MITOS Y RITOS DE LA NAVIDAD DE TRADICIÓN CRISTIANA – 2- LOS REYES MAGOS.

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Capítulo aparte merecen los tan celebrados como desconocidos «Reyes Magos». De ellos, en realidad, sólo sabemos lo que mencionó Mateo en su Evangelio, pero la tradición ha hecho maravillas con esos pocos datos.

La adoración de los Reyes Magos no sólo ha sido una de las escenas más celebradas por la iconografía religiosa hasta el siglo XVII sino que, fundamentalmente, para lo que a nosotros concierne, ha sido la fiesta infantil por excelencia durante parte del siglo pasado y del actual.

Una de las más notables esperanzas que atesoramos durante nuestra infancia fue la de la venida de los Reyes Magos, con su majestuosa cabalgata callejera y sus sacos repletos de juguetes. Pero a ellos debemos también nuestra más temprana decepción cuando descubrimos que su identidad nos era más familiar de lo que suponíamos.

 

Los Magos según Mateo, cuando aún no eran tres ni tampoco reyes

En el Evangelio de Mateo se cuenta que «nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella al oriente y venimos a adorarle (…). Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, les interrogó cuidadosamente sobre el tiempo de la aparición de la estrella; y, enviándolos a Belén (…). Después de haber oído al rey, se fueron [los magos], y la estrella que habían visto en Oriente les precedía, hasta que vino a pararse encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella sintieron grandísimo gozo, y, llegando a la casa, vieron al niño con María, su madre, y de hinojos le adoraron, y, abriendo sus cofres, le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra. Advertidos en sueños de no volver a Herodes, se tornaron a su tierra por otro camino» (Mt 2,1-12).

Si releemos estos versículos concluiremos que de esos «magos» sólo conocemos que eran varios, visitaron a Herodes, adoraron al niño Jesús ofreciéndole presentes y tuvieron un sueño que les hizo regresar a alguna parte por otro camino también desconocido. No hay forma alguna de saber cosas tan elementales como pueden ser su número, edad, aspecto, raza, nombre, atuendo, estatus — ¿cómo pasaron de magos a reyes?, ¿magos de qué?, ¿reyes por qué y de dónde?—, procedencia, etc. En el texto de Mateo no se responde a nada de esto, tampoco en el resto del Nuevo Testamento, ni en las crónicas históricas de la época. ¿De dónde salieron, pues, Melchor, Gaspar y Baltasar? Veamos…

En un principio su número fue indeterminado. Las representaciones de la adoración de los magos halladas en templos del siglo III mostraban sólo a dos personajes; en las catacumbas romanas hasta el siglo IV aparecían dos o cuatro magos, según los casos; la media docena tampoco faltó en algunas pinturas de la época; en la Iglesia siria y armenia siempre se defendió la docena puesto que, según ellas, los magos prefiguraban los doce, apóstoles y representaban a cada una de las tribus de Israel; para la Iglesia copta fueron sesenta y citaban los nombres de más de una docena de ellos…

1-Adoración de los Magos.metirta.online.jpgHacia el primer cuarto del siglo III, Orígenes afirmó de modo taxativo que los magos habían sido sólo tres (a fin de cuentas, en Mateo no se citó más que tres presentes); fue el primer teólogo cristiano que tomó esta postura. En el siglo IV, de modo progresivo, comenzó a prevalecer el número de tres. Por algo había que empezar.

Nuestros personajes, durante los dos primeros siglos, no fueron nada más que magos, eso es mogu —vocablo persa que significa astrólogo—, que se representaban tocados con el gorro frigio de los sacerdotes-astrólogos del dios persa Mitra. Pero, como la práctica de la magia estaba prohibida por los textos bíblicos y el concepto de mago adquirió rápidamente un significado muy peyorativo —particularmente gracias al caso de Simón Mago, identificado con el Anticristo, no se consideró edificante que unos sujetos de tan dudosa reputación deambulasen por el portal de Belén.

Entrado ya el siglo III, esta imagen comprometedora fue sorteada con descaro por el abogado y teólogo cartaginés Quinto Septimio Florencio Tertuliano (c. 160-220), que fue el primero en hacer una afirmación tan gratuita como afortunada: «Nam et Magos reges habuit fore Oriens», eso es, «se ha sostenido que los Magos eran reyes de Oriente». Nadie había sostenido tal cosa antes de él, pero eso era un detalle sin importancia para un apologeta cristiano consciente de su deber. Al fin y al cabo, sacando de su contexto un versículo de los Salmos podía leerse: «Los reyes de Tarsis y de las islas le ofrecerán sus dones, y los soberanos de Seba y de Saba le pagarán tributo» (Sal72, 10); una frase que ni remotamente se refería a los magos de Belén, pero se tomó como otra profecía más.

Gracias a Orígenes y Tertuliano la cristiandad se encontró con tres —ni uno más ni menos— reyes, que no magos, aunque hubo que denominarles «Reyes Magos» para casar la tradicional nomenclatura de Mateo con su supuesta personalidad real. La nueva imagen requería un cambio simbólico fundamental: los tres magos dejaron de ir tocados con el gorro frigio, que les acreditaba como sacerdotes persas de Mitra, y en su lugar se les colocó sendas coronas reales a la usanza latina. De todos modos, en un importante mosaico bizantino del siglo VI (año 520 aproximadamente), localizado en San Apollinare Nuovo (Rávena, Italia), los tres magos aún van ataviados a la usanza persa, con su capa y gorro frigio.

 

Sus nombres no aparecieron hasta el siglo VI

En el mosaico bizantino recién mencionado también aparece un detalle capital: en su parte superior figura la leyenda «+SCS BALTHASSAR +SCS MELCHIOR +SCS GASPAR», eso es, sagradísimos o veneradísimos Baltasar, Melchor y Gaspar. El primero, Baltasar, de unos 30-40 años, con barba oscura, lleva en sus manos un recipiente para mirra; Melchor, como de 20-25 años e imberbe, transporta una bandeja para incienso; y Gaspar, de más de 50 años, con pelo y barba largos y blancos, presenta una canasta con oro. Todos ellos son de piel blanca, ninguno se ha convertido aún en negro.

Este mosaico de San Apollinare Nuovo desmiente también la afirmación ya clásica de que los nombres secretos de los Reyes Magos no se conocieron hasta el siglo VII o principios del VIII, bajo los nombres de Bithisarea, Melichior y Gathaspa que en el siglo IX se transformaron en los que conocemos actualmente.

En un texto atribuido a Beda el Venerable (673-735), erudito anglosajón, monje y doctor de la Iglesia, se lee: «El primero de los magos fue Melchor, un anciano de larga cabellera cana y luenga barba (…) fue él quien ofreció el oro, símbolo de la realeza divina. El segundo, llamado Gaspar, joven, imberbe, de tez blanca y rosada, honró a Jesús ofreciéndole incienso, símbolo de la divinidad. El tercero llamado Baltasar, de tez morena [en latín lo califica de fuscus, testimonió ofreciéndole mirra, que significaba que el Hijo del hombre debía morir.» Si comparamos esta descripción con la del mosaico bizantino, observaremos que las descripciones y nombres de Melchor y Gaspar se han invertido.

Por otra parte, hacia el año 845, en el Liber Pontificalis de Rávena —citado a menudo como el primer texto en que aparecen los tres nombres—, se mencionó a Bithisarea, Melichior y Gathaspa, pero tres siglos antes, en el mosaico bizantino de la misma ciudad, los Reyes Magos ya se llamaban Balthassar, Melchior y Gaspar.

Estos tres nombres, aunque ya quedaron instituidos de cara al futuro, fueron tan arbitrarios y ficticios como los que pretendieron adjudicarles en otras partes del orbe cristiano: Apellicon, Amerim y Serakin entre los griegos cristianizados; Kagpha, Badadilma y Badadakharida en Siria; Ator, Sater y Paratoras en Etiopía, etc.

Sus supuestas edades no fueron menos irreales y cambiaban substancialmente en función de los gustos particulares de cada uno de los artistas que los representaban. Finalmente, en el siglo XV, Petrus de Natalibus, en su Catalogus Sanctorum, fijó que Melchor tenía sesenta años, Gaspar cuarenta y Baltasar veinte. Una nueva descripción física de los Reyes Magos que discrepaba de la aportada por Beda el Venerable y de la imagen del mosaico de San Apollinare Nuovo.

En el siglo XV, el arte pictórico del Renacimiento le concedió una importancia central a dos motivos religiosos: el nacimiento de Jesús en Belén, que permitía representar la piedad popular de una manera sencilla y directa, y la adoración de los Reyes Magos, que simbolizaba el poder y majestad de una Iglesia que en esos días ya había triunfado.

Los Médicis fueron los principales avaladores de la representación de los Reyes Magos y bajo su mecenazgo se encargó la mayoría de ellas. En algunas de esas pinturas pueden identificarse sin dificultad los rostros de los propios miembros de la dinastía florentina, así, por ejemplo, en la Adoración pintada por Botticelli, en 1475, en el Palacio de los Uffizi, el rey Baltasar estaba representado por Pedro el Gotoso (muerto en 1463); Melchor era Cosme (fallecido en 1464); Juan, muerto en plena juventud, encarnaba a Gaspar; Lorenzo y Juliano, herederos de la casa Médicis, aparecen formando parte de la comitiva, etc.

2-San Apollinare Nuovo S.VI.metirta.online.jpg Entre las obras maestras de los pintores de esa época que representan la «Adoración de los Magos» cabe resaltar las salidas del pincel de Tommaso Masaccio (panel de la grada del altar del Políptico de Pisa, 1426, Museo de Berlín), de Rogier van der Weyden (Altar de los tres Reyes, óleo, sección central del altar de San Colombo, c. 1455, Colonia, Pinacoteca de Munich), Benozo Gozzoli (El cortejo de los Magos, fresco de la Capilla del Palacio Médici-Riccardi, Florencia, 1459-1461), de Hugo van der Goes (panel central del altar de Monforte de Lemos, Lugo, c. 1470, Museo de Berlín), de Sandro Botticelli (panel, Palacio de los Uffizi, Florencia, 1475), de Leonardo da Vinci (composición sobre lienzo, Palacio de los Uffizi, Florencia, 1481-1482), o de Domenico Ghirlandaio (tabla de altar, Hospital de los Inocentes, Florencia, 1487).

Del talento de todos esos grandes pintores nacieron representaciones de los tres Reyes Magos bastante diferentes entre sí, pero todos coincidieron en un mismo aspecto: los tres personajes eran de raza blanca o, lo que viene a ser lo mismo, no existía aún, en el siglo XV, ninguno que fuese negro.

 

Baltasar no fue negro hasta el siglo XVI

A partir del siglo siguiente —el XVI—, sin embargo, en todas las representaciones pictóricas de la «Adoración de los Magos»

ya se adjudicó a Baltasar la raza negra, tal como puede verse, por ejemplo, en las obras de Albrecht Durero (Tríptico Paumgärtner, 1504, Pinacoteca de Munich), de Hieronymus Bosco (Tríptico de la Epifanía, óleo, c. 1510, Museo del Prado de Madrid), de Paolo Veronés (óleo, c. 1583, Museo de Bellas Artes, Lyon), de Pieter Paul Rubens (óleo, 1609, Museo del Prado de Madrid), de Giambattista Tiépolo (óleo, 1753, Pinacoteca de Munich), etc.

A pesar de que, en el siglo VII, el texto de Beda el Venerable ya describió a Baltasar como de tez morena (fuscus), el peso de la tradición, que fijaba el origen de los magos en Persia, impidió, hasta finales del siglo XV, que nadie pudiese imaginar tan siquiera un cambio de raza para este rey. Sin embargo, en el siglo XVI, las nuevas necesidades ecuménicas de la Iglesia católica llevaron a implantar un simbolismo inédito, identificando a los tres magos con los tres hijos de Noé —Sem, Cam y Jafet— que, según el Antiguo Testamento, representaban las tres partes del mundo y las tres razas humanas que lo poblaban, según se creía en esos días.

De este modo, Melchor, el anciano de cabello y barba canos, pasó a simbolizar a los herederos de Jafet, eso es los europeos, y ofreció al Niño divino el noble oro; Gaspar, rubio y lampiño, representaría a los semitas de Asia y su don era el preciado incienso; Baltasar, negro y barbado, personificaría a los hijos de Cam, los africanos, participando en la adoración universal con su entrega de mirra.

3-Adoración de los Magos.metirta.online.jpg.jpg Con el descubrimiento y comienzo de la cristianización del continente americano, surgió un buen problema cuando las autoridades eclesiásticas católicas se plantearon representar a los habitantes de esas nuevas tierras en el cortejo de adoración de los Reyes Magos, pero, dado que ya no podían añadir un cuarto monarca a la comitiva —ni, menos todavía, inventarle otro hijo a Noé—, se tomó la razonable decisión de mirar hacia otra parte y dar por zanjada tan espinosa cuestión.

El único intento de establecer la representación de los amerindios aún puede contemplarse en un retablo portugués de la catedral de Viseu, donde el rey negro fue substituido por un jefe indio amazónico portando una lanza ricamente emplumada, pero esa modificación no tuvo éxito ninguno, a fin de cuentas, para la mentalidad racista de la época, un negro bien podía representar también a un indio, y la todavía reciente tradición del Baltasar negro era ya inamovible.

 

Simbolismo del oro, el incienso y la mirra

El folklore religioso europeo también acabó por identificar a los Reyes Magos como representantes de la Trinidad en función de la calidad de sus regalos: el oro provenía del Padre glorioso; la mirra —usada como ungüento funerario desde la Antigüedad y, por tanto, asociada con la muerte y resurrección, del Hijo; y el incienso —elemento purificador esencial en todo ritual—, del Espíritu Santo.

Complementariamente, la tradición popular occidental adjudicó al oro el simbolismo de la realeza de Jesús-Cristo, al incienso, el de su divinidad, y a la mirra, el de su pasión y resurrección. Según el papa san Gregorio I Magno (540-604), se ofrece oro a Jesús-Cristo cuando se le venera como a rey del mundo, incienso cuando se le adora como a verdadero Dios, y mirra cuando se conmemora su humanidad.

Algunos astrólogos modernos, basándose en la suposición de que la «estrella de Belén», tal como ya comentamos, pudo ser una triple conjunción de la Tierra con los planetas Júpiter y Saturno, estando el Sol pasando por Piscis, interpretan los tres presentes de los magos del modo siguiente: «oro por el Sol (reyes), incienso por Júpiter (religión, dios supremo) y mirra por Saturno (regente de la muerte), los tres planetas mayores del stellium característicos del niño», añadiendo que «en astrología clásica, Jesús sería un tipo Piscis muy claro (se propagó el símbolo a comienzos del Cristianismo), pues el stellium está en el Signo».

 

Leyenda de los Reyes Magos después de abandonar Belén

Tras la adoración de Belén, según la tradición, un ángel del Señor se acercó hasta el lecho donde dormían los Reyes Magos —que la imaginería medieval, de forma tan tierna como ingenua, representó durmiendo juntitos en una sola cama, sin camisas, pero con su corona ceñida sobre la cabeza— y, tocando suavemente a Gaspar, le despertó para advertirle que no regresaran a ver a Herodes, tal como le habían prometido con anterioridad, y que partieran hacia sus tierras con rapidez y sigilo.

La leyenda posterior les hizo emprender el viaje de retorno a sus países por mar, embarcando en Tarso, aunque, curiosamente, en lugar de dirigirse hacia sus respectivos reinos, que hubiese sido lo esperable y sensato para monarcas tan sabios, la travesía marítima les condujo hasta la India, donde el apóstol Tomás les bautizó y consagró obispos (otras versiones aseguran que tales hechos acontecieron en tierras medas o persas).

Los magos, ya como Summus presbyteri Orientes, siguieron dedicados a la evangelización de los impíos hasta que murieron ¡y fueron enterrados juntitos, como cuando compartían lecho, en un mismo sarcófago! De un modo que la tradición medieval no explica, la emperatriz Elena localizó sus restos en Saba y ordenó que fuesen trasladados a Constantinopla (en una época en que se hicieron aparecer en la capital bizantina las reliquias más absurdas y pintorescas).

Pero el viaje de los magos aún no había concluido. En el siglo IX el clero de Milán, recurriendo a la estrategia más habitual en esos tiempos —la de adjudicarse la posesión de los restos de algún apóstol o santo—, quiso prestigiar su ciudad afirmando que las reliquias de los Reyes Magos se encontraban en la iglesia de San Eustorgio.

Para justificarse, el clero milanés inventó una leyenda según la cual, el obispo Eustorgio, cuando se trasladó hasta Constantinopla para que Constantino aprobase su nombramiento como sucesor de san Ambrosio, le solicitó al emperador el favor de poder llevarse consigo los restos de los magos, cosa que al parecer consiguió, regresando a su ciudad cargado con un sarcófago de mármol que, obviamente, instaló en su iglesia.

4-Altar de los Reyes Magos.metirta.online.jpg.jpg En el año 1164, cuando Federico Barbarroja saqueó Milán, su archicanciller y arzobispo de Colonia, Raynaud Dassel, no desaprovechó la ocasión y robó las supuestas reliquias de los magos, que reposaban a la derecha del altar mayor de la iglesia de San Eustorgio, para trasladarlas a su diócesis. Tan venerables y viajados huesos fueron depositados en un sarcófago labrado en oro y plata y, en su honor, en el siglo XIII, fue construida la catedral dedicada a los «Tres Reyes de Colonia».

Con el nuevo emplazamiento también llegaron leyendas aún más estupendas. Una de ellas asegura que cada calavera aún mantiene su respectiva corona real y, según se cuenta que dijo Pedro de Gumiel, abad cisterciense castellano al que dejaron permanecer a solas y en silencio en la morada alemana de los magos, dentro de la tumba se oye música de flauta y el relinchar de briosos caballos. En el año 1903, el cardenal de Colonia devolvió al de Milán una pequeña parte de esos huesos milagrosos, pero no se dejó constancia sobre cuál de las dos ciudades goza ahora de los servicios del flautista de ultratumba.

Si se quiere otra versión sobre el destino de los cuerpos de los Reyes Magos, puede recurrirse también a lo relatado por el viajero Marco Polo, según el cual, a finales del siglo XIII, en la ciudad persa de Saya (la actual Saveh, próxima a Teherán), fueron hallados sus reales despojos, enterrados en tres tumbas contiguas, en estado incorrupto y conservando aún el cabello y la barba que permitía distinguirlos en vida.

En fin, así, tal como acabamos de resumir, unos personajes de los que nada se supo nunca y cuya existencia real fue, como mínimo, muy dudosa, acabaron con sus huesos en Colonia y, en virtud de su mito, fueron encargados de protagonizar una tan larga como anhelada travesía anual para colmar de regalos a los niños buenos.

 

La fiesta del 6 de enero

A principios del siglo III —o antes del año 194, según otras fuentes—, las Iglesias orientales, coincidiendo con el día de la celebración pagana del nacimiento del Aion, símbolo del Tiempo Nuevo, instauraron la fiesta de la Epifanía (del griego epifaneia, apariencia). Esa jornada, el 6 de enero, los cristianos orientales no sólo conmemoraban el natalicio de Jesús —tal como pretendían hacer también sus correligionarios de Occidente, aunque en otra fecha—, sino, también, su bautismo, su primer milagro y la adoración de los magos persas.

En Occidente, en cambio, no comenzó a celebrarse la adoración de los magos hasta el siglo V y, entonces, dado que ya se había fijado la Navidad en el 25 de diciembre, se decidió separar ambas festividades y se reservó el 6 de enero para conmemorar la Epifanía, la manifestación de Jesús-Cristo al mundo a través de los magos de Oriente, su bautizo en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná. Para los cristianos, tanto orientales como occidentales, esta festividad siempre ha mantenido una gran importancia en el calendario litúrgico y en la tradición civil.

5-Adoración de los Magos Rubens.metirta.online.jpg.jpg La tradición de los Reyes Magos como generosos proveedores de juguetes y regalos a los niños es relativamente reciente y sólo fue adoptada en unos pocos países latinos, arraigando particularmente bien en España. El convertir su conmemoración en una fiesta infantil tuvo la finalidad de competir con la muy establecida tradición de san Nicolás, un obispo de la Iglesia oriental que vivió en el siglo IV y se caracterizó por su generosidad para con los débiles y los niños, virtud que le llevó a ser especialmente mitificado en el medievo, época en la que se le adjudicó el papel de dejar regalos a los niños mientras iba viajando por todas partes en un burro y vestido de obispo.

Los Reyes Magos no comenzaron a traer juguetes a los niños hasta mediados del siglo XIX, con anterioridad sus regalos se limitaban a cosas relacionadas con las necesidades de la vida cotidiana antes que con las del ocio. El rey Gaspar era el encargado de obsequiar con algunas golosinas, requesón, miel o frutos secos; Melchor tendía más a lo práctico y su fuerte era la ropa o zapatos nuevos; Baltasar jugaba el peor papel al tener que ocuparse de castigar a los niños traviesos dejándoles carbón o leña por todo regalo (aunque su dureza se suavizó bastante en este siglo, cuando transformó sus odiados presentes de carbón, leña, patatas y piedras en otros similares… pero hechos de azúcar y mazapán).

Para poder llevar a cabo su labor con justicia, los Reyes Magos disponían de la ayuda de unos duendes que espiaban a los niños y les contaban a sus jefes hasta los más mínimos detalles de su comportamiento, algo que muchos lamentaban cuando se encontraban con menos regalos de los solicitados. En este aspecto, la leyenda festiva de los Reyes Magos copió el mismo esquema que ya regía, desde hacía siglos, en las tradiciones nórdicas y centroeuropeas —o, también, en la leyenda italiana de la Beffana, una especie de bruja buena que deja obsequios a los niños durante la víspera de Reyes—, en las que duendes buenos y malos se encargaban de dar a cada niño lo merecido, y que también acabaron por ser nombrados colaboradores de san Nicolás y Santa Claus en su anual reparto navideño.

La costumbre, que se ha mantenido viva hasta algo más de la primera mitad del presente siglo, exigía que los niños depositasen sus zapatos limpios en el balcón, la noche de Reyes, para recibir junto a ellos, durante la madrugada, los presentes de los magos. En la mayoría de los pueblos se ponía también, junto a los zapatos, un plato de agua y un manojo de algarrobas, o un poco de paja o yerba, para alimentar a los caballos reales, y se dejaba alguna pieza de fruta para Sus Majestades.

Para justificar la tradición de poner los zapatos en el balcón —que también se había copiado de las costumbres nórdicas y centroeuropeas para recibir los regalos navideños depositados por gnomos o por san Nicolás—, la Iglesia se inventó leyendas como la que sigue: dos compañeros de juegos del niño Jesús, apenados de verle siempre descalzo, debido a la pobreza de su familia, decidieron darle sus propios zapatos; para que tuvieran mejor aspecto, los generosos niños lavaron sus zapatos y los dejaron por la noche en el balcón para que se secaran… pero, al día siguiente, los zapatos aparecieron rodeados por los regalos que habían dejado los Reyes Magos a tan buenas criaturas.

La actualmente imprescindible «carta a los Reyes» comenzó a popularizarse durante el primer cuarto del siglo XIX. En un principio, los niños españoles dejaban en el balcón de sus casas las cartas petitorias destinadas a los Reyes Magos, y no fue hasta el último cuarto del siglo pasado cuando empezó a implantarse la costumbre de enviar tan importantes misivas por correo (Santa Claus ya las recibía por este medio desde al menos un par de décadas antes).

6-Catederal de Colonia.metirta.online.jpg.jpgMucho más reciente aún es la costumbre de los regalos de Reyes para los adultos, que no ha sido más que la consecuencia lógica de la sociedad industrial moderna, que nos ha dotado de mayores posibilidades económicas para poder adquirir bienes superfluos, al tiempo que necesita forzar las ventas para mantener su frágil prosperidad, y que nos ha hecho volcar más y mejor hacia el consumismo —cualquier ocasión es buena excusa para comprar, regalar y gastar— que hacia el respeto o mantenimiento de las tradiciones. Y la fiesta de Reyes, desde hace dos siglos, no tiene otro sentido que el ser una celebración en beneficio exclusivo de los niños.

Sin embargo, aunque se trate de una festividad infantil, la función educadora de los padres debería contribuir algo más a evitar la irrefrenable ansia consumista que, por estas fechas, parece adueñarse de la mayoría de los menores actuales. Una carta escrita por un niño y dirigida a los Reyes Magos —recogida por José Manuel Esteve, profesor de pedagogía de la Universidad de Málaga6 resulta suficientemente elocuente y paradigmática a este respecto:

«A S.S. M.M. los Reyes Magos de Oriente, Melchor, Gaspar y Baltasar. Mis queridos Reyes:

»Yo soy Iván Darío y quiero todo lo que hay en El Corte Inglés. Soy muy bueno.»

Por muy obediente y bondadoso que hubiese sido el tal Iván Darío, parece obvio que a tan temprana edad ya había extraviado el sentido de la mesura, quizá como consecuencia de que sus padres y su entorno habían olvidado ya, desde mucho antes, el verdadero sentido de las celebraciones navideñas.

7-Reyes Magos.metirta.online.jpg.jpgEn este contexto, además, desde hace un par de decenios, la lucha entre los Reyes Magos y Papá Noél es cada día más encarnizada. Las dos celebraciones se han impuesto colmar de regalos a grandes y pequeños, sólo que los que trae Papá Noél pueden disfrutarse durante todas las vacaciones y los de los sufridos Reyes no, puesto que llegan al final del período festivo; ésa es la fuerza del primero sobre los segundos. No obstante, mientras el presupuesto familiar aguante, los comercios podrán seguir poniendo una vela al barbudo mago pagano de las nieves y otra a los magos cristianos del desierto.

 

Herodes y la inexistente matanza de los inocentes

Directamente relacionado con la presencia de los magos en Belén está un suceso que ha dado pésima fama al rey Herodes: la famosa matanza de los niños inocentes, conmemorada por la Iglesia católica el 28 de diciembre, una fecha absolutamente imposible si es que se quiere creer que los Reyes Magos visitaron el pesebre el 6 de enero.

Según el relato de Mateo, «partido que hubieron [los magos, por un camino que evitaba pasar por el palacio de Herodes], el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.” Levantándose de noche, tomó al niño y a la madre y se retiró hacia Egipto, permaneciendo allí hasta la muerte de Herodes, a fin de que se cumpliera lo que había pronunciado el Señor por su profeta, diciendo: “De Egipto llamé a mi hijo.” Entonces Herodes, viéndose burlado por los magos, se irritó sobremanera y mandó matar a todos los niños que había en Belén y en sus términos de dos años para abajo, según el tiempo que con diligencia había inquirido de los magos. Entonces se cumplió la palabra del profeta Jeremías, que dice: “Una voz se oye en Ramá, lamentación y gemido grande; es Raquel, que llora a sus hijos y rehúsa ser consolada, porque no existen”» (Mt 2,13-18).

La narración muestra a un Herodes ciertamente estúpido que, aún «turbado» al saber del nacimiento del rey mesías que podía destronarle (Mt 2,35), fue incapaz de mandar a sus soldados a Belén, situado a poca distancia de su palacio, para prenderle y, en lugar de enviar, al menos, a alguno de sus espías para que le informasen con diligencia, se quedó esperando las noticias de tres magos desconocidos que se habían declarado adoradores del recién nacido. Un recién nacido que, según cabe deducir de Mateo, podía tener hasta dos años, puesto que ésa fue la edad que el rey le indicó a sus sicarios.

En fin, los datos históricos reales acerca de Herodes y de su tiempo denuncian que este suceso nunca existió, dado que, por ejemplo, no fue reflejado por el historiador judío Flavio Josefo (c. 37-103 d.C.) en sus Antigüedades judías o en cualquier otra de sus documentadas obras; este autor, que luchó contra los romanos en la guerra judaica, nunca dejó de dar noticia de las persecuciones o masacres cometidas contra su pueblo, resultando del todo imposible que no recogiera la noticia de la matanza de los niños si ésta hubiese acontecido de verdad.

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Por otra parte, dado que los judíos, sometidos al Imperio romano, no podían aplicar la pena de muerte contra sus conciudadanos sin el preceptivo permiso del gobernador imperial, resulta tan imposible que Herodes pudiese ordenar la matanza como que el rey judío hubiese quedado sin castigo por parte de la autoridad romana si los hechos se hubiesen producido realmente.

Esta leyenda, que fue tomada de antiguas y conocidas tradiciones paganas, fue intercalada en Mateo —único texto canónico en que aparece— con una función muy concreta: reforzar la credibilidad del mito básico del cristianismo dando cumplimiento a dos supuestas profecías sobre Jesús.

En toda la Antigüedad fueron muy comunes las leyendas de reyes que, prevenidos por alguna profecía, perseguían a muerte a «hijos de Dios» nacidos de una virgen, con la intención de evitar su anunciada entronización; un empeño que, lógicamente, la estructura mítica del relato convertía en vano. Fundadores de dinastías reales de todo el planeta y reformadores religiosos cuentan en su haber mítico con un episodio de persecución siendo aún recién nacidos. Sirva de ejemplo prototípico la descripción sucinta de una parte de la leyenda del nacimiento de Krisna, octava encarnación de Vishnú, segunda persona de la trinidad brahamánica, que hacemos seguidamente:

Los astrólogos —o un diablo, según otra versión del mito— habían pronosticado a Kansa, el tirano de Mathurá, que un hijo de su hermana Devaki le arrebataría la corona y le quitaría la vida, por lo que el soberano ordenó la muerte de su sobrino Krisna tan pronto naciese, pero éste, gracias a la protección de Mahádeva (el Gran Dios o Shiva), pudo ser puesto a salvo por sus padres con la colaboración de la familia de su fiel servidor Nanda, un pastor de vacas que vivía al otro lado del río Yamuná. Cuando se enteró de la desaparición del recién nacido Krisna, el rey Kansa, para asegurarse de la muerte del niño, ordenó la matanza general de cuántos niños varones habitasen en su reino, siendo asesinados todos menos el divino Krisna.

El origen de la historia mítica de la persecución de Jesús y la matanza de los inocentes pudo proceder de Oriente, tal vez de la propia India o de Egipto —lugar donde fue redactado el Evangelio de Mateo hacia el año 90 d. C.—, y la encontramos en leyendas tan dispares como la de Moisés, salvado de la matanza de niños hebreos ordenada por el faraón (Ex 1,15-22; 2,1-25) para, según la tradición recogida por Flavio Josefo, impedir «la llegada de un niño hebreo destinado a humillar a los egipcios y glorificar a los israelitas»; la de Abraham, muy similar a la de Moisés, según una tradición judía recogida en un Midrash tardío; o la del emperador romano Augusto (62 a.C-.14 d.C.), que se libró de la muerte a la que el Senado condenó a todos los varones nacidos en un mismo año para evitar la aparición de un monarca profetizado.

9-Carta Rey Mago.metirta.online.jpg.jpgAntes que todos ellos, aunque dentro del contexto de un universo simbólico diferente, Zeus —padre de los dioses y de los mortales—, según se refiere en la 710gonía de Hesíodo (c. 750 a.C.), ya había escapado de ser devorado al nacer por su propio progenitor, Cronos —que había sido advertido de que uno de sus hijos le arrebataría el trono—, gracias a su madre Rea y a una argucia de su abuela Gea (la Tierra), que lo escondió en Creta y engañó al poderoso Cronos dándole a comer una piedra envuelta en los pañales del nuevo niño-dios. Resulta evidente, pues, que tanto en Oriente como en Occidente la base de esta leyenda circulaba ampliamente y desde muy antiguo.

Parece obvio, por tanto, que la leyenda de la «persecución y huida» existía ya previamente en la mítica pagana y que estaba asociada al destino triunfante de grandes personajes; pero queda por tratar un argumento de peso para los creyentes, eso es que dos profetas, Oseas y Jeremías, habían anunciado este suceso. De hecho, si repasamos el texto de Mateo antes citado (Mt 2,1318), encontraremos que la veracidad del relato se basa en que viene a dar cumplimiento a lo dicho en Os 11,1 y en Jer 31,15, una presunción que carece de fundamento.

El texto de Oseas —que dice exactamente: «Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más se les llama, más se alejan. Ofrecen sacrificios a los baales e incienso a los ídolos…» (Os 11,12)—sólo puede ser entendido dentro del contexto histórico de la época del profeta, durante los reinados de Jeroboam II y Atarías, cuando Judá estaba sometida al dominio asirio y los cultos paganos (a Baal y otros dioses) ganaban fuerza merced a la debilidad de los monarcas hebreos. Oseas, como su contemporáneo Isaías, rechazó y denunció con fuerza esa situación y tal es el único sentido que tienen los versículos reproducidos y cuantos les siguen. En caso de querer personalizar la frase «de Egipto llamé a mi hijo», que está escrita en tiempo pasado, ésta podría atribuirse, quizás, a Moisés, pero nunca jamás a Jesús.

La otra supuesta profecía en la que Mateo pretende apoyar su interesada invención de la «matanza de los Inocentes» la encuentra el evangelista en los siguientes versículos de Jeremías: «Así dice Yavé: una voz se oye en Ramá, un lamento, amargo llanto. Es Raquel que llora a sus hijos y rehúsa consolarse por sus hijos, pues ya no existen» (Jer 31,15).

Ramá, que significa altozano, era la palabra hebrea empleada para designar a los santuarios paganos, que estaban situados en pequeñas elevaciones del terreno. La Ramk de este pasaje bíblico, que en la Vulgata aparece traducida como in excelso (lugar en lo alto), había sido tomada por el nombre de una localidad en la Biblia de los Setenta y desde este error partió Mateo para identificarla con Belén, ciudad en la que, según Gén 35,19, había sido enterrada Raquel, la mujer del patriarca Jacob.

Pero aun aceptando la equivocación de considerar a Ramá como un lugar, éste nunca podía ser Belén, situado al sur de Jerusalén, dado que un poco más al norte existía realmente una ciudad denominada Ramá (o Rama); por otra parte, si bien la tradición sitúa la tumba de la esposa de Jacob en Belén, la Raquel a que se refiere Jeremías no pudo ser la Raquel de Jacob ya que a ésta la sobrevivieron sus hijos y, por ello, nunca pudo haber llorado su muerte.

Si se quiere encontrar algún «amargo llanto» relacionado con niños y con Ramá, habrá que remontarse muy atrás en el tiempo, hasta los esporádicos sacrificios de niños realizados en los altozanos por los cananeos —de quienes tomaron los israelitas el ritual de sacrificar sobre un altar, aunque evitaron las ofrendas humanas—, con la finalidad de intentar aplacar a sus dioses ante el anuncio de alguna futura amenaza o catástrofe pronosticada por los adivinos y astrólogos de esos reyes orientales. Estos hechos fueron perfectamente conocidos por los hebreos y sin duda se sumaron al fondo común de las leyendas paganas acerca de la persecución a muerte de «hijos del Cielo» y las consiguientes masacres de «niños inocentes» ordenadas por viejos reyes tiranos.

10-Viaje a Egipto de Jesús.metirta.online Aunque la persecución de Jesús por Herodes nunca aconteció y los niños inocentes tampoco perdieron la vida a manos de los soldados del rey, debe resaltarse que esta leyenda tiene un trasfondo profundamente conectado con la época navideña.

Lo que el mito muestra es, de nuevo, el ciclo estacional de la Naturaleza. El perseguidor, siempre viejo, terrible y hostil, es la representación del invierno, que pretende eternizarse para siempre. El perseguido, recién nacido, es el sol —en su solsticio hiemal— que promete crecer hacia la primavera, llenando de dones, esperanza y posibilidad de supervivencia a la humanidad. Un año tras otro, el Niño Sol vence al Viejo Invierno desbaratando sus negros propósitos. Eso es la Navidad.

 

CELEBRACIONES NAVIDEÑAS – MITOS Y RITOS DE LA NAVIDAD DE TRADICIÓN CRISTIANA.

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