PINTURA GÓTICA

 

La pintura de esta época presenta caracteres muy similares a los de la escultura: el predominio de la línea, sinuosa y cortada, las composiciones movidas y un acento realista, aun en la búsqueda de una estilización. Sin embargo, es preciso advertir que la pintura está más animada por un ideal de elegancia y de gracia que la misma escultura. La obra pictórica en general se resuelve en preciosismos lineales, que además pueden sugerir los «arabescos», en creaciones fabulosas, irreales, en un acentuado decorativismo.

Si por lo que se refiere a la arquitectura y la escultura góticas hemos considerado a Francia como el lugar de origen y de difusión, en cuanto a la pintura debemos en cambio hablar de Italia, en donde se expresó de una manera especial en el fresco, que está considerado como el “género» italiano por excelencia, sin olvidar, sin embargo, la pintura sobre tablas. Es conveniente precisar que la pintura italiana, aun presentando caracteres similares a los de los demás países, había de adquirir cada vez más un aspecto particular que conduciría al gran arte del Renacimiento.

22-Miniatura del Libro Mayor de los Feudos.metirta.online

En Italia la pintura había permanecido ligada al arte bizantino durante más tiempo que en el resto de Europa y sólo hacia la segunda mitad del siglo ‘un, con los tres grandes maestros señalados, demostró querer usar un lenguaje nuevo. Pero fue Giotto quien se separó completamente de toda sujeción con una expresión libre e innova-dora, no sólo en contraste con las expresiones anteriores, sino también con las de su tiempo.

Giotto de Bondone (hacia 1266-1337), nacido en Colle de Vespignano, en Mugello, está justamente considerado como el primer y verdadero iniciador de una pintura «itálica», liberada de los rígidos esquemas bizantinos y no dominada por el linealismo gótico del otro lado de los Alpes. Partiendo de las experiencias de Cimabúe y de la escuela de Cavallini y acogiendo también características de Arnolfo de Cambio, llegó a este nuevo arte de trazos humanísimos y dramáticos, en el que figuras y cosas no son ya solamente formas y colores, sino masas y volúmenes con su peso y relieve.

Los frescos que relatan la vida de San Francisco, en Asís, están considerados como su obra de juventud, pues datan de las postrimerías del siglo. En ellos desaparece definitiva-mente la liturgia, el simbolismo y la irrealidad bizantina que aún se encontraban en el arte de este siglo, aunque no por esto pueden calificarse de obra realista. Giotto consideró los valores humanos como potencia excepcional, subordinada a la voluntad divina, y buscó sintetizar toda representación, sin tener en cuenta el contenido anecdótico. Los cuerpos son meros volúmenes, eternas formas geométricas. Y el paisaje de fondo ayudó siempre a lograr este efecto. Esto lo podemos ver en el Milagro de la fuente, en la Muerte del caballero de Celano y en la Predicación a los pájaros. Son, en cambio, expresión de su madurez los frescos de la Capilla de los Scrovegni, en Padua, que constituyen la única obra de fecha segura, de 1303 a 1305. Los treinta y siete cuadros que dividen las paredes, dispuestos en tres filas, narran la vida de la Virgen y de Cristo con un tono más grave y solemne que el de Asís. Todos sus motivos precedentes encuentran aquí su completa maduración.

23-Pantocrátor.metirta.online

Los últimos frescos de Giotto son los de las Capillas de los Bardi y de los Peruzzi, en la iglesia de la Santa Cruz, en Florencia, con las escenas de la vida de San Francisco y San Juan Bautista. Comparándolos con las obras anteriores, éstos aparecen compuestos con una mayor serenidad, con una visión clásica que debilita la fuerza dramática que anima los frescos de Asís y de Padua. De las demás obras de Giotto recordaremos, entre las que se le atribuyen con seguridad, la maravillosa Madona de Todos los Santos.

El mayor representante de la escuela sienesa y la más relevante personalidad de la pintura gótica italiana propiamente dicha es Simane Martini (1285-1344), que llevó a la máxima elegancia el precioso lenguaje de Duccio, reavivándolo con una espiritualidad más profunda y con intenso lirismo. En su arte se refleja el conocimiento del arte gótico francés, de las elegantes miniaturas y del ambiente culto, aristocrático e idealista de las cortes, por lo que también los temas religiosos adquirieron un carácter profano e incluso mundano. Sin embargo, supo expresar los momentos dramáticos con rasgos de imprevista energía, figuras escuálidas y espectrales, como en el silencioso paisaje del retrato de Guidoriccio de Fogliano.

Una de sus primeras obras, la Maestà, revela sus características: a través de la gracia de la línea sinuosa y el exquisito sentido del color, se evoca un mundo caballeresco, de fábula, y la Virgen aparece en él como una reina rodeada por su corte. Los frescos de la vida de San Martín, en la iglesia baja de Asís, revelan alguna expresión de Giotto, pero solamente en la composición, y un sentido plástico más vivo. Su obra maestra, que es una de las más significativas de la pintura gótica en general, no sólo italiana, es la famosa Anunciación. Su arte ejerció una notable influencia en la miniatura provenzal y en la pintura de Bohemia, Cataluña y Flandes.

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La elegante y refinada pintura sienesa continuó con los dos hermanos Lorenzetti, Pietro y Ambrosio, de fuerte personalidad. El arte de Pietro está caracterizado por un dramatismo que lo acerca a Giotto. Así lo demuestra el Descendimiento de la Iglesia Baja de Asís. Pero a pesar de todo, Pietro siguió siendo claramente sienes en el refinado cromatismo, en la fastuosidad de los adornos y en el interés por los detalles de las escenas, arquitecturas, vestidos y objetos. Entre sus obras más bellas recordaremos el Retablo de los Carmelitas, con la real representación de la Virgen con el Niño en el trono y las cinco historias de la Orden pintadas en las gradas del altar.

De temperamento opuesto al de Pietro, Ambrosio tuvo una visión más serena, y por eso más cercana a Simone Martini, si bien revela una composición cada vez más maciza y plástica. Una hermosa obra de juventud es la conocida por el nombre de Madona de la leche, en la que la figura tiene una gracia menos preciosa que la de Simone, pero más afectuosa e íntima. Siguiendo más tarde las huellas del maestro, que se había afirmado en la pintura profana con el retrato de Guidoriccio, según las fórmulas francesas, de la miniatura, Ambrosio se dedicó a este género, como puede verse en los frescos del Buen Gobierno, del Palacio Público de Siena. El ambiente arquitectónico de Siena está plasmado de una manera fabulosa y poética.

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En Francia, la pintura se dedicó casi exclusivamente a la miniatura, buscando efectos decorativos. Ni el espacio ni el volumen interesaron al pintor, sino un fuerte colorido, subrayado por contornos marcados por ritmos lineales de una gran elegancia. Hacia el siglo XIV, en cambio, se dejó notar un deseo de espacialidad que permitió, con el refinado linealismo y la riqueza del color, la realización de ambientes fantásticos, irreales, muy cercanos a los creados por la pintura sienesa, que efectivamente ejerció una gran influencia. Como obra maestra de la pintura francesa de este siglo tenemos el diminuto códice Les très riches heures du Duc de Berry.

La misma evolución que se advierte en la pintura francesa la vemos en la inglesa y la alemana. En el primer período los fondos son planos, intensamente decorados, y las formas se expresan por la elegancia de las líneas y por las zonas de intenso color; más tarde, en el segundo período, el espacio se dejó notar y se hizo esencial.

La escuela suabia del siglo XIV dejó también obras de caballete, como María en el trono de Salomón, donde el movimiento de danza obtenido con la ondulación de las líneas adquiere algo de dramatismo, típicamente alemán.

 

Pintura gótica en España

La penetración de la pintura gótica italianizante se produjo en España sin duda a través de los maestros catalanes y valencianos y en competencia con la poderosa influencia francesa, que sólo fue asimilada veladamente, y que se extendió por Aragón y por Navarra.

El pintor italiano que más influyó sobre los artistas catalanes fue, sin duda, Giotto. Prueba evidente es un tríptico de 1350 que perteneció a la iglesia oscense de San Vicente de Estopiñá, debido a un maestro catalán, cuyo nombre nos es desconocido.

Pocos años antes, otro artista catalán, Ferrer Bassa, pintó los cuadros murales de la capilla de San Miguel, en el claustro grande del monasterio de Pedralbes. Ferrer Bassa es uno de los más grandes maestros que tuvo España en esta época. Murió en el año 1348, y una buena parte de sus mejores obras han desaparecido.

26-Ferrer Bassa.metirta.online

En la segunda mitad del siglo XIV, los pintores catalanes Jaime y Pedro Serra representan a la influencia sienesa. Del primero se conserva, en el Museo de Bellas Artes de Zaragoza, el altar que pintó para el monasterio de las Dueñas del Santo Sepulcro y parte de su retablo compuesto también para la capilla del Rosario, del mismo convento.

Su hermano Pedro es mucho más importante, no sólo en cuanto a su obra, sino por lo que se refiere a la gran influencia que ejerció sobre pintores de su tiempo y aun posteriores. Su creación más importante es el altar del Espíritu Santo de la catedral de Manresa, que terminó en 1394, altar del cual se hicieron diversas copias e imitaciones. Otra de sus más hermosas obras es la llamada Virgen de Tortosa, que se halla en la catedral de esta ciudad.

Ya hemos dicho que la influencia de Pedro Serra fue muy grande, pues se manifestó incluso en autores tan insignes como Jaime Cabrera, que firmó el retablo de San Nicolás, de la catedral de Manresa, y Luis Borrassá, el pintor catalán más importante de fines de siglo XIV y principios del XV. De este gran maestro se conservan diversas obras, entre ellas el altar de Pentecostés que pintó para San Llorens de Munt. Su extraordinaria personalidad halla su máxima expresión en el Retablo de San Pedro, que se halla en la Sala Capitular de San Pedro de Tarrasa. Se le atribuyen obras como el retablo de Santas Creus, del Museo Diocesano de Tarragona, etc.

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Mediado el siglo XIV, un pintor aragonés, Lorenzo de Zaragoza, trabajó para diversas localidades de Aragón, y en él o en su escuela se centra un numeroso grupo de obras, entre las que figuran una serie de Vírgenes, como la Virgen de San Roque, de Jérica, y retablos como el del Museo Episcopal de Vich, con representaciones del Antiguo y Nuevo Testamento.

 

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