MITOLOGÍA DE TÍBET Y MONGOLIA – MITOS DE LOS ANTIGUOS REYES.

4-LA CUERDA CORTADA-metirta.online

LA CUERDA CORTADA El primer rey tibetano que no regresó al cielo por una cuerda al final de su reinado fue Grigum, y la suya fue la primera tumba real. Enfurecido por la profecía de su curandero chamánico, según la cual moriría asesinado, y decidido a demostrar lo contrario, retó en duelo a sus ministros y aceptó Longam, que cuidaba los caballos del rey. Supersticioso, el monarca entró en combate rodeado por un rebaño de yaks con bolsas de hollín en el lomo y, con un turbante oscuro abrochado a la frente con un espejo, se colocó los cadáveres de un zorro y un perro en los hombros. En cuanto empezó la batalla, los yaks rompieron las bolsas de hollín en los cuernos y el aire se cubrió de una densa nube de polvo negro. Agitando con fuerza la espada por encima de la cabeza, Grigum cortó la cuerda mágica que le unía con el cielo y no inflingió heridas a su adversario. Abandonado por sus dioses protectores, que se sintieron agraviados por los hediendos cadáveres que llevaba sobre los hombros, Grigum fue asesinado por Longam, que apuntó una flecha a lo único visible en aquella nube oscura. el espejo de la frente del rey. El dibujo de arriba representa esta escena.

Los monarcas que descendieron del cielo

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Se cuenta que, antes de los albores de la historia, el Tíbet se mantuvo unido gracias a una serie de reyes no humanos, los primeros de los cuales fueron los gnodsbyin negros, unos demonios armados con arcos y flechas. Las siguientes razas de demonios poseían distintas clases de armas, como martillos y hachas, hondas y catapultas y otras hechas de acero templado. Entre los espíritus gobernantes se contaban los heroicos hermanos masang que dieron al Tíbet el nombre de Bod, con el que aún se le conoce hoy en día. El primer rey humano descendió del cielo hasta una montaña en Kongpo y al final de su reinado volvió a subir a los cielos por medio de una cuerda dmu, sin dejar restos terrenales. Sus seis descendientes hicieron lo mismo, pero el séptimo cortó la cuerda mágica al término de su vida y fue sepultado en la tierra. Así comenzó el culto de los enterramientos reales, que se construyeron en el valle del Yarlung hasta el siglo IX y se mantuvieron continuamente vigilados. Tras veintisiete generaciones de reyes humanos, subió al trono Lhathothori, quien, en el año del ave acuática del 433, a los sesenta años de edad, fue el primer monarca que aprendió budismo. Según la leyenda, el cielo se llenó un día de arco iris y los textos e imágenes budistas cayeron sobre el tejado de su palacio. No pudo descifrar los escritos sagrados, pero se profetizó que su significado sería revelado a su familia al cabo de cinco generaciones. Adorando aquellos objetos milagrosos como si fueran sagrados, el rey vivió hasta los ciento veinte años, pero su cuerpo nunca representó más de dieciséis. En cumplimiento de la profecía, el rey Srongbtsan sgampo, de la quinta generación, ordenó la creación de un alfabeto para la lengua tibetana y así surgió el arte de la escritura. Entre las cinco esposas del rey había dos princesas budistas de China y Nepal, y como parte de su dote ambas llevaron al Tíbet estatuas de Buda y de los santos de esta religión. Ante su insistencia, el rey empezó a domesticar el salvaje terreno del país, al que se consideraba una ogresa malévola, y a prepararlo para recibir una religión extranjera. Demostrando sus conocimientos del arte de la geomancia, la princesa china, Kongjo, señaló unos puntos en la tierra en los que podían construirse templos para comprimir y someter el cuerpo de la ogresa.

 

LA ESTATUA DEL GRAN SEÑOR

La estatua de oro recubierta de joyas de un Buda de doce años que llevó al Tíbet la reina Kongjo desde su China natal se encuentra hoy en día en el templo de Rasa’phrulsnang, construido sobre un lago de Lhasa que se formó con la sangre del corazón de la ogresa. Según la creencia popular, la estatua, conocida como Jobo chenpo («Gran Señor»), fue modelada por un artista divino en vida de Buda y sigue siendo la imagen más venerada del Tíbet.

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