Pentecostés

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Pentecostés / He. 2, 1-11 / Vidriera representando el Espíritu Santo / Léger / Iglesia de Courfaivre (Suiza) / 1953-1954 (Cu. S.P.A.D.E.M. – Foto de Saint-Gobain). Ampliar

ORACIÓN

Al cumplirse el día de Pentecostés,

estaban todos ¡untos en el mismo lugar,

y se produjo de repente un ruido del cielo,

como de viento impetuoso que pasa,

que llenó toda la casa donde estaban.

Se les aparecieron como lenguas de fuego,

que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos,

y todos quedaron llenos del Espíritu Santo,

y comenzaron a hablar en lenguas extrañas,

según el Espíritu Santo les movía a expresarse.

Ahora bien, había en Jerusalén varones piadosos

de todas las naciones que hay bajo el cielo;

al oír el ruido, se reunió la multitud y se quedó estupefacta,

porque los oía hablar a cada uno en su propia lengua.

Fuera de sí todos y admirados, decían:

“¿No son galileos todos los que hablan?”

Pues, ¿cómo nosotros los oímos

cada uno en su lengua materna?

Partos y Medos y Elamitas, y los habitantes de Mesopotamia,

Judea y Capadocia, el Ponto y el Asia,

Frigia y Pamfilia, Egipto

y las regiones de Libia y de Cirene,

y los forasteros Romanos,

judíos y prosélitos, Cretenses y Árabes,

les oímos hablar en nuestras lenguas

las grandezas de Dios.

(He. 2, 1-11)

 

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