PENSAMIENTO ISLÁMICO CONTEMPORÁNEO.

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Al margen de la responsabilidad real del contacto con Europa en el despertar intelectual árabe fechado en torno al siglo XIX, es un hecho comúnmente admitido la existencia de una Nahda o resurgimiento cultural contemporáneo. Esa Nahda reavivó el componente esencialmente idiomático en la búsqueda de la identidad cultural de un espacio geográfico determinado; el espacio árabe. Pero si bien es cierto que la arabidad pudo plantearse en su momento como ideología de rechazo frente a la omnipresencia del clasicismo islámico, en ningún caso anuló el componente religioso: reverdecido lo árabe, muchos intelectuales encontrarían en ello la esencia perdida, y otros harían uso de ello como vehículo para buscar sus propias raíces derivadas de las bases culturales del llamado «hecho coránico». Se trata, seguramente, de la versión islámica de la Nahda. Esa resurgente identidad cultural islámica tratará de hallar los mecanismos mentales necesarios para que el espíritu humano integre los valores nuevos —modernización— sin por ello destruir totalmente el marco clásico —tradición—. Y el grupo de intelectuales comprometidos y dedicados a ello son los llamados reformadores del islam contemporáneo. Pero la evidente homogeneidad de su objetivo no se corresponde con la heterogeneidad de sus procedimientos y resultados, dado que dos corrientes reformadoras elaboran a la par sendos discursos enfrentados: modernizar el islam o, por el contrario, islamizar la modernidad. El conservadurismo del reformador tradicionista pretenderá que el modo de vida islámico permanezca impermeable a la modernidad; convivir con lo novedoso sin que perjudique a la esencia coránica en dos mundos de difícil intersección. Y entretanto, el reformador modernista se hará la restauradora pregunta planteada en unas líneas de Muhammad Arkün:

¿Cómo garantizar al espíritu humano las condiciones y los medios para una reconquista permanente de su libertad mediante una continua superación de marcos, temas, significados, procedimientos, estilos que tienden todos ellos por naturaleza a constituir una tradición, esto es, un lugar de repetición y conservación?

En el Egipto del siglo XIX, y a instancias de Yamäl al-Din al-Afgäni y Muhammad Abduh, se pretendió que el espíritu islámico saliera del estéril conservadurismo en que quedó sumido tras la dominación turca. Ambos pugnaron por la libertad de las naciones árabes, pero para poder exigir la libertad exterior, la independencia, era necesaria una liberación previa ante sí mismos: despojar al pensamiento islámico de la insulsa repetición de textos canónicos obsoletos. Al-Afgäni se centró en el activismo político-revolucionario y su llamada panislamista, mientras por su parte, Muhammad Abduh, proto-modernista, experimentó «cuán descorazonadora puede llegar a ser la letra sin la iluminación del espíritu». Ambos fundaron en París la asociación secreta y la homónima revista de llamada panislámica El Asa más Firme (el islam), pero su colaboración se rompió ejemplificándose la heterogeneidad antes atisbada en el llamado reformismo islámico. Anouar Louca apunta:

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[…] entre este hombre de Estado [Al-Afgäni], que utilizaba la religión al servicio de sus planes políticos, y nuestro piadoso fellah [Abduh] que se jugó su posición social al servicio de una moral religiosa, la colaboración no podía durar mucho más. […] Abduh reconoció que en París la fiebre de El Asa más Firme le había mantenido demasiado lejos de las fuentes, y decidió recuperar el tiempo perdido.

En cualquier caso, la semilla del carismático agitador panislamista Al-Afgäni agarró en un programa de acción, recurrente andando el tiempo, y centrado en varios puntos esenciales destacados en el ideario de El Asa más Firme: la necesidad de una autoridad islámica única e incuestionable, la llamada a todo el orbe islámico para unirse a la causa con la esencial función propagandística de ello derivada, la obediencia de todos los musulmanes a esa autoridad, y por último el completo compromiso con la causa, si es necesario incluyendo sacrificios personales. El objetivo último sería establecer un Estado islámico, una entidad sin definición geográfica previa en la que impere el contrato social de la “sari” o ley religiosa. Así, el reformismo tradicionista se entiende como los sucesivos intentos de reformar la sociedad adecuándola a la sari´a, y se distancia por ello del modernista-liberal, comprometido con el enfoque esencialmente ético de la religión.

En clara alusión a los lemas de la revista citada, El Asa más Firme, se generó un movimiento reformista ortodoxo que las circunstancias irían convirtiendo en tradicionista: la Salafiya o Recuperación del pasado glorioso, cuyo mentor fue el sirio afincado en Egipto Rasid Ridà, figura central de un señalado grupo de intelectuales y publicaciones encontrados en torno a la imprenta Al-Manar (El Faro) fundada en 1897. La desaparición de Abduh en 1905, la Primera Guerra Mundial (1914-1917) y la disolución del Califato (1924) contribuirían a que la Salafiya emprendiese un rumbo algo más radicalizado. Convertido Ridà en un comprometido director de conciencia (mursid), propició junto con numerosas publicaciones la creación de la Asociación de jóvenes musulmanes, nacida como reacción a los movimientos de indiferencia religiosa y de libre pensamiento.

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El propósito último de todo este movimiento cultural reformista sería rechazar toda bid`a; toda innovación perniciosa en materia de religión.

Rasid Ridà optó por una defensa a ultranza de la reinstauración del Califato perdido con la caída del Imperio turco y la secularización de su Estado heredero, si bien apoyó con decisión su capitalidad en la actual Arabia Saudí, cuna del movimiento wahhabí, de clara impronta neo-patrimonialista y alusivo en todo momento a la recuperación del espíritu de la teocracia mediní, la forma de Estado fundada por el profeta Muhammad. Ambos hechos llevaron a Ridà y a la Salafiya en primer lugar a oponerse a los defensores de los nuevos tiempos sin Califato, encabezados por la obra El origen del poder político en el islam de ‘Ali Abd al-Ráziq, en la que defiende la separación de política y religión. En segundo lugar, al decidirse Ridà por la candidatura saudí a un Califato restaurado, se opuso igualmente a su propio gobierno, el egipcio, cuyo rey Fu’ad aspiraba a la misma distinción.

Con esas reservas a su propio gobierno, el tradicionismo se alejaba de lo institucional por primera vez, y llegaría a moverse en la clandestinidad en el siguiente gran golpe de timón del pensamiento islámico: la fundación en Ismailiya por Hasan al-Banná’ de la Asociación de los Hermanos Musulmanes en 1928. El concepto del islam en los Hermanos Musulmanes era una respuesta a conflictos sociales: La llamada islámica (al-da`wat al-islamiya), la alternativa islámica (al-badil al-islamí» o la solución islámica (al-islàm huwa al-hal) son términos asociados y referidos a conceptos que en Occidente no estamos acostumbrados a relacionar con la religión: la militancia y las manifestaciones públicas.

Los Hermanos Musulmanes nacieron como contrapartida de la secularización: la modernidad se siente como algo ajeno, el islam oficial en torno a la mezquita-universidad Al-Azhar es una institución religiosa pasiva, y los partidos políticos son contemplados como órganos corruptos que no consiguen representar a la mayoría. Al-Banná entendió su mensaje como llamada (da`wa), vía ortodoxa (tariqa) y verdad (haqiqa). También ideó el movimiento como organización política, asociación deportiva, institución cultural, cooperativa económica y voluntariado social. En definitiva, un modo de vida cuyos promotores y militantes llegaban a las masas descontentas con un programa claro más allá de las especulaciones de los partidos al uso: facilitar una explicación precisa del Corán, justicia social para los musulmanes, lucha contra la ignorancia, la pobreza y la enfermedad, liberación de los musulmanes de los ocupadores colonialistas, y lograr una paz islámica universal.

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En 1941 inician los Hermanos su fase de oposición abierta, y en 1943 es encarcelado Hasan al-Bannà’ así como declarada ilegal la Hermandad. Radicalizada ésta en la clandestinidad, Al-Bannà fue asesinado por la policía —convirtiéndose en el primer mártir—, y años después los Hermanos obtendrían tristemente un segundo mártir con la ejecución del sin duda más carismático dirigente, Sayyid Qutb, pensador sin duda utópico —pocas veces se trata el magnífico iluminismo utópico de Qutb, evidente en el fragmento seleccionado— convencido de que el mundo atravesaba una nueva era de ignorancia preislámica.

En una necesaria rememoración de la época del Profeta, el nuevo contrato social propuesto por Qutb debe abrirse paso por entre la impiedad ambiental, siendo el embrión de la Umma renovada un grupo de buenos y ejemplares musulmanes, una ,yamà´a (grupo), un partido de Dios (bizb Allàh) que debe constituirse en vanguardia (tali`a) preparada para la yihad (esfuerzo supremo) necesario para seguir fielmente esas marcas del sendero esbozadas en su obra homónima escrita por Qutb. Ese grupo inicial debe romper con sus coetáneos impíos en una nueva hégira (hiyha)) como la que llevó al Profeta a Medina impulsado por el convencimiento que Dios sembró en su corazón y que debe ser la perspectiva completa de los nuevos musulmanes: que la Humanidad es una, completa e indiferenciada asociación de seres iguales, y que el islam es la realidad universal únicamente válida para todo momento y lugar. Ahí estriba el contrato social esbozado en su obra La justicia social en el islam alcanzable tras la completa instauración de la Ley de Dios (sari´a) que vele por la esperada solidaridad social (takàful iyimà´it). Así es comprensible el esfuerzo benéfico de esa minoría iluminada de la yamà´a, presente allá donde el Estado no llega y bajo la forma de escuelas, dispensarios y predicadores de barrio.

Pero no todo el pensamiento islámico contemporáneo ha llegado a las mismas conclusiones, al mismo iluminismo salvífico y militante. Agazapada entre los pliegues de la historia más llamativa evolucionó una reflexión tildada de islam silencioso y que se desprende de algunas líneas de Muhammad Abduh, o del libro anatematizado de Ali Abd al-Ràqiq en su aplauso desmedido a la separación de religión y política, así como de pensadores como el también egipcio Muhammad al-Nuwayhi, conocido especialmente por su obra emblemática Hacia una revolución del pensamiento religioso. Forma parte Al-Nuwayhi de ese interesante grupo de pensadores del islam que de algún modo conciben la evolución del universo religioso dirigida inevitablemente hacia una concepción ética del mundo so pena de verse constreñido al limitado mundo del costumbrismo ritual.Al- MNuwayhi no ejerce la autocrítica generacional al uso, sino que dirige su perplejidad hacia la vacía e insuficiente labor de los intelectuales, alejados de su tiempo e imprudentes prestidigitadores de ideas en unas latitudes necesitadas de acción racional comprometida: el intelectual debe ser testigo y ejercer la crítica de su tiempo. El egipcio concibe la revolución religiosa por la que aboga como el excipiente ineludible en la necesaria revolución cultural.

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Y como colofón en el nutrido campo de la reflexión religiosa y sus relaciones con la cultura, la política, la ética o su equidistancia entre modernidad y tradición, el ensayismo religioso más actual escapa de meras catalogaciones bipolarizadas en el par antes descrito y compuesto por modernismo versus tradicionismo. Prueba de la riqueza y la diversificación de ese pensamiento islámico más contemporáneo es, por ejemplo, la obra de Hasan Hanafi, que quizá pueda ser calificado como teólogo de la liberación islámica por el enfoque social de su aplicación revolucionaria a la esencia religiosa de los pueblos árabes. No en balde, en la primera entrega de su obra Cuestiones contemporáneas, titulada Sobre nuestro pensamiento contemporáneo, trataba el pensamiento revolucionario social de Camilo Torres, Gustavo Gutiérrez y otros teólogos de la liberación cristiana latinoamericanos. Al cabo, Hanafi heredó también la vinculación de los problemas árabes e islámicos con la más amplia cuestión de Oriente en el panislamismo de Al-Afgáni y puede incluso que con la teoría de los círculos del pensamiento no alineado nasserí, forjador en gran medida del concepto corporativo de Tercer Mundo.

Y de todo el abanico ideológico meramente esbozado en estas líneas resultan paradigmáticos los textos seleccionados; voces sin desperdicio en una literatura de ideas árabes no sólo de infinitamente mayor interés que el despliegue mediático centrado en lo circunstancial, sino además francamente enriquecedoras.

EMILIO GONZÁLEZ FERRÍN

 

 

 

TEXTOS

 

  1. Muhammad Abduh (1849-1905), en B. Michel y M. Abdel Bazik, Risàlat al-tawhid. Exposée de la religion musulmane, Geuthner, Paris, 1984, pp. XI-XII.

 

Proclamé todo cuanto hallé de bueno, y llamé para que la gente lo compartiera conmigo. Alcé mi voz, sobre todo, para llevar a cabo dos grandes tareas: la primera consistía en liberar al espíritu de las cadenas de la imitación; hacer comprender la religión como la comprendían los primeros musulmanes, antes de que las disputas surgiesen entre ellos, remontarnos a sus primeras fuentes, presentarlas como un freno que Dios nos ha dado para evitar las exageraciones de la razón humana y disminuir sus errores, para permitirnos llegar al estado que su sabiduría divina asignó a la Humanidad.

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Comprendiendo así la religión, se convierte en sincera amiga de la ciencia, un estímulo para profundizar en los misterios del Universo, una llamada al respeto de las verdades establecidas. […] Lanzando esta llamada, me alejé tanto de quienes pretendían que sólo fuesen enseñadas las ciencias religiosas, como de quienes no se interesaban más que por las ciencias modernas. En estos dos grandes grupos se dividía toda la nación.

 

  1. En Lección general sobre la ciencia y la enseñanza, Túnez, 1905. Ed. de E. González Ferrín, El modernismo de Muhammad `Abduh, IEEI, Madrid, 2000.

 

Queda aún una cuestión pendiente […]: que cualquiera de nosotros, si en su inteligencia brilló alguna vez una luz divina que le encaminase hacia la senda del saber, siempre se encontró con alguien que se le oponía diciendo: «La realidad es aquello que Dios dispone, contra lo que no podemos hacer nada pues el hombre está sometido a Dios; dirigido por su poder. Así que debemos hacer depender todas nuestras cosas de él —sea alabado— y simplemente someternos». De este modo se apaga la luz que un día brillara en su inteligencia y si se le había pasado por la imaginación ponerse manos a la obra, prefiere ahora agonizar por el ocio y la vagancia. Y lo asombroso es que piensan que estos alegatos forman parte de los dogmas religiosos. Pero la religión es inocente de tales cargos. Es más, no tiene un enemigo más dañino que semejantes convicciones.

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Observamos al Profeta —la bendición y la paz de Dios sean sobre él—, ya que es nuestra guía y ejemplo al predicar entre las tinieblas de la ignorancia oprimido por el poderío de los malvados y las feas costumbres de las regiones sobre las que marchó: nunca dijo que Dios no quisiera tal cosa o se abandonó a su voluntad sin hacer nada. Junto con sus Compañeros —que Dios tenga en su gloria— les afligieron sufrimientos a pesar de ser quienes más confiaban en Dios, y todos ellos obedecieron al Destino, pero por el camino de la verdad. Y como la suya es también nuestra verdad, ellos son el ejemplo que hemos de seguir. ¿Por qué entonces no seguimos su senda rechazando las tentaciones de los charlatanes, los desvaríos de ciegos y necios, ya que Dios —sea alabado— y su Profeta nos llamaron hacia el camino de la verdad impulsándonos a marchar por él?: «El hombre está llamado a la ruina con la excepción de aquellos que crean, hagan buenas obras y se guíen por la verdad y la santa paciencia» [Corán 103, 2-3].

Aquellos que olvidan la ayuda de la verdad y la perseverancia están sin duda perdidos. Y ese modo de argumentar que simplemente hay que dejar actuar al Destino, forma parte de los alegatos de los ateos, y el Santo Libro llegó para refutar sus postulados, acompañado de reproches para ellos, en boca de los cuales pone lo siguiente: «si Dios lo quiere, no nos uniremos, no seremos padres, ni nos privaremos de nada». No le está permitido a ninguno de nosotros, que afirme ser creyente en el Corán, argumentar lo que argumentaban los politeístas. Quien se vea aquí reflejado y afirme que es piadoso y «está sometido» no es más que un embustero no creyente, porque sólo esgrime el sometimiento si se le requiere para algún asunto de cierta dificultad y trabajo, porque se encuentra a sí mismo incapaz de llevarlo a cabo, especialmente si se trata de algún trabajo altruista, por el bien de todos; en ese caso se contentan con dejar las cosas como están. Ahora bien, cuando esos ascetas tratan asuntos de su interés particular, entonces no queda en sus almas ni una pizca de ciego sometimiento; defraudan, tratan de engañar y se sirven de argucias para conseguir algo de lo que vivir bien y pavonearse ante los demás. En esos casos ya no se deben al sometimiento: son mentirosos, y no se puede permitir actuar como ellos.

Pero nos basta con el ejemplo y el preciado modelo del maestro de quienes confían en Dios —la bendición y la paz de Dios sean sobre él—, a quien movía la intensidad de su confianza en el Altísimo y lo más notable de su labor fue recurrir siempre a pedir su ayuda en el obrar. Ayuda que no flojea ante el trabajo en la senda de la verdad; antes bien, dirige a la gente hacia ella.

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Algunos escudan su pereza en su dicho —la bendición y la paz de Dios sean sobre él—: «Si confiáis en Dios, la autenticidad de esa confianza os mantendrá como mantiene a las aves, que amanecen hambrientas y les llega la tarde saciadas», e interpretan este dicho argumentando que si dejamos descansar nuestras cargas en Dios, olvidando las ocupaciones de nuestra vida por cuanto se refiere a bienestar, alimento, cocina y reposo, nos mantendrá como mantiene a las aves. Pero entenderlo así es erróneo, y nos aleja del significado que pretende transmitir; porque lo que dijo —la bendición y la paz de Dios sean sobre él— no fue «manteneos como se mantienen las crías de las aves, que se quedan en sus nidos y abren sus bocas; que amanecen hambrientas y a la tarde están saciadas». Creen que este hadit incita a la vagancia, a desestimar cualquier tarea, cuando lo cierto es que preconiza el trabajar. El discurso de los vagos sobre el sometimiento a Dios consiste en rechazar todo cuanto suponga un esfuerzo, y esto es totalmente erróneo, pues lo que se pretende del verdadero tawakkul, sometimiento a Dios, es que el hombre confíe en él —sea alabado— siguiendo su ley, que instauró para ser conocida.

El estudiante, con los medios a su alcance, llega a atisbar aquello que Dios estableció como un fundamento, y su razonamiento se afina en la senda que Dios desea; en la medida en que él —sea alabado— se lo exige. Tras servirse de estos fundamentos, confiará a Dios su buena nueva: «Por fin llegué a cuanto me era posible gracias a los talentos que me otorgaste, y lo que queda que aún no sé o aún no puedo, eso está en tus manos. Hazme florecer por tu poder, no me niegues tu asistencia». Ésta es la clave del sometimiento a Dios. Y así lo indicó —la bendición y la paz de Dios sean sobre él— en ese dicho: «Amanecen hambrientos y les llega la tarde saciados». Pero con esto quería decir que las aves se comportan para conseguir su sustento siguiendo el instinto que Dios puso en ellas. Les facilitó el saber los lugares en los que encontrar alimento, al igual que les concedió el saber llegar a esos lugares de los que obtener su sustento. Y así se aplican las aves con toda su voluntad en este modo de conocimiento que Dios les concedió. El sentido del sometimiento a Dios no se cumplirá en nosotros a menos que procedamos en nuestros actos siguiendo lo que en nosotros ocupa el lugar del instinto en las aves. Y lo que desempeña en nosotros la función del instinto en las aves es la razón.

Así que no estaremos sometidos en el verdadero sentido del tawakkul hasta que empleemos nuestras almas en los medios que nos lleven a conseguir el objetivo último de nuestras acciones; cuando alcancemos resultados y no nos perdamos en los vericuetos queriendo llegar a donde se nos pide.

De este modo se nos muestra el equilibrio entre el esfuerzo personal y la confianza en Dios, especialmente en el estudio de las numerosas ciencias, debiendo empezarse por el principio, que pienso es el conocimiento de nuestra lengua árabe.

Así que la revitalización de nuestra lengua es el único medio para revitalizar también nuestros dogmas. El desconocimiento que los musulmanes tienen de su lengua es lo que les aleja de comprender cuanto viene en los libros de su religión y los dichos de sus antepasados. Porque en la lengua árabe fushà se encuentran reliquias para el saber y tesoros para la literatura a los que no se puede llegar más que mediante el dominio del lenguaje. Y no conseguiremos este dominio sino con el cuidado al captar sus fundamentos, de forma que se capte su estilo conjugándose el conocimiento de las reglas con la metodología más fácil sin entrar en consideraciones fútiles sobre los tecnicismos de los comentaristas y compaginando la labor de dicción con la del cálamo para que así alcance el estudiante el dominio que el árabe tenía por naturaleza. Sin esto no llegaremos a comprender los secretos de nuestra ley sino que, por el contrario, se bloquearán ante nosotros los caminos para llegar a su verdad.

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Así que quien se sienta honrado con su comunidad deberá emplear todas sus facultades en facilitar los medios de enseñanza de la lengua; conseguir su dominio tanto oral como escrito, para hablar en ella como el mejor de su gente y escribir en ella de un modo correcto. Porque en la decadencia de nuestra lengua está nuestra decadencia y la de nuestra religión, nuestras creencias y carácter. Y la decadencia de esto es la decadencia de todo lo nuestro.

Hablo de este modo y no pretendo obligar a nadie a aceptarlo, a menos que estuviese ahora en contra de cuanto siempre he preconizado sobre la independencia de pensamiento y libertad de opinión. Aunque creo que a alguno de los oyentes no le vendría mal que yo pidiera que se cumpliese. Pero no es más que una idea que expongo a los oyentes, y si alguno la encuentra acertada, que la tome; y si no, que no se preocupe por nada más que por soportar el calor de esta sala, destino ese que le afecta lo mismo a él que a mí. Que Dios nos ayude para mejorar nuestras condiciones tanto en esta vida como en la otra. Que la bendición y la paz de Dios sean sobre nuestro señor Muhammad, su linaje y sus compañeros. Alabado sea Dios, Señor de los dos mundos.

 

  1. Ali Abd al-Ráziq (1888-1966), El Islam y los fundamentos del poder político, El Cairo, 1925. Ed. de M. ‘Imàra, Al-mu’assasàt al- li-l-diràsàt wa-l-nasr, Beirut, 1988.

 

[…] 8. «Por otra parte, sí hubo un grupo que cometió apostasía tras la muerte del Profeta, fenómeno con todo inevitable habida cuenta de que incluso en vida de Muhammad aparecían falsos profetas. ¿Acaso no es una reacción cercana a la de aquellos que sienten un cierto predicamento entre el populacho y se acaban creyendo sus propias coletillas, con las que engatusan a los más allegados? Nada hay más al uso entre ese populacho que acabar asintiendo admirado ante las seducciones de personajes de tal pelaje. Por esa razón podemos atisbar que seguramente al principio del reinado de Abü. Bakr los hubo que renegaron del islam por no concebirlo sin el Profeta, del mismo modo que aparecerían falsos profetas dándoselas de continuadores. De hecho, una de las primeras tareas de Abü Bakr fue llevar a cabo una limpieza de esos auténticos apóstatas y falsos profetas hasta vencerlos completamente. No entraremos ahora ni queremos saber si Abü Bakr actuaba movido por su celo religioso o había motivos extra-religiosos que guiaban su espada. Sea como fuere, el califa inició su nueva legislatura con esas guerras. En aquel momento nació el término apóstata, que señala a los verdaderos y que desplaza su significado hasta designar a todos aquellos contra los que luchó Abú Bakr, ya fueran herejes reales o enemigos políticos. Y así se le dio una imprimación religiosa a las campañas de Abú Bakr, hasta el punto de que estar con él era afirmar la fe islámica y estar contra él significaba convertirse en apóstata.

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  1. Sin duda se produjeron otras circunstancias que propiciaron esa asimilación de lo califal y lo religioso durante el reinado de Abú Bakr, como el hecho innegable de que ocupaba un lugar muy destacado junto al Profeta, llegando a ser apreciado y creído en términos muy parecidos. Abú Bakr seguía y aprendía, llegando a comportarse en público y en privado como el Profeta y seguramente seguía haciéndolo cuando ya tenía a su cargo la administración de un Estado al que procuraba, en la medida de lo posible, inculcar un modo de ser religioso que les acercase a la senda del Profeta de Dios. Por tanto no deben extrañarnos las manifestaciones religiosas con que este primer soberano apuntaló la dignidad que se le concedió.
  2. Estos comentarios deben aclarar al lector que fue el mismo título representante del Profeta de Dios el que motivó, entre otras circunstancias, que los musulmanes concediesen a la institución califal una dignidad religiosa, llegando a situar al encargado de los asuntos terrenales en el lugar dejado por el Profeta. De este modo se extendió el convencimiento de que la institución califal gozaba de dignidad religiosa y una representación real del Profeta, transmisor de la Ley.
  3. Posteriormente, serían los propios monarcas los encargados de mantener al público en el error, para así servirse de la religión como de una armadura que blindase sus tronos contra los intentos de rebelión. Tal comportamiento será observado en muy diferentes formas de poder, perfectamente localizables en las fuentes históricas, llegando a manifestarse que quien obedecía al imam participaba de la obediencia debida a Dios, y quien se rebelase, lo hacía contra Dios. Pero la relación de califas posteriores no era un grupo de hombres capaces de contentarse con esos privilegios gozados ya por Abú Bakr, y así convertirían al soberano en representante de Dios sobre la tierra; la sombra de Dios sobre sus siervos. «Pero la gloria de Dios está demasiado alta como para ser alcanzada por los que pretenden asociarse» [Corán 9, 31].

En este punto se incorporó la dignidad califal al campo de lo estrictamente religioso llegando a constituir un dogma. Los musulmanes lo estudian junto con los atributos de Dios o los profetas, sintiendo esas palabras como quien siente la profesión de fe del islam.

«No hay más que un solo Dios y Muhammad es su Profeta». Éste es el delito de los reyes y tiranos contra los musulmanes. Les han desviado de la senda recta, les han ocultado la verdad, han cegado los caminos de la luz en nombre de la religión. En ese mismo nombre de la religión los han tratado con desprecio, humillándoles y distorsionando el estudio de las ciencias políticas. En nombre de la religión han traicionado a su pueblo, han apagado su inteligencia hasta el punto de haberles incapacitado para hallar soluciones fuera de la religión para cosas tan terrenales como la simple administración o la política. Del mismo modo les han restringido el acceso a modos reales de comprender la religión, encajonándoles en compartimentos estancos en los que estaba prohibido el paso del saber para que no se acercaran al coto privado de la dignidad califal. Y todo esto desembocó en la completa sequedad del espíritu científico y la actividad intelectual de los musulmanes, paralizándose por completo cualquier pensamiento estrictamente político acerca de cuanto rodea al califato.

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  1. La religión musulmana es inocente de esta institución califal entendida tal y como lo hacen los musulmanes. Es inocente de todo ese aparato de seducción y coerción, de poder y ostentación que le rodea. Esto no tiene nada que ver con la religión, como tampoco la judicatura y demás funciones esenciales asociadas al poder y el Estado. Se trata de funciones estrictamente políticas en las que no entra la religión ni para refrendar ni para rechazar. La religión deja esas cuestiones a nuestro libre albedrío para que recurramos a la razón, la experiencia de las naciones, y las reglas de la política. Y lo mismo es aplicable a los ejércitos, la vida de las ciudades y los servicios del Estado; son completamente ajenos a la religión. Son campo exclusivo de la razón, la experiencia o las reglas de las demás ciencias aplicadas por hombres cualificados.

No hay nada religioso que impida a los musulmanes competir con otras naciones en cualquier saber social o político. No hay nada religioso que impida demoler esa institución obsoleta, humillante y vil [que es el Califato]. No hay nada religioso que impida establecer los fundamentos del poder político y la organización del Estado siguiendo las teorías más modernas que el espíritu humano haya creado y cuya validez haya sido consagrada por la experiencia de las naciones.

Alabado sea Dios que nos ha llevado hasta esta conclusión a la que no habríamos llegado sin su dirección. Que Dios tenga en su gloria a Muhammad, su familia, sus Compañeros y amigos.

 

  1. Muhammad al-Nuwayhi (1917-1980), Hacia una revolución en el pensamiento religioso, Beirut/Där al-Ädäb, 1983. Extractos tomados de la revista Al-Ädäh 5 (1970), pp. 25-31 y 98-107.

 

Las nuevas opiniones siempre se valoran desde el punto de vista religioso (…) Nadie se pregunta la verdad o el error que hay en ellas, sino que se preguntan ¿está en conformidad con la religión o en contra? […]. Éste ha sido el límite de nuestros intentos de reforma religiosa hasta hoy; pero no es suficiente. Si queremos conseguir realmente una revolución cultural comprehensiva, y si queremos comprender la palabra revolución en su verdadero y completo significado, esta reforma no es ni necesaria ni útil. No tenemos otra alternativa que llegar hasta la raíz de esta espinosa cuestión, para así producir un cambio radical en el concepto que la gente tiene de la religión como tal. Debemos acometer una transformación completa en la mentalidad que tiene la gente sobre el papel de la religión en la sociedad, para que no sean exagerados los márgenes de influencia en que la religión debe ser confinada. Así se habrá logrado sobrepasar el estrechado campo del pensamiento religioso y se alcanzará la amplia perspectiva secular para los asuntos mundanos. ¿Cómo podríamos persuadir a la gente para que no entiendan la religión como un obstáculo insalvable en el camino de cada nueva opinión?

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Si reflexionamos acerca de este extraño fenómeno, y nos preguntamos cómo es posible que un movimiento revolucionario, progresista, moderno en sus orígenes [como es el islam], se convirtiera en un agente de anquilosamiento intelectual, de estancamiento social, nuestras reflexiones nos llevarán a los dos factores que no estaban presentes originariamente en el islam, pero que aparecieron juntos en los períodos de declive de la civilización islámica y que se enraizaron firmemente hasta que todos los comprendieran como principios fundamentales de la religión islámica. El primero de estos factores fue la aparición de una casta [los ulemas] que monopolizaron la explicación de la religión, el derecho de hablar en su nombre. […] El segundo factor fue la convicción, por parte de esta casta, de que cualquier ley, decisión, o solución encontrada en las fuentes religiosas antiguas, constituía una doctrina cuya observancia era obligatoria sin que fuera posible ninguna clase de modificación y sin importar que versasen sobre materias doctrinales o asuntos de la vida diaria.

Es cierto que el islam es una religión sin sacerdotes […], pero surgió un grupo de personas que se atribuyó la condición de guardianes y el monopolio de su representatividad […] Hombres de religión que tienen hasta una manera de vestir característica y que son la réplica exacta de los clérigos en las otras religiones […]. Ellos aún manejan la autoridad de la religión para apoyar el conservadurismo político y económico […]. Estos clérigos merman la reacción intelectual, se resisten al pensamiento fresco y se oponen a los movimientos para el cambio social. En otras palabras, siguen utilizando la religión como un instrumento de inmovilización y petrificación, no de renovación y cambio. […] Tienen autoridad para prohibir opiniones que les disgustan; nos hacen ver que en sus libros religiosos hay un sistema perfecto que soluciona todos los problemas, da respuesta a todas las cuestiones. Un sistema que es aplicable a cualquier tiempo y lugar sin necesidad de cambio o añadido; un sistema que abarca todo lo grande y lo pequeño, y no sólo en materia de religión, sino también los asuntos de este mundo, las necesidades de la vida diaria. […] Si aceptamos todo cuanto dicen, haríamos del islam una religión que mira hacia atrás y piensa que el hombre alcanzó su máximo grado de perfección en épocas pasadas, y todo lo que tiene que hacer es volver a esta época áurea y restaurarla con todas sus prácticas y circunstancias. Y esto es reaccionario en el sentido exacto del término. […] Dan muestra de una profunda ignorancia porque en la historia antigua del islam era característica la constante evolución: […] El único significado de la tan aclamada adaptabilidad del islam para toda época y lugar que podemos comprender y aceptar es su capacidad para auto-renovación y así adaptarse a tiempos y lugares. […]

[Pero incluso en las naciones del islam en que han tomado medidas de modernización] aún no sobrevuela el remordimiento de si cuanto han hecho no será incompatible con la religión. La nación está resentida y atormentada; llena de contradicciones internas y fragmentación. Su realidad es contraria a cuanto les inculcan y, por consiguiente, su comportamiento es contrario a su credo. i Qué terrible estado para vivirlo una nación!.

 

  1. Hasan al-Bannà’ (1906-1949), «Nuestros problemas a la luz del orden islámico», en Colección de epístolas del imán mártir ‘Hasan al-Bannà, Beirut/Där al-Andalus, 1965.

 

En nombre de Dios, clemente y misericordioso. «El caos ha invadido tierras y mares para mostrarles así Dios un adelanto del castigo por lo que han hecho. Quizá así recapaciten» [Corán 30, 40-41]. Al primer ministro, como último responsable. A los miembros de las distintas comisiones del Parlamento, en su calidad de defensores del orden islámico. A los presidentes de agrupaciones populares, políticas, nacionales y sociales, en tanto que líderes de opinión y dirigentes del pueblo. A todos cuantos buscan el bien en el mundo y la dignidad de los hombres. A todos ellos dirijo estas líneas para librarme de su pesada carga y contribuir al conocimiento de la verdad. Lo advertí, y Dios es testigo.

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Tres reflexiones [1948]:

La primera reflexión atañe a la actual situación de nuestra patria, el valle del Nilo, tierra en la que el caos campa por sus fueros e invade todo vestigio de vida: no hemos alcanzado nuestras reivindicaciones nacionales, y ello va minando la moral del pueblo. La desconfianza y las corruptelas afectan a jefes y líderes, gobernantes y gobernados. El aparato del Estado está corrompido por la fiebre del egoísmo, el partidismo, gestiones funestas, inmoralidad, letal centralización, y prácticas de tortura sin reconocimiento expreso.

La Ley no significa nada, y después de tanto modificarla para delictivas excepciones ya no hay quien la enderece. Entretanto, no paran de incrementarse los precios, el paro, el descenso del nivel de vida hasta límites insospechados y, junto a todo esto, la sequedad del corazón y la avaricia de las conciencias. La ira ha empezado a crecer manifestándose entre huelgas y demás acciones furiosas. La moralidad prácticamente ha huido, herida por la ignorancia, la pobreza y la indigencia. Por contra, se extienden los vicios y la relajación de las costumbres, propiciándose una permanente inestabilidad por la confusión de las almas y el desarraigo de las conciencias.

Todo esto empeora día tras día y hora tras hora hasta llevarnos imperceptiblemente a una inmensa catástrofe, una desgracia irremediable si los hombres de buen corazón no lo impiden antes de que sea demasiado tarde.

La segunda reflexión se refiere a cuanto ocurre en regiones queridas por todos entre países árabes y naciones del islam: sobre Palestina se cierne el desastre auspiciado por esa confabulación internacional formada por americanos, rusos e ingleses en nombre del sionismo que ha conseguido poco a poco comprar y embarcar a los gobiernos y pueblos occidentales en una ciega hostilidad hacia los árabes y musulmanes dondequiera que éstos se encuentren; en el Pakistán recién nacido se abre paso la agresión armada impía que oculta intereses colonialistas, incluyendo a Rusia, y que hacen caso omiso de la voluntad soberana de los pueblos según sabemos que actúan sobre naciones jóvenes si las noticias que nos llegan son ciertas; en Indonesia, con setenta millones de habitantes y la mayor parte de ellos musulmanes, continúa la presión de Holanda con la terrible paradoja de cómo este país sufrió la agresión alemana siendo liberada gracias a las tropas aliadas. Pero Holanda no presta oído y priva al leal pueblo musulmán de sus merecidas libertad e independencia. […] Y en cuanto a los países de África del Norte (Túnez, Argelia y Marruecos), prosiguen en su vana petición de auxilio combatiendo en la medida de sus fuerzas para cortar los terribles lazos con Francia y que les privan de su derecho a una vida libre y digna en total independencia.

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Ocurre igual con todos los países árabes y musulmanes; ninguno está a salvo de las maniobras coloniales. Ése es un hecho innegable en el ámbito político, pero lo es igualmente en el ámbito social, y el mejor ejemplo lo tenemos precisamente en Egipto. Nos ocupan las mismas preocupaciones que en todo Oriente.

La tercera reflexión trata sobre la situación a la que nos han llevado las decisiones de los mandatarios del mundo y aquellos que se han convertido en los amos de la tierra desde la Segunda Guerra Mundial: los ideales han desaparecido; los grandes objetivos que anunciaban esos hombres en las horas difíciles para movilizar a todas las naciones contra la tiranía se han difuminado en sus corazones. La justicia social, las cuatro libertades, los principios de la Carta de las Naciones… Todo esto no es más que un recuerdo del pasado. […] Los resultados de este giro, desastroso para la Humanidad, no pueden llevarnos más que a la llamada tercera guerra mundial, […], con sus engendros de muerte y destrucción descritos en los libros revelados al describir el Apocalipsis; el «día de la resurrección, el día en que los hombres serán como mariposas dispersas y los montes como flecos de lana dispersos» [Corán 101, 3-4].

[Estas tres reflexiones] describen la situación en nuestra patria, en nuestra Nación Árabe e Islámica, y en nuestra patria Humanidad a menos que alguna nación se apreste a una nueva predicación que transmita el mensaje de la verdad y la salvación, el perdón para el mundo y el reino de la paz para la Humanidad. Y ése es nuestro deber, ya que en nuestras manos tenemos la antorcha de luz y el frasco de esencia para reformarnos a nosotros mismos e invitar al resto. Si lo logramos, mejor que mejor. Y si no, al menos podremos decir que hemos transmitido el mensaje: […] «Di: sólo os exhorto a una cosa; dirigíos hacia Dios, de dos en dos o de uno en uno. Pensadlo. Vuestro paisano no es ningún loco; tan sólo procura advertir de un terrible castigo» [Corán 34, 45].

¿Qué podemos hacer? […]. Cumpliendo los compromisos del islam se fortalecerá la patria de las mareas sociales que se avecinan, volverá la calma a los corazones y las almas. Debemos reorientarnos, volver a situarnos donde estábamos; declarar que el Valle del Nilo custodia el mensaje de Dios, su aplicación y su difusión. Pero, ¿escucharán esta predicación los de oídos sordos, volverán al islam mediante sus palabras, sus actos y su comportamiento? «iNo! Por tu Señor; no creerán en nada hasta que consigas mediar entre ellos. Entonces no objetarán y se someterán completamente» [Corán 4, 132].

[…] Lo advertí, y Dios es testigo.

 

  1. Sayyid Qutb (1906-1966), «Carta a su hermana Amina», fechada en 1949 y recogida en Luces a lo lejos, Beirut/Där al-‘ilmiya, 1971.

 

[…] La vida humana en este mundo puede consistir en un permanente estado de perplejidad al atisbar las fuerzas del universo, o por el contrario una serie de adaptaciones al sentir esas fuerzas, engrandeciéndose el hombre a cada paso y avanzando en su largo camino. Su capacidad para percibir en ocasiones una de estas fuerzas del universo que sobrepasa sus posibilidades intelectuales y que le era desconocida hasta ese momento, le hace sospechar la existencia de muchas otras fuerzas desconocidas desde sus aún limitados métodos experimentales.

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Por respeto a la inteligencia humana debemos, pues, admitir el papel de lo desconocido en nuestra vida, pero no para entregarle ciegamente nuestro destino como hacen los amigos de ficciones y mitos, sino para sentir la sublime grandiosidad de este universo y aceptar nuestra verdadera medida en el inmenso mundo. Así, resulta del todo natural que el alma humana se abra a esas numerosas señales para conocer y sentir los lazos que desde nuestro interior nos unen con el universo. Por supuesto, el tamaño y profundidad de esos lazos sobrepasan cuanto el intelecto ha podido percibir hasta el momento, y así descubrimos cada día algo nuevo, y así seguimos sintiéndonos vivos.

Hay quienes, hoy en día, piensan que reconocer la absoluta inmensidad de Dios minimiza el lugar del hombre en el universo, como si Dios y el hombre fuesen dos competidores disputándose en este mundo tamaños y poderes. Pero yo creo que en la medida en que vayamos percibiendo la absoluta inmensidad de Dios también aumenta nuestra inmensidad, por el mero hecho de ser las criaturas de un Dios así. Aquellos que plantean su formación imaginando que superan a Dios o incluso negando su existencia, son gente limitada, incapaces de ver más allá de su estrecho y cercano horizonte. Creen que el hombre sólo se refugia en Dios en tiempos de debilidad e impotencia, y que como ahora somos fuertes no necesitamos un Dios, como si la debilidad favoreciese la percepción y la fortaleza la restase.

[…] No creo en las ideas etéreas; ¿qué es una idea sin la vida y animación de una creencia?. ¿Y cómo puede existir una creencia viva y animada más allá de los corazones de los hombres? Los principios y las ideas desprovistos de una creencia que les confiera vida y movimiento no son más que palabras vacías, significados muertos. Lo que les otorga la vida es el impulso de la fe que emana del corazón humano.

Los otros no creen en principios e ideas que nacen de corazones vivos, sino en productos surgidos de fríos intelectos. iSé la primera persona en creer en tu idea; cree en ella con fe ardiente! Sólo entonces los otros creerán en ella. Si no, tu idea quedará como una mera compilación verbal, vacía de espíritu y vida. No hay vida en las ideas si no las encarna un alma humana; sólo así se convierten en seres vivos y avanzan por el mundo bajo forma humana. Y de igual modo no hay vida en un ser cuyo corazón no albergue una idea en la que crea calurosa y sinceramente. Separar ideas y personas, como almas de cuerpos o significados de fonemas, se antoja una operación a veces imposible y a veces señal de descomposición y destrucción.

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Toda idea que pudo ver la luz lo hizo alimentándose de un espíritu humano. El resto, las que no pudieron probar ese sagrado alimento, nacieron muertas y no hicieron avanzar un solo paso a la Humanidad.

Resulta difícil imaginar cómo podemos alcanzar un noble objetivo haciendo uso de medios viles. El noble objetivo sólo habita en los corazones igualmente nobles; ¿cómo va a admitir un corazón así que haga uso de medios viles? Si atravesamos un lodazal para llegar a una limpia ribera, en nuestros pies y nuestros pasos quedarán restos de barro, e igualmente ocurre si hacemos uso de medios viles: la podredumbre inundará nuestro espíritu dejando sus huellas así como en el objetivo que pretendamos alcanzar.

Desde el punto de vista del alma, el medio es parte del fin, porque tales distinciones no existen en el mundo espiritual. Es el propio sentir de la persona que busca nobles fines lo que le hace repudiar los medios abominables, resistiéndose a su uso. El fin justifica los medios; expresión de la más altas cotas de sabiduría alcanzada por Occidente, ese Occidente basado en la razón, pues sólo en la razón puede concebirse esa extraña división entre medios y fines.

[…] No temo a la muerte, aunque llegase en este instante. He tomado mucho de esta vida; he dado mucho. En ocasiones es difícil separar el dar y el tomar, ya que en el mundo espiritual son la misma cosa. Siempre que di, con mucho me quedé. Y no hablo de intercambios materiales; digo que cuento para mí con lo que alguna vez pude dar, pues mi alegría al entregar no era menor que la de quienes recibieron.

No; no temo a la muerte, aunque llegase en este instante. He hecho cuanto he podido. Sí; querría hacer muchas más cosas, si me fuese dado vivir largamente. Pero en caso contrario, el remordimiento no se cebará con mi corazón. Otros las harán. Tales cosas no mueren si son factibles, y creo firmemente que la protección de Dios en este mundo no dejará morir una idea útil.

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No temo a la muerte, aunque llegase en este instante. He buscado en lo posible ser bueno, y me arrepiento de mis faltas y errores. Está en las manos de Dios decidir cuándo será, y no puedo más que apelar a su bondad rogando su perdón. Su castigo no me desvela, porque sé que será justo y ecuánime. De cualquier modo, estoy acostumbrado a la responsabilidad sobre mis actos, buenos o malos. Así, no me desagrada la idea de que mis errores sean medidos el Día del Juicio.

 

  1. Hasan Hanafi (n. 1935), «Los orígenes del conservadurismo actual y el fundamentalismo islámico», en E. Gellner, Los dilemas islámicos: reformadores, nacionalistas, e industrialización, New York, 1985.

 

El despertar del islam, como un gigante que estaba dormido, es un fenómeno natural. […] Como nada en la Historia se produce de un modo accidental, las siguientes razones pueden explicar este fenómeno peculiar para Occidente pero que es la natural y largamente esperada parusía de las masas musulmanas:

  1. El fracaso de las ideologías de modernización contemporánea: liberalismo occidental, estado socialista, marxismo tradicional y ritualismo tribal […]
  2. El descubrimiento de la fuerza autóctona: […] La fragilidad de los actuales regímenes políticos en el mundo musulmán han motivado que se acreciente la autoconfianza de los grupos activistas islámicos. […] El fracaso de las ideologías, la crisis de liderazgo y la indiferencia de las masas son la tierra fértil en que fructifica más y más el activismo islámico. Los líderes y miembros de grupos islámicos son cada día más respetados. Su abierta disposición al sacrificio y su celo los convierten en modelo de comportamiento ante los ojos de esas masas musulmanas. Resulta realmente complicado condenarles por los principios en los que creen; algunos de los jueces que lo hacen simpatizan con ellos durante el juicio, y otros incluso adoptan sus ideales.

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Estos hombres piden diálogo, un público intercambio de pareceres, y libertad de expresión. Desafían a los sabios de la mezquita-universidad de Al-Azhar para que se enfrenten a ellos verbalmente. Su fuerza en los tribunales y la debilidad de sus perseguidores son un adelanto ilustrativo de la relación entre el presente y el futuro. Pese a que los grupos islámicos no son expertos en política exterior, tanto sus líderes como los miembros consiguen trazar las líneas de un nuevo orden internacional: las crisis de Occidente y el Este, del capitalismo y el socialismo, les ofrecen elementos inmejorables para su drama del mundo contemporáneo sobre la caducidad de Occidente, falta de materias primas, de energía, trabajos excesivamente cualificados y restrictivos, explotación, corrupción… Nada puede solucionarse desde dentro y el imperialismo fracasa al enfrentarse a la voluntad de los pueblos. Por otra parte, los altos principios éticos y códigos de justicia son sólo aplicables en el interior de Occidente; para el exterior hay otros códigos aplicables a los bárbaros. Las palabras difieren de los compromisos reales y Occidente no ofrece así ningún modelo de comportamiento ético. La crisis moral en Occidente ha sumido a la juventud en un completo vacío espiritual.

[…] Así aparece el islam como el único salvador del mundo; como la base de un nuevo orden internacional. Ofrece una solución a todas las crisis del mundo conocido y la Comunidad islámica está preparada para asumir sus responsabilidades: reserva de principios y custodia de valores universales. Proclamando hacer el bien y abstenerse del mal, el islam palpita en el corazón de las masas; el recién nacido se ha salvado. El islam es la última y definitiva religión revelada, la profecía cumplida y el modo de vida perfecto. Y los musulmanes aún conservan vivo el sentido del mensaje, el depósito de cuanto Dios ofreció a todas las naciones a cambio de hacer el bien en la tierra y abstenerse de la impiedad. Los que educaron a la Humanidad en el pasado aún pueden desempeñar el mismo papel en el futuro. El islam encontró en el pasado su camino por entre los intersticios de dos imperios, el persa y el bizantino, ambos exhaustos por las guerras y ambos aquejados de similares crisis morales y espirituales.

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El islam, como nuevo orden mundial, supo entonces ofrecer la alternativa válida a un antiguo régimen caduco, y hoy día se encuentra en la misma tesitura en un mundo nuevo emergente de la renovada bipolaridad. Mientras las grandes potencias se hundían, el islam se regenera. El islam heredará su papel en el futuro tras este nuevo y presente vacío de poder. Y en las filas de los grupos musulmanes está la respuesta a si la profecía se cumplirá o quedará en mero mesianismo.

 

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