LEYENDAS DEL PAÍS VASCO – La sentencia de la bruja.

En el pueblo de Yurre, en Vizcaya, habitaba una señora muy rica y orgullosa, que jamás se había humillado ante nadie, considerándose la más importante del lugar y siendo feliz con que todos se doblegasen ante ella. Todos los domingos, lujosamente ataviada, acudía a la misa mayor y se colocaba con gran empaque en la sepultura de su familia, esperando que todo el pueblo la contemplase. Existía en aquella parroquia la costumbre de repartir durante la misa a todos los feligreses pan bendito, que el sacristán llevaba en un cesto, y recorriendo la iglesia, iba dando un pedacito de pan a cada uno de los fieles. Pero ocurrió que un domingo, al repartir el pan, como de costumbre, a la señora se le cayó de la mano el pedacito, pareciéndole una humillación agacharse a recogerlo, lo dejó tirado en el suelo, quedando ella muy erguida hasta que salió, sin recogerlo.

Aquella misma noche empezó a sentirse mala, y cada vez peor, sin que los médicos llamados a consulta pudieran diagnosticar aquel mal extraño que iba minando su salud y consumiendo su vida. En el pueblo se comentaba la misteriosa enfermedad de la señora, para la que no se encontraba remedio, y que iba a llevarla al sepulcro.

Moraban por aquellos pueblos muchas brujas, que tenían sus aquelarres en Petralanda, lugar de Arratia, muy próximo a Yurre. En este pueblo vivía una bruja que no faltaba a ninguna reunión. Tenía como criado a un mozo muy listo, que sintió deseos de presenciar una de las reuniones de las brujas, y acudió una noche de sábado a Petralanda. Allí se encaramó a la copa de un árbol para presenciar toda la ceremonia. Al filo de la medianoche empezaron a llegar las brujas por todas direcciones. Dio comienzo el aquelarre, y, después de terminados sus ritos, las brujas comentaron algunos sucesos, y, entre ellos, el orgullo de la señora rica, que no se dignó recoger el pan bendito, lo cual le había acarreado su extraña enfermedad. Una de las brujas sentenció: «Pues mientras no lama con su lengua el sitio donde cayó el pan, no sanará».

El muchacho, que desde su escondite había oído perfectamente la sentencia, esperó a que todas se diseminasen, y corrió a casa, llegando antes que su ama; se encerró en su cuarto y se acostó, como si no hubiera salido. Esperó con impaciencia a que amaneciera el nuevo día, y, bien temprano, se presentó en casa de la señora rica, solicitando hablar con ella de un asunto de gran interés. Le condujeron hasta su aposento, y comunicó a la dama todo lo que había oído a las brujas, y que no sanaría mientras no lamiera el suelo de la iglesia. En seguida se tiró de la cama la señora, y con gran trabajo se encaminó a la iglesia para cumplir las indicaciones del muchacho. Allí se inclinó hasta el suelo y humildemente, con su lengua, limpió el sitio en que había caído el pan bendito.

En el momento se sintió aliviada y marchó a su casa con gran energía, desapareciéndole todo malestar. La noticia cundió rápidamente por todo el pueblo, comentándose en los corrillos la milagrosa curación de la dama. Al sábado siguiente acudió también el mozo al aquelarre, trepando al mismo árbol del otro día. Después de sus ceremonias, todas las brujas comentaban lo repentinamente que se había puesto buena la señora. Todas estaban acordes en que alguien las habría espiado y llevado el remedio a la orgullosa dama, que sin él no hubiera curado. La más vieja propuso que se registrasen bien aquellos alrededores, por si alguien las escuchaba. Todas se pusieron a mirar, separando matas y rodeando rocas, y en la copa del árbol descubrieron al mozo. A la fuerza le hicieron bajar, y le propinaron tal paliza, que le molieron los huesos. Mas el muchacho, angustiado, exclamó: « ¡Jesús!». Y gracias a este santo nombre las brujas huyeron como alocadas y dejaron al muchacho con vida para poder volver al pueblo a contarlo.

 

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