LEYENDAS DEL PAÍS VASCO – Sancho Mitarra.

Berta de Maurac era la más hermosa doncella de Gascuña. Todas las mañanas se encontraba con su amado, Nuño lnthalitzna, a orillas del turbio Garona. Querían casarse y esperaban impacientes la llegada del padre de Berta para pedirle el consentimiento. Tenía miedo el galán de una posible oposición, a pesar de los argumentos con que ella le tranquilizaba. El señor de Maurac dijo que no contrariaría nunca la voluntad de su hija más que en el caso de que pusiera los ojos en un hombre indigno de ella. Además, su madre era vasca, como don Nuño, y el duque de Gascuña le distinguía como a ninguno.

Envolvía al duque de Gascuña una fama caballeresca y romántica. Berta se interesaba por su personalidad y preguntaba a su amado pormenores de su vida. Contóle Nuño que era hijo y hermano de reyes, vencedor de los normandos, que devastaban este hermoso país, y de mil luchas más, y la posibilidad que tenía de ser rey de Pamplona por la abdicación de su hermano. Mas los honores y las riquezas no complacían al duque. Sólo entre las montañas se sentía de veras feliz. Y por eso era llamado el Montañés.

Berta, criada en la llanura y en la ciudad, no comprendía el amor que puede inspirar un paisaje montañoso, lejos del lujo y las comodidades. Nuño quería llevársela a vivir a su país, y para convencerla le habló de sus rincones y bellezas: visitar en días calurosos las frescas grutas de Isturitz y Lecea, morada de genios de las montañas, o vagar a la sombra de las hayas y abetos de la selva de Achabar. Hasta las ninfas que se bañan en el fresco torrente de Ulreitxca envidiarían su felicidad.

Pero no logró convencerla. La hermosa quería lucir su belleza en suntuosos salones y ser el mejor ornamento de las ciudades. No podía sufrir la soledad y el silencio de los campos, el no ser admirada y envidiada por damas y galanes cortesanos; le encantaba la alegría y el bullicio de los festines. Nuño le imploró que fuese a vivir con él a las montañas. Que su amor supliría la alegría de las fiestas, y los bellos rincones, el bullicio de la ciudad. Pero Berta no quiso renunciar a lo que más amaba en su vida: su belleza y su vanidad, y rompió su amor con Nuño.

Desesperado, Nuño le reveló su verdadera personalidad: no era Nuño de Inthalitzna, sino el mismo duque de Gascuña.

Quedó Berta sorprendida, y cambió su actitud. De pronto estaba dispuesta a renunciar a todos sus caprichos, a acompañar al duque a sus amadas montañas. Pero el duque no quiso ya aceptar sacrificio tan calculado y marchó triste, prediciéndole un porvenir desgraciado.

Así ocurrió, en efecto. Berta murió, poco tiempo después, apuñalada por su marido, un rico vasallo de Carlos el Simple, que le prometió grandes riquezas y vida bulliciosa: promesa que no cumplió, por ser terriblemente celoso, encerrándola, en cambio, en su castillo, sin dejarla salir ni ver a nadie y matándola, por fin, en un arrebato de celos.

 

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