LOS EFECTOS ECONÓMICOS DESIGUALES DE LA COVID-19

Por. James K. Gakbraith. Economista

Para la mayoría de los economistas, las economías subyacentes son en esencia iguales: todas tienen empresas, hogares, gobiernos, productores y consumidores, y los modelos de manual que se les aplica son básicamente universales. Se dan dos grandes variantes principales en los puntos de vista:

• El punto de vista neoclásico o neoliberal de la economía en tanto que estructura auto-reguladora ve la pandemia como una sacudida que será revertida por procesos naturales de autoestabilización en cuanto se haya controlado el virus. Semejante concepción, que es en gran medida la del Gobierno estadounidense de Trump, parece compartida por las facciones ordo-liberales que siguen siendo dominantes en Europa.

Acepta que la pandemia continuará durante un tiempo, está dispuesta a tolerarla mientras los centros sanitarios no se vean desbordados por una afluencia de casos graves y confía en que acabaremos por tener una terapia o una vacuna. Cuando eso suceda, según esta concepción, los problemas económicos se resolverán por sí solos, porque se volverá rápidamente a los patrones anteriores de comportamiento en el consumo y, en última instancia, en la inversión empresarial.

• El punto de vista neokeynesiano solo difiere del neoliberal en un aspecto significativo, a saber, la creencia de que las rigideces en los salarios y los precios (o asimetrías de información) suelen impedir los ajustes que de otro modo se producirían en el mercado. Por ese motivo, si los precios y los salarios no se ajustan a los niveles más bajos de la demanda, se corre el riesgo de una recesión prolongada.

 Según esta concepción, el problema puede resolverse mediante inyecciones de dinero, llamadas estímulos, medidas para encender la mecha o poner en marcha el motor de la prosperidad renovada. “Denles dinero y lo gastarán” es el mantra neokeynesiano. Entre muchas otras cosas que los neokeynesianos comparten con los neoliberales se encuentra la creencia en el deseo ilimitado por parte de los consumidores de más bienes y de más servicios, así como la incapacidad de distinguir (como sí hacen invariablemente los consumidores corrientes) entre lo necesario y aquello a lo que se puede renunciar sin grandes pérdidas. Ninguna de las dos escuelas ha incorporado nunca la realidad de la sociedad opulenta, ni ha comprendido el papel desempeñado por la deuda y el crédito en la economía de la moderna clase media occidental (y, sobre todo, estadounidense).

Mi razonamiento parte de una proposición de la economía clásica señalada por Adam Smith según la cual un gran mercado comporta una división’ del trabajo. En una economía mundial integrada, los países y las regiones se diferencian unos de otros, ocupan diferentes posiciones en una jerarquía de producción y riqueza y en ocasiones luchan entre sí para ascender a una posición más alta o para evitar caer a una más baja.

 Esta diferenciación estructural es la clave para comprender por qué la Covid-19 tiene un efecto económico diferente en lugares diferentes. Intentaré esbozar aquí el contraste entre, sobre todo, Asia por un lado y Estados Unidos, Reino Unido y Europa por otro. Si analizamos el caso de Estados Unidos, observamos que a lo largo de cincuenta años el país ha evolucionado y ha pasado de ser una potencia industrial y manufacturera dominante a ser una economía con una estructura dual.

 Por un lado, los principales sectores son el tecnológico y el financiero; por otro, los empleadores estadounidenses constituyen un enorme complejo de proveedores de servicios, un sector en el que los salarios reales se mantienen gracias a las importaciones baratas, la fortaleza del dólar y los progresos en la calidad de los bienes de consumo, así como a una oferta crediticia elástica con la que cubrir los costes de la educación superior, la vivienda y la atención sanitaria.

Además, como consecuencia de haber sido la principal sociedad próspera del mundo en un territorio sin escasez de suelo, las familias estadounidenses tienden a ser ricas en términos de vivienda; viven en espacios propios, equipados con cocinas, baños, jardines traseros… Cada uno de los siguientes elementos de la posición estadounidense ha demostrado representar una seria desventaja económica frente a la pandemia:

• El mercado mundial de bienes de capital avanzados ha disminuido hasta llegar casi al punto de colapso y las políticas nacionales no pueden reactivarlo. Los aviones son un destacado ejemplo: se construirán sólo mientras puedan venderse, y las compañías aéreas los comprarán sólo cuando los necesiten, algo que no ocurrirá mientras los viajeros de todo el mundo decidan no volar.

En el ámbito petrolero, Estados Unidos posee un sector nacional de alto coste cuya suerte depende del precio mundial; de nuevo, la política nacional se mostrará impotente si no es posible perforar nuevos pozos de modo rentable. La construcción comercial no se reactivará mientras los edificios de oficinas y los centros comerciales estén vacíos. Todos esos factores repercuten sobre la salud de los bancos, aunque nadie sabe cómo ni cuándo se pondrán de manifiesto las tensiones financieras.

• El sector estadounidense de servicios proporciona en un grado asombroso los placeres y las diversiones de una sociedad rica en restaurantes, bares, balnearios, cafeterías, centros turísticos, casinos, festivales de música, gimnasios, peluquerías y salones belleza, masajistas, tatuadores… actividades que animan la vida económica pero que en ningún modo son esenciales. Y que, sin embargo, cuando se derrumban se llevan consigo los ingresos que son esenciales para la maquinaria económica, porque es el gasto en otros servicios diferentes de los que proporcionan servicios esenciales el que hace girar el tiovivo.

 Ahora bien, la salud pública y la ansiedad económica pueden detener y han detenido el tiovivo. Para proteger su salud y sus hogares, los estadounidenses de ingresos medios se retiran a la relativa seguridad de sus casas, mientras que los trabajadores pobres, que viven en espacios reducidos y trabajan en sectores esenciales como la distribución de alimentos y la atención sanitaria, tienen que cargar con el grueso de las infecciones.

• Y el tercer problema es que, cuando los ingresos fallan, los contratos de deuda continúan aplicándose, por lo que los estadounidenses están expuestos a desalojos, ejecuciones hipotecarias, liquidaciones, cortes en el suministro de agua, gas y electricidad y también a sus efectos en los barrios (en particular, el deterioro y la disminución del valor de las propiedades), que agravan las dificultades incluso para los solventes. El problema de las deudas puede ser aplazado con flexibilidad en los desalojos y las ejecuciones hipotecarias, aunque al final habrá que enfrentarse a él de alguna manera. Y, cuando eso suceda, toda la estructura de la riqueza estadounidense, basada como está en el crédito privado y la deuda privada, se pondrá en duda.

El gran contraste con las economías asiáticas es perceptible en esos tres aspectos.

• En China, Corea del Sur, Vietnam, Taiwán y en otras partes de Asia con la excepción parcial de Japón, el centro de gravedad económico reside en la fabricación de bienes de consumo (desde zapatos y prendas de vestir hasta electrodomésticos y productos electrónicos), cuya demanda es mucho más estable, está más vinculada con la renta nacional y resulta más fácil de respaldar con medidas keynesianas de estímulo económico.

• En Asia, la población urbana vive sobre todo en apartamentos, en espacios reducidos. Y, si bien eso es una desventaja desde el punto de vista del contagio, también significa que la economía de servicios es más esencial para la vida cotidiana y, por lo tanto, más resistente cuando desaparezcan buena parte de los problemas de salud pública. Los asiáticos no pueden retirarse con tanta facilidad como la mayoría de estadounidenses y muchos europeos al refugio seguro de una casa privada independiente.

• Por último, el endeudamiento profundo y crónico es menos frecuente por razones de política social, y resulta menos probable que dé lugar a ejecuciones hipotecarias y desalojos. Además, en la sociedad asiática existe un fuerte impulso en favor del ahorro para la educación y la atención sanitaria, por lo que esos sectores también están muchísimo menos financiados, y nadie habla de una inminente crisis de quiebras entre las clases medias corrientes de China o Vietnam.

Por estas razones, si bien las sociedades asiáticas se enfrentaban a un posible desastre de salud pública que exigía una respuesta draconiana inmediata (y, hasta ahora, en gran parte eficaz), una vez controlado el virus la actividad económica ha podido volver y ha vuelto con bastante rapidez a niveles cercanos a los anteriores a la pandemia.

 En cuanto a Europa, el continente parece ocupar una posición intermedia en todos esos aspectos analizados. Presenta un equilibrio entre los sectores de bienes de consumo y capital, una cultura de prestación de servicios relativamente sólida y un grado de financiación de las viviendas y de suburbanización de las casas que se encuentra entre los niveles asiático y estadounidense. Por ello, aunque Europa (considerada en su conjunto) ha sufrido problemas similares a los de Estados Unidos al hacer frente a la pandemia propiamente dicha (a saber, caída de las inversiones en salud pública, escasez de equipos de protección y una ciudadanía con una disposición diversa a cooperar con las instrucciones oficiales), cabe esperar de modo razonable que, a su debido momento, la reactivación económica europea se sitúe en algún punto entre la recuperación asiática y la depresión estadounidense.

Si este razonamiento es correcto, es probable que las consecuencias económicas de la Covid-19 sean más graves en los países más avanzados, postindustriales y hiperfinanciados del mundo, en particular, Estados Unidos y el Reino Unido, y que la recuperación económica de Asia siga avanzando por sendas mucho más cercanas a la normalidad. En consecuencia, una política eficaz en los países avanzados exige medidas mucho más radicales que las contempladas hoy por el discurso político.

 En concreto, los sectores avanzados, el sector de la energía y la construcción tendrán que reestructurarse y reorientarse con fines públicos al modo del new deal (o el propuesto green new deal) para hacer frente a las necesidades urgentes, incluida la transformación de la energía, el rediseño de la vida urbana y el cambio climático. También los sectores de servicios exigirán un nuevo modelo económico, en gran parte cooperativo y sin fines de lucro, para garantizar que un sector de servicios privado pueda seguir existiendo bajo un recorte general del poder adquisitivo privado.

Será necesaria una garantía de empleo público para reducir, y en última instancia, eliminar las ansiedades y las propensiones al ahorro excesivo asociadas con el temor a un desempleo masivo. Y (tal vez eso sea lo más difícil y que seguro provoque conflicto) habrá que cancelar deudas y reorganizar el sector financiero para que se adapte. Por supuesto, ninguna de esas medidas es probable. En realidad, ninguna voz influyente en el discurso público ha reconocido todavía su necesidad.

El pronóstico para las economías avanzadas, globalizadas e hiperfinanciadas de la anglosfera es malo, mientras que el de Europa es incierto. Por consiguiente, en estos momentos es muy probable que el resultado económico de la pandemia acelere la transferencia del liderazgo económico mundial de Occidente a las potencias emergentes de Asia.

A TENER EN CUENTA    

China, Corea de Sur, Vietnam y Taiwán tienen la epidemia bajo control; y en esos lugares la vida vuelve en gran medida a la normalidad. Incluso en Wuhan, el epicentro original del brote

Los pobres estadounidenses, que viven en espacios reducidos y trabajan en sectores esenciales como la distribución de alimentos y la atención sanitaria, cargan con el grueso de las infecciones

Tras la respuesta draconiana contra el virus en las sociedades asiáticas (hasta ahora en gran parte eficaz), la actividad económica ha vuelto con rapidez a niveles cercanos a los anteriores

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