MITOLOGÍA DE SUDAMÉRICA – LA SELVA ANCESTRAL.

Mitos sobre los orígenes de los pueblos de las selvas

Los mitos de los pueblos amerindios de las selvas explican en primer lugar los orígenes de la humanidad y la cultura, elementos opuestos a la naturaleza. Como reflejo de este objetivo subyacente, los mitos individuales tienen múltiples niveles y abarcan diversos temas, como los orígenes de la horticultura, las relaciones entre el parentesco por sangre y por lazos políticos y los conceptos de conocimiento e ignorancia. El origen de los seres humanos es el tema de numerosos mitos en los que los animales, las piedras y el barro pueden desempeñar un papel igualmente importante. Según los chibcha de Colombia, el sol y la luna crearon al primer hombre con barro y a la primera mujer con cañas. Más al sur, las tribus de la región de Choco hablan de una primera raza de hombres destruida por los dioses por ser caníbales, de una segunda generación que se transformó en animales y de una tercera hecha de barro. Muchos pueblos, como los uarao del Orinoco y los toba del Gran Chaco, creen que los seres humanos vivían en el cielo pero descendieron a la tierra para robar animales de caza, quedaron atrapados y tuvieron que permanecer aquí para siempre. El carácter de la mitología amerindia, como una especie de carta sagrada que preserva el actual orden social, se pone especialmente de manifiesto en los mitos sobre las diferencias entre hombres y mujeres. Suele asociarse a las mujeres con la fertilidad natural, el caos y la ignorancia, y a los hombres con la fertilidad cultural, el orden y el conocimiento sagrado. Un mito muy extendido desde la Amazonia hasta la Tierra del Fuego, con numerosas variantes, explica que, en sus orígenes, el mundo estaba dominado por las mujeres, no por los hombres. Según los tupis de Brasil, el sol se enfadó tanto por el dominio femenino que decidió invertir la situación y tomar por compañera a una mujer perfecta. En primer lugar, hizo que una virgen llamada Ceucy quedara encinta de la savia de un árbol cucura y que diera a luz un niño, Jurupari, que despojó a las mujeres de su poder y se lo entregó a los hombres, a quienes ordenó que celebrasen fiestas regularmente para conmemorar su monopolio del conocimiento y el poder y que prohibiesen la participación de las mujeres, bajo pena de muerte.

Miembros de la tribu kamiura del río .Xingú, Brasil; tocando flautas en un ritual sagrado (creen que su música son las voces de los espíritus). Los tocados amarillos simbolizan el sol, considerado fuente de la potencia masculina.

Como precedente de tal castigo, Jurupari preparó la muerte de su propia madre y aún sigue buscando a la mujer perfecta, digna de ser la esposa del sol. En la cosmología del Amazonas aparecen con frecuencia temas relacionados con el fuego. Cuando aún no se había domesticado, se creía que el fuego poseía un enorme potencial destructivo, y algunos mitos hablan de regiones enteras y de comunidades arrasadas por los incendios. También se vincula con el sexo, el nacimiento y el ciclo menstrual. La adquisición del fuego suponía una etapa fundamental en la evolución social, y a veces se conseguía mediante trampas, en cuyo caso conllevaba la pérdida de la inocencia. Según los kayapos de Brasil, al principio los seres humanos no tenían fuego; comían los vegetales crudos y calentaban la carne al sol, sobre piedras. Un día, un hombre y su cuñado, Botoque, más joven que él, vieron un nido de guacamayo en lo alto de un risco. Botoque subió por una escala y le tiró dos huevos a su compañero, pero los huevos se transformaron en piedras y le rompieron la mano al hombre, quien, muy enfadado, retiró la escala y dejó a Botoque en el risco. Al cabo de unos días, Botoque vio un jaguar que llevaba arco y flechas y varias presas que había raudo. El felino saltó sobre la sombra del muchacho, pero al darse cuenta de su error, le prometió que no lo devolvería y que lo adoptaría como hijo y compañero de caza. Después volvió a colocar la escalera para que Botoque pudiera bajar. A pesar de la hostilidad de su esposa, el jaguar llevó a Botoque a su casa, donde el muchacho vio fuego y comió carne cocinada por primera vez. Pero cuando el jaguar salió a cazar, su esposa se negó a darle a Botoque carne de tapir asada y desnudó los colmillos amenazadoramente, de modo que el muchacho se refugió en un árbol. Aunque el jaguar le riñó al volver a casa, ella no dejó de molestar a Botoque y finalmente el jaguar le enseñó a fabricar un arco y unas flechas para defenderse. Cuando la esposa volvió a amenazarlo, Botoque la mató con una flecha; cogió carne asada, sus armas y una brasa y regresó a su aldea. Al ver los regalos de Botoque, los hombres de la aldea fueron a casa del jaguar, donde robaron fuego, carne asada, hilo de algodón, arcos y flechas. El jaguar se encolerizó ante la ingratitud de su hijo adoptivo, y ahora come carne cruda y caza con las garras y los colmillos, mientras que los hombres comen carne asada y cazan con arcos y flechas. Hoy puede verse el reflejo del fuego que perdió el jaguar en sus ojos como espejos. Según ciertas versiones del mito, mientras los hombres llevaban por la selva el fuego robado muchas aves recogieron las chispas para evitar que se incendiase la jungla. Algunas se quemaron, y por eso varias especies tienen el pico y las patas del color de las llamas. Según los barasana de Colombia, es Yurupary, o la Anaconda del Palo de Mandioca, la que obtiene el fuego de los infiernos y mata con él a su hermano el guacamayo. Cuando la anaconda se quema y muere, sus huesos se transforman en los troncos carbonizados del huerto de la mandioca, en el que crecen las primeras plantas cultivadas, que se nutren de su cuerpo.

EL MUNDO DE LOS YANOMAMI

Los yanomami practican un complejo sistema de violencia inter grupal vinculado a la sangre del Espíritu de la Luna, su origen mítico.

Los yanomami del sur de Venezuela han hecho todo lo posible por proteger sus creencias y modo de vida tradicionales frente a las influencias del mundo exterior.Los yanomami se autodenominan «pueblo fiero» y creen que la sangre de Periboriva (el Espíritu de la Luna) se derramó sobre la tierra, transformándose en hombres. Como nacieron de la sangre, se consideran fieros por naturaleza y guerrean continuamente entre sí. Más adelante, uno de los descendientes de Periboriva dio a luz hombres y mujeres más dóciles. Según uno de los cuatro grupos yanomami, el origen de todas las cosas es Omama, benévolo dios creador. Al principio, en el mundo había dos niveles, pero ahora hay tres: el tercero apareció cuando el nivel superior se desgastó y se desprendió de él una gran porción, en la que habitaban dos hombres, uno de ellos Omam. Un día, mientras pescaba, Omam sacó de un arroyo a una mujer que no tenía genitales; sólo un orificio del tamaño del ano de un colibrí. Omam formó sus órganos sexuales con los dientes de una piraña y engendró a muchos hijos con ella, los antepasados de los yanomami. Otras razas se crearon con la neblina o la espuma de los ríos, que un ave manipuló para formar hombres de distintos colores.

CANIBALISMO Y PODER

El canibalismo constituía un rasgo muy extendido de las creencias amerindias y en Suramérica existían diversas formas, bien documentadas históricamente. Estrechamente vinculado con las ideas de guerra, muerte y regeneración, el canibalismo guardaba menos relación con el alimento que los conceptos de identidad social, parentesco y transferencia de la esencia del alma de una persona a otra. En el «exocanibalismo» se comía real o simbólicamente la carne de un enemigo como expresión de fiereza guerrera o como humillación y venganza extremas. Las tribus caníbales inspiraban gran temor, pues se creía que sus guerreros estaban poseídos por un feroz espíritu de jaguar que los movía a despedazar y devorar a su presa. En el «endocanibalismo» existía una motivación más respetuosa: se reducían a polvo los huesos de un muerto y se añadían a la cerveza de mandioca, que bebían los familiares del difunto, pues se creía que los huesos conservaban elementos vitales del espíritu de la persona, que podían perpetuarse en vida de quienes consumían ritualmente al difunto.

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