MITOLOGÍA DE MESOAMÉRICA – DIOSES DEL CALENDARIO SAGRADO.

LA CEREMONIA DEL FUEGO NUEVO Los aztecas señalaban el final del viejo ciclo de 52 años y el inicio del nuevo con la Ceremonia del Fuego Nuevo (derecha). En las horas de agonía del año viejo se extinguían todas las hogueras, se arrojaban al agua efigies de los dioses y se ocultaba a mujeres y niños. Vestidos con ropajes que encarnaban a los dioses, los sacerdotes subían a la cima de la «Colina de la Estrella», sobre Ixtapalapa, y esperaban a que las Pléyades pasaran por el cenit, momento en el que, según la creencia, el mundo corría peligro inminente de destrucción y se evitaba la catástrofe si se ofrecía un sacrificio humano, arrancando el corazón de una víctima bien nacida, en cuyo pecho un simulacro de incendio daba vida a un nuevo fuego y, por analogía, a un nuevo ciclo de 52 años. Se arrojaban antorchas a la hoguera humana y se llevaban después al Templo Mayor, en Tenochtitlán, y a continuación a los templos y ciudades a orillas del lago que rodeaba la isla de la capital.

Ciclos sagrados y solares

Los pueblos de Mesoamérica atribuían importancia ritual a los dioses, signos y números empleados para señalar el paso del tiempo. El calendario solar, denominado Haab por los mayas y Xihuid por los aztecas, comprendía dieciocho meses de veinte días cada uno, a los que se añadían cinco días desfavorables, hasta un total de 365. Este calendario servía para contar los años, que los aztecas marcaban con números del 1 al 13, combinados con los veinte signos de los días (a saber, Casa, Conejo, Junco y Pedernal), formando así Año Junco Uno y así sucesivamente.

Dioses asociados con las horas del día y sus aves sagradas. Detalle de un libro de días del Codex Borbonicus.

No se repetía ninguna fecha hasta que hubieran transcurrido 52 años (13 x 4). Paralelamente al año solar y encajado en él discurría el calendario sagrado, conocido como Tzolkin entre los mayas y como Tonalpohualli entre los aztecas. Estaba integrado por 260 días divididos en 20 «semanas» de 13 días. Cada «semana» estaba regida por un dios o unos dioses concretos, y cada día tenía asimismo una o varias deidades propias, de modo que, para los aztecas, la primera semana del ciclo comenzaba con «Cocodrilo Uno» y terminaba 13 días después, en «Junco Trece»; la segunda semana se iniciaba con «Jaguar Uno» y finalizaba en «Muerte Trece», y para que se repitiese el mismo signo del día tenían que pasar 260 días. La importancia del Tonalpohualli radicaba en su aplicación a la adivinación: el destino de una persona dependía de las buenas o malas cualidades atribuidas a la fecha de nacimiento. «Lluvia Siete», por ejemplo, era favorable, pero «Conejo Dos» desfavorable. Tanto los mayas como los aztecas combinaron ambos sistemas y confeccionaron el «Calendario Redondo» de 52 años. El tiempo y el destino de los individuos y de la sociedad se consideraban cíclicos: al final de cada período de 52 años renacían simbólicamente el tiempo y el mundo, en la «Ceremonia del Fuego Nuevo». En la ilustración del Codex Borbonicus que vemos sobre estas líneas, cuatro sacerdotes alimentan el fuego nuevo con haces de años viejos.

EL CALENDARIO MAYA

Como dos ruedas dentadas y encajadas, los 260 días del calendario sagrado se entretejían con los 365 del calendario solar, dando lugar al «Calendario Cíclico». El ejemplo que ofrecemos procede del calendario maya: a cada día del total de 18.980 (52 años) le correspondía una fecha única.

Calendario sagrado: Rueda exterior con 20 nombres de días; rueda interior con 13 números de días.
Calendario solar: 18 meses de 20 días cada uno.

Este calendario dual era un complejo sistema para medir el tiempo y para la adivinación: cada día y mes tenía su propia deidad protectora, que influía sobre personas y acontecimientos. El calendario solar comprendía 18 meses de 20 días cada uno, más cinco jornadas desfavorables (uayeb). El último (20.°) día de cada mes solar se consideraba una época en la que ya se notaba el influjo del siguiente mes, y los mayas designaban «día 20» al último día del mes en curso o al «asiento» del mes siguiente. Así, por ejemplo, el «asiento de Pop» precedía al «Pop Uno» y el día 20.° de Pop era el «asiento de Uo». Además de medir el tiempo cíclico, los mayas seguían la «Cuenta Larga» de los años con la que fijaban linealmente una flecha desde un punto de partida mítico: 4 Ahau 8 Cumku, o 3113 a. C. Este concepto de tiempo histórico se basaba en unidades de años de 360 días o tuns. El calendario cíclico tenía gran antigüedad cuando los mayas lo adoptaron, y es posible que se desarrollara un calendario agrícola en época prehistórica, con una unidad básica de 20, el número de dedos de las manos y los pies humanos. Los sacerdotes empleaban un ciclo de 260 días ya en el período olmeca, y los mayas adoptaron y refinaron el sistema. Quizá la cifra de 260 días representase un período importante de la vida para los mayas: el período medio de gestación humana es de 266 días, aproximadamente la misma duración que el ciclo agrícola del Yucatán, por lo que el calendario podría estar vinculado a dos ciclos de fertilidad fundamentales.

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