido elevado al cielo, y que Eliseo lo había llamado a grandes voces. Por ello Elías arrojó su capa sobre el Jordán, y así Eliseo pudo atravesarlo y llegar hasta Jericó. Salieron a su encuentro los hijos de los profetas, que le dijeron: «Eliseo, ¿dónde está Elías, tu señor?». Él contestó que había sido trasportado al cielo. Dijeron luego a Eliseo: «¿Acaso no lo ha arrebatado un espíritu y lo ha arrojado sobre uno de estos montes? Tomemos con nosotros a nuestros criados y vayamos a buscarlo». Convencieron a Eliseo, quien marchó con ellos. Lo buscaron durante tres días, pero no lo encontraron, por lo que reconocieron que había sido trasportado. Y ahora, escuchadme: enviemos mensajeros por todo Israel y veamos si Cristo ha sido llevado por un espíritu y arrojado en uno de los montes». Agradó a todos aquella propuesta, y enviaron mensajeros por todos los rincones de Israel para que buscaran a Jesús, pero no lo encontraron. Encontraron, en cambio, a José de Arimatea, pero nadie se atrevió a detenerlo.

  1. Llevaron el anuncio a los ancianos, a los sacerdotes y a los levitas, diciendo: «Hemos recorrido todos los rincones de Israel, pero no hemos encontrado a Jesús; en cambio, hemos encontrado a José de Arimatea». Cuando oyeron hablar de José, se alegraron y dieron gloria al Dios de Israel. Celebraron consejo los jefes de las sinagogas, los sacerdotes y los levitas para deliberar de qué manera podrían encontrarse con José. Tomaron papel y escribieron a José en estos términos: «La paz sea contigo; sabemos que hemos pecado contra Dios y contra ti. Hemos rogado al Dios de Israel que te considere digno de venir junto a tus padres y tus hijos, porque todos nos hemos entristecido al abrir la puerta y no encontrarte. Somos conscientes de que tomamos un mal consejo contra ti. Pero el Señor te ha protegido, y el mismo Señor disolvió el consejo que tomamos contra ti, apreciado padre José».
  2. Eligieron, pues, de todo Israel a siete varones, amigos de José, a quienes el mismo José conocía. Los jefes de las sinagogas, los sacerdotes y los levitas les dijeron: «Mirad: Si al recibir nuestra carta la leyera, estad seguros de que vendrá a nosotros en vuestra compañía; pero si no la leyera, sabed que está molesto con nosotros, dadle un saludo de paz y regresad a nosotros». Dieron su bendición a los enviados y los despidieron. Llegaron aquellos hombres a donde estaba José, se postraron ante él y le dijeron: «La paz sea contigo». Respondió: «Paz a vosotros y a todo el pueblo de Israel». Le entregaron la copia de la carta. Cuando José recibió la carta, la leyó, la besó y bendijo a Dios, diciendo: «Bendito sea el Señor Dios, que libró a Israel de derramar sangre inocente; y bendito el Señor que ha enviado a su ángel y me ha cubierto bajo sus alas». A continuación, les preparó la mesa, y comieron, bebieron y durmieron allí.
  3. Se levantaron muy temprano e hicieron oración. Luego, José ensilló su asna, se puso en camino con aquellos hombres y llegaron a la ciudad santa de Jerusalén. El pueblo entero salió al encuentro de José, gritando: «¡Que entres en paz!». Dijo a todo el pueblo: «¡Paz a vosotros!». Todo el pueblo lo besó. Rezaron el pueblo y José, y quedaron todos fuera de sí al verlo. Nicodemo lo recibió en su casa y le hizo una gran recepción. Invitó también a Más, a Caifás, a los ancianos, a los sacerdotes y a los levitas a su casa. Se regocijaron comiendo y bebiendo en compañía de José. Y después de entonar el himno, cada cual se marchó a su casa. Pero José permaneció en casa de Nicodemo.
  4. Al día siguiente, que era viernes, madrugaron los jefes de las sinagogas, los sacerdotes y los levitas para ir a la casa de Nicodemo. Les salió este al encuentro y les dijo: «La paz sea con vosotros». Ellos le contestaron: «La paz sea contigo y con José, con toda tu casa y con toda la casa de José». Y los introdujo en su casa. Estaba reunido todo el sanedrín; José se sentó entre Anás y Caifás. Nadie se atrevió a hablarle ni una palabra. Dijo, pues, José: «¿Por qué razón me habéis llamado?». Hicieron señas a Nicodemo para que hablara a José. Nicodemo empezó a hablar, y dijo a José: «Sabes que los honorables rabinos, los sacerdotes y los levitas tratan de conocer por ti un asunto». José les dijo: «Preguntad». Entonces Más y Caifás tomaron el libro de la Ley y conjuraron a José, diciendo: «Da gloria al Dios de Israel y reconócelo. Porque Akhar, conjurado por el profeta Jesús, no cometió perjurio, sino que le anunció todo y no le ocultó ni una palabra. Pues tú ahora no nos ocultes nada». Replicó José: «No os ocultaré una sola palabra». Entonces le dijeron: «Tuvimos una gran tristeza cuando reclamaste el cuerpo de Jesús, lo envolviste en una sábana limpia y lo depositaste en el sepulcro. Por esta razón, te dejamos con todas las garantías en una casa donde no había ni una ventana, cerramos con llave y sellamos las puertas, y unos guardianes custodiaban el lugar donde estabas encerrado. El primer día después del sábado, cuando abrimos, no te encontramos, por lo que nos entristecimos muchísimo. Todo el pueblo del Señor quedó fuera de sí hasta ayer. Cuéntanos, pues, ahora qué pasó contigo».
  5. Respondió José: «El viernes, hacia la hora décima, me encerrasteis, y allí permanecí el sábado entero. Hacia medianoche, cuando yo estaba en oración, la casa donde me encerrasteis fue suspendida de los cuatro ángulos, y vi un relámpago de luz que entró en mis ojos. Lleno de miedo, caí en tierra, y alguien me tomó de la mano y me sacó fuera del lugar donde estaba caído. Una humedad como de agua se derramó sobre mí desde la cabeza a los pies, y un olor de perfume me llegó a las narices. Aquel personaje me enjugó el rostro, me besó y me dijo: «No temas, José; abre tus ojos y mira quién está hablando contigo». Levantando los ojos, vi a Jesús; y temblando, pensaba que era un fantasma. Empecé a recitar los mandamientos, y él los repetía conmigo. Como sabéis, si un fantasma sale al encuentro de alguien y oye recitar los mandamientos, huye inmediatamente. Pero al ver que los recitaba conmigo, le dije: «Maestro Elías». Él me dijo: «No soy Elías». Yo le pregunté: «¿Quién eres, Señor?». Me dijo: «Yo soy Jesús, cuyo cuerpo reclamaste de Pilato, me envolviste en una sábana limpia, me pusiste un sudario sobre el rostro, me colocaste en tu nueva gruta y rodaste una gran piedra ante la puerta de la gruta». Yo dije al que me hablaba: «Muéstrame el lugar donde te deposité». Me llevó y me mostró el lugar donde lo había depositado. Allí se encontraba la sábana y el sudario que había estado sobre su rostro. Entonces reconocí que era Jesús. Él me tomó de la mano y, siguiendo cerradas las puertas, me colocó en medio de mi casa; me llevó al lecho y me dijo: «La paz sea contigo». Me besó y me dijo: «No salgas de tu casa hasta dentro de cuarenta días; pues mira, me marcho a Galilea junto a mis hermanos»».

 

Nuevos relatos de la resurrección y la ascensión

 

16 1. Cuando escucharon los jefes de las sinagogas, los sacerdotes y los levitas estos relatos de parte de José, se quedaron como muertos, cayeron en tierra y ayunaron hasta la hora de nona. Nicodemo y José trataron de consolar a los sacerdotes Anás y Caifás y a los levitas, diciendo: «Levantaos, poneos de pie, fortaleced vuestras almas, porque mañana es el sábado del Señor». Se levantaron y oraron a Dios, comieron y bebieron, y marchó cada uno a su casa.

  1. El día del sábado celebraron consejo nuestros maestros, los sacerdotes y los levitas, deliberando en común y diciendo: «¿Qué significa esta cólera que ha caído sobre nosotros? Porque conocemos a su padre y a su madre». Respondió el rabino Leví: «Sé que sus padres son temerosos de Dios, no descuidan sus votos y dan sus diezmos tres veces al año. Cuando nació Jesús, lo trajeron sus padres a este lugar y ofrecieron a Dios sacrificios y holocaustos. Cuando el gran maestro Simeón lo tomó en sus brazos, dijo: «Ahora despides en paz, Señor, a tu siervo según tu palabra, porque mis ojos han visto tu salvación, que has preparado ante la faz de todos los pueblos, luz para la revelación de los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Te anuncio noticias sobre este niño». Dijo María: «¿Buenas, Señor?». Simeón contestó: «Buenas: este está puesto para caída y resurrección de muchos en Israel y para signo de contradicción. Una espada traspasará tu alma para que sean desvelados los pensamientos de muchos corazones»» (Lc 2, 34-35).
  2. Dicen al rabino Leví: «¿Y esto, cómo lo sabes?». Leví les contestó: «¿No sabéis que aprendí la Ley a su lado?». Los sanedritas le dicen: «Queremos ver a tu padre». Y mandaron venir a su padre. Cuando le preguntaron, les respondió: «¿Por qué no creéis a mi hijo? El bienaventurado y justo Simeón le enseñó él mismo la Ley». Dijeron los sanedritas: «Maestro Leví, ¿es verdad lo que has contado?». Respondió: «Es verdad». Dijeron entre sí los jefes de las sinagogas, los sacerdotes y los levitas: «Venid, enviemos a Galilea en busca de los tres varones, que vinieron y nos contaron de su doctrina y de su ascensión, y que nos digan cómo lo vieron cuando era elevado al cielo». Esta propuesta fue del agrado de todos. Enviaron a los tres varones, que ya habían ido con ellos a Galilea, y les dijeron: «Decid al rabino Adá, al rabino Finees y al rabino Ageo: «Paz a vosotros y a todos los que están con vosotros. Provocada una gran disputa en el sanedrín, hemos sido enviados a vosotros para invitaros a venir a este santo lugar de Jerusalén»».
  3. Marcharon aquellos hombres camino de Galilea, y los encontraron reunidos y meditando la Ley. Los saludaron con la paz y dijeron los varones que estaban en Galilea a los que habían venido a buscarlos: «La paz sobre todo Israel». Contestaron: «La paz sea con vosotros». De nuevo les dijeron: «Por qué razón habéis venido?». Respondieron los emisarios: «Os llama el sanedrín a la ciudad santa de Jerusalén». Al oír aquellos hombres que eran requeridos por el sanedrín, oraron a Dios, se reclinaron a la mesa con los emisarios, comieron y bebieron. Luego se levantaron y marcharon en paz a Jerusalén.
  4. Al día siguiente, se reunió el sanedrín en la sinagoga y les preguntaron diciendo: «¿Habéis visto realmente a Jesús sentado en el monte Mamilkh mientras enseñaba a sus once discípulos, y habéis visto cómo era ascendido al cielo?». Aquellos hombres respondieron, diciendo: «Como vimos que era ascendido, así os lo hemos contado».
  5. Dice entonces Anás: «Ponedlos por separado, y veamos si coincide su relato». Y los pusieron por separado. Llaman en primer lugar a Adá y le dicen: «¿Cómo viste que Jesús era ascendido?». Dice Adá: «Cuando todavía estaba sentado en el monte Mamilkh y enseñaba a sus discípulos, vimos una nube que lo cubrió con su sombra a él y a sus discípulos, lo levantó la nube hasta el cielo mientras sus discípulos permanecían rostro en tierra». Llaman entonces al sacerdote Finees y le hacen la misma pregunta, diciendo: «¿Cómo viste tú que Jesús era ascendido?». Y respondió de la misma manera. Interrogaron luego a Ageo, quien también respondió de la misma manera. Dijeron los sanedritas: «La ley de Moisés contiene la siguiente doctrina: «Por boca de dos o tres testigos será firme toda palabra». Dice el maestro Buthem: «Está escrito en la Ley: «Caminaba Henoc con Dios, y ya no está, porque se lo llevó Dios»» (Gn 5, 22). Dijo también el maestro Jairo: «También hemos oído de la muerte de Moisés, pero a él no lo hemos visto, pues está escrito en la ley del Señor: «Murió Moisés según la palabra del Señor, y nadie ha conocido su sepultura hasta el día de hoy»». Dijo el rabino Leví: «¿Cómo es lo que el rabino Simeón dijo cuando vio a Jesús: «He aquí que este está puesto para caída y resurrección de muchos en Israel, y como signo de contradicción»». El rabino Isaac dijo: «Está escrito en la Ley: «Mirad que yo envío a mi ángel delante de tu rostro, quien irá delante de ti para guardarte en todo buen camino, en el que es invocado mi nombre»».
  6. Entonces Más y Caifás dijeron: «Con razón habéis mencionado lo escrito en la ley de Moisés: que nadie vio la muerte de Henoc, y nadie habló de la muerte de Moisés. Jesús dirigió la palabra a Pilato, pero nosotros sabemos que recibió bofetadas y salivazos en la cara; que los soldados le impusieron una corona de espinas; que fue flagelado; que recibió sentencia de Pilato; que fue crucificado sobre el Calvario junto con dos ladrones; que le dieron a beber vinagre con hiel.; que el soldado Longino le atravesó el costado con una lanza; que José, nuestro honorable padre, reclamó su cuerpo, y que resucitó, como asegura; y que, como dicen los tres maestros: «Lo vimos que era ascendido al cielo»; en fin, que el rabino Leví ha dado testimonio contando lo que dijo el rabino Simeón: «He aquí que este está puesto para caída y resurrección de muchos en Israel, y como signo de contradicción»».

Entonces dijeron todos los maestros al pueblo entero del Señor: «Si esto procede del Señor y resulta admirable a nuestros ojos, conoceréis con seguridad, hombres de la casa de Jacob, que está escrito: «Maldito todo el que está colgado de un madero» (Dt 21, 23). Y otro pasaje de la Escritura afirma: «Los dioses que no hicieron el cielo y la tierra perecerán»».

Dijeron los sacerdotes y los levitas entre sí: «Si hasta Sommos, llamado Yobel, se ha conservado su memoria, sabed que dominará eternamente y se creará un pueblo nuevo».

Entonces los jefes de las sinagogas, los sacerdotes y los levitas dieron este anuncio a todo Israel: «Maldito sea el que adore una obra salida de la mano de un hombre, y maldito el que adore a criaturas al lado de su Creador». Dijo todo el pueblo: «¡Así sea, así sea!».

  1. Todo el pueblo cantó un himno al Señor en estos términos: «Bendito sea el Señor que ha dado el descanso al pueblo de Israel de acuerdo con todo lo que había hablado. No cayó en vano ni una sola de las palabras buenas que habló a Moisés, su siervo. Que el Señor, nuestro Dios, esté con nosotros como estuvo con nuestros padres. No nos abandone a la perdición para que podamos inclinar nuestro corazón hacia él y caminar por todos sus caminos; para que podamos cumplir sus mandamientos y sus juicios que encomendó a nuestros padres. En aquel día el Señor será rey sobre toda la tierra. Y habrá un solo Señor; su nombre será único, Señor rey nuestro. Él nos salvará. No hay nadie semejante a ti, Señor; tú eres grande, Señor, y grande es tu nombre. Por tu poder cúranos, Señor, y quedaremos curados; sálvanos, Señor, y quedaremos salvados; porque somos tu parte y tu herencia. No abandonará el Señor a su pueblo por la grandeza de su nombre, pues el Señor empezó a hacernos su pueblo».

Después de entonar todos el himno, marchó cada uno a su casa dando gloria a Dios, de quien es la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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