LEYENDAS DEL PAÍS VASCO – La muerte de Lekobide.

Lekobide, anciano caudillo éuscaro, comprendió que aquél era su último día. Durante la noche se le había aparecido su padre, llamándole con los brazos abiertos, y no tuvo duda que llegaba su fin. Por eso llamó a su bisnieta Oria, única superviviente de su numerosa familia, muerta toda en cruentos combates, y le pidió que le llevase a lo alto del monte que circundaba la aldea.

Estaba amaneciendo, y Lekobide y Oria miraban maravillados el disco brillante del sol naciente. El anciano comparaba su cuerpo, retorcido y decrépito, con la esplendidez del sol, que a pesar de su inmenso tiempo de existencia, todas las mañanas aparecía radiante y luminoso. Y contó a su nieta cómo tenía la convicción de que era hoy su último día de vida. Entristecióse Oria y empezó a reprocharle con dulzura esa ansia de separarse de ella, dejándola triste y sola en el mundo. Pero el anciano estaba persuadido de que había llegado su fin, y bendijo a Oria y a toda su descendencia.

Entonces la muchacha levantó su cara llorosa y pidió que le dejara algo de su profunda sabiduría, ya que en el pueblo se daba gran valor a las últimas palabras de los que iban a morir.

Lekobide le preguntó qué era lo que más le interesaba, y Oria pidió saber qué pueblo de todos los que habitan la Tierra y se disputaban su dominio era el preferido de Jaungoikoa, y cuáles habían de ser los destruidos y cuál el vencedor universal.

El anciano contestó que Jaungoikoa no ha dado vida a los pueblos para que se destruyan, sino para que, mezclándose unos con otros, caminen hacia el mayor perfeccionamiento. En sus viajes por Oriente y Septentrión pudo advertir que todos los pueblos se creían elegidos por la divinidad; pero todos se engañaban, ya que para Jaungoikoa todos los pueblos son iguales.

No quedó muy contenta Oria con esta respuesta; en el pueblo no gustaría la idea de la igualdad de los pueblos y el no ser ellos los elegidos. Y pidió entonces un consejo que pudiera guiarlos en la ausencia del anciano. Meditó Lekobide sobre las virtudes y defectos de su pueblo, que tanto tiempo había acaudillado, y viendo el exagerado espíritu de independencia y falta de unión que caracterizaba a los vascos, aconsejó que todos se aunasen bajo un solo caudillo.

Quedaron después silenciosos. La angustia de Oria subía por momentos, al ver que Lekobide moría sin remedio, y no pudiéndose contener más, se echó en sus brazos, llorando y doliéndose por su porvenir y el de su pueblo que se vería privado de la clarividencia y serenidad de sus juicios y consejos, que tantas veces los habían salvado de conflictos irreparables.

Con voz trémula, y haciendo un gran esfuerzo, pudo decir aún el viejo caudillo moribundo que les dejaba un gran maestro. Un gran maestro, que le enseñó a él toda su ciencia. Gracias a él, muchas cosas que hacía cien años le parecían buenas, hoy le parecían odiosas; muchas injusticias, hoy las veía justas, y gracias a él había llegado a vislumbrar la verdad. Un desfallecimiento le cortó la palabra. Oria, intrigada, apremiaba por saber el nombre del maestro. En un último esfuerzo, pudo decir con voz débil que lo que mejor enseña en la vida es el tiempo.

Ya no habló más. Aquéllas fueron sus últimas palabras.

Oria fue bajando hacia el pueblo, repitiéndolas lentamente, aunque sin llegar a comprenderlas.

 

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