Literatura NorteAmericana

LITERATURA NORTEAMERICANA

Hasta el momento en que las colonias consiguen la independencia de la metrópoli (1783), la literatura norteamericana no es más que un apéndice de la inglesa. Y el puritanismo de los primeros colonizadores es la tónica que prevalece, incluso en el siglo siguiente, una vez disminuida aquella influencia.

El impulso de la independencia hace brotar las primeras figuras literarias, de entre las cuales sobresale la del científico Benjamín Franklin (17061790). quien sentó las bases del ideal americano.

En el capítulo de la novela de hizo famoso Fenimore Cooper (1789-1851), cuyas obras expresan la majestad de la pradera, de las selvas y del mar (El último mohicano, El pirata rojo). Menos carácter nacional conservó Washington Irwing (1783-1859), quien, al lado de cuadros costumbristas de su tierra (especialmente sobre la época holandesa, como en Rip Van Winckle), elaboró temas de otros países y de corte fantástico (Cuentos de la Alhambra).

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Edgar Allan Poe

Pero el creador indiscutible de la novela fantástica es Edgar Allan Poe (1809-1849), escritor y poeta de renombre e influencia universales. Fue un temperamento muy sensible a lo maravilloso y a lo terrorífico, y a la vez amante de la lógica y la exactitud científicas. De esta dualidad se benefician sus relatos, que combinan la frialdad analítica con la sugestión del misterio.

Poe fue uno de los creadores de la narración detectivesca (Los crímenes de la Rue de la Morgue). Sus poemas y sus ensayos sobre teoría poética, al ser traducidos al francés por Charles Baudelaire, prepararon el terreno al simbolismo moderno. Su voz es patética y sombría, pero de entonación armoniosa y sugestiva (El cuervo). Poe fue un enemigo de las posturas románticas, pero también de la rigidez puritana, cuyo representante más acérrimo es Nathaniel Hawthorne (1804-1864). Las novelas de Hawthorne son arcaicas en cuanto a intención, pero se asoman, en cuanto a la forma, a los esquemas modernos (El fauno de mármol, La letra escarlata). Heredero directo de la rigidez de Hawthorne es Herman Melville (1819-1891), que traslada las obsesiones puritanas a una novela en la que el mar desempeña un papel simbólico: Moby Dick o la ballena blanca, la encarnación del secreto del universo, en pos del cual se afana y lucha el hombre.

Tras el inciso de la Guerra Civil, en cuya gestación influyó la novela antiesclavista de

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Harriet Beecher Stowe

Harriet Beecher Stowe (1811-1896) La cabaña del tío Tom, los Estados Unidos prosiguen su labor de expansión y unificación. A esta pujanza contribuye el idealismo utilitarista del ensayista y filósofo Ralph Waldo Emerson (1803-1882). La aventura hacia los anchos horizontes y los hechos que jalonan la colonización del Lejano Oeste cuentan pronto con una literatura propia que acoge las primeras muestras de realismo. Stephen Crane (1871-1900) y Bret Harte (1839-1902) son notables autores de la epopeya americana, que impone entre el público el gusto por la narración corta, la «short story». Maestro en ella es un humorista genial: Mark Twain, seudónimo de Samuel L. Clemens (1835-1910). Sus figuras de niños son representantes veraces del espíritu épico, y sus páginas costumbristas alcanzan, por obra de su personal estilo y su visión realista, valor universal (Aventuras de Tom Sawyer, Hicckleberry Finn). O’Henry (seudónimo de William S. Porter, 1862-1910) dedicó sus cuentos al pueblo medio, a los habitantes de las grandes urbes, y también a los pillos y vagabundos. Jack London (1876-1916) los basó en las tierras de Alaska y sus buscadores de oro, así como en la vida de los animales (La llamada de la selva). Frank Norris (1870-1902) incorpora el naturalismo de Zola a severas novelas de corte social (El octopus).

La poesía también participa de las inquietudes sociales. John G. Whittier (1807-1892) se ocupa del trabajo de los hombres y del quehacer popular. Pero la figura más representativa de la naciente civilización, del progreso y de la democracia americana es

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Walt Whitman

Walt Whitman (1819-1892). Su obra poética, en la que no deja de desprenderse un aliento épico, está incluida en Hojas de hierba y se la ha tachado de «legislación para un Nuevo Mundo». Es indudable el influjo ejercido por Whitman, a pesar de ciertas vulgaridades que se observan en la revitalización del lenguaje poético. «El hombre de Manhattan», como fue llamado, se desprendió de toda tradición anterior, y así se manifestó como uno de los primeros creadores de la poesía moderna.

Fueron sus contemporáneos Henry W. Longfellow (1807-1882), en débito con los ingleses Keats y Tennyson, y Emily Dickinson (1830-1886), exquisita poetisa de Nueva Inglaterra.

A principios de siglo, los autores norteamericanos entran en la disyuntiva que les ofrece la tarea de asimilar los valores expresados por las tendencias europeas a su propia literatura. En ello ponen de manifiesto difererites posturas. El camino emprendido por

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Henry James

Henry James (1843-1916), que adoptó una actitud de franca evasión, hasta el punto de renunciar a su nacionalidad, no podía servir de fundamento, a pesar de que sus novelas, ambientadas en círculos refinados y opulentos, alcanzaron gran prestigio en determinados sectores. Muchos son, sin embargo, los escritores «desarraigados» que buscan en Europa, sobre todo en París, el ambiente espiritual que echan a faltar en su propia sociedad, abocada a conseguir el predominio industrial e imbuida de las doctrinas pragmatistas. Filósofos como William James y John Dewey afirman el criterio bajo el cual debe regirse la vida americana si quiere conseguir la satisfacción de los intereses vitales y una perfecta convivencia democrática; pero este «modo de vivir americano» se resiente por una falta de fundamento cultural y humanista que ha de incidir no sólo en el desarrollo cultural del país, sino en las actividades de su clase intelectual. Los escritores se encuentran ante la disyuntiva de valorizar lo propio o mostrar su disconformidad ante el estado de cosas, hasta llegar a ese «exilio» espiritual en el interior de las corrientes europeas. Los distintos acontecimientos, sobre todo la catástrofe económica de 1929, no hicieron más que agudizar el problema y aproximar a los escritores a la realidad social.

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 Theodor Dreiser

Theodor Dreiser (1871-1945), por ejemplo, se muestra como el primer realista con visión americana, e impone su obra a despecho de las objeciones puritanas (Una tragedia americana). La crítica del sistema capitalista se hace amarga y cruenta en Upton Sinclair (1878) (Los dientes del dragón, Petróleo, Escucha, oh Pastor), y en Sinclair Lewis (1885-1951) acaba por suavizarse ante la cálida humanidad que valoriza sus dos cuadros de costumbres más logrados : Calle Mayor y Babbitt. John Dos Passos (1896) acomete la labor de historiar la vida norteamericana con un prurito de moderno Balzac. Su técnica de contrapunto permite contemplar diversos enfoques de una misma acción, con la calidad objetiva de un documental (Manhattan Transfer, la trilogía USA: Paralelo 42, 1919, El Gran Dinero). Richard Wrigth (1909-1961), escritor de raza negra, emprende también la crítica social (Los hijos del Tío Tom, Sangre Negra, El extraño, De la inocencia a la pesadilla).

En otros escritores esa actitud se hace marginal, como ocurre con

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John Steinbeck

John Steinbeck (1902), quien al lado de las desabridas Las uvas de la ira, La fuerza bruta y Al este del Paraíso, produjo también la picaresca Tortilla fíat y la lírica La perla. Pearl S. Buck (1892) se muestra como fiel intérprete del alma china (La buena tierra, La estirpe del dragón, Viento del Este, viento del Oeste); Louis Bromfield (1896) escribió Vinieron las lluvias y La señora Parkinton; Christopher Morley (1890) dio a conocer con éxito El caballo de Troya, así como el dramaturgo Thorton Wilder lo consiguió con El puente de San Luis Rey. Thomas Merton relató su conversión en La montaña de los siete círculos.

Pero uno de los éxitos más fabulosos en la historia de la literatura moderna fue el de

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Margaret Mitchel

Margaret Mitchel (19001949), con Lo que el viento se llevó. Maestros de la narración breve fueron Ben Hecht (El espectro de la rosa) y William Saroyan (1908), enamorado de lo cotidiano y sencillo y henchido de la alegría de vivir (Aventuras de Wesley Jackson).

Tuvieron mucha resonancia las obras de Thomas Wolfe (1900-1938) (Mira hacia tu hogar, ángel) y Sherwood Anderson (1876-1941), cuyas preocupaciones depuradoras ejercieron decisiva influencia en los escritores posteriores (Winnesburgo, Ohio y El pobre blanco).

Se confesó discípulo de Sherwood Anderson, aunque después se retractara, uno de los autores más representativos de la literatura norteamericana:

14-3-Ernest Hemingway

Ernest Hemingway

Ernest Hemingway (1898-1961), que también se benefició de las experimentaciones realizadas en el campo de la expresión por su protectora Gertrude Stein (1874-1946). Hemingway es el novelista de la fuerza vital, de la emoción deportiva, del amor físico. Su estilo busca la economía de medios, y roza siempre la superficialidad; sus diálogos son cortados y escuetos; el relato se fragmenta en una acumulación de instantes. En rigor adolece de falta de sentido humano, y su nihilismo moral se agota en la banalidad. Las obras más famosas de Hemingway son Fiesta, Adiós a las armas, Tener y no tener; Por quién doblan las campanas, Tras el río y bajo los árboles, y el cuento El viejo y el mar.

El ejemplo más aparatoso de la «generación perdida», como se dio en llamar a los norteamericanos desarraigados, fue F. Scott Fitzgerald (1896-1940), agostado en la bebida y el alcoholismo (El gran Gatsby). Otro expatriado es Henry Miller (1891), cuyos libros, tanto por sus ataques a las instituciones tradicionales como por su fuerte coloración sexual, fueron prohibidos durante largo tiempo (Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio, El coloso de Marusi).

El primer lugar entre los novelistas norteamericanos debe otorgarse, sin duda alguna, a

14-4-William Faulkner

William Faulkner

William Faulkner (1897-1963). Es un escritor de lectura difícil, no sólo por su estilo, sino también por la manera como relaciona las obras unas con otras, hasta el punto de que muchas de ellas se explican entre sí, y aun engloban tramos de otras procedencias, se extienden en distintos puntos de vista sobre asuntos ya tratados, y desarrollan la trama sin continuidad lógica. Ello obliga a no considerar sus novelas de un modo aislado, y, en cada una de ellas, a reconstruir la línea argumental a base de los materiales dispersos. El mundo de Faulkner, centrado en las tierras del Sur de los Estados Unidos, versa insistentemente en el crimen, en la locura, en la crueldad; es un mundo de irreal brutalidad, pero aun así alcanza siempre, gracias a la consideración con que es tratado, categoría propia y valor independiente. Su oscuridad se debe también a la posición que Faulkner adopta frente a los personajes: se limita a ser el instrumento de visión del lector, y sólo aporta sensaciones, y no conceptos explicativos. Faulkner se mostró en su plenitud, tras las primeras novelas tituladas Mosquitos y La paga de los soldados, en Sartoris, El sonido y la furia, Mientras agonizo, Santuario, Luz de agosto, Intruso en el polvo, Requiem para una mujer, y varias colecciones de cuentos.

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 Erskine Caldwell

Erskine Caldwell (1903) sitúa también sus asuntos en las tierras del Sur, pero ni la violencia ni el carácter marcadamente sexual que les imprime quedan suficientemente justificados (El camino del tabaco). El ambiente rural sureño ha ejercido constante atractivo en los escritores. En la actualidad, se distinguen por su afán lírico, contrapuesto al sentido realista del Norte, autores como Robert Penn Warren (1905) (Todos los hombres del rey), Carson Mac Cullers (1917) (El corazón es un cazador solitario, La balada del café triste), Truman Capote (1925), (El arpa de pasto, Otras voces, otros ámbitos).

El nuevo realismo se ve representado por Nelson Algren (1909) (El hombre del brazo de oro) y J. D. Salinger (El cazador oculto). Otros autores, que alcanzaron la fama debido a sus novelas basadas en la guerra, como Irwin Shaw (El baile de los malditos), Norman Mailer (Los desnudos y los muertos) y James Jones (De aquí a la eternidad), no han logrado consolidar su posición.

Finalmente, cabe citar el pseudomovimiento surgido en San Francisco, que rehúye a la sociedad y sus leyes y se refugia en las cavas para desarrollar un peculiar romanticismo moderno: es la generación de los «rebeldes sin causa» (o «beats», como son llamados, con término extraído del jazz), cuyo máximo representante es Jack Kerouac (1922).

La poesía conoció un desarrollo paralelo a la narrativa. Frente a aquellos que se desenvuelven en el terreno ya explotado por Walt Whitman, como Carl Sandburg (1878) y Robert Frost (1875-1963), se manifiestan los inconformistas como Ezra Pound (1885), experimentador fecundo de todos los ensayos poéticos, incluso de rimas de otras lenguas y otros tiempos. Pound formó parte, junto con Archibald Mac Leish (1892) del «imaginismo», movimiento de pura extracción norteamericana que establece el uso preciso y disciplinado de las imágenes visuales: interesa la palabra exacta, no la descriptiva; el verso libre, construido sobre el lenguaje común.

En la actualidad se destacan los poetas Robert Lowell (1917), el negro Langston Hughes (1902) y Karl J. Saphiro.

 

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