Migraciones y Multiculturalismo

EL CAMBIO SOCIAL. Las claves

Autores: Juan Avilés. Rosa Pardo y Isidro Sepúlveda

 

Migraciones y multiculturalismo

 

Además de muertes y nacimientos, el tercer factor demográfico son las migraciones. Las mejoras y el abaratamiento de los transportes y las comunicaciones han facilitado los movimientos migratorios, que se han convertido en un componente más de la globalización y pueden tener un papel importante en la reducción de la pobreza, como señala la Organización Internacional para las Migraciones (01M). Naciones Unidas define al migrante como alguien que ha residido en un país extranjero durante más de un año, independientemente de las causas de su traslado o de los medios utilizados (legales o ilegales). La migración puede ser voluntaria o forzada; en el primer caso tiene que ver con razones de trabajo, reunificación familiar o matrimonio. Quienes emigran suelen estar mejor educados que quienes se quedan, pues los migrantes necesitan acceso a información y algún tipo de apoyo financiero para cruzar fronteras. La decisión, que suele tomarse entre los 15 y los 30 años, depende de si hay compatriotas conocidos en el lugar de destino (efecto llamada) y de las oportunidades de empleo, vivienda o educación superior. Las personas que viven en otro país sin autorización o sin documentación (visado) son considerados “migrantes irregulares”, mientras que los que han sido introducidos mediante contrabando o han sido objeto de trata de un país a otro son denominados “migrantes ilegales”. Los migrantes forzados son los refugiados, personas que huyen de países asolados por la guerra o la violencia y no pueden o no quieren regresar porque carecerían de protección efectiva.

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El fenómeno ha crecido sostenidamente desde 1960: entonces afectaba al 2,5% de la población mundial y en 2010 llegó al 3,1%, unos 214 millones de personas (casi la mitad mujeres), una cifra que no ha variado mucho en la última década. En 2010 el mayor grupo vivía en Europa (70 millones, casi uno de cada tres) seguida de Asia (60) y América del Norte (50, uno de cada cuatro). Entre diez países alojaban a la mitad de los migrantes: EE. UU. (42 millones), Rusia (12,2), Alemania (10,7), Arabia Saudí y Canadá (más de 7), Francia, Reino Unido y España (más de 6) y Ucrania e India (más de 5). Entre 2000 y 2010, México, China y Pakistán fueron los que enviaron mayor cantidad de migrantes. Asia occidental y meridional albergan las corrientes bilaterales más numerosas: India-Bangladés, afganos a Pakistán e Irán, más el corredor desde Asia Occidental hacia los países productores de petróleo. En el norte el mayor flujo es el que llega a EE. UU desde México y desde Turquía a Alemania Décadas atrás el grueso de la emigración se dirigía hacia países desarrollados, pero esta actualmente constituye ahora sólo un tercio del total, al aumentar la emigración sur-sur hasta un porcentaje similar. En Australia y Nueva Zelanda los inmigrantes representan más de un 20% de su población, en EE. UU un 16%, en Europa el 8,5% y menos del 2% en el resto de continentes. En Europa la inmigración desde países menos desarrollados se ha estabilizado o descendido desde 2005, en cambio ha sido relevante la emigración desde Europa Oriental tras la caída del comunismo y la guerra de Yugoslavia, siendo los países escandinavos los más generosos en acogida a refugiados. En 2010 ACNUR (Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) estimaba éstos en unos 16,3 millones, de los cuales el 80% es acogido en países asiáticos (10,7 millones) y africanos (2,4 millones).

 

  1. Luces y sombras de los movimientos migratorios

La interrelación entre migración internacional y desarrollo es compleja por los problemas y oportunidades que representa para los países de origen y destino. Para los más desarrollados es básica a la hora de compensar los efectos de la caída de la natalidad, antes descritos. En un escenario sin migraciones, su población caería en un 10% para 2050; de hecho, los inmigrantes son ya artífices del 75% de su crecimiento demográfico. Con respecto a la ratio de dependencia, si en 2010 por cada 10 adultos activos hay 4,8 dependientes, sin inmigrantes esa tasa subiría a 7,1 dependientes por cada 10 adultos trabajadores en 2050. En consecuencia, el tópico de que los inmigrantes constituyen una pesada carga sobre el sistema de bienestar social del país es falso. Tampoco influyen mucho sobre la situación del empleo y los salarios de la comunidad receptora, pues tienden a ocupar empleos en los que no tienen interés los nacionales del país receptor. Es cierto que compiten directamente con el grupo de más baja cualificación, que pueden mantener bajos los salarios mínimos y retrasar inversiones en tecnología más productiva, pero no parece que esta amenaza sea mayor que la que supone la importación masiva de artículos de bajo coste.

En los países de origen en desarrollo, sus emigrantes pueden representar una pérdida considerable cuando los que se marchan son profesionales capacitados, dados los recursos invertidos en su formación. Casi un tercio del personal especializado en ciencia y tecnología de estos países vive en el mundo desarrollado, un éxodo que resulta especialmente dañino para el sistema sanitario (médicos y sobre todo enfermeros) de los países menos adelantados. Sin embargo, generalmente, los efectos económicos negativos de pérdida de capital humano quedan ampliamente compensados por las remesas enviadas por los emigrantes y el incremento del intercambio comercial y las inversiones que aquéllas generan. Las remesas registradas oficialmente ascendieron en 2010 a 325.000 millones de dólares, la mayor parte para países en desarrollo, con un valor superior al de la ayuda oficial al desarrollo que reciben, aunque menos que el de las inversiones extranjeras directas. A veces representan una gran proporción del PIB: Tonga 31%, Moldova 27%, Haití 25%. En estos países, muchas de las familias que escapan de la pobreza tienen algún miembro en el extranjero, sobre todo si las emigrantes son mujeres, que invierten más en sus hijos que los hombres. Es cierto que quienes menos se benefician son las personas más pobres de los países más pobres, con más dificultades para emigrar, pero al crear demanda de bienes y servicios las remesas contribuyen de forma global a incrementar el PIB de los países de origen. La emigración también aporta otro tipo de remesas en forma de transferencia de ideas, cultura y capital social. Los migrantes pueden actuar como agentes de transformación política y cultural, en particular en el fomento de la igualdad de género, y sus conocimientos suelen redundar en mejoras en la salud y la educación. También forjan familias transnacionales, cuyos miembros pertenecen a dos hogares, dos culturas y dos economías simultáneamente.

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El mayor problema son, sin duda, los migrantes irregulares e ilegales, obligados a aceptar empleos en la economía sumergida, con más posibilidades de ser explotados, desprotegidos al ser privados en muchos países de derechos (sindicales, por ejemplo), de servicios de salud (salvo en caso de emergencia) o educación y en algunos casos víctimas de xenofobia o discriminación en los países de acogida. El número de migrantes indocumentados estaría entre los 30 y 40 millones. Según la OIT (2006), al menos 2,5 millones ellos son víctimas de la trata de seres humanos: la mitad de ellos menores de ambos sexos y un 80% mujeres y niñas. Esta industria constituye una de las actividades comerciales ilícitas más lucrativas junto a la venta de armas y droga. La venta inicial de estas personas en sus países de origen genera entre 7.000 y 12.000 millones de dólares y, al llegar a destino, los traficantes obtienen 32.000 millones adicionales. Es una de las caras más oscuras de la globalización, pues las víctimas terminan trabajando en condiciones de servidumbre en diversos sectores (doméstico, agrícola, talleres), cuando no en la prostitución o en matrimonios forzados.

El problema de los derechos humanos de los migrantes internacionales y de cómo asegurar una migración ordenada, regular y segura, integrada en las políticas de desarrollo, sigue abierto. No resulta fácil consensuar internacionalmente políticas racionales que encaucen la migración en lugar de restringirla, respetando el derecho de los Estados a controlarla y a impedir el ingreso de ilegales. Un buen ejemplo son las controversias en torno a la política de inmigración de la Unión Europea.

 

  1. Multiculturalismo

En los países de destino, gobiernos y sociedades van reconociendo los beneficios de la migración internacional desde el punto de vista económico y demográfico. Sin embargo, es difícil que desaparezcan los prejuicios sociales y étnicos, así como los choques culturales. Son frecuentes las tensiones y roces con motivo de prácticas o costumbres tradicionales que conculcan derechos humanos, sobre todo relativas a la mujer, y que son ilegales en el país receptor: poligamia, ablación genital, matrimonios forzados o de menores, uso de determinados velos islámicos, etc. La inmigración en masa se llega a percibir como una amenaza para el Estado-nación cuando éste se concibe como integrado por una comunidad nacional basada en un linaje, lengua y cultura milenarios o cuando se considera en riesgo alguna parte del consenso social sobre el que se sustenta. Además, en los últimos años los problemas internacionales han influido negativamente en la imagen de los inmigrantes (terrorismo yihadista, motines en los suburbios de París en 2005, etc.). A ello se añade la manipulación política de este tipo de incidentes por parte de sectores de la clase política o medios de comunicación, que alimenta la xenofobia (islamofobia, sobre todo) y la discriminación contra los inmigrantes, a quienes además se culpa del estancamiento económico y el desempleo en épocas de crisis. Para abordar esta problemática se han aplicado básicamente dos modelos, la asimilación y la integración, con variantes y resultados desiguales, según los países. La asimilación o aculturación, utilizada en EE. UU., pero también en Francia o Gran Bretaña, consiste en presionar sobre los inmigrantes para que adopten la lengua y los valores cívicos del país de acogida (patrones culturales, sociales y religiosos) hasta lograr la plena ciudadanía. El modelo de americanización norteamericano es el ejemplo por excelencia, aunque el resultado final, reflejado en la famosa metáfora de Milton Gordon (1964) de América como un melting pot o crisol de culturas, es más bien la formación de una nueva identidad nacional, amalgama en la que tradiciones foráneas se funden con los valores tradicionales del país.

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El segundo modelo surgió en las últimas décadas del siglo XX, cuando los programas de asimilación empezaron a resultar más difíciles de imponer, sobre todo al multiplicarse los procesos de reunificación familiar, y cuando se generalizó una mayor aceptación de la diversidad cultural. Desde Gran Bretaña se difundió a Canadá, Australia y Europa Occidental: fueron las políticas llamadas de integración en Europa y de pluralismo cultural en EE. UU., aunque terminaron siendo conocidas como “multiculturalismo”. Todos los ciudadanos deben adoptar un conjunto común de valores e ideales sobre la esfera pública, acompañado de igualdad de oportunidades en empleo, vivienda, educación y sistema de bienestar, igualdad ante la ley, etc.; pero los inmigrantes y los grupos de minorías étnicas pueden mantener sus características étnicas y sus creencias culturales distintivas en el ámbito de su vida privada. El discurso subraya las nociones de tolerancia, representación, participación y derechos culturales de los distintos grupos, incluidos el derecho a hablar su lengua, a mantener instituciones y prácticas culturales, lugares de culto propio, etc. Este modelo no es homogéneo. En su versión más suave, se acepta la diversidad cultural en el ámbito privado, pero el Estado mantiene una actitud neutral hacia la diversidad cultural y no hay distingos en temas como educación, vivienda, servicios sociales, etc. En su versión más radical, se procede al reconocimiento de las diferencias culturales en la esfera pública: permiso para mataderos especiales musulmanes y judíos, adecuación de horarios laborales para prácticas religiosas, aceptación de vestimentas tradicionales —turbantes— o códigos de modestia femenina, costumbres sobre enterramientos, juramentos sobre sagradas escrituras, etc. Además se proveen dotaciones y servicios en lengua, educación, sanidad, justicia, etc. (intérpretes, menús adaptados, cuerpos de funcionarios y trabajadores sociales comunitarios, apoyo en escuelas…), se permite la organización de representación étnica o cultural para consulta e intermediación con gobiernos locales o nacionales y se facilitan recursos para actividades culturales a las distintas comunidades.

Este segundo tipo de multiculturalismo ha provocado las controversias más sonadas, sobre todo en torno a educación y religión. Han coincidido con las demandas de “educación separada” por parte de comunidades como la musulmana y otras minorías de inmigrantes no occidentales, que buscan enclaves étnico-religiosos para practicar su fe. En particular el apoyo financiero de Arabia Saudí y otros países ha servido para instalar mezquitas y crear organizaciones musulmanas, en muchos casos de orientación rigorista. Todo ello en un clima de creciente visibilidad de la inmigración musulmana en Europa, enrarecido por la marea del islamismo yihadí desde el 11S (a veces respaldado por imanes fundamentalistas), y de cierta sensación de fracaso del modelo integrador por los bajos indicadores socioeconómicos alcanzados por los inmigrantes en educación, vivienda o empleo, amén del temor a la segunda generación, que ha causado tensiones interétnicas y violencia en varios países. A un tiempo, el fenómeno urbano de la segregación residencial ha terminado separando a unos grupos étnico-religiosos de otros en barrios. El resultado ha sido un cierto temor a la creación de guetos, de comunidades culturales homogéneas cerradas y separadas, con peligro de crear una sociedad de enclaves, con acuerdos educativos, organizaciones comunales, lugares de culto e idioma propios, que puedan llegar a debilitar la identidad nacional y a dañar la cohesión social al ahondar los malentendidos culturales. De ahí las voces contra el riesgo de etnización del Estado, de división en sociedades paralelas y contra el relativismo cultural que prima los derechos colectivos sobre los individuales. Otros han denunciado el multiculturalismo por permitir estructuras no democráticas de liderazgo en las comunidades reconocidas oficialmente; han advertido que puede crear desventajas entre minorías, dependencia y rivalidad por fondos estatales, y que enfatiza la protección a la diversidad cultural relegando temas como el racismo, el sexismo o el fracaso escolar, entre otros.

 

Ciertamente la asimilación, que supone imponer una identidad y cultura, parece difícil de sostener en una era de flujos y prácticas transnacionales (el migrante reformula su cultura de origen con la del país de acogida pero no pierde el compromiso con su comunidad de origen), sin embargo, con el modelo multicultural se corre el riesgo de exigir demasiado poco a los nuevos ciudadanos. De hecho, desde mediados de los años noventa y sobre todo en la primera década del 2000 ha crecido la desconfianza hacia la diversidad y se ha defendido la necesidad de volver a una visión más tradicional de la relación entre nación, cultura e identidad, como muestran las obras de Samuel Huntington, Giovanni Sartori, Bob Rowthorne o David Goodhart. En distintos países se han reforzado los contenidos de idioma y cultura común en educación, así como las ceremonias de ciudadanía, e impuesto cursos obligatorios para adultos inmigrantes, en la línea de cohesionar la comunidad nacional. En EE. UU surgió un movimiento para reafirmar la primacía del inglés frente a la educación bilingüe con español y en Francia se ha blindado la laicidad en las escuelas. Sin embargo, se trata de una problemática difícil de abordar porque sistemas que dan resultado en países fundados y alimentados por inmigración (Canadá, EE. UU., Australia), pueden resultar más problemáticos en los viejos Estados europeos. También es cierto que hay comunidades de inmigrantes más dispuestas a la integración que otras, dependiendo de su religión, cultura o nivel de educación. Tampoco se puede seguir entendiendo “cultura” en términos estáticos y esencialistas, sin tener en cuenta el proceso de cambio cultural generado por la globalización, que promueve identidades sincréticas e interraciales: matrimonios mixtos, incorporaciones lingüísticas, mestizaje musical, etc. En consecuencia, resulta complejo encontrar un equilibrio: respetar la diversidad sin caer en un multiculturalismo que produzca segregación y, al tiempo, defender un conjunto de valores, derechos y responsabilidades que deben ser reconocidas y respetadas por todos, sin dejar de fomentar la igualdad de oportunidades para reducir desigualdad.

 

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