MITOS Y RITOS DE LA NAVIDAD DE TRADICIÓN NO CRISTIANA – 2- EL MUÉRDAGO, UN DON CELESTE QUE PROTEGE Y PROCURA FELICIDAD.

Como heraldo que anuncia el espíritu de la Navidad, los ramilletes de muérdago se cuelgan en los marcos de puertas y ventanas de las casas para beneficiarse de la buena suerte de la que se le supone portador. «Si no hay muérdago, no hay suerte», reza un viejo dicho galés. Una ramita de muérdago pegada al envoltorio de un regalo sirve para expresarle a su destinatario los mejores deseos de quien se lo obsequia. También se le suele colgar del techo o de algún otro lugar elevado del hogar para poder cumplir con una antiquísima tradición: la muchacha soltera que recibe un beso bajo el muérdago, en Nochebuena, se casará durante el año siguiente, y si está casada quedará embarazada. De todos modos, dado que hoy día la idea de rasarse y tener hijos difiere mucho de la que se tenía antaño y ya no supone «el objetivo vital de toda mujer», esta tradición se ha adaptado a los nuevos tiempos y sólo asegura que quien reciba un beso bajo el muérdago encontrará el amor que busca o disfrutará del que ya tenga y, claro está, gozará de buena fortuna.

La tradición de adornar los hogares con muérdago por Navidad procede de los países del norte y centro de Europa, aunque hoy ya se halla asentada como una costumbre habitual en todos los países del continente. En España —con excepción de algunas zonas próximas a la frontera francesa en las que el uso de esta planta viene de antiguo— no fue sino a partir de finales del primer cuarto de este siglo cuando comenzó a generalizarse, muy lentamente, el uso del muérdago por Navidad.

 

La planta suspendida entre el cielo y la tierra

El muérdago Viscum álbum pertenece a la familia de las Lorantáceas, plantas hemiparásita que aunque pueden hacer la fotosíntesis asimilando la luz del sol son incapaces de enraizar en la tierra y lo hacen sobre el tejido vivo de otras plantas, generalmente sobre árboles de hoja caduca y coníferas, muy particularmente sobre álamos, tilos, abedules, sauces, manzanos, perales, nogales, pinos, abetos y, en el sur español, sobre olivos; en nuestras latitudes es muy raro encontrarlo sobre robles —el árbol sagrado por excelencia cuando va coronado por el muérdago—, y es aún más extraño hallarlo sobre la vid. Se disemina a partir de semillas contenidas en los excrementos de los pájaros (en especial del zorzal charlo o Turdus viscivorus) que comen sus pulposas bayas blancas (tóxicas para los humanos).

Al contrario que el resto de plantas, las raíces del muérdago no se dirigen hacia el interior de la tierra, sino que hunden sus chupadores en la madera del árbol en que medra, y sus ramas y hojas tampoco crecen en dirección al sol, sino que lo hacen conformando una mata redondeada que se dispone en el espacio sin tener en cuenta ni la tierra ni el sol. A diferencia de la mayoría de los vegetales, que necesitan la oscuridad para germinar y la luz solar para poder crecer y verdecer, el muérdago requiere de la luz del sol para poder brotar y sus hojas se mantienen permanentemente verdes, tanto en condiciones de luz como de oscuridad, durante todo el año.

Su ciclo estacional difiere del de la inmensa mayoría de los vegetales ya que, en nuestras latitudes, florece en primavera pero sus frutos no maduran hasta la época más fría del invierno (entre noviembre y enero). Sus épocas tradicionales de recolección son el solsticio de verano y el de invierno, generalmente durante el primero o el sexto día de luna.

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Por las razones recién aludidas, el muérdago no está ligado a la tierra, al espacio, ni al tiempo, aunque sí está íntimamente conectado, desde su mismo origen, a la luz solar (al «cielo»), unas peculiaridades que sirvieron de base para la construcción de su notable leyenda. Desde la más remota Antigüedad, el muérdago ha sido considerado como una planta sagrada, tanto en toda Europa como en regiones alejadas de Asia o África; los ainos de Japón o los walos africanos, por ejemplo, lo consideran como una especie de «regalo divino» estacional.

El filósofo y científico griego Teofrasto (373-287 a.C.), discípulo de Platón y de Aristóteles, al describir el muérdago, en su obra Historia Plantarum, ya cita manuscritos muy anteriores que sitúan el origen de esta planta en una época muy remota en la que fue traída a la tierra por los dioses para que sirviese de panacea y talismán protector.

 

Símbolo de unión entre lo divino y lo humano

En el solsticio de invierno, el 21 de diciembre, durante la noche más larga del año, los druidas iban hasta el claro de los bosques en busca de la planta que estaba suspendida entre el cielo y la tierra y conservaba su verdor en todas las estaciones; tenía lugar la Modra Necht, la ceremonia de recogida del muérdago, que era particularmente venerado si crecía sobre un roble, su árbol más sagrado. El Colegio de Druidas —formado, entre otros, por bardos (poetas), vates (adivinos) y la koridwen (representación del principio femenino, de la Naturaleza) —, precedido por el heraldo portador de la espada, daba tres vueltas al claro en el que estaba el roble sagrado, acto seguido el heraldo se detenía cara al norte, trazaba un círculo en el suelo con la espada, tocaba el cuerno y preguntaba si había paz en los países celtas. Acto seguido, el archidruida encargado del ritual, vestido de blanco, trepaba al roble y comenzaba a cortar el muérdago con una hoz de oro. La planta, que no podía tocar el suelo so pena de perder sus propiedades sagradas, caía sobre un lienzo de lino blanco que era sostenido por cuatro mujeres presididas por la koridwen.

En el momento de invocar las potencias de los espíritus de los antepasados se gritaba: « ¡Oh Ghel au Heu!» (« ¡Con el muérdago de Año Nuevo!»), que ritualmente significaba « ¡Que Salga el Trigo!», eso es que vuelva la vida a la tierra al acabar el invierno. Seguidamente, la koridwen, que era la encargada de elaborar pócimas medicinales con las bayas del muérdago, entregaba a cada participante un ramillete de la planta y a continuación se celebraba una eucaristía o comida ritual, con hidromiel y una galleta, en acción de gracias por haber recibido tan abundante cosecha de muérdago. Para finalizar, se tocaba el arpa con el fin de armonizar las relaciones entre los muertos y los vivos, se volvía a formar la procesión y el Colegio abandonaba el claro del bosque.

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Muérdago,protección suerte y felicidad.

El hecho de que el muérdago sea propagado por los pájaros —«mensajeros de los dioses» que simbolizan casi universalmente las relaciones entre cielo y tierra—, que comen sus bayas, y brote sobre un Árbol-Madre lo cualificaba ante los druidas como la representación del acto de unión entre lo divino o celeste y lo humano o terrestre, era el símbolo del sacrificio divino, del descenso del Espíritu sobre la Materia, un significado que concuerda perfectamente con la alegoría del nacimiento del niño Jesús en el contexto de la Navidad cristiana.

Sin embargo, las escasas leyendas cristianas que han intentado evangelizar el simbolismo del pagano muérdago se perdieron por caminos muy alejados de la bella alegoría recién citada. Así, por ejemplo, una fábula católica pretendió que la cruz de la pasión de Jesús fue construida con la madera de uno de los «grandes árboles de muérdago que existían en esos días» y que, en consecuencia, tras la ejecución del nazareno, toda la especie vegetal se encogió de vergüenza hasta tal punto que se vio obligada a tener que sobrevivir, escondida entre las ramas de otros árboles, como una planta parásita.

Desde el punto de vista que intentó introducir esta leyenda católica medieval tardía, tener un ramillete de muérdago en casa equivaldría a exponer un crucifijo en honor de Jesucristo, pero este simbolismo jamás hizo la menor fortuna y la planta siguió asociada a sus ancestrales poderes mágicos y a los no menos antiguos anhelos de protección, prosperidad y buena suerte.

 

Talismán protector que da suerte y fertilidad

Aunque los druidas desaparecieron hace ya muchísimos siglos, hoy, en países como Francia, Gran Bretaña y Escandinavia, todavía hay hermandades que celebran ritualmente la noche del 21 de diciembre. Un claro residuo de esos rituales celtas ha pervivido hasta tiempos muy recientes bajo diversidad de tradiciones populares. Así, por ejemplo, en muchas regiones, entre ellas la Provenza francesa, los niños recogían muérdago en los bosques por Navidad y lo repartían de casa en casa, durante el último día del afio, al grito de «agui l’anneau!» («jet muérdago de Año Nuevo!»); a cambio de esos ramilletes de la buena suerte, los críos recibían aguinaldos en forma de golosinas, regalos o algunas monedas.

En algunas zonas españolas vecinas de Francia, como en el Ampurdán catalán, desde muy antiguo se ha seguido la costumbre de intercambiar, entre amigos, durante el día de Navidad o de Año Nuevo, ramos de muérdago recogidos en el bosque con la finalidad de desear y proporcionar suerte a la persona que se le regala. Este ritual del «ramo de la suerte» acabará extendiéndose progresivamente por todo el país, como una nueva moda navideña, a partir de finales del primer cuarto de este siglo.

Las tradiciones agrarias europeas han venido considerando el muérdago como un eficaz protector frente a los hechizos y maleficios, le han adjudicado altas propiedades curativas y regeneradoras y, en general, lo han reverenciado y empleado como un portador de felicidad por excelencia mi papel de amuleto protector, el muérdago era —y aún lo es— colocado en los techos de las casas y en los establos para protegerse de la caída del rayo y de las enfermedades del ganado.

Su mágica capacidad para evitar los rayos algunas regiones se conoce a la como «escoba de rayos»— le viene creencia campesina que sitúa el origen del muérdago en la descarga de un relámpago, una suposición que debió de nacer tras observar repetidamente que el muérdago y algunos árboles —como el tejo- atacados por el rayo están muy relacionados; de hecho, los geobiólogos han hecho notar que en los puntos donde hay fuertes perturbaciones telúricas, señalados como geopatógenos, los árboles afectados, que sufren tumoraciones y malformaciones diversas, son el objetivo predilecto tanto de rayos como de matas de muérdago. Parece que el muérdago gusta absorber los excesos de energía telúrica, ya que es en estos lugares donde su desarrollo alcanza las mayores cotas, con lo que contribuye a mantener sanos a los árboles que lo hospedan.

A más abundamiento, tomando en cuenta que el muérdago mágico por excelencia era el que crecía sobre el roble y recordando que, como muy bien señaló Georges James Frazer en su obra fundamental La rama dorada (1890), el roble estaba asociado al dios del rayo y el trueno en los pueblos arios —fuente de las creencias que nos ocupan—, resulta aún más sólida la conexión mítica entre el muérdago y el rayo.

El rayo, como símbolo prácticamente universal, representa una influencia fecundante, ya sea en el orden material como espiritual. En las culturas antiguas, como, por ejemplo, las mesopotámicas, la hebrea o la griega, el rayo era el instrumento por excelencia para la manifestación de Dios. En las representaciones iconográficas, el rayo áureo, ya sea emanado del sol (astro divinizado en todas las culturas) o de cualquier otro dios antropomorfo, simboliza la chispa de la vida, el poder fertilizante de la divinidad celeste. El muérdago —criatura «que se alimenta del sol», que no toca jamás la tierra y que culmina su existencia adquiriendo un color dorado—, a partir de este parentesco con el rayo, fortaleció, si no adquirió, su clásica función favorecedora de la fertilidad.

De lo anterior han derivado tradiciones tan populares y extendidas como la procedente del norte de Europa de besarse y/o abrazarse bajo el muérdago, por Navidad, para que la pareja que lo haga obtenga el don de la fertilidad y tenga hijos (uno de los bienes más preciados durante toda la evolución de la humanidad). Ya Plinio el Viejo (23-79 d.C.), en su enciclopédica Naturalis historia, dejó escrito que, entre los celtas, las mujeres llevaban un trocito de muérdago encima para propiciar sus embarazos, y se empleaban pociones hechas con esta planta para hacer criar a los animales estériles. En el mismo sentido, en relación a la fertilidad de los campos de cultivo, los agricultores, desde muy antiguo, relacionaron la abundancia o escasez de muérdago sobre los árboles del bosque a finales de diciembre con un augurio acerca de la mayor o menor calidad y cantidad de sus próximas cosechas, especialmente de las de grano.

La costumbre de besarse y/o abrazarse bajo el muérdago se implantó en Estados Unidos a mediados del siglo XIX, y desde Gran Bretaña, a principios de este siglo, pasó a Francia como una nueva moda social —recomendada, por ejemplo, en la revista Fémina de 15 de diciembre de 1903—; en España comenzó a ser un uso popular a partir de finales del primer cuarto de este siglo.

Según Plinio, los galos identificaban el muérdago con el término oll-iach o uilei-ceaadh, que significa «el que cura todo», y los druidas consideraban el muérdago como un símbolo de inmortalidad, vigor y regeneración física, una creencia que cimentó la fama milagrera que ha mantenido esta planta hasta casi nuestros días. Popularmente se ha atribuido al muérdago poder curativo contra la epilepsia, las enfermedades infantiles o la esterilidad, y se ha considerado como el mejor antídoto contra cualquier veneno. Su presunta acción benefactora llegaba hasta el mismísimo mundo de los sueños, dando origen a costumbres como la austríaca de situar un ramo de muérdago en el umbral de la puerta para evitar las pesadillas, o la galesa de poner un trozo de la planta bajo la almohada para poder disfrutar de sueños proféticos.

 

Llave del ciclo estacional y luz que guía hacia el renacimiento de la vida

Al fructificar en el solsticio hiemal, cuando toda la Naturaleza permanece aletargada bajo el frío, el muérdago se convierte en la llave del ciclo anual, en el símbolo que irradia la «luz dorada» que guía desde las tinieblas invernales hasta la claridad primaveral, punto culminante en que se inicia la eclosión de la vida en la tierra y, por extensión, la regeneración física y espiritual de todos los seres vivos. Eneas, el héroe de la Eneida de Virgilio (7019 a.C.), empleó el muérdago como llave de la puerta de salida que le permitió dejar atrás las tinieblas infernales. «Fácil es la bajada al averno —le dice la Sibila a Eneas en el texto de Virgilio—, día y noche está abierta la puerta del negro Dite; pero retroceder y restituirte a las auras de la tierra, esto es lo arduo, esto es lo difícil; pocos, y del linaje de los dioses, a quienes fue Júpiter propicio, o a quienes una ardiente virtud remontó a los astros, pudieron lograrlo (…).

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Nast, dibujo costumbrista con muérdago.

»Mas si tan grande amor te mueve, si tanto afán tienes de cruzar dos veces el lago Estigio, de ver dos veces el negro Tártaro, y si estás decidido a probar la insensata empresa, oye lo que has de hacer ante todo: Bajo la opaca copa de un árbol se oculta un ramo, cuyas hojas y flexible tallo son de oro, el cual está consagrado a Juno infernal; todo el bosque le oculta y las sombras le encierran en tenebrosos valles, y no es dado penetrar en las entrañas de la tierra sino al que haya desgajado del árbol la áurea rama (…). De esta suerte podrás, en fin, visitar las selvas estigias y los reinos inaccesibles para los vivos.»

Virgilio nos dio una pista importante cuando le hizo decir a la Sibila que el muérdago estaba consagrado a Juno, ya que sabemos que esta poderosa diosa romana era la esposa de Júpiter y que su nombre era la versión latina que recogía la identidad y funciones de la antigua diosa griega Hera, reina del mundo y protectora de la fecundidad, que, a su vez, era una versión de Tinnit-Baalit, diosa de la fecundidad, de la Naturaleza y de la vida, que ya reinaba sobre el mundo, en el Próximo Oriente, unos dos mil años a.C. Todo parece indicar, pues, que la leyenda asociada al muérdago que recogió Virgilio en su obra —y que, en lo fundamental, fue clave en el contexto religioso germano y celta— tuvo su origen en las elaboraciones míticas de las primitivas culturas indoeuropeas.

Los celtas, artífices básicos de la aureola mágica del muérdago que ha llegado hasta hoy bajo diferentes tradiciones populares, fueron la rama occidental de los pueblos indoeuropeos que tomaron Europa central como punto de partida de una expansión que les llevó hasta la Galia y las islas Británicas hacia el siglo X o IX a.C. y hasta Italia, España, Grecia, los Balcanes y Asia Menor entre los siglos VI y a.C. Publio Virgilio Marón había nacido en el antiguo Eridan, región que estuvo ocupada durante mucho tiempo por los celtas, de quienes debió de recoger la tradición sobre el poder mágico del muérdago.

El simbolismo de esta leyenda de la Eneida aflora magistralmente la necesidad más fundamental que tenían los pueblos agrarios desde la noche de los tiempos, eso es que la Naturaleza vuelva a la vida tras su muerte invernal. Eneas, después de su paseo por la desolación del averno/invierno, logró regresar al mundo de los vivos mediante la artimaña de mostrarle al barquero Caronte la «áurea rama» de muérdago, ante la que éste cayó presa de admiración y se avino sin reservas a devolver al héroe hacia el lado de la vida del lago Estigio.

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Nast, dibujo costumbrista con muérdago

Del mismo modo que se describe en la leyenda, la presencia del ramillete de muérdago ritual en las ceremonias cultuales y en los hogares estaba destinada a lograr un idéntico fin: conmover y convencer al «viejo harapiento, duro e inflexible» Caronte —representado bajo los aspectos básicos que, muchos siglos más tarde, y no por casualidad, identificarán la imagen del «Viejo Invierno»— para que deje cruzar el alma de la Naturaleza desde el lado de la muerte (invierno) hasta el de la vida (primavera).

El muérdago, por tanto, no sólo se nos muestra como un eficaz instrumento contra los poderes de las tinieblas —y, por extensión, como un protector contra el mal de ojo y otras maldiciones—, sino que se nos presenta como la llave que hace posible el milagro anual que tan bellamente expresa el ancestral mito del eterno retorno. La rama de muérdago, colgada en un lugar bien visible del hogar, durante las fiestas de Navidad, representa la súplica primigenia que la humanidad, desde tiempo inmemorial, elevó al cielo en demanda de protección, prosperidad y felicidad.

 

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