ORIGEN DE LA IGLESIA CATÓLICA ROMANA Y LA IGLESIA ORTODOXA

Roma y Constantinopla: dos centros religiosos neurálgicos

Las controversias en torno al celibato, el culto y las cuestiones de fe entre los obispos bizantinos y los romanos continuaron y al final condujeron a la escisión entre Oriente, que tenía el griego como lengua, y Occidente, donde se hablaba el latín. En lo sucesivo, se constituyeron dos focos de la vida religiosa: para los católicos, continuó siendo Roma; para los ortodoxos, Constantinopla (hoy Estambul) se convirtió en el punto central. Hasta el siglo XV, en el Imperio Bizantino, como se designó a partir de entonces al Imperio Romano de Oriente, el monarca era al mismo tiempo la autoridad máxima de la Iglesia, de modo que su influencia abarcaba tanto cuestiones terrenales como intereses espirituales. Sin embargo, pronto hubo divisiones dentro del seno le la Iglesia ortodoxa, surgiendo, entre otras, la Iglesia copta de Egipto. En 1453, los musulmanes conquistaron Constantinopla, lo que supuso muchas conversiones al islam. Los ortodoxos peregrinaron entonces hacia el norte y Europa oriental, y durante su labor misional concibieron la escritura cirílica para las lenguas eslavas. Con una escritura con la que podían reproducir la lengua, resultaba más fácil difundir el mensaje de salvación de la Biblia. El centro político y religioso se desplazó primero a Kiev y finalmente a Moscú, donde el cristianismo fue declarado religión de Estado en el siglo IX. Todas las regiones ortodoxas, a excepción de Rusia, estaban bajo dominio musulmán, por lo que el obispo de Moscú asumió la dignidad de Patriarca.

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En el año 325, el emperador Constantino convocó el Concilio de Nicea para evitar la escisión que amenazaba al cristianismo.

 

El Papa de Roma al frente de la Iglesia universal

El Papa de Roma también fue adquiriendo más poder. El obispo romano asumió todo el territorio occidental. La tarea misional, que llegó hasta las Islas Británicas, supuso para la Iglesia muchos seguidores, así como amplios territorios —en la mayoría de los casos, donaciones generosas de terratenientes—. El papado ostentó muy pronto el poder suficiente como para mantener bajo su control a los gobernantes poderosos. A fines del siglo XIII, el papa Bonifacio VIII intentó incluso subordinar todo el poder temporal a la Iglesia. Se estuvo a un paso de conseguir un cristianismo unificado, pero paralelamente se estaba desarrollando en los distintos países un incipiente sentimiento nacional, que en la guerra de los Cien Años (que comenzó en 1337) entre Inglaterra y Francia llegó a ocasionar un cisma en el seno del papado.

 

 

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