LEYENDAS DEL PAÍS VASCO – La leyenda de Mari, la dama de Amboto.

Una vez, en un caserío, cerca del monte Amboto, vivía con sus padres una hermosa muchacha de largos y sedosos cabellos rubios. La muchacha encontraba gran placer en peinar su fina cabellera, y muchas veces descuidaba sus faenas por peinarse. Una tarde estalló una gran tormenta; pero la muchacha seguía cuidando sus rubios cabellos. La madre vio que no tenía agua, y pidió a su hija que fuera a buscarla. Pero la muchacha, distraída, no hizo caso, y después no quiso salir. Entonces la vieja, enfurecida. exclamó: « ¡Maldita, así te lleven los rayos!». E inmediatamente la muchacha se transformó en un fantasma de fuego, y saliendo por la ventana, subió en el aire hasta llegar a la cumbre del monte Amboto. Allí se la suele ver a veces, en forma de un gran globo de fuego; otras veces, como una blanca nubecilla. Y cada siete años se traslada a otro monte. La gente la conoce con el nombre de Mari, y hasta dicen que se aparece en otros montes, como el Aralar, etc.

Mari suele aparecerse en su antigua forma humana a los pastores y viandantes. Una vez, un pastor llevaba sus ovejas por las estribaciones del monte Amboto, y de pronto vio una bella joven que a la entrada de una cueva peinaba sus largos cabellos dorados. La hermosura de la muchacha turbó al pastor, y, aproximándose a ella, le pidió que fuera su esposa. Ella accedió, con la condición de que no la obligaría, ni a ella ni a sus hijos, a ir a la iglesia.

El pastor la llevó a su casa. Y tuvieron siete hijos. Pasó el tiempo, y el pastor se había arrepentido de la promesa que hiciera a su mujer. Veía crecer a sus hijos sin ir a la iglesia, y sentía grandes remordimientos. Hasta que un día preparó la carreta, unció a los bueyes y puso dentro a los hijos. Llegó la mujer y quiso saber. «¿Adónde vas?» «Voy a recoger manzanas; sube con nosotros», dijo él. La mujer subió, y el marido la ató bien fuerte. Y aguijó a los bueyes por el sendero que iba a la iglesia. La mujer hacía grandes esfuerzos para soltarse pero no podía. Y cuando ya llegaron a la iglesia y vio ella la cruz, exclamó: «¡Mis hijos al cielo, y yo para Muru!». Y se convirtió en un fantasma de fuego, y quemando las ataduras se elevó en el aire. Ella era Mari, que se había aparecido al pastor para perderlo a él y a sus hijos.

Otra vez, Mari bajó a un pueblo y empezó a vivir allí. Para engañar a la gente hasta solía ir a misa. Una noche, mató a un hombre que sospechaba quién era ella. Pero hizo recaer el crimen en una vecina. A la vecina la condenaron a morir ahorcada. El día de la ejecución Mari pasó por delante del patíbulo y entró en la iglesia a comulgar. La pobre vecina, en el último momento, exclamó: «¡Que Dios haga justicia y castigue a quien cometió el crimen!». Y Mari, que estaba arrodillada en el comulgatorio, en el mismo instante en que la vecina había lanzado su angustiosa súplica, se convirtió en un nube de fugo, y rompiendo un muro de la iglesia, salió por los aires, en medio de un estruendo espantoso. Todos la vieron volar hacia los montes, y la vecina demostró así su inocencia.

A veces se cuentan historias que demuestran que Mari no siempre está llena de maldad. Una muchacha de los alrededores de Marquina cuidaba un hato de ovejas cerca de Gabaro. Al acercarse a una cueva, vio que por los aires llegaba una nubecilla blanca que se enredó en una mata, y al rato vio a Mari ante ella, alta y bella, con sus largos cabellos rubios. La dama la metió en la cueva. La pastorcilla quería salir; pero la dama nunca la dejaba. Al fin, después de muchos años, la dama le dijo: «Antes tenías que estar aquí; ahora tienes que salir».

La llevó a la entrada de la cueva, y al salir le dio un puñado de carbón. La muchacha no quiso aceptarlo; pero Mari la obligó a cogerlo. La muchacha lo guardó, recogiéndolo con su falda. Y cuando llegó a su casa, vio que se había convertido en oro rojo.

Otra vez un pastor vio que le faltaban carneros. Fue a la cueva de Mari, pues era muy valiente, y esperó. Al poco rato vio llegar por los aires un globo de fuego, y Mari se le apareció. Él dijo: «¿Dónde están mis carneros?». Ella contestó: «En mi cocina». Entonces el pastor regresó al pueblo y contó lo sucedido al cura. Éste le dijo que volviera y que hiciese lo contrario de lo que Mari había dicho.

A la mañana siguiente, el pastor volvió al monte y encontró a Mari. Ésta le dijo: «Si quieres tus carneros, entra en la cueva por ellos». Entró el pastor en la cueva, y allí estaban los carneros. Mari le dijo: «Cógelos por los cuernos y sal dando la vuelta». Pero el pastor, al coger a los carneros por los cuernos, salió con la espalda para atrás. Y cuando se vio ya al aire libre, oyó que Mari le decía: «Si hubieras hecho lo que te he dicho, te hubieras quedado aquí hasta el fin del mundo».

 

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