MARTIN LUTHER KING – LA LLAMADA DE LA CONSCIENCIA – EL PROBLEMA DE LAS RELACIONES INTERRACIALES.

3-M. Luther King discurso

M. Luther King pronunciando un discurso.

El hecho de poderme dirigir a la población canadiense a través de un circuito radiofónico de alcance nacional representa para mí un gran privilegio. Puesto que más allá de cualquier parentesco existente entre los ciudadanos de los Estados Unidos y los del Canadá hay una relación histórica muy singular entre el pueblo canadiense y los negros norteamericanos.

Para los negros, Canadá no representa únicamente una noción de vecindad. En las raíces más profundas de nuestra lucha por la libertad, Canadá viene a ser para nosotros un tipo de Estrella Polar. El esclavo negro, al cual se negó toda educación, el cual se deshumanizó, encarcelándolo en plantaciones cruelmente organizadas, sabía que tierra allá, hacia el Norte, existía un país donde, si nunca salía bien a vencer los horrores de la fuga, podía encontrar la libertad. El legendario Ferrocarril Subterráneo empezaba en los Estados del Sur y se acababa en el Canadá. El camino de la libertad nos une. Nuestros espirituales, este año tan admirados en todo el mundo, eran muy a menudo un mensaje cifrado. Cantábamos el cielo que nos esperaba, y los capataces nos escuchaban indiferentes, sin darse cuenta que no hablábamos del Más allá. La palabra «cielo» significaba exactamente «Canadá», y el negro no hacía otra cosa que cantar aquella esperanza que lo haría llegar hasta en aquella tierra, resiguiendo la vía del dicho Ferrocarril Subterráneo. A la letra de uno de nuestros espirituales, Follow the Drinking  Gourd, Aproximadamente: Sigue el tonel de vino. Este tonel era un calabacín vacío que los esclavos negros usaban para beber. (, N. del T.),  habíamos posado, oportunamente disimuladas, algunas direcciones que había que seguir durando la fuga. El tonel era la Osa Mayor, y la Estrella Polar, hacia la cual apuntaba el tonel, representaba el signo que, en el mapa celeste, dirigía la fuga hacia la frontera del Canadá.

Así, pues, al hablar hoy en el pueblo canadiense, me siento ligado a la historia de mi pueblo y a su unidad con vuestro pasado.

La vía del Ferrocarril Subterráneo no consiguió de llevar muchos negros a la libertad, y ni siquiera una investigación minuciosa no nos podría revelar cuántos fueran los esclavos que se llegaron a liberar. No obstante, aquel camino consiguió una cosa mucho más importante: salió bien a simbolizar la esperanza, en una época en que la libertad solo era un sueño casi imposible. Nuestro espíritu, nuestra fuerza, no llegaron a morir, a pesar de la carga que representaba el peso de los siglos.

Hoy, que el progreso parece haberse parado abruptamente y la esperanza está tan maltratada, los negros podemos evocar épocas pasadas en que las cosas todavía iban peor. Hace más de un siglo, los negros, de uno a uno, de dos en dos, intentaban conseguir la libertad, y, si nunca   había uno que llegaba a lograrla, su hecho se convertía en un grito de esperanza, que ayudaba a vivir muchos centenares de miles de compañeros de raza; por todas las plantaciones se esparcía la buena nueva: en las tierras del Norte había un hombre que volvía a nacer.

Nuestra libertad, no la obtuvimos hace un siglo; de hecho, todavía no la hemos ganado; pero, una pequeña parte de esta libertad, la tenemos en las manos, y este año ya no avanzamos de uno a uno o de dos en dos, sino formando legiones de miles de hombres, convencidos que ninguna fuerza humana ya no nos la podrá negar.

Ahora, la cuestión no es si seremos libres, sino de qué manera nos ganaremos la libertad. En un pasado muy reciente, nuestra lucha tuvo dos fases. La primera se iniciaba a principios de los años cincuenta, entonces que los negros se negaron en redondo a la sumisión y al servilismo. Adaptando a las condiciones de los Estados Unidos una resistencia basada en la no-violencia, nos lanzamos en las calles de las ciudades del Sur para exigir nuestros derechos de ciudadanos, nuestra hombría. En los Estados del Sur, que cuentan con un sistema de segregación tan brutal como complejo, empezábamos una revuelta. El solo hecho de organizar una marcha por las calles ya quería decir sacudir el  statu quo a partir de las raíces. Boicotear los autobuses de Montgomery, organizar marchas de protesta en Birmingham, ciudadela de la segregación, y desafiar las pistolas, los perros y las porras de la policía, manteniendo siempre una disciplinada actitud de no-violencia, eran acontecimientos que dejaban confundidos los gobernadores de los Estados del Sur. Si nos dejaban hacer nuestra marcha, admitían a la fuerza que mentían cada vez que afirmaban que el negro norteamericano estaba contento con el estado de las cosas. Si disparaban contra nosotros, enseñaban al resto del mundo su condición de bestias inhumanas. Así, pues, miraron de pararnos mediante todo tipo de amenazas, siguiendo la «táctica del miedo», que siempre los había dado muy buenos resultados. Pero la no-violencia inutilizaba sus fusiles, y la actitud reptadora de la población negra destruía su confianza en los medios que siempre habían usado. Entonces, la eficacia de la no-violencia como sistema de protesta se hizo muy patente. Acentuó el significado esencial del conflicto y, partiendo de unos puntos tipificadores, dejó muy claro quién era el verdugo y quién era la víctima. La nación y el mundo en general se  sintieron golpeados, y la legislación nacional desterró un puñado de leyes vigentes a los Estados del Sur, lo cual llenaba una serie de agujeros del edificio segregacionista.

Fueron días de victorias resplandecientes. Negros y blancos participaron plegados en la lucha a favor de la libertad humana. Pierde nuestro triunfo todavía tenía una limitación en contra.

La desigualdad todavía ultrajaba los negros, puesto que su objetivo final era la libertad absoluta. La mayor parte de la población blanca se sintió ultrajada a causa de la brutalidad, puesto que su hito definitivo no era la libertad ni tampoco la igualdad, sino una cierta mejora de las condiciones de vida de la población negra. Luego que los negros pudieran tener algunas ventajas públicas, como por ejemplo poderse inscribir y votar en algunas zonas del Sur; luego que los fue posible de obtener, como un tipo de regalo, nuevas oportunidades de trabajo y de educación, se sintieron poseídos por una sensación de mejora. Pero, para los blancos, esto significaba, a lo sumo, que los negros ya tenían todo aquello que podían desear. Y, así que los negros empezaron a evolucionar para conseguir nuevas victorias en el terreno que había que conquistar, toparon con una fuerte resistencia por parte de la comunidad blanca. Esta resistencia caracteriza la segunda fase de la lucha, la cual sufrimos actualmente. En algunos lugares y en ciertas barriadas de las grandes ciudades, se trató los negros con un rechazo que no carecía de una cierta complacencia; en otras partes, era un rechazo brutal, salvaje. Pero en todas partes, y de manera inequívoca, era una resistencia abierta por parte de los blancos.

El apocamiento de aquel progreso, entonces en marcha, patentizaba que la idea del racismo estaba profundamente arraigada en la sociedad norteamericana. La época de la buena voluntad y del deseo de ayudar los negras —época de lo contrario corta—se acabó rápidamente. A medida que las esperanzas inmediatas se iban perdiendo, los negros se daban cuenta cada vez más y con más certeza que el hito de la libertad todavía era muy lejos, y nuestro estado de vida se convirtió en una agonía que todavía no es acabada. Durante los últimos diez años, se ha hecho muy poca cosa para aliviar la situación de los ghettos del Norte. Todas las legislaciones fueron dictadas en orden al alivio de las condiciones de vida de los negros del Sur… lo cual, no hay que decirlo, solo ha sido conseguida de manera muy parcial. Al vernos empujados a combatir la dureza de las actitudes de la población blanca, se amparó de todos nosotras una sensación de frustración y de inutilidad.

Entonces, la no-violencia en cuanto a forma de protesta recibió todo tipo de ataques; se dudaba de su eficacia táctica, y los negros del Norte pasaron a expresar su chasco y su hostilidad mediante una serie de disturbios.

A pesar de sus elementos de constructivismo, la década del 1955 al 1965 dio una visión falsa de nuestra lucha. Nadie parecía darse cuenta de la gran cantidad de ira y de violencia que los negros trataban de evitar, ni tampoco de la gran intolerancia que los blancos probaban de disimular.

Los disturbios, las peleas, ocupan ahora el centro del problema y han sido ofrecidos como base para averiguar las posiciones contradictorias tanto de los blancos como de los negros. Algunos negros aducen que se trata de formas tempranas de revuelta y de guerrilla, en tácticas que pueden ser las bases incipientes de la gran revolución negra. Son presentadas como el nuevo estadio de la lucha negra, la cual vendría a tomar el lugar de la antigua táctica de la resistencia no-violenta. Al mismo tiempo, algunas fuerzas blancas utilizan aquellos desórdenes como evidencia que los negros no tienen capacidad para instaurar un cambio positivo, y, tomando pie de su comportamiento fuera de la ley, tratan de negarlos todos los derechos y también de justificar todas las formas de represión contra ellos. Nos da la clave de esta teoría la posición de los blancos, según la cual los negros sublevados son desagradecidos, incapaces de perdonar, y representan una amenaza contra la orden social.

Desearía examinar ambas cuestiones: ¿es que solo  tienen la culpa los negros, de los disturbios? ; representan, los disturbios mencionados, ¿un desarrollo natural que nos lleva hacia un nuevo estadio de nuestra lucha?

Para analizar comportamiento de los sublevados de los ghettos se ha llegado a escribir y a decir miles de palabras; pero para expresar de manera viva los puntos de culpabilidad de los unos y de los otros en todo el asunto   habría bastante con mencionar dos frases escritas el siglo pasado por Víctor Hugo:

«Si se deja el alma en poder de las tinieblas, el alma cometerá pecados. El culpable no es aquel quien comete el pecado, sino aquel quien ha provocado las tinieblas.»

Quienes hacen la política en el seno de la sociedad blanca han provocado las tinieblas, porque ellos crearon la discriminación y los barrios bajos donde es practicada; además, fomentaron la carencia de trabajo, la ignorancia y la pobreza. Es indiscutible, y naturalmente deplorable, que los negros hemos cometido una serie de crímenes, pero se trataba de crímenes derivados de otros. Habían nacido de los crímenes de la sociedad blanca, los cuales todavía eran más gordos. Cuando pedimos a los negros que actúen según la ley, también tendríamos que decir que, a los ghettos, el individuo blanco no la suele respetar, la ley. Día sí y día no, viola las leyes con el único fin de privar el pobre de su migrada ración; viola de una manera flagrante las leyes de seguridad personal y las que prescriben una igualdad de oportunidades de trabajo, de educación y de uso de los servicios públicos; y no hay que decir que su policía también  hace una burla total, de las leyes. Los barrios bajos son el resultado de un sistema corrompido, implantado por la sociedad blanca. Los negros  viven, pierde no son ellos quienes los han construido, del mismo modo que ningún hombre condenado en presidio no se hace él mismo la prisión.

Hay que osar decir de una vez que si, el total de violaciones contra la ley que el hombre blanco ha efectuado en los barrios negros, lo comparábamos con los destrozos de unos cuántos días de disturbios negros, fuera el hombre blanco el criminal obstinado.

Cuando me sirvo del término «hombre blanco» no hago sino describir en términos generales el adversario del negro. Aun así, no pretendo incluir toda la población blanca. Hay millones de blancos la moral de los cuales está mucho por encima de antiguos prejuicios. Estos están afanosos de compartir el poder con nosotros y aceptarían las alteraciones de las estructuras de la sociedad, aun a expensas de los privilegios tradicionales. Negar su existencia —lo cual hacen algunos ultra nacionalistas— fuera negar una verdad patente. Y todavía diré más: de hecho, estos blancos son aliados que pueden fortalecer nuestra lucha. Su apoyo no sirve solo para aumentar nuestro poder, sino que, al romper con las actitudes de la mayor parte de la sociedad, debilita poco a poco nuestros enemigos. La necesidad de desarrollar en los negros una conciencia de raza y de pueblo no quiere  decir que haya que mirar con malos ojos toda la raza blanca. Nosotros no tenemos que luchar contra la raza por sino contra la política y la ideología que los dirigentes de esta raza han fomentado para perpetuar la opresión.

Si quisiéramos resumir las causas generales de los tumultos, habría que decir que las estructuras del poder blanco quieren guardar sustancialmente intactos los muros de la segregación y de la desigualdad, mientras que la decisión negra de derrocar estos muros se ha visto intensificada. La sociedad blanca, no nada preparada para aceptar un cambio radical de las estructuras, y a la vez no nada afanosa que este cambio se acontezca, resiste con todas sus fuerzas nuestros embates, y de este modo provoca un caos, puesto que la fuerza que empuja los cambios es vital y agresiva. Y aquello que me parece muy paradójico es que cuando la sociedad blanca se queja contra determinadas formas de caos, todo declarante que si no existieran  podría haber molidos cambios, no hace otra cosa que crear las circunstancias que nutren aquel caos.

En las causas generales de las revueltas podemos identificar cinco elementos específicos:

1) el rechazo de la población blanca;

2) la persistencia de las prácticas discriminatorias;

3) la carencia de puestos de trabajo;

4) la guerra del Vietnam; y

5) los problemas de carácter urbano y la extensión del fenómeno de la inmigración.

El rechazo por parte de la población blanca es una causa primaria en el sentido que explica la fiereza del contenido emocional de los disturbios y su espontaneidad. Los negros han soportado insultos y humillaciones durante décadas e incluso siglos, pero a lo largo de los últimos diez años se produjo entre la población blanca una comprensión que iba en aumento y que parecía una indicación de progreso mucho de agradecer. Aun así, la reavivada del rechazo de los blancos restañó la esperanza que hacía creer en la forja de nuevas actitudes. El retroceso por parte de los blancos hacia una actitud salvaje, que se manifestó con una serie de asesinatos a los Estados del Sur; el acrecentamiento del vandalismo blanco por las calles de los Estados del Norte y la retirada fría y sistemática del apoyo que hasta entonces nos habían dado algunos aliados blancos fueron factores que crearon nuevamente una triste perspectiva para los negros. Se los dijo que su progreso tenía unos límites muy concretos, que solo podían esperar de permanecer en una desigualdad perpetua, siempre empobrecidos; se los aleccionó advirtiéndolos que no tenían que confundir unas mejoras cuidadosamente mesuradas con la esperanza de una igualdad total. La reacción blanca se apresuró a declarar que la igualdad de verdad no podría ser nunca una realidad en los Estados Unidos.

La persistencia de las prácticas de discriminación ha estado tan muy asumida, que el efecto en cuanto a provocación ha restado rápidamente olvidado. Ahora: entre los negros, y en cuanto al carácter, hay diferencias generacionales. La generación de los más grandes se ha sabido acostumbrar a los insultos y a las humillaciones; actualmente, pero, sube una generación joven el nivel de tolerancia de la cual es mucho más bajo. Los miles de barreras, tanto visibles como invisibles, que enchironan los negros dentro barriadas especiales, escuelas, trabajos y actividades sociales muy restringidas, topan ahora con la reacción hostil y activa de los jóvenes. Estos han rechazado antiguas formas de vida y no se contentan ni se tranquilizan con promesas de nuevas formas colocadas en un venidero muy lejano. La discriminación echa demasiadas cosas de su vida, para esperar que la puedan soportar apáticamente y silenciosamente…

Aun cuando un negro consigue de subir un nuevo peldaño de la escala económica, la discriminación toma suficiente cura de ayudarlo a caer luego que se encuentra un poco situado. Se lo asedia desde cualquier nivel, restañándole la iniciativa e insultándolo como ser humano. Y, los pocos que han atendido una seguridad económica, la discriminación ha continuado atacándolos y los ha cerrado varias puertas.

Íntimamente relacionada con la discriminación tenemos una de sus peores consecuencias: la situación de los sin trabajo. Los Estados Unidos bordearon la revolución durante la década de los años treinta, entonces que el número de individuos sin trabajo llegó a lograr un 25 por ciento de la población. Ahora, en plena época de prosperidad histórica, el número de juventud negra sin trabajo pertenece, a muchas ciudades, de un 30 a un 40 por ciento, según informan los cálculos del Gobierno. Hay que esperar que, estos hombres, al cerrárselos todas las puertas, ahora que solo han vivido una parte mínima de la vida, irán de derecho hacia la indignación y la revuelta.

La cuarta causa es la guerra del Vietnam. El número de negros que  luchan es escandaloso: el doble del que sería normal. A pesar de que su proporción en la totalidad de la población norteamericana es de un 10 por ciento, en esta guerra de salvajismo sin precedentes los negros llegan al 20 por ciento de las tropas de primera línea. Desfilan empujados por eslóganes de democracia, en defensa de un Gobierno que, como por ejemplo el de Saigón, se mofa de la democracia. Sabemos perfectamente que en los Estados Unidos no hay democracia para su pueblo y que cuando los supervivientes  volverán vivirán nuevamente una existencia de ciudadanos de segunda clase; y todo ello, aunque vuelvan con el pecho cubierto de condecoraciones por su comportamiento heroico.

Finalmente, podemos encontrar un complejo intríngulis de causas en las condiciones degeneradas de la vida urbana. Las ciudades están muy endeudadas, con el aire viciado y el agua contaminada; los servicios públicos son anticuados e inadecuados; los descalabros financieros provocan crisis anuales. En medio de este caos de dejadez, los negros son enterrados en vida a vivir en unas barriadas tan sucias y miserables que no  podríamos encontrar similitudes en otra nación industrializada del mundo.

La mayor parte de las grandes ciudades son víctimas de las grandes inmigraciones de negras. A pesar de que todo el mundo podía prever que los negros se verían empujados a emigrar de las tierras del Sur a causa del nuevo reparto del trabajo agrícola efectuado durante los últimos veinte años, se no hizo ningún planteamiento nacional que pudiera aliviar el conflicto. Cuando los inmigrantes blancos llegaron a los Estados Unidos, el siglo pasado, se encontraron con un Gobierno comprensivo que les dio la tierra de balde y el crédito que los hacía falta para hacerse una existencia independiente y provechosa.

Por el contrario, hay que decir que cuando un negro inmigraba lo tenía que hacer según sus pobres posibilidades. Así, iba llenando las ciudades, era enchironado a los ghettos, se lo dejaba sin trabajo o bien bajo el dominio de una explotación masiva dentro un contexto de discriminación absoluta. Justo es decir que también ha habido otras muchas minorías que han encontrado obstáculos en su desarrollo, pero no hay ninguno que haya sido tan mal mirada, a la cual hayan negado la esperanza de una manera tan constando, como la comunidad negra.

Todas estas condiciones engendraron la violencia y las revueltas. Cómo dice el psicólogo y sociólogo Kenneth Clark, aquello que sorprende realmente es que los disturbios no se produjeran mucho antes. E incluso hay muchos sociólogos y científicos que coinciden a reconocer que los elementos necesarios para una catástrofe social se han amontonado de tal manera que ya no hay remedios al alcance. Yo no soy un hombre sanguinario, pero no quiero aceptar la derrota. Creo que hay varios programas que pueden apaciguar la marea de la desintegración social; y todavía diré más: creo que los desórdenes mencionados —la fuerza destructora de los cuales no negaré— solo han sido analizados siguiendo un punto de vista completamente unilateral.

En cuanto a la violencia de estas revueltas, hay un aspecto muy sobrecogedor, poco comentado y todavía menos analizado. Si las consideramos todas juntas, veremos que los perjuicios a la propiedad dan una pérdida total de proporciones colosales (sobrepasa los mil millones de dólares). Con todo, los daños físicos que la población blanca recibió de manos de los negros son comparativamente insignificantes. Las armas de los negros iban dirigidas, casi de forma exclusiva, contra la propiedad… no contra las personas.

Es importante de recalcar que muchos dirigentes y muchos periódicos pertenecientes a la comunidad blanca aceptaron la responsabilidad colectiva por la dejadez, la indiferencia y los siglos de injusticia; y lo aceptaron aun en unos momentos en que el conflicto iba en aumento. Ni tambalearon en sus decisiones ni se limitaron a acusar solo los negros de todo aquello que se acontecía. Exigieron la acción inmediata y la necesidad de una drástica reforma social. También hay que decir que no todos van actuar inspirados por la moral. La crisis de las aspiraciones de los negros se cruza con las crisis urbanas. Algunos dirigentes blancos no dejarían que de humanitarismo los dispusiera a favor de los negros, pero el interés particular los hace mover en este sentido para mirar de salvar sus ciudades. Aun así, ni su moral ni aquellos motivos egoístas —cosas que avanzan hacia una finalidad constructiva— todavía no han conseguido que el Gobierno actúe. El Gobierno está más interesado con las cosas de la guerra y está muy decidido a dedicar todas sus fuerzas a las aventuras militares más que no a la tarea de reconstrucción social.

Así, pues, los negros no se tienen que limitar a formular un programa; hace falta que propongan tácticas nuevas que en vez de fiarse de la buena voluntad del Gobierno sirvan para obligar las autoridades a someterse a los mandos de la justicia.

Estamos exigiendo un programa de emergencia que sea capaz de proporcionar trabajo estable a todo aquel que lo necesite; o, si un programa de este tipo fuera impracticable por ahora, la garantía de una renta anual que asegurara, cuando menos, un nivel de vida decente. Me parece fuera de todo duda que la riqueza y los recursos de los Estados Unidos hacen perfectamente posible una eliminación de la pobreza.

Un segundo aspecto de nuestro programa es el derribo de los barrios bajos y la construcción de barriadas nuevas para toda la gente que ahora  vive.

Hay que decir que entre los negros apenas hay divisiones de parecer en cuanto a la adopción de estas medidas. Las divisiones solo se plantean en cuanto a los métodos que hay que adoptar para su realización.

Yo estoy muy convencido que la solución de la no-violencia todavía es posible. Con todo, hace falta que la no-violencia sea adaptada a las condiciones y a los talantes urbanos. La efectividad de las manifestaciones por las calles de las grandes ciudades es muy limitada, puesto que la turbulencia natural de la vida ciudadana las absorbe y las convierte en un mero drama transitorio, de lo contrario normal en la orden natural de los movimientos de masas. En los Estados del Sur, una manifestación representaba un terremoto social; a los del Norte, no pasa de ser una breve exclamación de protesta.

Actualmente, la protesta basada en la no-violencia tiene que madurar hasta lograr un nivel más alto, que se corresponda con la airada impaciencia de los negros y la poderosa resistencia de los blancos. Este nivel más alto es la desobediencia civil y masiva. Hay de haber una fuerza capaz de parar el funcionamiento de la sociedad en un momento clave. Aun así, esta interrupción no tiene que ser ni clandestina ni supersticiosa. No hay que disfrazarla con el romanticismo de las guerrillas. Hace falta que sea abierta, clara y, sobre todo, portada por grandes masas y sin violencia. Si ellos empiezan a llenar prisiones solo para pararnos, el significado de nuestra lucha todavía se verá más claro.

El negro dirá: «No quiero rehuir el castigo que me impondréis por haber roto vuestras leyes; estoy muy dispuesto a soportar vuestros castigos, puesto que vuestra sociedad nunca podrá perdurar si baza toda su fuerza en la injusticia y en la opresión sobre una minoría».

La desobediencia civil masiva, en aquello que tiene de nuevo estadio de nuestra lucha, puede convertir la profunda ira del ghetto en fuerza constructiva y creadora. Desatinar el funcionamiento de una ciudad sin destruirla puede ser más efectivo que no los disturbios, porque puede tener una duración muy larga —a costa de una gran parte de la sociedad— sin llegar a ser destructora. Finalmente, es un instrumento de acción social que el Gobierno tendrá más dificultades de parar con el uso de la fuerza.

El poder limitado de las revueltas, sin contar el problema moral, no puede conducir a ninguna victoria; y, esto, quienes  participan lo saben perfectamente. He aquí, pues, que el hecho de organizarlas acontece algo más reaccionario que no revolucionario, puesto que puerta de hacia la derrota. Implica una catarsis emocional, pero a continuación lleva un sentimiento de frustración, un sentido de inutilidad. ¿Que nos depara el tiempo venidero? El carácter del próximo periodo está determinado por la respuesta que los blancos encargados de tomar decisiones puedan dar a esta crisis. Hay una conclusión dura, pero aun así insoslayable: el Congreso está asustado, pero no por las condiciones de vida del negro, sino por el producto de estas condiciones: el negro en él mismo. Hay que decir que un mero acto de piedad expresado mediante un programa de muchos miles de millones de dólares destinados a modernizar y a humanizar las comunidades negras haría más para un apaciguamiento de la violencia que no todos los ejércitos de represión. Si se llegará o no a tener el buen acierto de cumplirlo es la pregunta del día.

Aunque parezca una ironía histórica, la revolución americana del 1776 fue el resultado de muchas de las condiciones que hoy restan vivas. El rey Jorge rehusó  compartir el poder con las colonias, ni que fuera a un nivel muy modesto. Provocó la violencia, puesto que mandó una represión contra las demandas expresadas mediante protestas no-violentas, como por ejemplo boicots, manifestaciones pacíficas y peticiones. Entonces, los habitantes de las colonias se vieron obligados a ir más allá de sus primeras demandas y hubo que plantearme seriamente la cuestión del sistema de monarquía absolutista. Luego que cogieron las armas en busca de una forma racional de independencia, rompieron con todas las tradiciones de dominación imperial y establecieron una forma de gobierno que no tenía precedentes: la república democrática.

La revuelta de los negros se va desarrollando hasta alcanzar más cosas que no una investigación de la igualdad y la desagregación. Es todo un reto para llegar a crear la justicia dentro de un sistema que ha hecho milagros de producción y de tecnología. Si el humanismo resta echado de este sistema, los negros  habrán revelado el despotismo y entonces se acontecerá una lucha por la liberación que todavía será más importante. Los Estados Unidos han recibido un reto: tienen que demostrar que son capaces de abolir no solo los males del racismo, sino incluso la vergüenza de la miseria de blancos y de negros, ultra los horrores de una guerra que ultrapasa las fronteras nacionales y consigue de comprometer toda la humanidad.

El primer hombre que murió en la Revolución Americana fue un marinero negro, Crispus Attucks. Antes de que no acabara aquella lucha decisiva, la institución de la monarquía absolutista yacía a su lecho de muerte.

Quién sabe si nosotros solo vivimos el periodo inicial de una época de cambios, las consecuencias de los cuales tengan un alcance temporal tan largo como los de la Revolución Americana. Las naciones industrialmente desarrolladas del mundo no pueden permanecer como islas de prosperidad rodeadas por un océano de miseria. Hay toda una tormenta que amenaza esta minoría privilegiada, que ya no se puede reconducir en el aislamiento y en las armas. La tormenta no menguará hasta que todos los frutos de aquella isla no permitan que cada hombre pueda vivir con dignidad y con decencia de ser humano. Del mismo modo que Crispus Attucks, el negro norteamericano del 1967 puede ser la vanguardia de una lucha muy larga que podría cambiar el mundo. Como estos millones de desheredados que sacuden y transforman la tierra con su investigación de la vida, de la libertad y de la justicia.

 

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