MITOS Y RITOS DE LA NAVIDAD DE TRADICIÓN NO CRISTIANA – 5-PEQUEÑOS ADORNOS LLENOS DE SIGNIFICADO.

Una de las características bien visibles de la celebración de la Navidad es la omnipresencia de motivos decorativos por doquier. En las puertas de entrada de las casas, en los centros de mesa, sobre los muebles, colgados del árbol… una amplia variedad de objetos adornan la alegría festiva de esas jornadas. Por lo general no les prestamos demasiada atención, los tomamos como parte de un decorado prefabricado y más bien anodino, pero ninguna de esas cosas llegó a tener protagonismo en Navidad por mero capricho estético o por simple casualidad.

Al tratar del árbol navideño, el muérdago, el acebo y el tió, que todos esos elementos, particularmente propios y centrales de la Navidad, poseen un simbolismo riquísimo y perfectamente ajustado a lo que celebramos y pretendemos durante esta festividad. De igual modo, objetos aparentemente menores, como velas, herraduras, piñas, campanillas, >trenas, zuecos, bolas, etc., llegan a los hogares cargados de un significado tradicional hermoso e importante que, lamentablemente, la inmensa mayoría de la gente desconoce.

En los apartados siguientes esbozaremos algunas de las maravillosas propiedades que, según la tradición ancestral, pueden aportarnos todos esos pequeños elementos decorativos. El paso del tiempo les dotó de poder, pero, probablemente, hará falta un poco de fe para estar en disposición de gozar de su protección. ¿Y acaso Navidad no es un tiempo de ilusión, magia y juego?

 

El simbolismo mágico de los colores

A pesar de celebrarse en pleno invierno, la estación más gris e incolora del año, la Navidad —precisamente por ello— se festeja en medio de una eclosión de colorido sin igual. Pero, si nos fijamos bien, entre los colores que dominan los adornos de estas fechas destacan algunos como el verde, amarillo, rojo, blanco y, bastante menos abundante, el azul.

En todas las culturas, los colores tienen significados bien definidos —algunos de ellos de valor universal— que se corresponden con las supuestas virtudes mágicas atribuidas a sus fuentes de origen y al beneficio que se espera de ellas.

El color verde es la representación de la Naturaleza, de la vida que aporta su presencia, por eso se le considera un símbolo de la esperanza, siendo un signo de buen augurio el regalar algunas plantas —como la típica «flor de Pascua» o Euphorbia pulcherrirna, de hermosas hojas verdes y brácteas rojas de gran tamaño—, ramitas con hojas verdes, u objetos envueltos en papel de este color, en especial durante la Navidad y Año Nuevo.

Está relacionado con el agua primordial para la vida —las ninfas acuáticas, así como los generosos gnomos, suelen ser representadas de color verde—, con el rayo y el trueno (símbolos básicos de fertilidad, como ya vimos) y, lógicamente, con la primavera y su vitalidad.

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Mercadillos de decoración navideña.

Se le considera un color de gama intermedia, a mitad de camino entre los dos polos que representan el azul celeste y el rojo infernal, dando, por tanto, el tono perfecto de lo humano y sus necesidades; el verde es tibio, vital, fecundo, refrescante, amable, tranquilizador y esperanzador, es el color propiciatorio fundamental dentro del simbolismo propio del solsticio de invierno.

El amarillo es el color del sol, del oro y de las espigas de trigo maduras, símbolos poderosos por excelencia que aseguran la felicidad y la prosperidad en todos los campos. Es el más caliente y expansivo de los colores, representa la luz divina, la realeza y la mismísima eternidad, siendo, por todo ello, el color nuclear de la celebración navideña, que conmemora el nacimiento del solar hijo divino y el eterno devenir de la nutricia primavera.

El rojo, color del fuego y de la sangre, está íntimamente ligado a la vida. En su aspecto negativo representa las fuerzas infernales y la concupiscencia, pero en su faceta positiva simboliza el ardor y la fuerza del amor divino, así como el poder supremo —el código de leyes de Justiniano, por ejemplo, condenaba a muerte a todo aquel que negociase con telas de color púrpura; y la palabra purpurado todavía es sinónimo del poder cardenalicio—. Los pueblos orientales, además, lo han considerado un signo de belleza, riqueza y dicha.

Dentro de la celebración de la Navidad, el rojo, debido a su simbolismo como expresión del amor divino, pasó a convertirse en un color asociado a la generosidad sin límites que vivifica —y que los cristianos ven representada en la sangre vertida por Jesús para redimir al mundo; un acto que recuerda, entre otros, las bayas púrpura del acebo— y a la caridad y bondad hacia los demás que debe presidir estas fechas desde los tiempos de las Saturnales romanas. Papá Noél ha sido el último beneficiario del significado del color rojo como sinónimo de generosidad y alegría vivificante, pero también ha sido él quien mejor y más eficazmente ha propagado esta idea por todo el mundo.

El color blanco es el extremo opuesto del negro, aunque ambos representen lo absoluto. El blanco —candidus en latin—es el color adjudicado al candidato, a quien aspira a mudar su condición anterior o está en camino hacia su iniciación social o religiosa, pero también es un símbolo distintivo reservado para aquellos quienes, como sacerdotes y monarcas, se supone que ya han superado ese proceso iniciático. En general, este color significa pureza, inocencia, virtud, fe y hasta iluminación.

El blanco es el color que en la mayoría de culturas se le asignó al eje imaginario que va del este (nacimiento del sol) al oeste (puesta del sol), por eso se le relaciona con el nacimiento y la muerte. Dado que el esquema simbólico clásico comienza el ciclo vital e iniciático por la muerte y sigue con el renacimiento, en las culturas orientales actuales y también en las europeas de siglos pasados, el blanco ha encarnado tradicionalmente el luto al ser considerado como el símbolo de la muerte que precede y permite todo renacimiento.

En este aspecto, durante la Navidad, este color recuerda el sentido central y básico de la celebración: el renacimiento anual del principio que da la vida, ya sea éste el sol, puerta y motor de la primavera, o Jesús-Cristo, adoptado como instrumento de redención y de vida futura por sus creyentes.

El azul es el más inmaterial, frío, distante y vacío de todos los colores. En la naturaleza viste con su engañosa transparencia la inmensidad de las aguas y la infinitud del cielo, representando el límite del «otro lado», por eso simboliza el cielo con sus hierogamias. De forma harto significativa, Jean Chevalier apunta en su diccionario que «en el combate del cielo y la tierra, azul y blanco se alían contra rojo y verde, como testimonia a menudo la iconografía cristiana, principalmente en las representaciones de la lucha de san Jorge contra el dragón (…). El azul y el blanco, colores marianos, expresan el desapego frente a los valores de este mundo y el vuelo del alma liberada hacia Dios, es decir hacia el oro que vendrá al encuentro del blanco virginal durante su ascensión en el azul celeste».

Conocer algo del ancestral simbolismo mágico que estos colores representan, dentro de nuestra cultura, permite usarlos con más acierto y sentido durante la celebración navideña, ya sea en la decoración del hogar, en la preparación y presentación de regalos, o en cualquier otra función propia de esta festividad.

 

Velas, purificación iluminadora y fecunda

Las velas simbolizan la luz y la relación entre el espíritu y la materia, dado que el fuego (espíritu) acaba por fundir, transformar y hacer desaparecer la cera (materia); su significado, pues, permanece ligado al de su máxima expresión, la llama, que representa, según culturas y épocas, las fuerzas espirituales de la Naturaleza y/o la potencia fecunda de los seres celestes. La llama, en todas las tradiciones, es símbolo de purificación, de iluminación y de amor espiritual; es la imagen del espíritu y de la trascendencia, es la mismísima alma del siempre sagrado fuego, venerado por todas las religiones como la mejor imagen posible de Dios, la que resulta menos imperfecta de todas sus representaciones.

El fuego, con sus llamas, al igual que el sol con sus rayos, simboliza la acción fecundante, purificadora e iluminadora que resulta indispensable para la supervivencia humana. Mantiene los atributos clásicos del simbolismo solar, ya mencionado en diversidad de ocasiones, y, por su capacidad para consumir lo que toca, es considerado —junto al agua— un elemento fundamental para la purificación y la regeneración que, al cerrar el círculo, desembocan de nuevo en la fertilidad.

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Adordo navideño.

La relación de la llama con la fertilidad es universal. Así, por ejemplo, en los pueblos de la Europa septentrional, la llama de las velas tenía el mismo sentido que el de las hogueras encendidas durante el solsticio invernal: estimular el retorno del divino Sol y, con él, la aparición de la vida primaveral. En la Grecia Antigua se ofrecían cirios encendidos tanto a las divinidades del mundo subterráneo como a las de la fertilidad (que a menudo se confunden entre sí), y no menos importante ni de significado diferente fue el papel de las velas llameantes en el culto a los antepasados muertos que, en toda Europa, durante siglos, se celebró coincidiendo con el solsticio hiemal. Ejemplos parecidos nos llevarían por los cinco continentes, sin excepción de épocas, culturas o credos.

Los ritos de purificación mediante el fuego, que suelen ser rituales de pasaje, son propios de todas las culturas agrarias o paganas —origen de las celebraciones solsticiales y, claro está, de las de Navidad—y probablemente surgieron de la observación del efecto producido por los rayos en los campos y bosques que incendiaban: tras la muerte surgía una vida aún más exultante; el fuego purificaba y se erigía en causa de regeneración, fertilidad y vida.

En el cristianismo, por otra parte, el simbolismo de la luz ha sido siempre muy importante y, dentro de este contexto, la llama de una vela se toma como la representación de Cristo como «Luz del mundo». Siglos atrás, la propia Iglesia exhortaba a la población a que encendiese muchas velas por Navidad, algunas de las cuales se colocaban junto a las ventanas, «para guiar el espíritu de Cristo a través de la oscuridad de la noche», y las otras se instalaban en el árbol de Navidad, lo que provocaba no pocos incendios a pesar de que era costumbre dejar a una persona vigilando durante toda la noche.

Con la comercialización de las bombillas eléctricas, a partir de la penúltima década del siglo XIX, la iluminación del árbol fue más segura (cortocircuitos al margen), aunque menos romántica, y la función original de las velas navideñas y su simbolismo ha podido mantenerse hasta la actualidad.

En algunos países europeos todavía se conserva una costumbre, propia del tiempo de Adviento, conocida como las «guirnaldas de Adviento», que son coronas confeccionadas con ramas de acebo o yedra en las que se instalan cuatro velas rojas; estas coronas deben colgarse del techo y se enciende una vela en cada domingo de Adviento, de forma que al llegar la Navidad ya se hayan consumido las cuatro. En España se ha perdido ya este sentido de las «guirnaldas de Adviento», pero es muy frecuente encontrarlas en comercios, aunque ofertadas como un mero objeto decorativo estacional de sobremesa.

Las velas que encendemos por Navidad —nada más encantador que cenar a la luz de las velas— no sólo aportan una iluminación cálida, bella, sugerente, mágica e incomparable, también es un elemento propiciatorio capaz de purificar, iluminar y fecundar nuestras ilusiones y esperanzas. Sólo es cuestión de desearlo con la fuerza adecuada.

 

La herradura, amuleto protector que propicia la suerte

Cuando se decora el árbol, o cualquier otro lugar, con las brillantes herraduras navideñas, se está en trance de proteger el hogar con un clásico amuleto de propiedades universales, que reúne en sí mismo dos potentes aliados: el ancestral poder mágico del hierro, metal con que se elaboran las herraduras tradicionales originales, y el propio proceso de forjado, que la mitología universal hizo patrimonio de los demiurgos (dioses creadores), dotados de un poder sobrehumano, voluble e incontrolable y, por todo ello, temible; tal como se afirma en una de las muchas leyendas de la China Antigua, «la forja permite entrar en comunicación con el cielo».

En la Antigüedad, el simbolismo del metal de hierro fue ambivalente, como el propio arte de la metalurgia, ya que igual se le adjudicaba la virtud de proteger contra las influencias maléficas o infernales como, por el contrario, el formar parte de su manifestación más temible, siendo causa de muerte y destrucción.

Por su origen, el metal de hierro tanto podía ser meteórico, estando conectado entonces con las potencias celestes positivas, como procedente de las entrañas de la tierra, relacionándose en ese caso con las fuerzas del mundo subterráneo, señoras de la muerte pero, también, al cabo, de la fertilidad. Tomado en su aspecto positivo, el hierro ha sido un tradicional símbolo de fertilidad y protección.

Por esa razón, las herraduras, desde hace muchísimos siglos, se han venido considerando como poderosos amuletos y se han empleado, en su faceta propiciatoria, para favorecer la fertilidad de mujeres, ganado y campos y, tomando en cuenta su aspecto protector, para velar por las vidas humanas, el ganado y las cosechas. Actualmente, en las casas de campo, todavía pueden encontrarse algunas herraduras colgadas o clavadas en paredes y/o puertas externas de las viviendas, graneros y establos.

De la fuerza de la herradura como amuleto protector, capaz de poder frenar la acción de las fuerzas malignas, habla bien a las claras una muy extendida leyenda medieval que afirmaba que las brujas, para asistir a sus aquelarres, se desplazaban montadas sobre escobas, en lugar de hacerlo sobre caballos, porque le temían tanto a la presencia de una herradura como a la de un crucifijo. A partir de esas funciones benéficas surgió la fama que aún conserva hoy la herradura como amuleto protector y dador de suerte. Ése es, por tanto, y no otro, el sentido y utilidad que tienen las herraduras que se incluyen entre la decoración de Navidad y los adornos de los paquetes para regalo.

 

Piñas, símbolo de inmortalidad

La piña, así como los árboles de los que es su fruto, simboliza la inmortalidad de la vida vegetal y animal, representa el cíclico y eterno retorno de la Naturaleza y expresa la esperanza en la eclosión de vida primaveral que, tras el frío y muerto invierno, deberá posibilitar la supervivencia de los humanos. Resulta obvio que la piña pertenece también a los mitos de las culturas agrarias.

El pino y el abeto, para muchos pueblos de la Antigüedad, eran árboles asociados a Saturno, divinidad ligada a la función fecundadora del Sol, en especial referida a la siembra, y a la continuidad de las estaciones. El dios Dionisos era representado sosteniendo una pifia en la mano, que era una manera de significar su superioridad sobre las fuerzas elementales de la Naturaleza y de proclamar el control que ejercía sobre las potencias fecundantes de la tierra. Un simbolismo que también encontramos en la rama de pino, con pifias adornadas mediante cintas de colores, que empuñaban los sacerdotes de Cibeles en el equinoccio de primavera. Y ese mismo mito representa la resurrección anual de Atis, en forma de pino, tras haber sido víctima de los celos de Cibeles.

Las piñas, que suelen colocarse como adorno indispensable en los centros de mesa navideños, representan un canto a la esperanza en el futuro, ya sea éste el que deparará el anual devenir estacional —con sus mil acontecimientos, grandes y pequeños, importantes o no, alegres o tristes— o, también, si se es creyente, el que se espera tras la muerte.

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Piñas, simbolizan el eterno renacer, la inmortalidad y la vida sobre la tierra.

Dado que la Navidad supone la conmemoración del nacimiento y renacimiento de la esperanza entre los humanos, la anual celebración del inicio de un camino que conduce hacia una próxima primavera —cualquiera que sea el sentido que quiera dársele a primavera, tal vez inmortal, resulta obvio que la piña, en este contexto, aporta un simbolismo fundamental.

 

La estrella, signo de resurrección y de unión y amuleto que atrae la felicidad doméstica

Las estrellas, en general, ostentan la representación de lo celeste y, por ello, del mundo del espíritu. Según se las describe en el Antiguo Testamento, las estrellas obedecen los designios de Dios y también suelen anunciarlos; y no son simples masas de roca inerte ya que, si hacemos caso al primer Libro de Enoch, cada estrella tiene un ángel que vela por ella, una creencia en la que se originó posteriormente la de suponer que cada estrella del firmamento era un ángel propiamente dicho. En las iconografias de la mayoría de las culturas antiguas precristianas se designaba al dios del universo mediante una estrella, ya que nada como ellas les demostraba el poder de la divinidad. Entre los romanos, las estrellas no sólo anunciaban hechos futuros sino que también servían para identificar a los dioses Lares o tutelares de Roma; y cuando se grababa una estrella sobre un sepulcro se quería significar que el alma del difunto enterrado allí ya había sido admitida en la morada de los bienaventurados.

Dejando al margen la más famosa de las estrellas, la de Belén, que es un elemento omnipresente en todos los adornos navideños y cuyo significado resulta evidente dentro del contexto de la Natividad cristiana, las estrellas más representadas en la decoración de Navidad son las de cinco puntas —como la de Belén, pero sin cola de corneta—, que simbolizan, entre otras cosas, el microcosmos humano. Menos frecuentes son las de seis y ocho puntas.

La presencia de una estrella de seis vértices significa una solemne y grave advertencia —al igual que la cruciforme de cuatro—, y es la forma de estrella que se considera más auténtica y representativa del género. Cuando es el fruto de la unión de dos triángulos equiláteros invertidos y sobrepuestos con precisión —formando la conocida «estrella de David», símbolo del judaísmo— se la denomina «Sello de Salomón» y representa la unión total y perfecta entre el espíritu puro y la materia, entre lo activo o masculino y lo pasivo o femenino, entre lo celeste y lo terrestre. En la India, desde muy antiguo, se la conoce como «Sello de Visnú» y se le concede un lugar importante en los hogares por su función de talismán protector contra el mal.

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Luces de navidad en las ciudades.

La estrella de ocho puntas suele aparecer en algunas ilustraciones —particularmente en las anteriores al siglo XX— ocupando el papel de la estrella del portal de Belén. El número ocho representa el equilibrio cósmico y, la forma octogonal, según uno de sus significados más antiguos, simboliza la vida eterna y la resurrección, un mensaje que se ajusta perfectamente a la esperanza que los cristianos celebran con el nacimiento del niño divino y que proclaman anunciada desde la propia estrella (que cumple así con la antigua función de los astros de ser pregoneros de inminentes sucesos prodigiosos).

La estrella de cinco puntas ejecutada de un solo trazo, denominada pentagrama, es uno de los símbolos más antiguos empleados por la humanidad, y su significado, aunque diverso, ha sido siempre poderoso; no en vano el influyente científico suizo Philipp von Hohenheim (1493-1541), más conocido como Paracelso, lo consideró como uno de los signos más potentes. Su nombre ha sido cambiante según las épocas y contextos —siendo conocida como «pentalfa» por los pitagóricos, «pie de bruja» (Drudenfuss, en alemán) por celtas y germanos, «Hygieia», nombre griego de la diosa de la salud, etc.—, pero su función central en las operaciones mágicas ha sido constante.

Los cinco vértices de la estrella representan los cinco sentidos corporales, pero su número encarna también la convergencia del principio masculino y femenino —simbolizados por el 3 y el 2, respectivamente— en una unión fecunda (el 5 es signo de unión, armonía y equilibrio; representa también las hierogamias, el enlace nupcial entre el principio generador celeste, el 3, y el principio terrestre materno, el 2), implicando matrimonio, felicidad y realización.

En la Antigüedad se consideró a la estrella de cinco puntas como expresión del conocimiento y como una imagen de lo perfecto. La simbología masónica, aún hoy, la tiene por una alegoría del hombre perfecto y, cuando se la representa con sus cinco brazos llameantes, proclama la manifestación central de la luz, el foco místico destinado a expandirse por el universo.

En cuanto a su función práctica, la estrella de cinco puntas o pentagrammon se ha empleado tradicionalmente como un elemento indispensable para obtener éxito en los conjuros mágicos. Dispuesta con una sola punta dirigida hacia arriba, anima y representa la teurgia o magia blanca; cuando se la invierte (con dos puntas hacia arriba), facilita la goecia o magia negra.

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Adornos.

En su forma habitual (*) es un emblema protector contra los demonios y el resto de fuerzas del mal. En su calidad de amuleto sirve para atraer la felicidad doméstica. Como mera figura geométrica, se le adjudica el papel de contribuir a dar una impresión visual de felicidad y animación.

En Navidad, por tanto, para procurar tener «buena estrella» durante el año que está a punto de comenzar, tendrá su importancia e influencia el saber elegir el tipo más adecuado de estrella que va a emplearse en la decoración festiva.

 

Campanillas, heraldos de la Navidad

El simbolismo de las campanas está directamente relacionado, claro está, con la función del sonido, tanto en su calidad de manifestación primordial que originó la existencia, como en su papel central como vía de transmisión de las verdades reveladas.

Aunque cada cultura atribuye a campanas y campanillas funciones muy diversas, todas sin excepción las incluyen como elementos litúrgicos clave en sus rituales religiosos; entre otras cosas, sin duda, por el significado universal que se le adjudica al sonido de esos instrumentos, investidos de un gran poder de purificación mediante sus tañidos cristalinos, capaces de exorcizar o alejar las malas influencias a través de sus repiques coloridos y multitonales, y dotados de una sin igual eficacia práctica, con sus rebatos, para convocar asambleas y anunciar todo aquello que se espera, se desea o se teme.

Estas propiedades situaron a las campanas en el eje del nacimiento de Jesús, dándole a las inexistentes campanas de Belén el papel de heraldo de la buena nueva navideña y haciéndolas protagonistas del alegre repique que aún recuerdan los villancicos: «Belén, campanas de Belén, que los ángeles cantan, qué nuevas me traéis…»

Las pequeñas campanas que se cuelgan del árbol de Navidad, o se añaden al envoltorio de los regalos, siguen conservando su ancestral función purificadora y protectora pero, sobre todo, simbolizan el júbilo de la celebración navideña.

 

Manzanas, bolas y zuecos, trucos propiciatorios ancestrales

La manzana ha simbolizado, desde la más remota Antigüedad, un elemento de conocimiento ambivalente aunque peligroso, que teniendo la capacidad para elevar, suele sumir a dioses y humanos en el dolor y el error, tal como muestran conocidas leyendas como la de la manzana de oro con la inscripción «a la más hermosa» que Discordia arrojó sobre la mesa nupcial de Tetis y Peleo, y que Paris, tras una fuerte disputa entre tres diosas, acabó concediendo a Venus; las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, que acabaron enfrentando a las diosas entre sí, también por obra de Discordia; o la tentadora manzana del jardín del Edén que Eva comió e hizo saborear a Adán para condena de ellos mismos y de todos sus descendientes.

Tal como sucede en la génesis de todos los mitos, la importancia de este simple fruto no fue producto del capricho de un narrador ingenioso fascinado por su sabor, sino que, por el contrario, obedeció a un secreto ancestral, sólo conocido por los iniciados, que siempre ha anidado en el mismísimo corazón de esta fruta: si se parte por la mitad una manzana, perpendicularmente al eje del pedúnculo, podrá observarse que los alvéolos que contienen las pepitas conforman una estrella de cinco puntas… razón más que suficiente, según la mentalidad ocultista, para considerar a la pícara manzana como el símbolo del conocimiento y de la libertad de elección.

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Del simbolismo y leyendas citadas derivó la elocuente imagen —ya mencionada en el capítulo 2— de Venus Madre con una manzana en su mano derecha mientras sostiene con su izquierda al niño divino Adonis envuelto en pañales, una configuración que será plasmada hasta el infinito en la mayoría de advocaciones católicas de la Virgen María, aunque, salvo en algunas de ellas, la manzana acabó siendo convertida en una bola o esfera (o en una flor u objetos litúrgicos).

En una de las versiones de la leyenda de «las tres hermanas», relatada san Nicolás, como el obispo de Myra libró a las tres chiquillas de su triste destino cuando les regaló a cada una, en secreto, una manzana de oro que sirvió para asegurarles su vida futura. En este mismo aspecto, conforme las historias de san Nicolás comenzaron a extenderse por Europa, su generosa acción fue a fundirse con uno de los significados mágicos que tenía este fruto en el folklore de los pueblos celtas y germánicos: ser como la cornucopia o cuerno de la abundancia de las tradiciones helénicas y romanas, símbolo del fluir gratuito e ilimitado de los dones divinos que son necesarios para el sustento.

Así, entre los relatos mitológicos celtas, encontramos la manzana que una mujer del más allá le obsequió al príncipe Condle y de la cual pudo comer durante un mes sin que disminuyera jamás. O las tres manzanas del jardín de las Hespérides —que el dios Lug ordenó buscar a los tres hijos de Tuirenn, como compensación por haber asesinado a su padre—, dotadas de una tan mágica virtud, que, quien comiese de ellas, ya no volvería a tener hambre ni sed, ni podría padecer enfermedad o dolor ninguno, y todo ello, naturalmente, sin que las manzanas vieran reducir su tamaño en lo más mínimo. En los pueblos septentrionales europeos, paralelamente, la manzana era considerada como la fruta regeneradora y rejuvenecedora que comían los dioses para poder vivir hasta el fin del ciclo cósmico.

En la Inglaterra victoriana, cuando se comenzaron a recuperar las antiguas costumbres navideñas, dentro del calcetín que se colgaba al pie de la cama, en espera de la generosidad de Father Christmas, siempre debía encontrarse, junto a los preceptivos dulces y pequeños juguetes, una manzana grande y hermosa que tenía la función de propiciar la salud y la dicha a su receptor. Una conocida frase, repetida todavía hoy en Gran Bretaña y en todas sus antiguas colonias, afirma que «an apple a day keeps the doctor away», eso es que «una manzana al día mantiene lejos al médico».

Lo que estas y muchas otras leyendas sugieren es, en definitiva, que la manzana representa un elemento mágico dotado de capacidad propiciatoria para lograr la abundancia de todo lo indispensable, ya sea en el terreno de lo material, como en el campo de la salud.

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Las bolas imitan la forma de las manzanas.

Ésta será, pues, la misión que deberán cumplir las velas en forma de manzana que muchos encienden —o, al menos, ponen sobre la mesa decorada— por Navidad, las que se cuelgan del árbol y, por extensión, las bolas navideñas de adorno, ya que su diseño, por parte de los sopladores de vidrio de Bohemia del siglo XVIII, se inspiró en las manzanas que, desde antiguo, se colgaban de los árboles durante el solsticio de invierno con la intención de hacer posible el regreso del espíritu generador de la Naturaleza, responsable de la anual eclosión de vida vegetal y animal que podía asegurar la supervivencia humana.

Un sentido equivalente tienen también los pequeños zuecos que se cuelgan del árbol, o los zapatos de calle que los niños ponen junto a la chimenea o en el balcón —con un poco de alfalfa, una zanahoria, azúcar o algarrobas en su interior— para estimular la generosidad en los regalos que se espera depositen en ellos Papá Noél o los Reyes Magos. Esta misma función, en Norteamérica y Gran Bretaña, la cumplen los calcetines.

El origen de esta antiquísima costumbre es nórdico y su finalidad era lograr que los espíritus del bosque y los gnomos compartiesen algunos de sus muchos tesoros con los humanos; se trataba, en suma, de exorcizar la tristeza y la avaricia natural del invierno mediante pequeños y mágicos obsequios llenos de alegría y esperanza. Quizá, sólo quizá, manzanas, bolas y zuecos aún conserven su ancestral poder propiciatorio durante la Navidad. Poco o nada puede perderse por seguir probando, quién sabe si…

 

CELEBRACIONES NAVIDEÑAS – MITOS Y RITOS DE LA NAVIDAD DE TRADICIÓN NO CRISTIANA

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