PORTUGAL: LA REVOLUCIÓN DE LOS CLAVELES.

Otelo Saraiva de Carvalho, un comandante portugués de treinta y ocho años que intentó sin éxito matricularse en el Actor’s Studio de Nueva York, se vistió el uniforme antes de entrar en su habitación del cuartel de Ingenieros de Pontinha, desde donde dirigió el golpe de Estado. Una florista de las calles de Lisboa puso pocas horas después un clavel rojo en la boca del fusil de un soldado. La revolución —menos de siete horas y cinco muertos, alguno de ellos de infarto— para poner fin a cuarenta y seis años de dictadura de Salazar-Caetano tenía ya un nombre: la revolución de los claveles.

Había llegado el momento de hacer bien las cosas, sin precipitaciones, en pura técnica militar y no como en el descabellado levantamiento de Caldas da Rainha en marzo pasado. Estuvimos esperando a los blindados de la guarnición de Caldas en la autopista, a la entrada de Lisboa, y luego vimos cómo los insurrectos se rendían al mando sin disparar un tiro.

Pero Caldas fue un ensayo y un aviso al régimen. Esta vez —mes y medio después— un entramado de códigos, claves y comunicados mantenía en contacto a los sublevados, unos dos mil oficiales y subalternos hartos de una dictadura en decadencia y de una guerra sin final en África. Decía Curzio Malaparte, y Otelo lo sabía, porque los jóvenes oficiales portugueses eran muy cultos, que el problema del golpe de Estado moderno es de orden técnico. Esos técnicos serán en Portugal, el 25 de abril, los capitanes adiestrados en la lucha contra la guerrilla en las colonias de África.

Otelo sabe también lo que Trotski opina sobre la cuestión: La insurrección es una máquina. Se necesitan técnicos para ponerla en movimiento y sólo los técnicos pueden pararla. La insurrección no se hace con las masas, sino con un puñado de hombres dispuestos a todo. En Portugal, esos dos mil hombres del Movimiento de las Fuerzas Armadas pusieron las armas y la insurrección, las masas pusieron los claveles, y el cantante progresista José Alfonso, la canción que sería el clarinazo del golpe, Grandola vila morena.

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Los primeros momentos de la revolución de abril en Lisboa.

Sin embargo, la primera señal para los cuarteles sublevados fue una canción comercial, Y después del adiós, que otro cantante, Paulo de Carvalho, defendió sin éxito ese año en el Festival de Eurovisión de Brighton. En los cuarteles de Santarem, de Estremoz, Figueira da Foz, Caldas, Santa Margarida, Viseu, Lamego, los jóvenes capitanes de abril escuchaban la radio con el corazón en un puño. El primer ministro, Marcelo Caetano, había dicho de ellos: cuidado, el peligro viene de los capitanes porque todavía no tienen edad suficiente para ser comprados.

Los jóvenes capitanes sabían lo que querían, derribar la dictadura más vieja de Europa, pero luego no se pusieron de acuerdo sobre cómo sustituirla. La revolución de los claveles vivió meses de turbulencia e incertidumbre desde un primer ministro, Vasco Gonçalvez, que giró a la izquierda hacia el PC portugués; un general prusiano sorprendido en medio del huracán, Antonio de Spinola; un secretario general del PS, Mario Soares, decidido a corregir el rumbo izquierdista hacia posiciones moderadas, y otro general, Ramalho Eanes, que acabó en el cuartel de paracaidistas de Tancos con las últimas esperanzas de los revolucionarios y militares puros y duros de conquistar el poder. También esta vez la revolución, como Saturno, devoró a sus hijos.

Otelo había preparado el esquema del plan de acción de aquel 25 de abril en su máquina de escribir, una Adler Tippa portátil. Soñaba, como muchos de sus compañeros, con una revolución ideal, llena de fratemidade, limpia, sin accidentes de ruta, por la cual transitaran los portugueses, los más pobres de Europa, y pudieran comer a su antojo, y sus mujeres, descalzas en los caminos, comprarse al menos un par de zapatos. Para él había que acabar con un régimen apegado a los caducos sueños imperiales y con la utopía de que Portugal no es un país pequeño. Al lema de Oliveira Salazar, el profesor administrativista de Coimbra doblado en dictador, orgullosamente solos, los jóvenes capitanes preferían aquel otro de orgullosamente acompañados.

Otelo, el cerebro del golpe, dividió en dos el país:

1) Al norte del río Duero: defensa de los cuarteles con el mínimo de efectivos y de las fronteras norte y nordeste.

2) El resto del país dividido en cuatro sectores. Las unidades militares —había escrito—enviarán sus tropas hacia los objetivos previstos en Lisboa.

La idea era vieja: ocupación de los centros neurálgicos. En realidad, aquel golpe era tan fácil como derribar a un paralítico de un puñetazo. Marcelo Caetano se había quedado orgullosamente solo con la cúpula militar y un tímido intento de reformas para que todo siguiera igual. Por un lado, los jóvenes capitanes, en sus reuniones de conspiración, segaban la hierba bajo los pies del epígono del Estado Novo; por otro, desde dentro del establishment militar del general Antonio de Spinola había lanzado un torpedo sobre la línea de flotación del régimen con su libro Portugal y el futuro. Era una revisión de la inútil guerra de ultramar.

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Otelo Saraiva de Carvalho, el cerebro de la revolución

La primera canción la pinchó el locutor de las Emisoras Asociadas de Lisboa, Joan Paulo Dinis, a las veintidós cincuenta y cinco. Faltan cinco minutos para las veintitrés. Con vosotros, Paulo de Carvalho en el Eurofestival 74: E depois do adeus. La suerte está echada, pensó Otelo —napoleónicamente— en el cuartel general de los golpistas, el cuartel de Ingenieros de Pontinha. Todo marchaba hasta ese momento según lo previsto. A las veinticuatro horas, los capitanes sintonizaban la emisora católica Radio Renascenga; faltaba la señal definitiva para ponerse en marcha. Esperaban Grandola vila morena. Otelo se había empeñado en emitir la canción de José Afonso. Tenía, según el comandante, un verso de gran fuerza y significado: El pueblo es el que más manda /dentro de ti, oh ciudad.

Por fin, el cerebro del golpe pudo escuchar en su aparato Philips al locutor del inquieto programa Limite, de la emisora católica Leite de Vasconcelos, que con emoción contenida recitaba la primera estrofa de Grandola y daba paso a la canción compuesta por Afonso en homenaje a la sociedad musical Fraternidad Obrera Brandolense, de la ciudad del Alentejo, tan castigada por el hambre y las extremas temperaturas.

Cuando horas más tarde llegué a la Escuela Práctica de Caballería de Santarem, uno de los oficiales del levantamiento militar, que no quiso dar su nombre (Aquí no hay nombres ni jefes, somos todos uno), me descubrió el misterio metafórico de aquella canción que sirvió para ocupar cuarteles, edificios oficiales y poner en marcha hacia Lisboa los blindados y las unidades rebeldes. Para nosotros —me dijo el joven oficial de la inteligencia militar—, la Grandola de la canción es Portugal.

Era el minuto cero de la marcha hacia Oporto y Lisboa. En los cuarteles; los sublevados entraron en los despachos de  los jefes y detuvieron a los que no tenían por fiables. El ejército, como fichas de dominó que caen una después de otra, se puso al lado de los insurrectos. Los oficiales que no se adhirieron después de explicarles el plan Oscar fueron detenidos.

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La revolución de los claveles.

Al escuchar la canción, el capitán de Santarem, Salgueiro Maya, despertó al personal y movilizó el primer escuadrón, 150 hombres y dos vehículos pesados. El capitán reunió a la tropa y explicó los fines y objetivos del Movimiento de las Fuerzas Armadas. Recorrió los 90 kilómetros que separan Santarem de Lisboa en dos horas. Salgueiro Maya sería el encargado de la rendición del primer ministro, Caetano, en el Largo do Carmo y evitó su linchamiento. Después lo sacó de allí en un blindado Chaiite.

En su puesto de mando de Pontinha, entre cuatro paredes prefabricadas, Oscar (Otelo Saraiva de Carvalho) comienza a recibir los primeros comunicados: no hay resistencia.  —Aquí habla el mayor de Lima cinco acabamos de ocupar Mónaco sin incidentes.

Mónaco era en la clave la Radio Televisión Portuguesa.

Sonó de nuevo el teléfono:

—Habla Oscar —respondía Otelo.

—Aquí grupo diez informa, México conquistado sin incidentes.

México correspondía a Radio Clube Portugués.

Eran las tres y veinte de la madrugada. Se registraban movimientos de tropas, convoyes y blindados. Los sublevados ocupan la Escuela de Administración Militar. Es el punto vital en el sistema de comunicaciones desde el que los rebeldes pueden conectar con todo el país. Hay problemas mínimos y aislados, reclutas que no saben cómo arrancar los vehículos o camiones averiados.

Algunos guardianes del régimen no pueden conciliar el sueño. Por ejemplo, el ministro del Ejército, Andrade e Silva, que a esas horas de la madrugada trabaja aún en su despacho. Todavía colean los idus de marzo, la intentona improvisada de algunos jóvenes capitanes en Caldas. Andrade fue el encargado de sofocar la rebelión. El mando procede aun a purgas y relevos en unidades sospechosas. También el ministro de Defensa, Silva Cunha, está intranquilo a esas horas críticas, ajeno a todo. Pero tiene, como nos diría Otelo, el Espíritu Santo en la oreja. Por eso telefonea al ministro del Ejército. Los golpistas tienen pinchado su teléfono.

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La revolución de los claveles despertó la conciencia política del pueblo portugués después de largas décadas de dictadura.

—No se preocupe —responde el general Andrade—, todo está tranquilo. Si no, es evidente que yo no iría en visita de inspección al Alentejo. ¿No le parece? —

Claro, claro, buen viaje, general —y Silva cuelga el auricular.

Mientras tanto, la columna de Infantería ocupa el aeropuerto de Lisboa. Se hace con el control de la torre y emite el comunicado Notam, que prohibe sobrevolar el espacio aéreo portugués y desvía el tráfico a Madrid y Las Palmas.

A las cuatro y treinta de la mañana, el Movimiento de las Fuerzas Armadas difunde su primer comunicado por Radio Clube. Pide la población que se recoja en sus casas, que se mantenga en calma y advierte a las fuerzas militarizadas que evite los choques. Se pide a los médicos que, en previsión, acudan a los hospitales.

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La revolución del pueblo

Radio Clube se convierte en el nuevo sistema nervioso central del golpe. En su tercer comunicado radiodifundido, el Movimiento renueva las recomendaciones previas: No hay una voluntad deliberada de hacer correr la sangre. Se pide calma a una población que está, en su mayor parte, dormida. A las seis de la mañana, en el Ministerio del Ejército, todas las fuerzas, salvo siete soldados que no acaban de entender lo que pasa, que desconocen lo que es y cómo funciona un golpe de Estado, se ponen al lado de los capitanes. Allí están en reunión de emergencia el general Andrade e Silva, los ministros del Interior y Defensa, el gobernador militar de Lisboa y otros altos funcionarios y jefes militares, que escapan por un boquete abierto en la biblioteca.

Poco después de las seis, Otelo escuchó, a través de la red de radio, en su puesto de mando: De parte del mayor Charlie ocho (Salgueiro Maya), que ocupamos Toledo (la plaza del Comercio) y controlamos Bruselas y Viena (Banco de Portugal y Radio Marconi). La primera alarma oficial saltó en Oporto. El presidente del Gobierno, Caetano, se enteró por una llamada telefónica del director general de Seguridad (ex Pide), Silva País.

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Mario Soares, líder del Partido Socialista portugués, regresa del exilio.

—Señor presidente —le dijo—, la revolución está en la calle. El caso es muy grave. Los amotinados han ocupado las emisoras, la Televisión y el Cuartel General. Estamos intentando valorar la extensión del Movimiento. Es indispensable que vuestra excelencia salga de su casa con la mayor urgencia.

—Y ¿a dónde voy? ¿A Monsanto? (Base aérea.)

—Allí no, ellos saben que vuestra excelencia estuvo allí el dieciséis de marzo (rebelión fallida en Caldas) y son muy capaces de llevar a cabo un golpe de mano. Además, no sabemos de qué lado está la fuerza aérea. Venga al cuartel Do Carmo, señor presidente, que la Guardia Nacional Republicana está firme.

Los nuevos comunicados de los insurrectos insisten en que sus unidades cercan Lisboa y concluyen, ahora, con el grito de ¡Viva Portugal! A esa hora, los capitanes rebeldes hablan entrado en contacto para ultimar detalles con el general del monóculo, Antonio de Spinola, el ex procónsul en Guinea, y protegen su domicilio para evitar que fuerzas aún leales a Caetano le tomen como rehén. Los capitanes han presentado a Spinola un programa político para el nuevo Portugal que sería demasiado radical para su conservadurismo.

Siete cincuenta y dos de la mañana: Lisboa despierta con los _ carros en la calle. Sorpresa. Algunos lisboetas se refugian en sus casas, otros prefieren sumarse al espectáculo, a la kermesse heroica. Salvo para los iniciados, la perplejidad era completa: ¿Se trataba de un golpe preventivo de la extrema derecha militar? ¿Era obra de Spinola o de los capitanes cuyo documento político había circulado profusamente ciclostilado?

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Reunión de los altos mandos del Ejército portugués en septiembre de 1975.

La radio despejó todas las incógnitas, El nuevo comunicado de las ocho y treinta informaba que todo estaba bajo control. En la popular plaza del Rossio se distribuyó un manifiesto  de las Fuerzas Armadas por el que se garantizaba la convocatoria de elecciones libres para permitir que el pueblo portugués escoja libremente el modelo de sociedad que desee. Somos plenamente conscientes —añadía el texto— de haber cumplido con nuestro sagrado deber al devolver a la nación sus derechos legítimos y legales. Se escucharon algunos disparos entre fuerzas de la Policía de Seguridad Pública y del Movimiento de las Fuerzas Armadas, junto al Ministerio de Marina, a orillas del Tajo.

Spinola

El general Spinola dormía en su casa de la calle Rafael de Andrade. El general —nos dirá Otelo— no era un hombre que se pusiera así como así al frente de un movimiento revolucionario. Escapó siempre de asumir cualquier responsabilidad. Fuimos nosotros los que le provocamos esa responsabilidad y lo hicimos porque deseábamos mantener la escala de mando, la jerarquía militar.

Otro problema había surgido entre bastidores del Movimiento. Por un lado, estaban los que opinaban que había que entregar el mando a los generales una vez obtenida la victoria. Otros, por el contrario, creían que ya que fueron los capitanes y los comandantes los que tomaron la iniciativa debían conservarla. Era necesario buscar una cabeza visible a aquel Movimiento que empezó con reivindicaciones salariales y profesionales.

El general Costa Gomes fue el elegido, el lugarteniente de Spinola, en una reunión celebrada en Obidos, en diciembre de 1973, por la coordinadora del Movimiento. El general más votado fue Costa Gomes; después, Spinola. Costa Gomes aparecía a los ojos de los jóvenes capitanes más abierto, dialogante, liberal, que Spinola, pero fue éste el elegido. Cuál no sería mi sorpresa —contó más tarde Otelo en su libro de Memorias— cuando a la una y media de la mañana del veintiséis de abril vi aparecer en la televisión a la Junta de Salvación Nacional presidida por el general Antonio de Spinola.

El principal impulsor de Spinola a la Presidencia fue el propio general Costa Gomes, que desconocía que fue el elegido por nosotros y que nosotros, apegados a nuestro concepto de la jerarquía, nunca admitiríamos que fuera rebasado en sus funciones por el general del monóculo.

En el centro de Lisboa, junto al cuartel Do Carmo, cientos de personas animaban a los soldados a que asaltaran el cuartel en el que se refugiaban Marcelo Caetano y algunos de sus ministros. Mientras tanto, la radio informaba que se había lanzado un ultimátum a Caetano, se le daba hasta las dieciséis horas para rendirse. Pero la noticia se desplaza al cuartel general de la temida PIDE, la policía política portuguesa, donde tres jóvenes resultan muertos de disparos de los policías. Los fusileros de Marina asaltan el edificio y lo ocupan.

El capitán Salgueiro Maya dice a los que trazan con sus dedos la «V» de la victoria en el Largo do Carmo: La Guardia Nacional Republicana que protege a Caetano no tiene ninguna posibilidad de resistir. Para asustar al Gobierno ordenó unos cuantos disparos de advertencia contra los portones y la fachada del edificio. En todos lados, los escasos resistentes alzaban bandera blanca, pero Caetano no quiere dejar el poder en la calle. Por eso telefonea al general Antonio de Spinola y le expone la situación: —Señor general —dice el primer ministro—, tengo que reconocer que estoy vencido. Si el Gobierno tiene que capitular, que sea ante alguien que pueda responsabilizarse del orden público y tranquilizar al país. Le pido que venga aquí cuanto antes.

—Pero, señor presidente —responde Spinola—, yo no formo parte de la conspiración (?).

—No importa, venga cuanto antes, sé que le buscan por la radio.

La llegada de Spinola a Do Carmo a bordo de su Mercedes negro fue una apoteosis. Eran las diecisiete cuarenta. Aparecían los primeros periódicos con la noticia del pronunciamiento: El prosocialista República titulaba: Las Fuerzas Armadas tomaron el poder. El Gobierno se rindió a las cinco de la tarde. Publicaba en primera página las fotografías de los generales Costa Gomes y Spinola con este pie: Por el pueblo y sus libertades. En el cuartel de la Guardia Nacional Republicana en el Largo do Carmo se llevó a cabo la rendición de Marcelo Caetano. Fue una ceremonia sin altura.

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Yo recibo el gobierno de usted, afirmó el general Spinola, y Caetano respondió: De acuerdo. El presidente del Gobierno entró en el blindado de Salgueiro Maya, que le sacaría de allí. Sus ministros lloraban.

— ¿Qué van a hacer conmigo, señor general? —le había preguntado Caetano a Spinola.

—Está preparado un avión militar que les llevará hasta la isla de Madeira como medida de precaución. Pero ¿dónde está el señor almirante Thomas?

El primer ministro no lo sabía. El viejo presidente de la República continuaba en su casa, olvidado de todos.

A las nueve de la noche, el general Spinola abrazó por primera y última vez a Otelo Saraiva de Carvalho. El pronunciamiento del Movimiento de los capitanes estaba ya en la calle y en las ondas: Considerando que después de trece años de luchas en tierras de ultramar… Considerando el creciente clima de total alejamiento de los portugueses de sus responsabilidades políticas… Considerando la necesidad de sanear las instituciones… Considerando el deber de las Fuerzas Armadas de defender el país… El poder pasaba a la Junta de Salvación Nacional desde el Movimiento de capitanes para convocar elecciones a la Asamblea constituyente.

La negociación del programa de gobierno entre los capitanes y Spinola no fue una tarea fácil. Sobre todo en lo que se refería al punto ocho, el claro reconocimiento del derecho de los pueblos a la autodeterminación, y en el punto seis, sobre la nueva política económica y la estrategia antimonopolista. Al fin, los seis miembros de la Junta de Salvación Nacional decidieron un aplazamiento en sus disputas argumentales y se dirigieron hacia los estudios de televisión.

En la pequeña pantalla surgieron, de izquierda a derecha: el capitán de fragata Rosa Coutinho, el capitán de Mar y Guerra Pinheiro de Azevedo, el general Costa Gomes, Antonio de Spinola, el general de brigada Jaime Silverio Marques y el coronel Carlos Galvano de Melo. El séptimo, el general Diego Neto, se encontraba ausente. El general Spinola se colocó sus gafas de présbita y, ante la sorpresa de los jóvenes capitanes, leyó el pronunciamiento de la Junta de Salvación Nacional. Sentado en el puesto de mando, Oscar (Otelo) saltó de la silla: El bandido del viejo —dijo— nos ha engañado a todos y se acaba de proclamar presidente de la República.

Contactos con España

A partir de ahí los acontecimientos se produjeron con rapidez. Los claveles, la detención en plena calle de agentes de la PIDE, la salida del presidente Thomas, del primer ministro Caetano hacia Funchal, en Madeira, bajo fuerte escolta, la liberación de 200 presos políticos en la cárcel de Caxias, el regreso, con lágrimas, de los exiliados, entre ellos Mario Soares (por tren), de Alvaro Cunhal (por avión), la fiesta del trabajo del 1 de mayo aún en plena conciliación. Después, la dialéctica de los partidos se trasladó a los cuarteles y a la revolución, y se acabó la unanimidad revolucionaria.

En su cuartel del cuerpo de Ingenieros, Otelo dio orden de que se quemaran los papeles y documentos, que se limpiara la habitación que le sirvió de puesto de mando. Afuera le esperaba su mujer. Se quitó el uniforme y se vistió de paisano. Necesitaba afeitarse la barba de dos días y una ducha urgente.

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Almirante Rosa Coutinho, los generales Vasco Gonçalvez y Costa Gomas y Pinheiro de Azevedo durante una conferencia de prensa.

Otelo ingresó a los diecinueve años en la Academia Militar, luchó en Angola, en los años sesenta fue profesor de sargentos y fue hasta 1973, año del nacimiento del Movimiento de las Fuerzas Armadas, el encargado de la acción psicológica en Guinea.

Esta vez todo salió bien. Para nosotros era un desconocido. En la primera rueda de prensa, un periodista francés preguntó a Spinola:

—¿Quién ha sido el oficial que ha dirigido las operaciones del Movimiento?

El general buscó en vano a Otelo. Para salir al paso, Vitor Alves respondió por él: No hubo un solo jefe, fuimos todos. Otelo salió por la puerta de Armas del cuartel a bordo de su viejo Morris 1100. Rodaba —escribió más tarde— camino de casa en un país diferente.

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¿Y España? Franco supo a través de su sobrino Nicolás que los jóvenes capitanes darían un golpe de Estado el 25 de abril. Antes, Nicolás, bien relacionado en Portugal desde que su padre ocupó el cargo de embajador en Lisboa, recibió un encargo urgente de Spinola. Debía asistir, sin falta, a un almuerzo en Sintra. La noticia era ésta: Es inminente un movimiento revolucionario en Portugal.

Spinola, que estaba acompañado por otros dos oficiales, pidió a Nicolás Franco que informase a su tío que no se produciría ningún cambio en la política exterior portuguesa y mucho menos en relación con España. Franco no tomó ninguna medida especial.

Con el 25 de abril, la plaza del Rossio lisboeta sustituyó a Fátima como templo de peregrinaciones. Desde Madrid llegó la primera copia del Acorazado Potemkim. De España, según el refrán portugués, no llega ni buen viento ni buen casamiento, pero a partir de entonces ya no era sólo el contrabando de café, la ruleta de Estoril, la cerámica de Barcelos o las canciones de Amalia Rodrigues, lo que se conocía a este otro lado o la peregrinación de los liberales monárquicos hacia la residencia del conde de Barcelona.

El 25 de abril, el diario Arriba terminaba la publicación de una serie de artículos: Portugal, en calma. Desde el primer momento, la oposición de izquierda española trató de viajar al país vecino, siempre tan cerca y siempre tan lejos, para conocer de cerca la primavera de Lisboa, pero la Policía española comenzó con la operación filtro. Se retiraron pasaportes y se confiscaron libros y periódicos para evitar el contagio. No ha sido una revolución del pueblo, sino de la plebe, respondió Franco a Pío Cabanillas, cuando éste, como ministro de Asuntos Exteriores en funciones, le comunicó que en Portugal se había producido una revolución. Caetano no intentó resistirse ni invocó el Pacto Ibérico para pedir ayuda a España contra el Movimiento de las Fuerzas Armadas.

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Escena de la revolución de abril en Lisboa.

La revolución de los claveles desmanteló el aparato del Estado Novo. En el estallido de la libertad los grupos políticos surgieron como hongos después de la lluvia, unos cincuenta, todos ellos decididos a ganar las elecciones en nombre de la ruptura y de los jóvenes militares.

Sin embargo, quizá por esa razón, lo que empezaba en Portugal era un período de inestabilidad. El nuevo orden estaba sin fijar y la izquierda y la derecha se pusieron a luchar por el control de la estructura y la ideología del futuro Gobierno. Desde el 25 de abril de 1974 a julio de 1976, el Gobierno provisional eligió dos presidentes, seis Gobiernos, tres primeros ministros, vivió una huelga general, dos intentos de golpe de Estado y numerosos episodios violentos. Demasiado para un país tan tranquilo.

Como los militares que derribaron la Primera República, el Movimiento das Forgas Armadas adolecía de poca y mala capacidad de unión y un plan coherente de gobierno. Cuando Spinola trató de convertir sus poderes simbólicos en reales, la izquierda militar se le echó encima. Tenía otros proyectos.

Había dos factores de desestabilización, la forma en que se llevaría a cabo la descolonización y la posición de los comunistas en el Gobierno provisional. El 10 de septiembre de 1974, cuando la prensa europea conservadora hablaba ya de claveles marchitos, Antonio de Spinola, rodeado de enemigos por todas partes, tiró la toalla.

El 11 de marzo, los oficiales más a la derecha intentaron un golpe inspirado por Spinola, que huyó rocambolescamente a la base española de Talavera la Real en un helicóptero. Se disolvió la Junta de Salvación Nacional, sustituida el 17 de marzo de 1975 por un Consejo Supremo Revolucionario. La izquierda (once partidos autodenominados revolucionarios) y la derecha se hallaban fragmentadas en aquel período de turbulencias previo a las primeras elecciones democráticas del 25 de abril de 1975. Se temía la repetición del caos que siguió a la proclamación de la Primera República, en 1910, con las mismas contradicciones internas y los mismos espasmos.

La transición de un régimen autoritario, ya muy de mesa camilla, al estilo de Caetano, a otro democrático se hizo con traumas porque todo estaba por definir: el modelo de sociedad, la filosofía del nuevo régimen, empezaba en Portugal era un período de inestabilidad. El nuevo orden estaba sin fijar y la izquierda y la derecha se pusieron a luchar por el control de la estructura y la ideología del futuro Gobierno. Desde el 25 de abril de 1974 a julio de 1976, el Gobierno provisional eligió dos presidentes, seis Gobiernos, tres primeros ministros, vivió una huelga general, dos intentos de golpe de Estado y numerosos episodios violentos. Demasiado para un país tan tranquilo.

Como los militares que derribaron la Primera República, el Movimiento das Forgas Armadas adolecía de poca y mala capacidad de unión y un plan coherente de gobierno. Cuando Spinola trató de convertir sus poderes simbólicos en reales, la izquierda militar se le echó encima. Tenía otros proyectos.

Había dos factores de desestabilización, la forma en que se llevaría a cabo la descolonización y la posición de los comunistas en el Gobierno provisional. El 10 de septiembre de 1974, cuando la prensa europea conservadora hablaba ya de claveles marchitos, Antonio de Spinola, rodeado de enemigos por todas partes, tiró la toalla.

El 11 de marzo, los oficiales más a la derecha intentaron un golpe inspirado por Spinola, que huyó rocambolescamente a la base española de Talavera la Real en un helicóptero. Se disolvió la Junta de Salvación Nacional, sustituida el 17 de marzo de 1975 por un Consejo Supremo Revolucionario. La izquierda (once partidos autodenominados revolucionarios) y la derecha se hallaban fragmentadas en aquel período de turbulencias previo a las primeras elecciones democráticas del 25 de abril de 1975. Se temía la repetición del caos que siguió a la proclamación de la Primera República, en 1910, con las mismas contradicciones internas y los mismos espasmos.

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La revolución de abril en Lisboa

La transición de un régimen autoritario, ya muy de mesa camilla, al estilo de Caetano, a otro democrático se hizo con traumas porque todo estaba por definir: el modelo de sociedad, la filosofía del nuevo régimen, el contorno de las instituciones nuevas. Se demostró que no existía un solo Movimiento de las Fuerzas Armadas, sino varios, aunque algunos de sus elementos más caracterizados se sintieron atraídos, como señala Eusebio MujalLeón, por la aparente autoconfianza, el rigor y la lógica de los argumentos presentados por el Partido Comunista portugués, lo que explica la notable influencia que el partido de Alvaro Cunhal ejerció entre 1974 y 1975.

Hacia la estabilidad

El ala radical del MFA-PCP perdió posiciones parciales en agosto de 1975, y del todo, tres meses más tarde, aunque la influencia militar en la escena política no desapareció ni siquiera diez años después, al abolirse el Consejo de la Revolución. Bajo una apariencia u otra, los militares proyectan su sombra sobre la vida política portuguesa vestidos de uniforme o de paisano, con fórmulas que van desde Spinola al regeneracionismo gaullista del general Eanes o la nostalgia revolucionaria de algo que pudo haber sido y no fue de Otelo Saraiva de Carvalho.

En aquellas querellas intestinas entre unos y otros, para hacerse con el poder, el pueblo portugués respondió con el desencanto. El país, con más de un millón de trabajadores portugueses en el extranjero y el costoso regreso de los retornados de África, estaba en quiebra. El PCP era, como en España a la muerte de Franco, el mejor organizado, pero el Partido Socialista de Mario Soares se convirtió en el eje de la vida política.

Como demostró una encuesta (Os portugueses e a Política Quatro Anos Depois do 25 de abril, Lisboa, Editorial Meseta, 1978) ante aquella explosión de agrupaciones—decididas cada una a exhibir el fuego sagrado de los claveles, los portugueses respondían con una velada nostalgia de la vieja estabilidad de Salazar. El 63 por 100 de los encuestados creían en una fuerte crisis de la joven y frágil democracia portuguesa, sobre todo en virtud de la bancarrota económica. Se demostró que esperaban demasiado de las tres des del proceso revolucionario, la Democracia, la Descolonización y el Desarrollo. En la citada encuesta se preguntaba a los portugueses: ¿Qué régimen o gabinete ha gobernado mejor el país? Las respuestas eran las siguientes:

Estado Novo: Salazar, 7 por 100; Caetano, 28 por 100. Gobiernos provisionales: Palma Carlos, 1 por 100; Vasco Gongalvez, 8 por 100; Pinheiro de Azevedo, 3 por 100. Mario Soares (primer Gobierno constitucional), 9 por 100. No saben no contestan, 44 por 100.

En sus horas más bajas, los portugueses opinaban que el cambio había sido para peor, 39 por 100, y para mejor, 18 por 100. Luego mejoraron sus expectativas. Las primeras elecciones, en abril de 1975, para la Asamblea Constituyente, dieron la medida de las preferencias portuguesas en materia política de partidos. Se votó masivamente el 92 por 100. El Partido Socialista Portugués venció con el 37,8 por 100 (116 escaños de los 250).

El Partido Popular Democrático quedó en segundo lugar, con el 26,4 por 100; el Partido Comunista fue tercero, con el 12,5; el Centro Democrático y Social, con el 7,6; el Movimiento Democrático Portugués obtuvo un 4,1 por 100. El partido más votado a la extrema izquierda, el Movimiento Democrático Portugués, tan sólo obtuvo el 0,8 por 100 y un escaño.

Las continuas fricciones entre socialistas y comunistas condujeron no sólo a una huelga general y graves conflictos, como el del diario República, sino a constantes cambios de gobierno. A pesar de estos y otros problemas, la Asamblea Constituyente logró votar la sexta Constitución en la historia de Portugal, el 2 de abril de 1976. Se creaba un sistema semipresidencial muy parecido al francés, sólo que con un cuerpo unicameral representativo que se llamaba la Asamblea de la República.

Para llegar a esta fase, Portugal vivió unos meses previos de insubordinación y protesta generalizada. Era una sociedad polarizada, un país invertebrado, sin dirección. La guerra civil se cernía sobre Portugal. En el Algarve, los comités de vecinos, apoyados por campesinos y soldados, atacaban al mando militar de Faro. En Oporto, por primera vez, soldados disparan contra soldados. Aquí se sitúa la raíz de la sublevación del 25 de noviembre de la base paracaidista de Tancos.

El jefe del COPCON (Comando Operacional del Continente), Otelo Saraiva de Carvalho, afirmaba: He podido ser el Fidel Castro de Europa. Siento grandes simpatías hacia la izquierda revolucionaria. El ex miembro de la Junta de Salvación Nacional Eurico de Melo le responderá: Prefiero la guerra civil a los comunistas en el poder. La frase de moda era: el poder está en la calle para quien lo quiera recoger.

Maurice Duverger salía en defensa de Soares: Injustamente acusado de hacer el juego a la derecha, ha tenido el mérito de impedir los intentos de dominación del partido comunista y el viraje hacia la anarquía de izquierda. Ha fracasado la estrategia estalinista en la Europa occidental de hoy.

Portugal necesita un nuevo curso, un golpe de timón. El colmo llegó con el secuestro del Gobierno provisional. Era increíble, nos dirá más tarde Mario Soares. Los ministros me telefonearon a las dos de la mañana para decirme que estaban rodeados y se les impedía salir. Los principales jefes militares se encontraban con ellos, impotentes. Llamaban a las unidades militares para que vinieran a liberarles, pero nadie respondía a sus llamadas. Yo desperté a los compañeros y pensamos en despertar al pueblo en plena noche, para que fuera a liberar a su gobierno.

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General Antonio Spinola entrando en el palacio de Belem.

Los jóvenes de la base escuela de paracaidistas de Tancos, a 130 kilómetros de Lisboa, boina verde calada, botas de rangers, torso bronceado, uniforme de enmascaramiento tipo leopardo, preparaban la sublevación revolucionaria al calor de las asambleas. Excitados como los de Caldas, en marzo de 1974, sin evaluar correctamente sus fuerzas, creyeron que su levantamiento lo secundaría gran parte del dividido Ejército portugués.

Desaparecieron en Tancos las formas, la jerarquía, la disciplina. Los soldados elegían a sus jefes. El 25 de noviembre, los paras se dirigieron hacia cinco bases aéreas en tomo a Lisboa y las ocuparon sin violencia. Era demasiado para la paciencia del jefe del Estado Mayor del Ejército, Ramalho Eanes. A las diecinueve y cinco del día 25, el coronel Jaime Neves, brazo ejecutor de las órdenes de. Eanes, se dirigió con un megáfono a los rebeldes de la base aérea de Monsanto: Tenéis —dijo— quince minutos para rendiros. El día 26, de madrugada, los mil quinientos paracaidistas de Tancos se abrazaban entre lágrimas. Aquella loca aventura había terminado.

Sousa y Castro, del Consejo de la Revolución, aseguraba: El Movimiento de las Fuerzas Armadas ya no existe. Se debe devolver el poder político a los civiles lo antes posible. El fallido pronunciamiento de Tancos se interpreta como el final del gonçalvismo, del Portugal ingovenavel. Mientras la izquierda discute, titula un semanario, la derecha se instala. En menos de dos años, Portugal había experimentado seis fórmulas de gobierno. El general Eanes, con su autoridad al frente del Estado Mayor, fue el encargado de recomponer el puzle.

La fiesta de los claveles rojos fue maravillosa, pero ahora llega el florista a pasarnos la cuenta, dirá un conocido actor lisboeta, en diciembre de 1975. A los seiscientos días de la revolución, Portugal vivía algo así como la fase de los claveles blancos. Tras el Thermidor, volvió el fado a las emisoras, a las tres «efes»: fado, fútbol y Fátima. Radio Renancesça retransmitía, de nuevo en la pleamar, misas mayores como en sus mejores tiempos. La plaza del Rossio, llena de pintadas y panfletos, volvía a la atonía caetanista entre limpiabotas, parados y vendedores de la suerte. Los pides, policía del anterior régimen, salían de la cárcel para dejar su celda a los paracaidistas de Tancos. Otelo Saraiva de Carvalho fue degradado a comandante y no tardaría en pisar la cárcel. El poder pasaba poco a poco a manos de la moderación. Se había evitado la guerra civil después de un verano abrasador de acontecimientos y tensiones, y un otoño de furia anarcosindicalista.

El florista pasaba la cuenta: una docena de huevos estaban en el mercado a más de noventa pesetas; la gasolina a casi cuarenta pesetas, la más cara de Europa; el número de parados era de 400.000; el producto nacional bruto descendió en un 10 por 100; el turismo, asustadizo, bajó en un 40 por 100.

Los hoteles de Lisboa y del Algarve estaban en su mayoría ocupados por los retornados. Había que hacer sitio a medio millón de compatriotas llegados de ultramar. El ministro de Finanzas aseguraba que se había visto obligado a vender cuatro toneladas de oro para hacer frente al déficit en la balanza de pagos. El jefe del Estado Mayor, Antonio Ramalho Eanes, restableció la disciplina en los cuarteles. Las elecciones de abril de 1976 pusieron las cosas en su sitio: los portugueses preferían el socialismo tranquilo, moderado, de Mario Soares y la derecha de Sa Cameiro.

MANUEL LEGUINECHE

Periodista.

 

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