Los Ángeles En la Biblia

LOS ÁNGELES EN LA BIBLIA

Existen cuatro tipos de Biblias: la judía, escrita en hebreo, la católica, la protestante y la ortodoxa. Pero ¿no son todas iguales? No. La Biblia judía, la más antigua, la que los católicos llaman Antiguo Testamento, tiene solo 24 libros, mientras que la católica tiene 73 e incluye, además de los libros del Nuevo Testamento, siete libros que los judíos consideran apócrifos.

Es curioso que la palabra «Biblia» no exista en la Biblia. Significa «libros» en plural, en griego. La palabra fue creada por los primeros cristianos de lengua y cultura griegas. La usó por primera vez San Juan Crisóstomo en el siglo IV d. C. La primera Biblia fue conservada oralmente. Se escribió solo más tarde, en papiros o pergaminos. Está casi toda ella escrita en verso.

La Biblia judía fue escrita en hebreo y en algunas partes en arameo, lengua hermana del hebreo que los judíos tomaron de los persas entre los siglos XI y IV a.C., lengua que se hablaba en tiempos de Jesús. La Biblia judía es la que usaba Jesús cuando predicaba en las sinagogas. En ella no aparecen algunos libros que los judíos consideraban apócrifos y que la Iglesia católica, al unir al Antiguo Testamento el Nuevo, los introdujo considerándolos inspirados.

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Al hablar de los ángeles en la Biblia nos vamos a referir a todas las Biblias, por tanto, al Antiguo y al Nuevo Testamento. Por lo que se refiere a la existencia de los ángeles, no existen dudas. Para los judíos, primero, y para los primeros cristianos, después, los ángeles se pasean por la Tierra como si fueran otros tantos seres humanos. Están siempre presentes. No existen dudas sobre la existencia de esos seres que son espíritus, pero que se muestran en forma humana, aunque a veces rodeados de luz.

El problema surge a la hora de interpretar qué eran los ángeles para los antiguos judíos y la evolución que sufrieron a lo largo de la Biblia, que fue escrita en el espacio de mil años por diversos autores, todos ellos desconocidos.

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Como advierte el Diccionario de Teología Bíblica (Marietti), para entender la historia de los ángeles en la Biblia hay que recordar «un elemento recurrente en las mitologías orientales, que representan a Dios como a un rey soberano con su corte». Los miembros de su corte son también sus siervos. Los judíos adaptaron la cultura del soberano oriental a Yahvé, el Dios único del pueblo de Israel. Como los soberanos orientales, también Yahvé tiene su corte. Sus soberanos se llaman a veces «siervos», otras «santos», o bien «hijos de Dios». Y por fin «ángeles». Entre estos, los querubines (cuyo nombre es de origen mesopotámico) sostienen su trono: «El Señor es Rey, tiemblen las naciones, se sienta sobre querubines, vacile la Tierra» (Salmo, 99, 1).

Los serafines, llamados también «los ardientes», cantan su gloria: «Vi al Señor sentado en su trono elevado y excelso; la orla de su vestido llenaba el templo. Estaban en pie los serafines por encima de él, cada uno con seis alas, con dos cubrían el rostro, con dos los pies y con las otras dos volaban. Y se gritaban el uno al otro: Santo, Santo, Santo, Señor todopoderoso, la tierra está llena de Tu gloria» (Is 6, 14).

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EL MISTERIOSO «ÁNGEL DE YAHVÉ»

Los querubines vuelven a aparecer en el templo donde reparan el Arca de la Ley con sus alas. Existe todo un ejército de ángeles a disposición de Dios para gobernar el mundo y ejecutar sus órdenes, como los vasallos de los reyes. Se establece así una unión entre el cielo y la tierra.

Al lado de estos seres misteriosos y alados que rodean a Dios existe también el llamado «Ángel de Yahvé» (Gn 16, 7), que no sería sino Yahvé mismo que se manifiesta a los hombres de forma visible, ya que nadie puede ver a Dios cara a cara sin morir. El Ángel de Yahvé de estos textos antiguos sirve para expresar una teología aún arcaica, que con el título de «Ángel del Señor», llega hasta al Nuevo Testamento: «Estaba pensando en esto, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no tengas algún reparo en recibir en tu casa a María, tu esposa, pues el hijo que ha concebido viene del Espíritu Santo”» (Mt 1, 20).

A lo largo de los siglos, la figura del ángel en la Biblia va evolucionando y en vez de representar a Dios mismo, empieza a tener funciones propias, sobre todo como mensajero de Dios.6

Una de las características del Antiguo Testamento es que al principio los ángeles no solo realizan acciones buenas, sino que Dios los envía a la tierra con misiones punitivas, como exterminadores. A veces manda hasta al demonio para tentar a los hombres, como en el caso del santo Job El cambio mayor se da después del exilio, cuando los judíos tienen que dispersarse tras la destrucción del Templo. Es en ese momento cuando más florecen los ángeles, que les ayudan a sufrir la humillación del exilio.

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A partir de ese momento, se diferencian los ángeles buenos, amigos de Israel, y los ángeles malos o demonios, que la persiguen. Comienza así a existir una neta oposición entre ángeles buenos y ángeles malos. Los judíos tienen que conciliar su fe monoteísta, la de un solo Dios a quien adoran, con la existencia de esos otros seres espirituales que no pueden ser otros dioses, como sucedía en las culturas anteriores en las que los judíos se habían inspirado, sino simples mensajeros de Yahvé.

 

Sigue la Biblia, sin embargo, usando la simbología antigua. Así, en el libro de Tobías se citan los siete ángeles que están ante Dios (Tob 12, 15), que recuerdan la angeología de los persas. Las funciones son las mismas que ya ejercían los ángeles en otras religiones y culturas anteriores: vigilan sobre los hombres, presiden los destinos de las naciones, explican a los profetas el sentido de sus visiones. Empiezan así los ángeles a recibir nombres en relación con sus funciones: Rafael significa «Dios te cura»; Gabriel, «el héroe de Dios», y Miguel, « ¿quién como Dios?». Este último es el encargado de proteger a la comunidad judía.

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Se puede decir que la presencia de los ángeles a lo largo de todo el Antiguo Testamento es constante, aunque las clasificaciones de las que se sirve tienen necesariamente un carácter simbólico difícil que precisará ulteriores explicaciones.

 

LOS ÁNGELES EN EL NUEVO TESTAMENTO

En el Nuevo Testamento, entendiendo por tal los cuatro evangelios canónicos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, las cartas de los Apóstoles, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis, se usa para hablar de los ángeles el mismo lenguaje convencional del Antiguo Testamento. Se enumeran los ángeles, arcángeles, querubines, serafines, tronos, dominaciones y potestades, a los que se añaden las virtudes.

La mayor prueba de la importancia de los ángeles en el Nuevo Testamento es que de ellos habla varias veces el mismo Jesús. Los evangelistas narran también las relaciones íntimas de Jesús con los ángeles: «Entonces el demonio le dejó y los ángeles vinieron a servirle» (Mt 4, 11).

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También en la hora en que van a prenderlo en el Huerto de los Olivos: «Él se apartó de ellos como un tiro de piedra, se arrodilló y se puso a orar diciendo: “Padre, si quieres aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Y se le apareció un ángel del cielo para confortarlo» (Lc 22, 42-43).

 

LOS ÁNGELES SE SOMETEN A CRISTO.

A pesar de que Cristo, en su condición de hombre, podría aparecer inferior a los ángeles, estos, sobre todo después de la Resurrección, se le someten y reconocen su soberanía (Ap 5, 11). En cuanto a la relación de los ángeles con los seres humanos, nada cambia en el Nuevo Testamento de lo que ya aparece en el Antiguo, y se hacen presentes en los momentos cruciales de la vida de Jesús. Primero en el anuncio de la Encarnación, una de las apariciones del ángel más importantes de la historia del Cristianismo. Antes, un ángel anuncia al sacerdote Zacarías que su mujer, Isabel, que era estéril, daría a luz un hijo, que sería Juan Bautista, el precursor de Jesús: «Se le apareció a Zacarías un ángel del Señor, en pie, a la derecha del altar del incienso. Zacarías se asustó al verle y se llenó de miedo. El ángel le dijo: “No temas Zacarías, pues tu petición ha sido escuchada y tu mujer Isabel te dará un hijo, al que pondrás por nombre Juan. Será para ti causa de gozo y alegría y muchos se alegrarán de su nacimiento porque será grande ante el Señor”» (Lc 1, 11-15).

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A continuación el anuncio del arcángel Gabriel a la joven María, que sería la madre del Salvador: «A los seis meses envió Dios al arcángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazareth, a una joven virgen prometida a un hombre descendiente de David. Entró donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ante estas palabras, María se turbó y se preguntó qué significaría tal saludo. El ángel le dijo: “No tengas miedo, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz a un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Será grande y se le llamara Hijo del Altísimo”» (Lc 1, 26-32).

Vuelven a aparecer los ángeles, esta vez «una multitud del ejército celestial», para anunciar a los pastores, que estaban en los alrededores de Belén, que había nacido el salvador, el Mesías prometido (Lc 2, 8-14).

 

Otro momento crucial de la vida de Jesús se encuentra también presidido y anunciado por la presencia de los ángeles: el del anuncio de su Resurrección a las santas mujeres: «Pasado el sábado, al rayar del alba, el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. De pronto, hubo un grande terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, hizo rodar la losa del sepulcro y se sentó en ella. Su aspecto era como un rayo, y su vestido blanco como la nieve. Los guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos, pero el ángel, dirigiéndose a las mujeres les dijo: “No temáis, sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, ha resucitado como había anunciado”» (Mt 28, 1-6).

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Es curioso que en todas estas apariciones de los ángeles los interlocutores sienten temor ante su llegada y se calmen solo cuando ellos hablan. La presencia de los ángeles que irrumpen en la vida de los hombres es como un terremoto, una sacudida que crea miedo e incredulidad en un primer momento, para dar paso a la serenidad y a la felicidad.

Los ángeles continúan actuando con fuerza en la vida de las primeras comunidades cristianas. Son nombrados en todas las epístolas de los apóstoles. A estos les libera de la cárcel, les libra de muchos peligros, les acompaña y protege en las correrías apostólicas.

Por último, el libro del Apocalipsis está tan lleno de seres angélicos en sus profecías de futuro que hasta ha sido llamado el «Libro de los ángeles».

 

LOS ÁNGELES EN LOS EVANGELIOS APÓCRIFOS.

En la Iglesia se consideran evangelios apócrifos todos aquellos  evangelios diferentes de los cuatro llamados canónicos u oficiales, es decir, los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Estos serían los únicos inspirados por Dios. Lo que ocurre es que, al principio del Cristianismo, había cientos de evangelios que contaban la vida y obra de Jesús. Todos eran considerados igualmente inspirados. De hecho, muchos de ellos son citados por los primeros Padres de la Iglesia. Fue en el Concilio de Nicea del año 325 d. C. donde fue tomada la decisión de que solo los evangelios de Mateos, Marcos, Lucas y Juan eran auténticos e inspirados por Dios. Los demás serían llamados apócrifos, no oficiales ni canónicos.

¿Con qué criterio se hizo la selección? Se desconoce, aunque se cuentan historias muy peregrinas. Por ejemplo, que los obispos pusieron todos los evangelios encima del altar y tras haber rezado al Espíritu Santo, solo los cuatro verdaderos se levantaron en el aire. Otra leyenda dice que fue el Espíritu Santo, en forma de una paloma que entró por la ventana, quien dictó al oído a los obispos cuáles eran los evangelios auténticos. Como consecuencia, a partir de entonces todos los demás evangelios fueron rechazados, quemados u olvidados. Hasta nosotros han llegado poco más que una docena y también ellos están poblados de ángeles, lo que indica la importancia que tuvieron para las primeras comunidades cristianas.

Sería imposible, en este capítulo, recoger todas las intervenciones de los ángeles en los evangelios apócrifos. En el evangelio de José el Carpintero, cuando el padre putativo está para morir, se dice: «En ese mismo instante, Miguel, Gabriel y los ángeles, en coro, llegados del cielo volaron sobre su cuerpo. Miguel y Gabriel tomaron cada uno de un extremo de un paño de seda y en él depositaron el alma de José» (XXIII).

En la bajada de Cristo al infierno se cuenta que, camino del Paraíso, Jesús llevaba de la mano a Adán, el primer padre. Y al llegar, «lo entregó, al igual que a los otros justos, al arcángel Miguel» (IX).

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En el primer libro de Adán y Eva, al narrar el matrimonio entre ellos, aparecen enseguida los ángeles: «Después de esto, Dios envió su ángel que había traído incienso a Adán, para que lo informasen respecto a su unión con Eva. Entonces aquellos ángeles dijeron a Adán: “Toma el oro y dale a Eva como un regalo de bodas, y sed tú y ella una sola carne”. Adán obedeció a los ángeles» (LXXIII).

En el libro de San Juan sobre la muerte y asunción de María a los cielos, los ángeles no pueden estar más presentes: «En ese mismo domingo, la madre del Señor dijo a los apóstoles: “Traed incienso, pues Cristo ya está llegando con un ejército de ángeles”. En el mismo momento Cristo se nos presentó sentado sobre un trono de querubines. Mientras todos estábamos en oración, aparecieron multitudes incontables de ángeles y el Señor estaba lleno de majestad sobre los querubines» (XXXVIII).

No existe un solo evangelio apócrifo donde los ángeles no estén presentes. Más, si cabe, que en los evangelios canónicos.

 

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