MITOLOGÍA CHINA – EL BUDISMO CHINO – Amitabha y Guan Yin.

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La Bodhisattva Guan Yín, figura de madera de finales del siglo XIII. Derivada de un Bodhisattva masculino indio, en el budismo chino se convirtió en diosa de la Misericordia.

El budismo empezó a ganar adeptos en China en el siglo II d.C. y muy pronto alcanzó gran popularidad, hasta convertirse en uno de los grandes sistemas religiosos del país, junto al taoísmo y el confucianismo; y ocupa un lugar mucho más importante en China que en la India, su lugar de origen, desde hace tiempo. El fundador del budismo, Gautama Sakyamuni o Buda (nacido h. 560 a.C. y conocido generalmente entre los chinos como Fo), prometió la salvación únicamente a quienes obedecieran la ley budista, llevaran una vida ascética y renunciaran a todos los placeres mundanos. Una vez liberadas de todos los vínculos con este mundo, tales personas escaparán del ciclo del nacimiento y la muerte y alcanzarán el estado de bienaventuranza denominado nirvana. Inevitablemente, se trata de un proceso largo y doloroso, que supone renunciar a los lazos emocionales con familiares y amigos y llevar una vida monástica. Pero los chinos prefirieron venerar una manifestación de Buda llamada Amitabha (Emituofo en chino), que reinaba en el paraíso occidental. Prometía la salvación a cuantos se arrepintiesen de sus pecados e invocasen su hombre. Podía llegarse al estado de salvación mediante la fe, no sólo mediante el ascetismo, y por consiguiente, estaba abierto a más personas. Después de que el budismo se hubiera establecido en la China, en los templos de todo el país surgieron innumerables imágenes de Amitabha entronizado en una flor de loto. Los mitos sobre la vida de Buda se propagaron por toda China, en algunos casos un tanto adornados para que resultaran más asequibles a la mentalidad china. Los monjes asumieron el papel de narradores y dejaron constancia de los mitos en forma de libros. Un relato cuenta que un discípulo de Buda llamado Maudagalyayana, Mulian en chino, descendió al infierno para rescatar a su madre (véase p. contigua), idea que atraía a los chinos, porque no sólo expresaba el concepto budista de karma (doctrina según la cual las buenas y malas acciones tienen sus consecuencias en esta vida y en las futuras), sino la tradicional virtud china del amor filial. En el calendario budista, el festival de Avalambana («Colgar») señala la época en la que los monjes interrumpen su tradicional retiro durante la estación de las lluvias. El nombre de esta festividad deriva del mito hindú sobre un asceta indio que vio a sus antepasados colgados cabeza abajo cuando él se apartó del mundo y no se casó ni dio descendencia que mantuviera los sacrificios a los muertos. Amitabha recibía frecuentemente la ayuda de la Bodhisattva Guan Yin, llamada en muchos casos diosa de la Misericordia. Los Bodhisattvas eran un rasgo característico del budismo mahayana que se popularizó en China y Japón, seres que vacilan a la hora de alcanzar el nirvana porque desean salvar a la humanidad sufriente. Su compasión y su promesa de salvación introdujeron un elemento nuevo y humano en la vida religiosa china. En principio, Guan Yin era el Bodhisattva indio Avalokiteshvara , cuyo nombre tomaron los chinos como «escuchar los lamentos del mundo». Al poco de entrar en la China, Avalokiteshvara pasó a encarnar las virtudes maternales chinas de la compasión y se convirtió en Bodhisattva femenino. Se escribieron numerosos relatos sobre ella: por ejemplo, salvó los libros sagrados de un peregrino budista chino que regresaba a su país desde India, y si se la invocaba, podía romper las cadenas de los presos, quitarles el veneno a las serpientes y la potencia a los rayos. Las mujeres le rezaban por sus hijos, y en algunos casos se le representaba con muchos brazos, símbolos del alcance de sus poderes como intercesora.

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Yanluo, o Yama, rey del infierno, en su corte, observando a varios demonios que obligan a las almas de los condenados a entrar en sus correspondientes recintos de castigo.

Rábano y la señora Puerro

En los pueblos y ciudades de China se representaban obras sobre el personaje Rábano en el transcurso de la festividad budista anual de Avalambana. Algunas duraban varios días y contenían tantos adornos que casi se perdieron los detalles de la historia original y la obra se transformó en puro entretenimiento. Ofrecemos un resumen del relato, según fuentes del siglo IX. Buda tenía un discípulo virtuoso llamado Rábano, que tuvo que emprender un largo viaje. Antes de partir, Rábano le confió a su madre, la señora Puerro, una suma de dinero que habría de dar a los monjes budistas que llamaran a su puerta. Pero en ausencia de Rábano, su madre no dio nada a los monjes y cuando volvió su hijo le mintió y le dijo que había cumplido sus deseos, a consecuencia de lo cual murió y fue de cabeza al infierno, donde sufrió terribles tormentos. Rábano se había hecho por entonces aún más virtuoso y más sabio y alcanzó el estado de iluminación, de arhat o santo. Le pusieron de nombre Mulian. Al enterarse de que su madre estaba en el infierno, decidió rescatarla, y en el camino se encontró a Yama (Yanluo), rey del infierno, que le desanimó con las siguientes palabras: «Las sentencias decretadas en el Taishan [una de las montañas sagradas] no se revocan fácilmente. Se redactan en el cielo y re ratifican en el infierno. La retribución de los pecadores provienen de sus acciones pasadas, y nadie puede salvarlos.» Sin desalentarse, Mulian fue a ver a todos los funcionarios encargados de la sentencia, archivo y destino de los pecadores y visitó numerosos departamentos del infierno. Al fin se enteró de que su madre estaba en uno de los puntos infernales más bajos, el infierno Avici. Al ir hacia allí se topó con cincuenta demonios con cabeza de toro (o de caballo), con hileras de dientes como bosques de espadas, boca como una tinaja de sangre, voz como el trueno y ojos como relámpagos. Agitó una varita mágica que le había dado el mismísimo Buda y los monstruos desaparecieron. En el infierno Avici, Mulian le preguntó al carcelero dónde estaba su madre y el carcelero subió hasta una alta torre, agitó un estandarte negro y golpeó un tambor de hierro, gritando: «¿Está la señora Puerro en el primer recinto?» No hubo respuesta. Hizo la misma pregunta en cada recinto hasta encontrarla en el séptimo, clavada a una cama con cuarenta y nueve largos clavos. Pero Mulian no pudo liberarla, pues, con sus pecados, sólo podía hacerlo Buda. Mulian fue a ver a Buda y le contó la lastimosa situación de su madre. El Buda sintió piedad y, tras el festival de Avalambana, el decimoquinto día del séptimo mes, liberó a la señora Puerro. Para que la encontrase, Buda le dijo a Mulian que recorriese las calles de la ciudad en la que vivía, pidiendo limosna al azar hasta llegar a la casa de un hombre rico. Al llegar allí, saldría un perro negro que le tiraría de la túnica. El perro era su madre. Mulian siguió las indicaciones de Buda y encontró al perro. Pero su madre no recobró la forma humana hasta que Mulian hubo recitado las escrituras durante siete días y siete noches ante la pagoda de Buda, confesando, orando y observando abstinencia.

Después, Mulian aconsejó a su madre que, como la reencarnación en ser humano y la conversión a los buenos pensamientos resultaban difíciles de obtener, acumulase bendiciones haciendo buenas obras.

 

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