MITOLOGÍA DE SUDAMÉRICA – LOS CIELOS SAGRADOS.

Constelaciones de animales y líneas sagradas

En la visión cosmológica de los incas, el poder sagrado de los fenómenos celestiales se manifestaba en un rico mosaico de creencias que vinculaban los acontecimientos terrenales con los del cielo nocturno. Según una concepción típicamente amerindia, se atribuía significado mítico y espiritual a los fenómenos astronómicos, actitud que se refleja, en parte, en el carácter celestial de deidades importantes como Inti (dios del sol), Mama Kilya (diosa de la luna) e Ilyap’a (dios del trueno y del tiempo atmosférico). Pero también revestía gran importancia la Vía Láctea y se consideraba a las estrellas deidades menores y protectoras de ciertas actividades terrenales. A este respecto destacan las Pléyades, denominadas Collca («el granero») y consideradas guardianas celestiales de las semillas y la agricultura, y junto a otras constelaciones servían para construir un calendario lunar sideral. También resultaban útiles para pronosticar la fertilidad agrícola y la producción animal. Se pensaba que el grupo de estrellas conocido como Orco-Cilay («la llama multicolor») protegía los rebaños de llamas reales y se identificaba la Chasca-Coylor («la estrella lanuda») con Venus, estrella matutina. Si bien no se les puede considerar astrónomos en el sentido moderno, los incas realizaron observaciones sobre ciertos fenómenos celestes, como la salida y el ocaso del sol, y los relacionaron con las fases y los movimientos de la luna. Los sacerdotes-astrónomos observaban los movimientos solares para calcular las fechas de las dos celebraciones rituales más importantes, que tenían lugar en Cuzco: los solsticios de diciembre y junio. En el período del solsticio de diciembre se celebraba la gran fiesta real de Capac Raymi, centrada en los ritos de iniciación de los muchachos de ascendencia regia, y se observaba el sol al atardecer desde el Coricancha (Templo del Sol), en Cuzco. Mito, religión, astronomía y el sistema de ceques se entretejían en las creencias de los incas. Observaban, por ejemplo, el crepúsculo el 26 de abril desde el mismo lugar en que habían estudiado el ocaso de las Pléyades alrededor del 15 de abril, un punto de la plaza central de Cuzco llamado Ushnuo. Contemplaban el crepúsculo entre dos columnas erigidas en una montaña cercana, al oeste de la ciudad, consideradas huaca sagrada, que estaban situadas en un ceque siguiendo el cual, al otro lado del horizonte, había una fuente sagrada llamada Catachillay, otro nombre de las Pléyades. El rasgo más destacado de la astronomía inca consistía en el estudio de la Vía Láctea y las constelaciones contiguas de «nubes negras», formadas por zonas opacas de polvo interestelar (véase recuadro, abajo), como la Yacana (la Llama) y la Yutuyutu (la Tinamou, ave parecida a la perdiz). Según el mito, cuando la llama celestial desaparece, a medianoche, va a beber agua en la tierra y así evita las inundaciones. Habitualmente, las llamas se contaban entre los animales sacrificiales más valiosos y se ofrecían en las cimas de las montañas a la luna nueva, y en octubre no daban de comer a las de color negro con el fin de hacerlas llorar, y así pedir lluvia a los dioses.

El intihuatana o «amarradero del sol», en Machu Pichu. Los sacerdotes ataban simbólicamente el sol a la columna con un cordón místico para evitar que desapareciese.

EL CALENDARIO INCA

Al igual que en otras civilizaciones antiguas, los incas crearon un calendario que les servía de instrumento religioso y político y cuyo carácter sagrado derivaba de la tradición mítica. Correlacionado con la primera aparición de las Pléyades antes de la salida del sol, el calendario lunar sideral comenzaba la noche del 8 al 9 de junio y acababa la del 3 al 4 de mayo. Se celebraban ceremonias en honor de los emblemas reales en el mes de Aryihua (abril) y se enseñaba a una llama blanca, a la que se vestía con una camisa roja, a comer coca y beber chicha (cerveza de maíz) como símbolo de la primera llama que apareció sobre la tierra tras la gran inundación.

LÍNEAS SAGRADAS

Los ceques —«líneas» rectas que parten del Coricancha— constituían una idea exclusiva de la mitología, la religión y la astronomía incas. Cada línea tenía huatas sagradas distribuidas por toda su longitud: había unos 41 ceques que organizaban 328 /macas en los alrededores de Cuzco. El cronista Juan de Betanzos describe en 1551 la sexta huaca del sexto ceque de Antisuyu como «la casa del puma», en la que se sacrificaban niños a la momia de la esposa del emperador inca Yupanqui.

LOS CIELOS SOBRE MISMINAY

En la aldea andina de Monina.» de lengua quechua, a unos 25 kilómetros de Cuzco, las constelaciones animales y la Vía Láctea continúan ejerciendo gran influjo en nuestros días sobre el pensamiento mitológico y cosmológico.

En Misminay se considera el río Vilcanota no sólo reflejo terrestre de la Vía Láctea, o Mayu, sino parte integrante del reciclado cósmico del agua que fluye entre la tierra y el cielo, de donde vuelve a caer a la tierra en forma de lluvia. Considerada asimismo centro de la esfera celeste, la Vía Láctea se mueve de tal manera en el transcurso de 24 horas que parece formar dos ejes cruzados que dividen los cielos en cuatro partes, cada una de las cuales se denomina suyu. Estos cuatro cuartos constituyen una red celeste que permite a los habitantes de Misminay calcular y caracterizar los fenómenos astronómicos. La división cuatripartita de los cielos no es un fenómenos aislado, sino que se integra en un mundo más amplio, como equivalente celeste de la división cuatripartita de la aldea, dividida en cuadrados por la intersección de dos grandes senderos y los dos canales de riego mayores que discurren en paralelo a éstos. Los senderos y canales coinciden en una capilla, el Crucero, nombre que recibe asimismo el punto del cielo en el que se encuentran los dos ejes celestes. El cronista Polo de Ondegardo escribía en 1571 que, en el pensamiento inca, todas las aves y otros animales tienen un reflejo en el cielo, responsable de la procreación y del sustento de sus equivalentes en la tierra. Una característica de la astronomía de Misminay, que recuerda creencias incas anteriores, es el reconocimiento de las constelaciones de «nubes oscuras», como la Llama Adulta, la Llama Pequeña, el Zorro, el Sapo, el Tinamú y la Serpiente, conocidas colectivamente como Pachatira, reflejo de su vínculo con Pacha Mama, madre de la tierra, y con la fertilidad terrenal. Así, cuando Centauro Alfa y Beta (los ojos de la llama) salen antes del amanecer a finales de noviembre y diciembre, paren las llamas terrenales. Las constelaciones de la «nube oscura» también revisten importancia por su relación con la estación de las lluvias y con las condiciones atmosféricas en general. La constelación de la Serpiente, por ejemplo, es visible en el cielo durante la estación de las lluvias, pero en la seca está «bajo tierra», es decir, bajo el horizonte. En el pensamiento quechua, tal circunstancia se corresponde con la aparición del arco iris (concebido como una serpiente multicolor), que brota de la tierra después de una tormenta.

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