LEYENDAS DEL PAÍS VASCO – La rosa de Ispaster.

La tranquilidad y paz de Ispaster se han visto turbadas. Las muchachas lloran sin consuelo, y los hombres discuten en tono grave. Y esta vez no es por la posible pérdida de la independencia vasca, ni por tener que ir a guerras con países lejanos, no. Si por esto fuera, las muchachas vascas no llorarían para quitar fuerzas a sus hermanos; antes les exhortarían valientemente al combate, y los hombres no discutirían tanto, sino que irían todos a la lucha, prestos a dar la vida.

El dolor y disgusto era por la presencia en el país del malvado viejo don Sancho Ortiz de Mendiguna y su desatinada pretensión de casarse con la joven más bella y buena del país, María de Laucariz, a quien llamaban por sus dotes la rosa de Ispaster.

Era don Sancho Ortiz un viejo en el cual las brutales pasiones no se habían apagado con el peso de los años; sus aventuras galantes eran conocidas en todo el señorío y contadas con horror y disgusto. Al mismo tiempo, era también un feroz banderizo, y pocas villas de Vizcaya no recordaban algún hecho de vandalismo perpetrado por él. Vivía casi siempre en Ermua, donde tenía un castillo inexpugnable.

Llegó a sus oídos la belleza de María y se propuso poseerla como fuera. María no se rindió a los homenajes, por estar enamorada y prometida al noble caballero Pedro de Belandia, cosa que disgustó sobremanera a don Sancho, acostumbrado a que su deseo fuera ley. Discurrió entonces raptarla; pero no se atrevió, ante las consecuencias probables de semejante acción. Sabía cómo era querida la rosa de Ispaster y no dudaba que muchos cogerían las armas contra él. Por esto, y no teniendo ningún hijo legítimo a quien dejar su nombre y sus riquezas, se decidió a pedir la mano de María a su padre, Martín de Leucariz.

Éste amaba a su hija; pero amaba aún más las riquezas. Todo su amor estaba concentrado en el viejo cofre de nogal donde guardaba sus monedas de oro. La proposición de don Sancho le causó una gran alegría, y fijó la fecha de la boda, sin consultar para nada la voluntad de su hija, seguro de que María obedecería. Así fue, en efecto. Cuando su padre le hizo saber que dentro de pocos días tendría que casarse con el señor de Mendiguna, no opuso nada y aceptó en silencio el matrimonio que se le imponía.

La noticia de la próxima unión corre por todo el contorno. Pero María y su amado son muy queridos, y el pueblo está decidido a no consentir tal cosa. Al acercarse la hora fijada para la ceremonia, la plaza va llenándose de gente dispuesta a interrumpirla como fuera; pero falta quien debe dirigirlos, y éste es el más interesado en que no se llegue a realizar el matrimonio: Pedro de Belandia, el amante de María. Su ausencia en estos momentos causa gran extrañeza; algunos lo atribuyen a un posible suicidio; otros, a haber caído Pedro en manos de los secuaces de don Sancho, y aún hay quien lo ha atribuido a cobardía.

Mientras tanto María, triste y pálida, va vistiéndose lentamente, ayudada de una vieja dueña, servidora de don Sancho, que trae las más preciadas joyas y los más elegantes vestidos. María lo mira todo con fría indiferencia. Está convencida de que va a morir, y así se lo cuenta a la dueña. Antes se creía feliz sólo al pensar en casarse con su amado Pedro; pero ahora, a pesar del maravilloso porvenir que su padre le cuenta, de ser la mujer del señor más poderoso y rico de aquellas tierras, sólo siente horror y aversión. Recuerda, además, el dolor y la furia de don Pedro al enterarse de su boda, y la decisión de romperla como fuera. María intentó calmarlo, prometiéndole rezar e implorar consejo y ayuda de su madre, muerta hace unos años. Lo hace sin cesar, día y noche, y cuando desespera de recibir auxilio, una noche, envuelta en una dulce claridad, se le aparece aconsejándole que no se oponga a la voluntad de su padre y confíe en Dios. Él les llevará a su seno a los dos, donde olvidarán el dolor de la tierra y vivirán una felicidad eterna.

La vieja dueña se enfada al oír estas palabras de María y dice que todo eso son alucinaciones y nervios de una muchacha próxima a contraer matrimonio. Debe alegrarse más de los vestidos y no pensar en cosas tan tristes como la muerte. Las campanas de la iglesia tocan ya para la ceremonia. Don Sancho se impacienta por la tardanza de la novia.

Un grito de la dueña atraviesa el espacio de la plaza de Ispaster. Trae la noticia de la muerte de María. Don Sancho, furioso de no conseguir su deseo, vuelve solo hacia sus tierras; pero no llega nunca.

Pedro de Belandia está desolado. La promesa de la madre de María sólo se ha cumplido en parte. Ha muerto ella sola, dejándole a él desesperado y sin consuelo.

Una tarde de invierno va a visitar la tumba de María, y allí le reprocha dulcemente su abandono. Poco a poco, sin darse cuenta, la nieve va cayendo sobre él, hasta cubrirle como un blanco sudario. Pedro ha muerto; ha ido a reunirse con ella para siempre. Ya nadie podrá separarlos jamás.

 

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