LEYENDAS DEL PAÍS VASCO – La lamiña enamorada.

Un estudiante que vivía en un caserío volvió de sus vacaciones. Solía ir con frecuencia al monte y gustaba de pasar muchas tardes solo, en lo alto de alguna montaña. Una de esas tardes encontró en el camino a una joven bellísima que al lado de una fuente peinaba sus largos cabellos dorados. La hermosura de la mujer hizo fuerte impresión en el joven estudiante, que se acercó a la dama, un poco turbado, para saludarla y preguntarle quién era. Ella no contestó directamente, sino que, a su vez, le preguntó al estudiante por su nombre y su procedencia. El muchacho le contestó cumplidamente. Así empezaron a hablar, y durante algunas horas la conversación fue viva y animada. Ya empezaba a anochecer, cuando el estudiante cayó en la cuenta de que el tiempo había pasado rápidamente y que tenía que regresar a casa. Los jóvenes se despidieron con la promesa de que al día siguiente habían de encontrarse sin falta en aquel mismo lugar.

El estudiante bajó hacia el caserío. Por el camino iba alegre, lleno de excitación. Llegó a la casa cuando ya le esperaban para cenar, y a pesar de que su padre le preguntó la causa del retraso, él no contó nada de lo que le había ocurrido. Por la noche, apenas pudo dormir, soñando con la hermosa muchacha de los rubios cabellos. Nunca había visto otra tan hermosa como ella, y ya se imaginaba que llegaría a ser su esposa y que lo haría muy feliz.

A la tarde siguiente se puso en camino hacia el lugar en donde tuviera el feliz encuentro. Allí estaba ya la muchacha, que lo acogió cariñosamente. Él le pidió que fuera su mujer, ya que estaba enamorado de ella, y la joven aceptó, pero velando con un poco de tristeza sus palabras. El estudiante se despidió, con el deseo de hablar en seguida con su padre, y bajó al caserío.

Buscó a su padre y le dijo lo que le había sucedido. Cuando el padre supo los pormenores, se puso muy serio y dijo al estudiante: « ¡Ay hijo mío! Temo que te haya sucedido una desgracia. ¡Todo eso que me cuentas me hace sospechar que tu enamorada no es una mujer, sino una lamiña!». El estudiante no quiso creer tal cosa. «Ella es dulce, y no puede ser sino una mujer que me hará feliz.» Mas el viejo, que conocía bien todas las costumbres de las lamiñas, volvió a insistir en lo mismo. Y le dijo: «Vuelve a verla mañana; pero procura fijarte en sus pies. Verás cómo no son de persona». El estudiante prometió hacerlo así.

La noche fue un suplicio para el joven enamorado. Se revolvía en la cama sin poder dormir, pensando en el consejo de su padre, si bien creía que el viejo podía equivocarse y que, cuando se encontrase con la muchacha, todo se habría de aclarar. Ya a la madrugada, a duras penas, pudo coger el sueño. Se despertó avanzado el día. No pudo reprimir el deseo de marchar al monte, antes de que fuese la hora convenida para la cita.

Llegó, por fin, la tarde; subió por el camino y encontró a la muchacha. Ella lo saludó con una sonrisa encantadora. El estudiante, turbado, contestó con palabras un poco temblorosas y procuró aproximarse a ella. Cuando estuvo ya cerca, con un movimiento rápido, le levantó un poco las faldas. Salió un grito de angustia de su pecho: la muchacha tenía pies de ganso. Ella palideció, y, sin decir nada desapareció por el monte.

El estudiante descendió cabizbajo, cubierto de dolor y de vergüenza. Cuando llegó a su casa, metióse en la habitación y no quiso ver a nadie, sino a su padre, a quien contó todo.

Jamás volvió a salir de paseo por el monte. Pasaba los días mirando la montaña, lleno de melancolía. Y ésta fue tan intensa, que su existencia ya no duró mucho. Pocas semanas después, el estudiante moría, sin que se pudiese hacer nada en su auxilio. Los padres dispusieron el cadáver para el velatorio; invitaron a los vecinos, que acudieron, llevados por la piedad hacia el desgraciado joven. Durante el velatorio, mientras las mujeres entonaban los cantos funerales, oyeron un ruido extraño fuera de la casa. Salieron a ver qué ocurría, y vieron que eran unas doncellas bellísimas que traían una sábana lujosamente bordada de oro. Comprendieron que eran lamiñas y las dejaron. Las lamiñas llegaron hasta el féretro, en donde yacía el estudiante, y cubrieron su cuerpo con la sábana. Después salieron, perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Los vecinos estaban asombrados al ver la riqueza del obsequio de las lamiñas. Y algunos, codiciosos, aconsejaron que se clavase el paño, para que no lo pudieran recobrar las lamiñas. Los padres protestaron de ello; no obstante, se hizo así. Mas fue inútil, porque antes de la madrugada volvieron las lamiñas, y al notar que su paño estaba clavado, lo rompieron, tirando de él.

Al día siguiente se hizo el entierro. Iba mucha gente acompañando al cadáver del estudiante. Y detrás del cortejo se pudo ver a la hermosa lamiña, que con grandes muestras de dolor acompañó al cuerpo de su amante hasta que lo entraron en la iglesia. Ella volvió sobre su camino, porque no podía penetrar en recinto sagrado.

 

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