MARTIN LUTHER KING – LA LLAMADA DE LA CONSCIENCIA – PRÓLOGO.

2-Josep Mª Ainaud de Lasarte

 

Prólogo por: JOSEP M. AINAUD DE LASARTE – Barcelona, noviembre de 1968

 

CENEFA

Martin Luther King, Jr., era hijo de un pastor bautista norteamericano, también de raza negra y del mismo nombre. Nacido en Atlanta (Georgia) el 15 de enero de 1929, estudió al Morehouse College de aquella ciudad y, más tarde, al Crozer Theological Seminary de Chester (Pensilvania), donde se graduó el 1951. Amplió los estudios en las universidades de Pensilvania y de Harvard y se doctoró en Teología en la Universidad de Boston. Posteriormente, obtuvo más de doscientos grados honorarios con los cuales lo recompensaron varias universidades y corporaciones de los Estados Unidos y del extranjero.

Fue pastor de la Iglesia Baptista de Dexter Avenue a Montgomery (Alabama) y, más tarde, a la Iglesia Baptista de Ebenezer en Atlanta (Georgia), de donde fue pastor adjunto, con su padre, hasta la muerte.

Fundador y presidente de la Southern Christian Leadership Conference (Conferencia de Dirigentes Cristianos del Sur) y dirigente de la National Association for the Advancement of Colored People (Asociación para el Progreso de la Gente de Color), el nombre de Martin Luther King va estrechamente ligado a los momentos decisivos de la lucha de los negros norteamericanos por el reconocimiento de sus derechos. Su actuación pública empezó en 1955 a Montgomery (Alabama), donde dirigió el boicot de los negros contra los autobuses segregados, con un éxito completo. Al frente de las «Marchas de la Libertad», recorrió los pueblos y las ciudades del Sur de los Estados Unidos movilizando miles de negros de blancos simpatizantes—, exaltando los valores humanos, reclamando los derechos de la gente de color, predicando siempre el método de la no-violencia, de inspiración cristiana. «Cristo me ha dado el espíritu y Gandhi el método», responde a quienes critican que un sacerdote encabece las manifestaciones populares. La no-violencia bien pronto se transforma en una revolución, en el que tiene de actitud creadora. La no-violencia en un auténtico compromiso de actuación, iniciado con las actividades mínimas de las manifestaciones pacíficas, las marchas de la libertad, los boicots, la desobediencia a las leyes injustas, y que puede llegar hasta una actitud popular masiva, decidida, valiente, capaz de paralizar las estructuras injustas de la sociedad norteamericana. El movimiento por la libertad de los negros triunfa incluso en Birmingham, uno de los baluartes de la segregación racial, a pesar de la campaña de violencias desatada contra los negros conscientes de sus derechos y a pesar de la detención y del encarcelamiento del Dr. King. Allí escribe la famosa «Carta desde la prisión de Birmingham», donde expone su doctrina y explica su actuación, y que bien pronto proyecta su nombre en todo el mundo. Mientras tanto, John F. Kennedy y sus consejeros, que deciden jugar la carta del movimiento negro, han conseguido la libertad de Martin Luther King. Esto hace que los negros se inclinen hacia los demócratas y que voten masivamente en las elecciones de 1960, que exaltan Kennedy a la Presidencia de los Estados Unidos. Y el movimiento crece. Pocos años después (1963), la primera Marcha sobre Washington reúne más de 200.000 manifestantes, «blancos y negros juntos», al pie de Lincoln Memorial de la capital norteamericana, desde donde Martin Luther King pronuncia uno de sus discursos más multitudinarios. El movimiento por la libertad de los negros y en defensa de los Derechos Civiles toma un impulso sin precedentes, y, después de actuar con éxito a Selma, prepara una demostración popular en Tennessee.

Pero el 4 de abril de 1968 Martin Luther King es asesinado en Memphis (Tennessee) por un blanco. Tenía treinta y nueve años. Deja su esposa, Coretta Scott King, y cuatro hijos: dos niños y dos niñas.

Este negro joven y abastecido, de expresión serena y de actividad incansable, era un predicador auténtico, capaz de unir, de una manera ejemplar, vida y palabra. Había sido encarcelado veinte veces; tres veces lo habían atentado; su casa fue dinamitada en dos ocasiones. Pero él predicó siempre una doctrina de amor y de paz: «La violencia no puerta nunca la verdadera paz. No resuelve ningún problema social: el único que hace es crear otros, más complejos todavía. La violencia no es práctica, porque es una espiral que acaba destruyéndonos a todos. La violencia es inmoral, porque solo alimenta el odio, no. el amor». Creía firmemente en los principios de la paz, de la justicia, de la democracia y de la libertad para todos los hombres, fueran de la raza que fueran y pensaran como pensaran. Estimaba sinceramente a todo el mundo y esperaba que un día el sueño que él imaginó para su país sería una realidad: «El amor hasta para nuestros enemigos es la clave para resolver los problemas de nuestro mundo. Lejos de ser la piadosa exhortación de un soñador utópico, el mandamiento del amor hacia nuestros enemigos es una necesidad absoluta si queremos sobrevivir».

Para defender la causa de los negros, viajó por todo el mundo y se entrevistó con la gente más diversa, desde Uno Thant hasta Pablo VI. Participó activamente en los movimientos mundiales por la Paz: la última vez, en Ginebra (1967), a la Conferencia «Pacem in Terris», donde se emocionó escuchando el oratorio «El Pesebre», de Pau Casals, cantado por un negro. Fue designado «Hombre del Año» (1963) por la revista americana Time; «Premio John Kennedy» (1964) del Consejo Católico para la colaboración interracial, y, finalmente, Premio Nobel de la Pau en 1964. A título póstumo, le ha sido concedido el premio Nehru (1968). Pero, como Martin Luther King advertía en su oración fúnebre, pronunciada por él mismo poco antes de su muerte, todas estas cosas —títulos, premios, honores— no eran importantes. El que Martin Luther King consideraba importante y el que pedía que dijeran de él después de muerto era otra cosa. Pedía que dijeran de él, simplemente, que había procurado de vivir al servicio de los otros y que había intentado de estimarlos: «Decid que he tratado de ser justo y que he querido andar junto con todos quienes luchan por la justicia; decid que me he esforzado a dar de comer a quienes tienen hambre, a vestir el desnudado. Decid que he dedicado mi vida a visitar quienes sufren en las prisiones. Y digáis que he intentado de estimar y de servir los hombres».

Cuesta de comprender que un hombre que dedica su vida al servicio del prójimo pueda ser odiado hasta la muerte. Pero, ciertamente, hay una predicación del Evangelio que resulta molesta para los «situados»: es la predicación, con la palabra y con la vida, del Evangelio de hoy. King ha sido un profeta. Y los profetas tienen el carisma de la «libertad de habla», que nosotros podemos traducir por aquella expresión tan nuestra de «dar la cara». Y ya sabemos qué ha sido la suerte que la sociedad humana ha destinado a los profetas: la prisión o la muerte. Nuestra generación tendrá que responder no solo de las palabras y de los actos odiosos de los malos, sino también de los silencios inexplicables de la gente de bien. Nuestra cobardía ante la injusticia del mundo contribuye a armar —con la piedra, la porra o el fusil— la mano del agresor: la cobardía, en todo el mundo, engendra la violencia. Y, de la muerte de los justos, todos  somos culpables.

 

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