PINTURA EGIPCIA

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No siempre es fácil distinguir en el arte egipcio la obra del pintor y la del escultor. Porque en muchos casos, y precisamente en relieves bajísimos, a veces solamente dibujados, nos encontramos con que la obra del escultor se mezcla y asimila con la del «escriba de imágenes». Sin embargo, podemos, en general, atribuir a la actividad pictórica del antiguo Egipto un florecimiento a menudo parigual al de las artes plásticas. Existe, por lo tanto, una gran promiscuidad de relaciones entre estas dos creaciones, admisible teniendo presente que a menudo los convencionalismos de una se hacen indispensables para la perfección de la otra. Considerando así que en la pintura egipcia los efectos de sombras, los efectos estéticos, es decir, de la inmersión de un objeto en la luz, son casi exclusivamente confiados al relieve, se comprende fácilmente la íntima negación de las leyes físicas en la verdadera obra del pintor, compensada por la evidencia no real, sino metafísica de la función, digámoslo así, «armonizadora», llevada a cabo por el escultor.

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Es una pintura que no siempre se vale de los medios acostumbrados para lograr sus propósitos. Se advierte con frecuencia una armonía realística pero lograda con sistemas que casi tienden a negar las exigencias de la realidad visible. Por ejemplo, la resolución vertical de las leyes de la perspectiva está provocada por el deseo de construir un mundo que tiene su origen en la realidad, pero que la supera, casi se destaca de ella, inmerso en una atmósfera, si no constantemente ascética, por lo menos superior a la humana.

Los temas representados están inspirados por lo general en escenas de la vi-da diaria, alternadas con temas simbólicos y figuraciones de divinidades. Para el rey y sus dignatarios se tratarán de escenas de caza en espléndidos bosques, de aspectos de la vida cortesana, de sacrificios, triunfos, largas hileras de tributarios; para el propietario de tierras se preferirá, en cambio, la cosecha de grano, la vendimia, la ganadería. Cada uno desea que su actividad sea representada, y por lo tanto las damas tendrán escenas de danza y relación, los escultores se verán atareados en torno a enormes estatuas, los arte-sanos, en pleno trabajo. Así se comprende que las pin-turas egipcias constituyan un documento importantísimo para la reconstrucción de la vida cotidiana, las ceremonias religiosas o los acontecimientos históricos, máxime cuando al lado de ellas y como elementos propios figuran con frecuencia larguísimas inscripciones jeroglíficas que constituyen también desde el punto de vista estético una espléndida decoración.

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El procedimiento más usado era la pintura sobre una capa de yeso o de estuco compuesto, modelable con facilidad. Los colores preferidos por los egipcios eran, sobre todo, el ocre, desde el rojo al pardo oscuro, el blanco, el azul y el verde; pero su composición, derivada del cobre, era particularmente deteriorable.

Las figuras humanas son tratadas en estas obras con una cierta rigidez que se manifiesta en los colores y en las líneas, la cual, sin embargo, no impide la creación frecuente de obras de una extraordinaria vivacidad. Efectivamente, además de lograr una armonía casi musical, los antiguos artistas supieron infundir en sus creaciones una riqueza de sentimientos y de sensaciones imprevistas que sorprenden ante la idea de ciertos convencionalismos estilísticos. Pero en todo caso el pintor egipcio se encontraba ante un problema por resolver, del que ciertamente una parte se confiaba a su personalidad. Una vez encontrada la solución ideal, habíase alcanzado también la armonía, que, a pesar de depender de la genialidad y sensibilidad artísticas de su creador, nos parece hoy más o menos original y sentida. En esa armonía fijaban los artistas egipcios su objetivo primordial, que persiguieron durante el transcurso de su larga historia con un afán sólo comparable al que distinguió en sus creaciones al hombre de las cavernas.

A pesar de la compleja transición artística que se produjo en esa tierra, como consecuencia de las agitadas vicisitudes históricas y del constante cambio, si no desarrollo, de la civilización, aquellos hombres permanecieron con frecuencia fieles a su principio, dando origen, según el impulso de las diferentes ideologías que dominaron la conciencia egipcia, a obras cuya validez se ha probado también por la plenitud de sentimientos con que nosotros, hombres modernos, tenemos la posibilidad de apreciarla.

 

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