NORMAS ESPIRITUALES: ACTITUD, KARMA Y GRACIA.

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Personalidad y esencia: la dualidad
Conexiones invisibles
El poder y la influencia de los campos de energía de la personalidad
Estar abierto al yo esencial
Dualidad, sufrimiento y karma
El karma colectivo
Reglas para intervenir
Un mito maravilloso

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1-William Bloom

 

 

Autor. William Blomm

 

 

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Personalidad y esencia: la dualidad

Somos criaturas duales. Tenemos una personalidad y también una esencia, un núcleo. A veces, la personalidad y la esencia se fusionan. A veces están muy distantes.

La personalidad es capaz de crear una amplia variedad de atmósferas y energías, reflejando nuestros diversos talantes, desde el odio y la desconfianza, hasta el amor y el afecto. A lo largo de muchos miles de años el conjunto de los talantes de la humanidad ha dado lugar a enormes acumulaciones de emoción y pensamiento que rodean nuestro planeta.

Nuestro yo esencial, por otro lado, no se entremezcla con los talantes humanos, sino que posee una clara vibración sabia y amorosa propia y está permanentemente conectada con los campos energéticos universales de la beneficencia. Para tener una noción nítida de cómo trabajamos con las energías y de cuándo está bien o está mal intervenir en una situación, tenemos que comprender la extraña dualidad que todos poseemos. De la personalidad emana cualquier cosa, dependiendo de nuestro ánimo; del yo interior emanan bendiciones si las dejamos pasar.

Si reconocemos esta dualidad, la conclusión a que llegamos es obvia: desde el punto de vista de la energía, nuestra principal finalidad en el mundo es irradiar la bendición de nuestro yo esencial y hacer todo cuanto podamos por transformar las vibraciones negativas que nosotros y los demás hemos creado. Hagamos lo que hagamos con nuestra vida, en el mundo de las energías y las vibraciones, nuestra tarea es emitir bendiciones y despejar la negatividad.

 

Conexiones invisibles

Existe un gran debate religioso y filosófico sobre esta dualidad entre nuestra consciencia esencial y nuestra personalidad, pero el acuerdo es general en lo que se refiere a su meta última: las dos deben fusionarse e integrarse. Esto coincide también con muchas propuestas de la psicología moderna que afirman que la finalidad de la vida humana es que nos completemos; lo que significa que el yo esencial tiene que estar plenamente presente y no permanecer oculto tras los rasgos de la personalidad.

Explicado desde el punto de vista energético, el propósito de la vida humana es que el campo de energía del yo esencial coincida y se integre en el campo energético de la personalidad. La personalidad, entonces, se impregna totalmente de las energías de la sabiduría, la iluminación y el amor. Es una meta muy buena, ¿verdad?

El campo de energía de nuestros esquemas emocionales y mentales, de nuestros hábitos y adicciones nos refrenan a la hora de alcanzar esta meta. Y el asunto se complica aún más porque las energías de todas nuestras personalidades están conectadas. No somos pequeñas islas que van solas cada cual a lo suyo. Esto significa que la mala actitud de una persona afecta a todas las demás, del mismo modo que la buena actitud de una persona es una bendición para las demás.

En un plano más intimo, estamos vinculados armónicamente con personas que poseen personalidades similares a la nuestra. Si somos egoístas, estamos armónicamente vinculados con otras personas egoístas. Si somos agresivos, lo estamos con personas agresivas.

De igual modo, las cualidades de la generosidad y el amor también nos unen con personas de cualidades similares. De esta interdependencia, conocida desde hace largo tiempo por los místicos, empieza a darse cuenta ahora la ciencia moderna.

Todo esto nos da una información básica para comprender el trabajo de energía. Nunca trabajamos aislados, sino que siempre estamos conectados con toda la comunidad humana.

 

El poder y la influencia de los campos de energía de la personalidad

Existe otra realidad más que también nos afecta sobremanera. Considerando su aspecto psíquico, la atmósfera general de nuestro planeta, creada por los seres humanos a lo largo de miles de años, es un ruedo. Todo cuanto se ha pensado o sentido alguna vez, ha dejado su huella en la atmósfera psíquica. Existen enormes acumulaciones de emoción y pensamiento psíquicos flotando en la atmósfera. Recuerde que cuando alguien siente o piensa algo, la energía depositada en el sentimiento o el pensamiento sigue existiendo.

El aura psíquica del planeta es un reflejo directo de cómo la humanidad en su conjunto ha sentido o pensado en el transcurso de cientos de miles de años. Ésta es una idea a la vez divertida e inquietante.

El aura de cada uno de nosotros está en continuo contacto con este caleidoscopio psíquico y éste, a su vez, nos afecta continuamente.

Tal cosa significa que cuando usted se ocupa de sus energías personales, también se ocupa de todas las demás energías resonantes que flotan alrededor. Cuando usted trabaja con sus energías, también trabaja con la energía colectiva de la humanidad. Y, naturalmente, también está usted profundamente influido por ella.

Pongamos el ejemplo de una paradoja muy personal. Aunque se sienta aislado y apartado, está energéticamente conectado con todas las demás personas solitarias y con el gran campo de energía de «soledad y rechazo» generado por personas solitarias y rechazadas a lo largo de miles de años. Del mismo modo, cuando usted se siente regocijado y divertido, está conectado con otras personas que se hallan en el mismo estado y con el gran campo de energía del «regocijo y la diversión» creado por otros seres humanos a lo largo de milenios.

Esto suele significar que cuando uno tiene emociones o pensamientos potentes, no está sintiendo cosas solamente suyas. Siente las suyas, pero también las de la colectividad.

En mis seminarios acostumbra a oírse una exclamación cuando los asistentes se dan cuenta de lo mucho que les han afectado atmósferas externas que ellos creían suyas. Se percatan de que no sólo han venido expresando o canalizando sus propias emociones y pensamientos, sino también los del mundo psíquico colectivo.

¿Cómo puede saberse si las emociones y los pensamientos son de uno mismo o si están conectados con acumulaciones colectivas de emoción y pensamiento? Lo que yo he observado es que cuando nos conectamos con las energías colectivas, nuestros sentimientos y pensamientos adoptan un carácter dramático y teatral.

Esto puede verse muy fácilmente, por ejemplo, en el caso de la ira. En determinado momento podemos estar simplemente enfadados, expresando un resentimiento y una cólera genuinas y propias. Un momento después han adquirido entidad propia y se manifiestan con una furia casi incontenible. También puede verse esto mismo en el caso de la tristeza y la autocompasión conviniéndose en histeria.

O bien cuando los predicadores religiosos, de repente, se elevan en un torbellino de inspiración carismática dejando que su propia pasión sea alcanzada por el gran campo de energía de la certeza y el fundamentalismo. Puede verse también en los políticos, cuando su discurso deja atrás la estabilidad de la pasión personal y se convierte en un caudal de fanatismo. De hecho, el orador público es una persona capaz de canalizar los sentimientos y pensamientos de la multitud. Las bandas pop que tienen éxito suelen hacer lo mismo. En el teatro clásico, en los dramas sagrados, esta capacidad para canalizar los campos de energía externos se utiliza deliberadamente para crear atmósferas en las que los actores y actrices encarnen dioses y diosas desempeñando su trabajo y sus juegos cósmicos. Con la indumentaria adecuada y las palabras apropiadas, los actores canalizan las energías prototípicas que representan.

Nuestro talante nos conecta vibracionalmente con otros talantes similares. Si nos ponemos teatrales, abrimos una vía de entrada para que la energía colectiva se exprese a través de nosotros. Lo mejor que puede hacer para evitar servir de canal a este talante colectivo, es estar alerta. Resulta más fácil decirlo que hacerlo cuando uno se siente abrumado por los sentimientos, pero el simple hecho de saber que existe esta realidad energética es el comienzo de la toma de consciencia de esta realidad y de un prudente autocontrol.

Lo mejor que quizá puede hacer sea observarse después de haber pasado por estados de ánimo extremos, valorar en qué medida eran verdaderamente propios de usted y luego comprometerse a rebajar su intensidad la próxima vez. El simple hecho de comprender estas realidades podría bastar para ayudarle a cambiar.

También entenderá lo importante que es su conducta personal. Sus estados de ánimo y sus pensamientos no le afectan solamente a usted y a los seres más cercanos. Afectan a todos. De igual modo, su autocontrol y su transformación redundan en beneficio de todo el mundo.

 

Estar abierto al yo esencial

Los estados de ánimo de la personalidad, como la depresión, los celos, la felicidad, el afecto, el buen humor, etc., son muy patentes. Los notamos y los sentimos con mucha facilidad, con tanta facilidad que pueden apoderarse de nosotros sin más. La ira, la necesidad y los celos, por ejemplo, pueden golpearnos en el estómago. El deseo y la atracción tiran físicamente del cuerpo. Las ideas y los pensamientos se apelotonan en la mente dando lugar, en ocasiones, a dolores de cabeza.

Es menos fácil percibir y mantener los estados de ánimo que se producen cuando estamos conectados con nuestro yo esencial y con las dimensiones más hermosas de la vida. La energía del yo esencial y de lo sagrado es más moderada. De hecho, lo que solemos hacer cuando experimentamos estos momentos de verdadera conexión con nuestra esencia y con la esencia universal, es gruñir y seguir nuestro camino sin apenas reparar en ellos. Presenciamos una bellísima puesta de sol o percibimos la atmósfera de un paisaje mágico, nos detenemos un momentito y luego proseguimos como si nada hubiera pasado. Podemos vernos transportados hasta esta bella conexión con la esencia gracias al sexo, el arte, la danza o el cuidado de los demás, y después seguir adelante olvidándolo.

Una metáfora que suelo utilizar es que las energías de la personalidad son como el agua y las energías del yo esencial son como una pluma que flota sobre la superficie. Para sentir plenamente el yo esencial, el agua ha de ser menos densa o ser movida por corrientes que permitan que esa pluma flote agua abajo.

Si de verdad quiere hacer un trabajo de energía que le sirva a usted y a la colectividad, entonces tiene que ser mucho más eficiente a la hora de dejar aflorar las energías de su yo esencial y de la bondad universal. El mayor bien que usted puede hacer desde el punto de vista de las energías es repartir tantas bendiciones como le sea posible llevando una vida normal, afianzada e integrada. Esto significa que debe aferrarse al conocimiento y los sentimientos que le alcanzan cuando está usted conectado con la esencia. Déjeme poner un ejemplo relacionado con el sexo, ya que la mayoría de la gente siente interés por él.

Cuando una pareja hace el amor y hay afecto y belleza en el acto amoroso, es muy placentero parar todo movimiento físico y tomar plena consciencia de la hermosura de las energías que se están sintiendo. Tal cosa permite que afloren y se difundan energías aún más buenas. El movimiento físico ininterrumpido puede, ignorar esa maravillosa energía tántrica. He aquí otro ejemplo. Si le conmueve profundamente la visión de una puesta de sol o de un paisaje, en lugar de abandonar el lugar, puede usted detenerse y pasar un rato embebiéndose de lo que ve. Hacer un alto para quedarse en esa atmósfera permite que la energía se haga plenamente presente.

Otro ejemplo más: muchas personas, cuando cuidan de alguien, a veces descubren que están sintiendo un amor genuinamente trascendente. Cuando sucede tal cosa es bueno tomar plena consciencia de esos momentos y dejar que su atmósfera y su bendición sean bien patentes.

Tenemos que estar más alerta, escuchar atentamente, ser receptivos y absorber el campo de energía de la sabiduría y del amor que se, encuentran en nuestra esencia. Cuando sienta usted estos mágicos momentos de conexión con su esencia, tiene que hacer un alto y sumergirse en ellos con plena consciencia, estar totalmente presente en ellos. Hay momentos prodigiosos y los dejamos pasar sin absorber toda su atmósfera, impedimos que su cualidad nos impregne por completo, impedimos que la pluma del alma se introduzca profundamente en las aguas de la personalidad. Algo sagrado y religioso nos conmueve y en lugar de abrirnos a ello, nos cerramos en banda.

Tiene usted que hacer un esfuerzo consciente por conectar con las buenas vibraciones de su esencia. Aminorando el paso lo bastante para tomar consciencia de ellas, las deja aflorar más plenamente y usted se convierte para toda la vida en conducto de estas vibraciones.

También puede crear deliberadamente sus conexiones con lo sagrado. Con las técnicas de bendición, hemos aprendido a cambiar a un buen estado de ánimo y a establecer conexión con la belleza universal para poder canalizar una bendición. Intento con esto alentarle a expandir sus ideas sobre la bendición. En lugar de establecer conexiones con la finalidad concreta de bendecir un determinado objeto, persona o situación, merece la pena considerar la posibilidad de hacerlo más regularmente, de practicarlo a diario. Puede ser una forma de vida.

 

Dualidad, sufrimiento y karma

El más grande de todos los ideales espirituales es que nuestra personalidad se integre por completo en nuestro yo esencial, que los dos formen lo que a veces se ha dado en llamar una «alianza mística» y que nunca dejemos de emitir buenas vibraciones. La dificultad estriba en que somos humanos y como tales no nos resulta fácil hacerlo.

Cada uno de nosotros tiene una serie de aspectos psicológicos con los que pugna. Nadie es igual. Tenemos historias y caracteres diferentes. Es imposible, por tanto, dirigirse a la gente en general y decir: « ¡Para conseguir esa alianza mística todos tenéis que hacer tal cosa, creer en aquello, seguir tal camino!». No todos tenemos necesidad de las mismas cosas. En cada carrera el caballo es distinto.

Es vital que entendamos estos dos puntos fundamentales si queremos comprender algunas normas que rigen el trabajo de energía. Estos dos puntos son: primero, nuestra misión en la vida es fusionar e integrar las energías de la personalidad con las energías de nuestro yo esencial, pero la tarea es difícil; segundo, todos tenemos caracteres e historias distintas, de forma que no hay soluciones universales.

Tomemos, por ejemplo, a dos personas tímidas, apocadas y pasivas. Para una de ellas puede ser absolutamente perfecto seguir siendo como es, porque en sus circunstancias únicas, su forma de ser crea las mejores circunstancias energéticas para que se manifieste su yo esencial. Tal vez en el pasado haya sido una persona demasiado agresiva. Sin embargo, la otra persona —por su larga historia de victimización—, a lo mejor necesita ser más enérgica y dinámica.

En cada uno de nosotros tiene lugar un ten con ten único entre la personalidad y el yo esencial y nunca podemos generalizar sobre lo que se necesita. En muchas tradiciones espirituales orientales, se entiende el crecimiento personal como un río o un océano con corrientes, profundidades, temperaturas e intensidades siempre cambiantes.

También se entiende claramente que los rasgos de personalidad se resisten con frecuencia a las energías del yo esencial y que experimentar esta resistencia es muy doloroso. Allí donde se produce resistencia entre los rasgos de personalidad y las energías esenciales, hay tensión psicológica y sufrimiento.

Paradójicamente, esto significa que experimentamos sufrimiento cuando ya nos hallamos en el camino del crecimiento y hacemos las cosas que tenemos que hacer. Es importante comprender esta extraña paradoja humana: que haciendo lo correcto, también experimentamos el padecimiento de la fricción interna. Esta fricción interna es exactamente el proceso mediante el que transformamos los rasgos negativos internos en algo más relajado y afectuoso.

Esto supone que en nuestra tarea de hacer aflorar las buenas vibraciones bien podemos encontrarnos padeciendo un dolor psicológico. Los budistas tibetanos han adoptado una magnífica actitud hacia esto. Sí, dicen sonriendo, todo duele. ¿Y qué? Así son las cosas.

Cualquiera que haya dejado de fumar, o empezado una dieta para adelgazar o decidido ser más agradable, sabe de la pugna que se entabla con determinados aspectos de la personalidad, aspectos que suelen estar muy integrados y que entran en conflicto con la energía del yo esencial.

La palabra harma describe precisamente la fricción interna que se produce cuando la energía del yo esencial choca con esos aspectos resistentes de la personalidad. La intensidad de la resistencia a dejar aflorar la esencia es el karma. Comportándonos mejor facilitamos que nuestra esencia se manifieste y que nuestro karma se aligere. Comportándonos mal dificultamos que nuestro yo esencial se manifieste y nuestro karma —la intensidad de la resistencia— aumenta. Si nos conducimos mal introducimos energía negativa en nuestros rasgos de personalidad, lo que los hace aún más resistentes a nuestra energía esencial.

Si nos conducimos bien proveemos de energía benevolente a nuestros rasgos de personalidad, lo que facilita que el encuentro con el yo esencial sea armonioso. El mal comportamiento nos genera más dolor. El buen comportamiento facilita nuestros cambios.

Pero si nos comportamos mal, traspasamos energía negativa a la atmósfera. Esta vibración negativa también lleva la cualidad o la «firma» de la persona que la ha emitido. En consecuencia, cuando transformamos nuestros rasgos de personalidad, tenemos que absorber y transformar la energía negativa que antes difundíamos. Tal cosa puede ser fácil o muy difícil. Tenemos que deshacernos del karma, extinguirlo o fundirlo. El karma es el resultado de largas historias. Todos lo poseemos. No hay nadie que no lo tenga.

Trabajar con energía para ayudar a personas y situaciones, ayuda desde luego a reconocer que el karma está presente. El karma no suele permitir intervenciones milagrosas. Todo individuo tiene que despejar su propia historia.

 

El karma colectivo

Todo esto suscita la cuestión de si alguna vez podremos trabajar la energía con la finalidad de aligerar el karma de otra persona. ¿Podemos en verdad mitigar el sufrimiento de otro? Los filósofos místicos y religiosos pueden debatir esta cuestión desde el punto de vista intelectual. Desde el corazón, tan sólo puede haber una respuesta: siempre debemos hacer cuanto sea posible por reducir el sufrimiento.

Algunos cínicos, sin embargo, quizá digan que deberíamos dejar que cada cual se ocupara de su karma. En su extremo más despiadado, estos cínicos pueden ver la muerte de los judíos en el holocausto o los niños que mueren en el tercer mundo y decir que ellos se lo han buscado. Es su destino. «Es su karma.»

Pero con ello niegan que cada individuo forma parte de una dinámica mayor que es la historia de la humanidad en su conjunto. Ya hemos hablado de los sentimientos y pensamientos colectivos que flotan en nuestra estratosfera psíquica. La humanidad como un todo tiene su aspecto sombrío, su historia terrible y su karma.

Los individuos quedan atrapados en ello independientemente de cuál sea su historia personal y su karma. En realidad, el individuó suele ser víctima de acontecimientos multitudinarios. Una guerra internacional tiene muchísimo más ímpetu que el karma de cualquier persona. Con frecuencia, el individuo no puede evitar el poder natural del hambre o de un terremoto. Desde el punto de vista kármico, algunas personas se lo merecen y quizá otras tantas puedan evitar estas grandes fuerzas, pero la mayoría estamos sujetos al grupo al que pertenecemos. No podemos obviar los poderosos vínculos que nos unen. Ninguna mujer, en tanto que individuo, está libre del peligro colectivo que las mujeres corren en las calles de las ciudades por la noche. A los individuos nos sobrepasan el racismo y las pandillas urbanas, fenómenos que no se deben a nuestros propios actos.

Tenemos que comprender que en buena medida la vida humana puede entenderse como parte de una dinámica colectiva. Una comprensión compasiva de estas realidades significa que siempre hay sitio para que nos propongamos aliviar el sufrimiento y el karma de otros, pero hay directrices muy definidas en lo que se refiere a cuándo y cómo intervenir.

 

Reglas para intervenir

Hay dos recomendaciones generales en cuanto a realizar un trabajo de energía que afecte a otra persona o personas.

Primero: en general, ocúpese de sus propios asuntos y no intervenga a menos que se lo pida la persona interesada.

Segundo: si llega a intervenir, debe estar absolutamente seguro de que su personalidad está perfectamente alineada con su yo esencial y de que sus energías personales están completamente relajadas mientras realiza el trabajo.

A veces la gente no entiende, cuando ha aprendido a bendecir o a limpiar, por qué no puede ir por ahí bendiciendo y limpiando a todos y a todo. Es obvio, ¿no?, que cada individuo tiene sus necesidades especiales y que, a menos que se posea la sabiduría universal, hay que tener cuidado con lo que se hace con la energía. Me he visto en situaciones en las que completos extraños han venido a mí, han introducido sus manos en mi campo energético y sin avisar me han dado una bendición. En lugar de bendecido, me he sentido agredido. Yo no les había dado permiso para hacerlo. No estaban ni bien afianzados, ni centrados ni serenos. Tal vez se veían como santos.

¿Cómo podían saber si su bendición sería útil para mí o no? Nunca bendiga a nadie si no le invitan a ello y si no está perfectamente sosegado y alineado con la energía de su consciencia esencial.

Hay una cuestión de orden práctico y es la condición física de la persona destinataria de la bendición. Pongamos que padece del corazón o de los nervios. En su estado, la repentina afluencia de vitalidad externa podría ser ciertamente peligrosa para ella. Una bendición siempre transmite energía, especialmente si se da con las manos. Así pues, es importantísimo tener cuidado a la hora de bendecir a personas que están enfermas. En tanto que enseñante de este tipo de trabajo, no quiero ser responsable de ninguna imprudencia y de ningún abuso.

Existe, sin embargo, una forma de intervención energética que siempre es perfectamente segura. Puede usted enviar amor y buena energía a cualquier persona y a cualquier situación siempre y cuando lo haga desde una actitud de absoluta paz interior. Esta absoluta paz interior es necesaria, porque de lo contrario irradiará vibraciones cargadas con su personalidad. Y usted no quiere enviar ese tipo de energía.

Si está usted bien afianzado e integrado en su cuerpo y respirando regularmente, si está sereno y atento a su centro, entonces puede estar seguro de que ninguna de sus energías personales intervendrán y perturbarán su irradiación de pureza.

Déjeme poner dos ejemplos de cuándo la gente se suele sentir tentada de hacer un trabajo de energía de una forma inapropiada. Con frecuencia nos trastorna que un amigo íntimo o un familiar enferme. También nos trastornan los conflictos a gran escala que se producen en el mundo. En consecuencia, respondemos con la comprensible reacción emocional de querer arreglar la situación. Queremos enviar bendiciones curativas a nuestros amigos enfermos. Queremos irradiar paz en los escenarios de las guerras.

El problema radica en que quizá no hagamos más que enviar nuestra energía emocional, la energía emocional que quiere salud y paz. ¡Hágalo mejor! ¡Sea pacífico! El propósito implícito de nuestro inconsciente es sentirnos mejor cuando nos enfrentamos a algo que nos perturba. Así pues, enviamos nuestro deseo de curación y de paz. Se trata, de hecho, de una energía emocional que pertenece al ámbito de las necesidades de nuestra personalidad.

No nos damos cuenta de que con el deseo irradiamos también nuestra propia inquietud y preocupación. Y quizá hagamos que la situación empeore.

Puede que nuestro amigo tenga que sufrir esa enfermedad a modo de lección y entonces nuestra inquietud venga a empeorar las cosas. De hecho podemos irradiar una energía inservible aunque creamos lo contrario.

Incluso puede ser inútil irradiar paz en una situación conflictiva. «Haya paz» puede ser una idea agresiva que sólo haga empeorar el conflicto de energía. Quizá la situación no necesita una energía de paz impuesta. Quizá requiere una actitud juguetona, o comprensión o descarga, ya que a lo mejor hace falta una genuina ruptura de viejas formas aunque el terrible coste sea la guerra.

A veces es mejor guardar para nosotros las plegarias y la preocupación y proseguir con el trabajo práctico como puede ser el de prestar ayuda.

Hay un dicho tibetano: «Paz interior, paz universal»; si su deseo de curación de otra persona o de cese de la guerra se basa meramente en su reacción emocional ante la situación, entonces será muy difícil que de usted emane una energía creativa. Es de absoluta importancia, por consiguiente, que entre usted en un estado de genuina paz interior antes de hacer cualquier trabajo de energía cuya finalidad sea bendecir una situación o una persona.

Siempre será bueno que usted irradie amor y serena aceptación. Ésta es la energía de su esencia y del universo benevolente, una energía que impregnará la situación desde el yo esencial y que se infiltrará en el ámbito de la personalidad según las necesidades de la situación. Cuando quiera enviar una bendición curativa a un amigo, serénese por completo y piense en el yo esencial de ese amigo. Desde su propia esencia envíe amor y bendición a la esencia de su amigo. Haga lo mismo con las situaciones conflictivas. Es la manera más efectiva de trabajar.

Bendecir una situación a distancia, por tanto, exige el uso de las mismas estrategias iniciales que cualquier trabajo de energía.

Afiáncese bien, intégrese en su cuerpo, respire sosegadamente, conecte con su esencia y con los campos de energía de la benevolencia universal. Instalado en esta cálida atmósfera, puede pasar unos minutos contemplando a la persona o la zona en conflicto.

«Sustentar la situación con amor» es la mejor frase descriptiva de este tipo de trabajo. No hay deseo ni intensidad de emoción. No existe una idea preconcebida de cómo deberían ser las cosas. Hay solamente una mansa radiación de consciencia iluminada.

Esta energía, una mansa radiación de consciencia iluminada, no puede hacer daño y sólo puede hacer bien. No pondrá fin a la situación de conflicto, pero sí creará una atmósfera más dulcificada en la que sea más fácil apaciguar temperamentos irascibles, retraer comportamientos orgullosos y propiciar la curación.

Esta atmósfera de benignidad tampoco puede hacer daño alguno a quien esté enfermo o tenga problemas. Ayuda a que el yo esencial esté presente. En los cursos de formación que imparto, los padres suelen pedirme consejo sobre cómo ayudar a sus hijos y enviarles energía. En este caso hay que aplicar exactamente las mismas reglas que en los casos anteriores. Tenemos que ser imparciales, aceptar la realidad y trabajar alineándonos con la esencia.

 

Un mito maravilloso

Para poner punto final a este capítulo, me gustaría hablar a los lectores de un maravilloso mito que puede traerles consuelo y esperanza. Es un mito del budismo tibetano que nos cuenta la existencia de tres enormes seres espirituales, tres dioses, que siempre contemplan y piensan en la humanidad. Su único propósito es ayudarnos en las dificultades y el dolor.

Tienen el insólito nombre de los Budas del Karma.

Este mito dice que los tres seres tienen un gran poder y que están en constante meditación, escudriñando la tierra y la humanidad. Se dedican a estudiar nuestro karma. Observan el dolor que experimentamos cuando nuestros rasgos de energía negativa ceden a la energía de nuestro yo esencial y nuestra alma.

Los Budas del Karma están perfectamente enterados de cada matiz del cambio del ser humano cuando intenta integrar su karma y abrirse paso a través de él. Se dan cuenta del momento en que cada uno de nosotros trata de deshacerse de un viejo impedimento y de producir amor. A veces, cuando pasamos por estos cambios, nuestras energías aparecen ante ellos como una «danza» y, en el momento adecuado, estos Budas tienen la facultad de imprimirles energía liberadora, de tal forma que podemos realizar el cambio sin dolor. Nos ayudan a superar los cambios difíciles sin que tengamos que sentir fricción interna o padecimiento psicológico.

Los Budas del Karma nunca dejan de hacer este trabajo por la humanidad. Igualmente podrían llamarse los Budas de la Gracia. Ni se puede ni se debe invocarlos, ya que siempre están presentes y vigilantes. Recordarlos no puede hacer mal alguno.

 

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