NACIONALISMO Y POPULISMO EN ESPAÑA.

JAVIER ZARZALEJOS

 

Por: Javier Zarzalejos

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LA RAZÓN POPULISTA Y EL NACIONALISMO

En La razón populista, Ernesto Laclau dedica buena parte de sus primeros esfuerzos a rebatir los intentos de una definición ideológica del populismo, de la misma manera que rechaza que éste pueda ser definido de manera universal mediante una selección más o menos afortunada de las características que pueden extraerse de los fenómenos populistas que a lo largo de la historia merecen tal denominación. Para Laclau, en ambos casos, la observación de la realidad de los populismos desmiente tanto las pretensiones de asignarle un contenido ideológico concreto como las de alcanzar una definición descriptiva que, o bien resulta aplicable sólo a una variante histórica del populismo, o es incapaz de abarcar todas sus expresiones. De hecho, quienes lo han intentado tienen que admitir tantas excepciones a ese pretendido modelo teórico de populismo que el paradigma queda invalidado. Dicho en ese particular modo de expresión tan del gusto de cierta politología: «cuantas más determinaciones se incluye en el concepto general menos capaz es el concepto de hegemonizar el análisis concreto» (Laclau, 2012). Y para concluir esa labor de poda conceptual, el autor argentino es inequívoco cuando recuerda que «entre el populismo de izquierda y el de derecha existe una nebulosa tierra de nadie que puede ser cruzada —y ha sido cruzada— en muchas direcciones».

Nos encontramos entonces con que la autorizada voz de Laclau niega que el populismo sea por sí mismo de izquierda o de derecha; sostiene que se trata de un fenómeno irreductible a una descripción con valor universal y que, además, dentro de la familia populista hay tránsitos muy radicales que hacen más difícil aún fijar teóricamente una aproximación material al populismo.

La salida que propone Laclau es precisamente la de renunciar a una definición material del populismo y entenderlo como una «lógica». Una «lógica de formación de las identidades colectivas», como anuncia en el prefacio de su libro; un «modo de construir lo político», una «lógica de construcción social».

Puede que esta perspectiva, en principio, no diga mucho, e incluso que casi identifique el populismo con la política en cuanto tal. Pero Laclau y los populistas que inspira no hablan de una manera cualquiera de construir lo político, sino de una forma específica, discursiva, de formar identidades colectivas mediante la antagonización de la sociedad y el desbordamiento institucional.

La idea del populismo como «lógica de formación de identidades colectivas» y la necesidad para ello de generar en la sociedad antagonismo y exclusión ya apunta claramente al parentesco entre nacionalismo y populismo.

El nacionalismo es, ciertamente, una lógica de construcción de una identidad colectiva. Busca legitimarse en raíces ancestrales ya sean étnicas, lingüísticas o culturales, pero constituye un modo de movilización política esencialmente moderno, propio de sociedad de masas, en el que se identifican recursos, estrategias y objetivos propios del populismo.

No hablamos de cualquier nacionalismo, no desde luego de ese nacionalismo cívico que en algún momento ha aparecido como aspiración deseable —y por tanto hoy inexistente— en ciertas elaboraciones teóricas y muy minoritarias en los nacionalismos vasco y catalán (Arregui, 2000). Nos referimos aquí al nacionalismo étnico, o si se quiere étnico-lingüístico, que ha ido endureciendo sus posiciones con un discurso de confrontación agresivo y una estrategia de desafío abierto al marco constitucional, desembocando en una práctica de movilización y una retórica netamente populista. «En el modelo étnico afirma Anthony Smith el pueblo, incluso cuando no se encuentra movilizado para la acción política, constituye, sin embargo, el objeto de las aspiraciones nacionalistas y la última instancia retórica a la que apelar. Los dirigentes pueden justificar sus acciones y unir a una diversidad de grupos y clases únicamente mediante la apelación a la “voluntad del pueblo”, lo que convierte al concepto étnico en más “interclasista” y “populista” en su tono» (Smith, 1991: 12). A esta aproximación entre nacionalismo y populismo ha contribuido una evolución relativamente reciente de los nacionalismos que se desarrollan en sociedades altamente plurales, donde la mayoría de los ciudadanos reconocen diversas lealtades identitarias que conviven sin conflicto. En estas sociedades, el nacionalismo ha optado por no fiarlo todo a un discurso de reivindicación y exclusivismo identitario, que limita sus posibilidades de acceso a sectores más amplios del electorado, y ha querido completar su discurso con una reivindicación económica y social que le permitiera alcanzar esa transversalidad que le impide un discurso exclusivamente etnicista. De este modo, la secesión se presenta no sólo como condición para que una nación alcance su plenitud, sino para que disfrute del bienestar del que le privan sus opresores.

Ese terreno en el que nacionalismo quiere moverse lo comparte con el populismo. La «casta» a la que se refiere Podemos es intercambiable como objeto fóbico con la «Roma ladrona» de Umberto Bossi o con esa España que «ens roba» a los catalanes según el mantra independentista. El Frente Nacional francés, el UKIP, la Alternativa para Alemania ¿son populistas o nacionalistas?

La movilización para esa Padania independiente que la Liga Norte llegó a escenificar era esencialmente económica y prometía a los ciudadanos de ese nuevo Estado el disfrute de su propia riqueza, parasitada por Roma. En el mismo sentido, la transformación del catalanismo clásico en independentismo se explica por la eficacia de presentar a Cataluña como una comunidad privada del bienestar que crea por ese «Madrid», que vampiriza el trabajo de una nación emprendedora y laboriosa.

En ambos casos se trata de hacer llegar la causa nacionalista más allá de sus fronteras sociales naturales mediante la incorporación de aquellos que no comparten necesariamente la raíz identitaria de la reivindicación, pero que pueden estar de acuerdo con que vivirían mejor en un estado independiente. En el caso de Cataluña, esta promesa de bienestar se completaba con una «cláusula de seguridad», consistente en afirmar que la independencia no significaría la pérdida de la nacionalidad española para quienes desearan mantenerla, lo que —por otra parte— parece un deseo muy extendido entre los secesionistas.

Hay, por tanto, una «lógica de la transversalidad» a la que quieren responder las estrategias de movilización comunes al populismo y al nacionalismo mediante la reivindicación económica que exige la conciencia de un agravio y el señalamiento de un culpable.

 

LA CREACIÓN DEL ENEMIGO

La creación del enemigo es, ciertamente, crucial y une al nacionalismo y al populismo en esa lógica de construcción identitaria que comparten. Del adecuado señalamiento del enemigo depende la eficacia de la movilización y la credibilidad de la queja. Pero también es importante para hacer creíble la solución que prometen. Cuando se identifica como causa del mal a un sujeto radicalmente perverso, la solución a todos los problemas empieza y acaba en la destrucción de ese sujeto. De la misma manera que con la «casta» no se negocia porque el cielo no se gana por consenso sino al asalto, el nacionalismo al reivindicar la independencia niega también esa posibilidad de acuerdo —más allá de acomodaciones coyunturales— y deposita en la destrucción del sujeto opresor —el Estado— la promesa de solución de todos los problemas que denuncia. El simplismo de las soluciones que prometen populistas e independentistas está en relación directa a la carga fóbica que son capaces de imbuir en el enemigo señalado.

Sin embargo, la construcción del enemigo es una tarea difícil. Así lo advierte Laclau al referirse al fracaso de la Liga Norte señalando que, aunque ésta «tenía una teoría del enemigo, su problema era su incapacidad para identificar el enemigo de manera precisa». El designado como enemigo debe ser investido de los elementos narrativos y simbólicos que lo hagan reconocible como tal, de modo que sea interiorizado como impulso movilizador.

Lo importante no es lo que la mención del enemigo significa por sí misma sino lo que sugiere. El «Madrid» de los nacionalistas quiere evocar a toda España y al Estado negador de sus demandas, pero quiere compendiar también los tópicos denigrantes del casticismo vulgar que el nacionalismo ve en la sociedad española para afirmarse, con escaso fundamento, en una pretendida superioridad cívica y cultural. Un periodista de un importante diario de Barcelona escenificaba sus crónicas desde la capital del Reino como un diálogo con la cabeza disecada de un toro que colgaba de la pared de un mesón en el Madrid de los Austrias.

Lo propio cabe decir de la creación del concepto de «casta» por el populismo en España que no sólo remite a una minoría, ni siquiera sólo a una élite, sino a una élite despiadada y extractiva contra la que se sitúa «la gente». Lo explica Pablo Iglesias: «Alguien tenía que “representar” a las víctimas de la crisis. Nuestro discurso permitió a esas víctimas (sectores subalternos y, sobre todo, clases medias empobrecidas) identificarse como tales y visualizar, desde un nosotros nuevo, el “ellos” de los adversarios: las viejas élites» (Iglesias, 2015: 24). En el populismo y el nacionalismo, el enemigo cumple dos funciones esenciales. La primera consiste en unificar la variedad de demandas sociales, dotándoles de una identidad común que no se confunde con ninguna demanda en concreto, pero en la que todas pueden sentirse reflejadas. Esta es una operación discursiva que se realiza por relación al enemigo previamente designado que, además, —y esta es la segunda función— es indispensable para crear la frontera que separa el «nosotros» y el «ellos» y que define el antagonismo que populistas y nacionalistas cultivan.

Tan importante es esta ruptura dicotómica de la sociedad que Laclau advierte de que «el destino del populismo está ligado estrictamente al destino de la frontera política: si esta última desaparece, el “pueblo” como actor histórico se desintegra».

No es difícil extender esta misma observación a la visión agónica y victimista que el nacionalismo cultiva en relación al pueblo del que se reclama representante genuino. De hecho, el nacionalismo vive de presentarse como el garante de la supervivencia del pueblo —de su pueblo—, intentando legitimar así políticas lingüísticas y culturales, y procesos autodenominados de normalización, desde los espacios urbanos hasta la función pública, con objetivos y resultados mucho menos nobles.

Se podría argumentar que si se sigue esa línea de crítica se podría dejar sin contenido algo que le es propio a la democracia: la confrontación política. La cuestión no es ésa. Jan-Werner Müller así lo precisa: «En política es tanto inevitable como legítimo estar en desacuerdo; de hecho, sin desacuerdo no estaría claro si todavía tenemos política o no. El asunto es cómo se trata a quienes no están de acuerdo, y si el proyecto político que tienes obedece fundamentalmente a un impulso negativo: es decir se opone a otros, en vez de ofrecer una visión positiva» (Müller, 2016: 5).

 

LA ABOLICIÓN DEL PLURALISMO

Es perfectamente legítimo criticar a las élites o establecer una intensa confrontación política. El problema con el populismo es que, como observa Müller, «además de ser antielitistas, los populistas siempre son antipluralistas. Los populistas aseguran que ellos —y sólo ellos— representan al pueblo» (ibíd.). Laclau lo sintetiza de este modo: «El populismo requiere la división dicotómica de la sociedad en dos campos —uno que se presenta a sí mismo como parte que reclama ser el todo—, que esta dicotomía implica la división antagónica del campo social, y que el campo popular presupone, como condición de su constitución, la construcción de una identidad global a partir de la equivalencia de una pluralidad de demandas sociales».

Hay que insistir en que esta división de la sociedad no se produce en los términos de una confrontación democrática que parte de reconocer el pluralismo y la legitimidad de los diferentes actores que lo representan. Por el contrario, en el populismo, se trata de una división antagónica y deliberadamente excluyente. La exclusión no es el resultado, es la condición necesaria para la construcción populista. La identificación de la parte con el todo supone, como reconoce Laclau, «una exclusión radical dentro del espacio público».

De modo que, por un lado, nos encontramos con un antagonismo social de resonancia schmittiana que sitúa la esencia de la política en la construcción discursiva de un enemigo. La consecuencia es la descalificación crítica de la democracia liberal ya que ésta encuentra su sentido, precisamente, en la organización pacífica del disenso, transformando los enemigos en adversarios. Un siglo después de que la democracia liberal, recibiera sus primeros embates desde la izquierda y la derecha, ya fuera en nombre del pueblo o de la nación, la democracia representativa vuelve a ser el objeto de la descalificación de los extremismos. Es ilustrativo recordar que en la presentación de la edición española de la Teoría de la Constitución de Carl Schmitt, Francisco Ayala sostiene que es el pensamiento marxista el que se encuentra «en la iniciación y posición fundamental» de la crítica schmittiana al «Estado burgués de derecho, afilada y sutilizada hasta lo maravilloso» (Schmitt, 1982: 18). Nación o pueblo, o «gente», la configuración de ese sujeto, al igual que ocurre con la creación del enemigo, no puede tampoco darse por supuesta.

Ese sujeto requiere, al menos, de tres condiciones: un conjunto de demandas que deben permanecer insatisfechas; un líder a través del cual se identifican todos los componentes de ese sujeto asegurando «la unificación simbólica», y, finalmente, una pretensión de totalidad, es decir, la pretensión de que la parte se convierta en única representante del todo.

Laclau subraya la importancia del liderazgo: «La unificación simbólica del grupo en torno a una individualidad —y aquí estamos de acuerdo con Freud— es inherente a la formación de un pueblo». En el populismo de izquierda español, la formulación de la importancia del liderazgo la ha explicado el propio interesado: «En el contexto de profunda desafección hacia las élites, nuestro objetivo era identificar a ese pueblo de la televisión con un nosotros nuevo, aglutinado inicialmente por el significante vacío Pablo Iglesias» (Iglesias, 2015: 24).

En la construcción del gran sujeto aparecen los rasgos bien conocidos del nacionalismo: su insatisfacción perpetua, ya que de otra manera el sujeto que el nacionalismo crea no tendría razón de ser; el papel del líder con revestimiento carismático, casi siempre extraído de una historia heroica de la que ese líder es continuador y garante y, también de manera muy obvia, el antipluralismo que caracteriza a los nacionalismos etnicistas.

De la misma manera que el populismo convierte a la «gente» en la totalidad del pueblo —hace de la «plebs», «populus», en palabras de Laclau—, el nacionalismo identifica el pueblo con la comunidad nacionalista. Unos y otros, excluyen como ajenos a los que no comparten sus respectivos credos.

De ahí procede la tendencia de los nacionalistas a ver en la disidencia traidores o enemigos a los que se les niega su pertenencia a la comunidad que los nacionalistas quieren representar en exclusiva. En Cataluña, el Partido Popular y Ciudadanos han sido señalados repetidamente como «enemigos» por las organizaciones que han articulado el movimiento soberanista, siéndoles negada su condición de catalanes (Canal, 2016). En el País Vasco, el presidente del Partido Nacionalista Vasco (PNV), Xabier Arzallus, explicaba como una forma llevadera de exclusión que en un País Vasco independiente los españoles —incluidos los vascos españoles no nacionalistas—serían «como alemanes en Mallorca». En ambas comunidades se han elaborado y circulan en los aledaños del poder nacionalista listas de personas declaradas oficialmente enemigas de Cataluña o Euskadi a quienes se condena a una suerte de muerte civil como consecuencia de esa «exclusión radical» del adversario que promueven el nacionalismo y el populismo.

La exaltación del pueblo, la «gente», o la nación, unida al papel central del liderazgo carismático produce el síndrome plebiscitario que es común a populistas y nacionalistas. A la democracia representativa que integra buscando la transacción y el consenso se contrapone la «autenticidad» de la democracia directa en la que el pueblo, sin las restricciones de ninguna estructuración constitucional, se presenta como la instancia decisoria permanente e irrestricta.

De nuevo aquí se observa «la atracción que en el populismo ha tenido Carl Schmitt por la revalorización que éste realiza del poder político como una fuerza extraordinaria, primordial y casi sagrada, idea contrapuesta al poder como una forma altamente estructurada de dominación con sus rutinas de legalidad y estabilización y con propensión a generar normas burocráticas relativamente complicadas» (Mansilla, 2015: 82). «Tan pronto como un pueblo tiene la voluntad de existencia política es superior a toda formalidad y normación», afirma Schmitt y añade: «La voluntad constituyente del pueblo es inmediata. Es anterior y superior a todo procedimiento de legislación constitucional. Ninguna ley constitucional, ni tampoco una Constitución, puede señalar un poder constituyente y prescribir la forma de su actividad» (Schmitt, 1982: 100101). Estas palabras, en las que cualquier nacionalista se reconocería o que serían consideradas como la formulación más irreprochable del principio democrático en la lógica populista, fueron escritas en Alemania en 1927. Conviene recordar por ello que la extensión de esa idea del poder político como decisión al margen y frente a la ley, es decir como acto de fuerza, ofreció la cobertura teórica para el ascenso al poder del nacionalsocialismo.

 

DEMOCRACIA DIRECTA Y DERECHO A DECIDIR

La mitificación de la democracia directa y de los instrumentos plebiscitarios y refrendatarios es el principal argumento de nacionalistas y populistas para legitimar sus estrategias. Ahí se encuentra la apelación al «derecho a decidir», las «consultas» en Cataluña que culminaron con la de noviembre de 2014 promovida y facilitada por la Generalidad, y toda una abundante literatura sobre la democracia participativa. Sin embargo, como advierte Álvarez Tardío «dado que la participación constante en la política no interesa más que a unos pocos y que el hombre moderno manifiesta mayor interés por sus preocupaciones privadas, es decir por su libertad individual y por la riqueza que tiene disponible, todo lo que suponga apelar a la participación para justificar cambios radicales en las decisiones políticas implica un elevado riesgo de manipulación autoritaria de la democracia» (Álvarez Tardío, 2015: 34). Un riesgo —se podría añadir— que aumenta exponencialmente por la influencia de un liderazgo carismático que da cohesión e interpreta el relato del grupo.

Bastaría recordar la participación en todas estas consultas, incluidas las internas de Podemos, para acreditar el riesgo de manipulación y la falta de representatividad que suelen lastrar a estos procedimientos.

De esta concepción «primordial y extraordinaria» del poder político se deriva el carácter revolucionario de la izquierda populista, ya que la «gente» es un sujeto en condiciones de emerger sin más trámite y en cualquier momento como actor constituyente. No hay distinción —esencial en una democracia representativa consolidada— entre el poder constituyente y los poderes constituidos, ya que esa distinción desaparece en favor de una fuerza constituyente permanente ajena a la racionalidad constitucional democrática.

Además, aquí se encuentra la explicación a ese mantra común a nacionalistas y populistas que contrapone democracia a legalidad. La voluntad de la «gente» o de la nación —sujetos previamente definidos por quienes los invocan y a su mejor conveniencia— está siempre por encima de las leyes, que son un conjunto de obstáculos a la expresión democrática genuina de lo que el pueblo quiere. De nuevo nos topamos con la descalificación de la democracia representativa y constitucional ya que al oponer voluntad popular a legalidad se niega al Parlamento su propia esencia de institución emanada de la expresión democrática de los ciudadanos.

La confluencia del nacionalismo y el populismo es el reencuentro de dos viejos conocidos de la historia europea más inquietante. Su capacidad para combinarse en opciones radicales de derecha o izquierda constituye el mayor riesgo de desestabilización de la democracia y de ataque a la civilidad en las sociedades pluralistas. El nacionalismo ha encontrado en el populismo nuevos recursos movilizadores y el populismo aprovecha el nacionalismo tanto por su capacidad desestabilizadora como por su utilidad como vehículo de socialización en el País Vasco, Cataluña y Galicia. El antagonismo sin espacio para el compromiso, la exclusión, la degradación plebiscitaria del sistema democrático, la exaltación de los liderazgos personalistas y carismáticos, la recuperación de la dialéctica amigo enemigo, realimentan estos movimientos que no buscan la regeneración del sistema o del Estado, sino su colapso mediante el aprovechamiento oportunista de una crisis cuya profundidad e implicaciones han sido comprendidas demasiado tarde en un error que urge reparar.

 

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