PINTURA ROMÁNICA

La pintura románica no reveló en seguida aquella fuerza creadora que podemos notar en la arquitectura y en la escultura, puesto que en ella perduraron con diversos acentos los caracteres del arte bizantino, durante dos siglos, como mínimo, del XI al XII. Sin embargo, debemos también reconocer que este fenómeno se verificó especialmente en Italia, puesto que en la Europa occidental, donde se había afirmado el Románico, junto a los usos bizantinos se desarrollaron pronto otros que respondían de una manera más sencilla a la espiritualidad románica.

18-San Clemente.metirta.online

En principio, la pintura se debatió en Italia entre la inspiración románica occidental y otras formas de estilo oriental (efectivamente, en este período se inició en Constantinopla una segunda edad de oro del arte bizantino). Luego, lentamente, siguiendo el ejemplo de la escultura, llegó a adquirir independencia y, hacia finales del siglo XIII, creó, inspirándose en el arte imperial romano, un nuevo lenguaje pictórico, potente y grandioso, como no se había de hallar fuera de Italia, y que culminaría en el arte innovador de Giotto.

La tradición bizantina se advierte en Italia especialmente en dos centros, Venecia y Sicilia, a través de los grandes ciclos de mosaicos. En la decoración de San Marcos, de Venecia, efectuada del siglo XI al XIII, predominó el gusto bizantino, acentuado, junto a una es1 cuela regional, por la presencia de numerosos artistas orientales. Sin embargo, se puede advertir una cierta diferencia entre los mosaicos del interior, quizá más antiguos y de estilo académico, y los del atrio, más recientes, en los que se nota un sentido de la corporeidad claramente románico, como en las Historias del Génesis. Entre estas dos posiciones se mezcla una tercera, representada por algunos mosaicos más dramáticos y vivos, en la que se refleja un especial carácter del último período del arte bizantino, el llamado «patetismo». En Sicilia los mosaicos ofrecen, además, los ejemplos más patentes y fascinadores del arte bizantino, no sólo de Occidente, sino también de Oriente, puesto que, al no existir escuelas locales, los artistas fueron casi exclusivamente bizantinos. Recordaremos los mosaicos de gusto académico de la catedral de Cefalú, la espléndida decoración de mosaicos de la iglesia Martorana, en Palermo, en donde se conserva también un ejemplar de pintura áulica en la escena que representa la Coronación del rey Roger, y la serie de mosaicos de la Capilla Palatina, de alto valor decorativo. Además, en Sicilia se conservan dos ejemplos de decoración profana de los palacios bizantinos, conocida sólo a través de la tradición literaria; y son precisamente los mosaicos de la habitación del rey Roger, en el palacio real, y los de la Sala de la Zisa, en Palermo, basados en la simetría y en una hábil combinación de colores.

Otros rasgos bizantinos aparecen en los frescos de San Juan, San Esteban y San Nicolás en la iglesia de Castel San Elías, junto a Nepi, pero son menos estáticos y más fantásticos. Y lo mismo ocurre en los mosaicos del ábside de Santa María in Trastevere, en Roma, donde es visible, sin embargo, un nuevo sentido del volumen y del espacio y una mayor corporeidad de las figuras. Claramente se puede advertir un clima nuevo en los frescos de San Clemente, en Roma, considerados por algunos como los primeros ejemplos de la verdadera pintura italiana. Las escenas se hicieron menos movidas, pero rebosan humanidad, con la gracia fabulosa de las miniaturas y el bello efecto decorativo de los colores.

En la Italia meridional estuvo siempre presente Bizancio, aunque también encontramos una mayor vivacidad, una mayor sobriedad de composición y un potente dramatismo, como en los frescos de Sant’Angelo in Formis, cerca de Capua.

19-Giunta Pisano.metirta.online

En el norte de Italia, la tierra del Románico, los nuevos usos se hicieron aún más patentes. Ya en el estilo de Castelseprio se advierte un carácter prerrománico que maduró en la serie de frescos de San Vicente de Galliano, cerca de Cantú. En Toscana la pintura se aplicó más sobre tablas que al fresco, por lo menos durante los primeros años. Una serie de cruces de madera policromadas del siglo XII representan el testimonio más antiguo de esta expresión artística. En el centro se encontraba la figura de Cristo, vivo y triunfante sin sufrimiento, teniendo a los lados y en los extremos la historia de la Pasión; más tarde se pasó a la representación del Cristo sufriente, con el cuerpo torcido y deformado. A los crucifijos va unido el nombre de un gran artista, toscano, Giunta Pisano, que, aunque inspirándose en la iconografía oriental, dio a sus imágenes un fuerte dramatismo menos caligráfico, reflejado por una religiosidad más íntima y conmovida, suscitada por el movimiento franciscano. Además de las cruces, quedaron también numerosas tablas, ligadas muchas de ellas a la personalidad de San Francisco, de quien reprodujeron la figura y escenas de su vida. La más conocida es aquella en la que domina la imagen del Santo, de Buenaventura Berlinghieri. Existen otras imágenes que representan a la Virgen en su trono, como la Madona de Guido de Siena y la Madona de los Siervos, de entonación ya románica, en Orvieto, obra de Coppo de Marcovaldo. Cenni de Pepo, llamado Cimabúe (1240-1302), florentino, trabajó no solamente en Toscana, sino también en Umbría y en Roma. Es un artista lleno de vida y de apasionada humanidad. Acogió la mística inspiración cristiana del patetismo bizantino y las vivas y expresionistas formas de la pintura carolingia y otónica de la Alta Edad Media. Su pintura carece de todo convencionalismo estilístico. Estas características aparecen efectivamente en la famosa Maestá de Santa Trinidad. Pero el artista florentino se dedicó no solamente a la pintura sobre tablas, sino que inició la grandiosa serie de frescos en la iglesia de San Francisco, en Asís, continuada por Giotto, que es uno de los más valiosos ejemplares de la pintura italiana.

20-Cimabúe.metirta.online

Pietro Cavallini (siglos XIII-XIV), romano, presentó caracteres opuestos a los del fundador de la escuela florentina, siendo aquél tan dramático como éste contemplativo. Además, su arte está impregnado de clasicismo romano y paleocristiano, que lo lleva a la conquista del espacio y de los valores formales por medio del claroscuro. Además de sus seis mosaicos de Santa María in Trastevere, que revelan la reconquista de formas naturalistas, figura como su obra maestra El Juicio Universal, un bello fresco de la iglesia de Santa Cecilia, en Roma, que ahora está muy deteriorado.

Duccio de Buoninsegna (hacia 1250-1318) es el fundador de la escuela sienesa, y el último de los tres grandes artistas de la época. La visión helenística, acogida por la pintura bizantina en la llamada segunda «edad de oros, se reflejó claramente en las formas más puras de su arte, pero fue superada, pues desapareció todo convencionalismo y triunfó, en cambio, una fantasía fresca y lírica, llena de acentos humanos, profundos y concretos. Además del conocido retablo Ruccellai, recordamos un pequeño cuadro de la Virgen adorada por tres franciscanos, y su obra maestra, es decir, la de la catedral de Siena, en donde su arte se desborda con todo su encanto. Como ya hemos dicho, en el resto de Europa las influencias bizantinas se dejaron sentir, pero más en la técnica que en el espíritu, desarrollando una estilización decorativa, preludio del arte gótico.

En Alemania, y no en menor medida que en la escultura, se hicieron visibles un vivo dramatismo y un interés psicológico en la composición, más movida, en los pliegues minuciosos y en la deformación de carácter espiritual. Esto lo demuestran tanto los frescos murales como los mosaicos y las numerosas miniaturas.

En Francia empezó a afirmarse una concepción volumétrica, de claro origen románico. Son numerosas las pinturas que muestran una fantasía obsesiva y alucinante. También abundan los mosaicos y las miniaturas. En Inglaterra la pintura continuó desarrollándose esencialmente en la miniatura, que ejerció una notable influencia sobre la francesa.

21-Duccio.metirta.online

Pintura románica en España

Como sucede en buena parte de los países europeos de Occidente, las primeras muestras de pintura románica española han de ser buscadas en las miniaturas de los códices, biblias y recopilaciones manuscritas (cartularios). Al principio el arte de la miniatura tuvo en España características mozárabes, e incluso se conoce alguno de los nombres de los miniaturistas, como la pintora Ende y Pater Emeterius, autores de las miniaturas del Beato que se conserva en el archivo de la catedral de Gerona, terminado en los últimos años del siglo ni. Quizá la obra más importante de este período, por lo menos de las que de él conservamos, sea la del códice del Libro de los Testamentos, propiedad de la catedral de Oviedo, y el Códice Emilianense de El Escorial. Sof también muy notables los manuscritos del Beato de Valcavado, y el códice del Libro Mayor de los Feudos, donde se encuentra la recopilación de escrituras más importante entre los siglos IX y XII.

Mediado este último siglo, la pintura mural y sobre tabla adquirió un cierto esplendor. No conservamos nada anterior a esta fecha. Pero en Cataluña hubo, poco después, una serie de artistas que trabajaron en las pequeñas iglesias de la zona pirenaica. A ellos se debe la decoración de las iglesias de San Quirce de Pedret, San Martín de Fenollar y San Miguel de la Seo. Pero descuellan por encima de todas las pinturas de la iglesia de San Clemente de Tahull, hoy conservadas en el Museo Románico de Barcelona, y también las de Santa María de Mur.

Este arte catalán, con reminiscencias bizantinas importadas sin duda de Italia, donde debieron estudiar sus principales maestros, se extendió por la Península, y así encontramos muestras del mismo estilo en la ermita de San Baudilio de Casillas de Berlanga, que se conservan hoy en el Museo de Boston. Comparable con los grandes pintores de la escuela catalana es el maestro que decoró el Panteón de los Reyes en la Colegiata de San Isidoro de León, obra de fines del siglo XIII

A la misma época, más directamente relacionadas con la escuela catalana, corresponden las pinturas murales que se ejecutaron en la región aragonesa, como las del monasterio de Sigena, con escenas del Antiguo Testamento.

A principios del siglo mil los altares participaron también de este arte, que hasta entonces parecía haberse dedicado exclusivamente a decorar los muros. Nacieron así los retablos, frontales y baldaquinos, de los que se conservan verdaderas joyas en la colección Plandiura y en el Museo de Arte de Cataluña, en Barcelona. El frontal más antiguo se halla en el Museo Episcopal de Vich, y representa a Cristo en majestad y escenas de la vida de San Martín.

La pintura de frontales se prolongó hasta mediados del siglo XIV, y a esta época corresponde uno de los más bellos que se conocen. Se conserva en el Museo de Barcelona y representa escenas de la vida de la Virgen y alegorías de los meses.

 

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