LEYENDAS DEL PAÍS VASCO – La cruz en el pan.

En el pueblo de Arratia, en el barrio de Lamindano, habitaba un matrimonio trabajador y honrado; tenía dos hijos pequeños: un niño y una niña. El padre trabajaba mañana y tarde, para llevar a su casa lo necesario para el sustento de su familia. La mujer era muy hacendosa, afanándose porque no les faltara nada a los suyos; a ratos hilaba, y cocía en casa el pan para toda la semana.

Estaba un día amasando el pan para meterlo a cocer en el horno, y dejó a la niña sola en el portal, con algunos juguetes, para que se entretuviese y no la estorbara en sus faenas; pero la niña, que estaba muy acostumbrada a la compañía de su madre, no dejaba de llorar, llamándola a gritos. La mujer chillaba, regañándole para que callase; pero no conseguía nada. Y, desesperada, exclamó: «¿No habrá una plaga que te lleve de ahí?».

Pasó un rato sin volver a oír a la niña. Pensando que estaría entretenida con algo, terminó tranquilamente de hacer su tarea, y cuando hubo acabado, salió al portal de la casa a recoger a su hija. Pero se extrañó al ver que allí no estaba. Salió a la calle y fue buscándola por todo el pueblo. A todos los vecinos que encontraba preguntaba por ella; pero nadie había visto a la pequeña. La mujer, desolada, volvió a casa; miró por todos los rincones, y la niña no aparecía. Y así, durante varios días, hasta que tuvo que hacerse a la terrible idea de que la había perdido, llorándola con desconsuelo durante mucho tiempo.

Pasaron ocho años sin lograr averiguar el paradero de la niña y sin que nadie les diera la menor noticia. Únicamente su hermanito volvió algún día a casa diciendo que había visto a la niña, que se estaba peinando delante de la cueva de Lamindano; pero en cuanto veía a alguien, se escondía rápidamente dentro de la cueva y era imposible asegurarse de si era ella. Los padres frecuentaban las cercanías de la cueva con la esperanza de ver algún día a su hija; pero nunca lo habían conseguido.

Llegó al pueblo un santo misionero para dirigir unos ejercicios y la madre fue a comunicarle sus angustias y la sospecha de que su hija hubiera sido robada por alguna lamia; le explicó cómo el niño decía haberla visto alguna vez peinándose delante de la cueva, y pidió al misionero algún medio para poderla rescatar.

El sacerdote le mandó que hiciera siete panes en una hornada, y en el séptimo pusiera una cruz; que colocara los siete panes extendidos delante de la cueva de las lamias, y que ella y su marido se ocultaran detrás de unas matas, para observar desde allí sin ser vistos, y que esperaran lo que iba a ocurrir.

La mujer se levantó pronto al día siguiente; hizo todo lo que el misionero le había mandado; llamó al marido, y con los siete panes, calientes todavía, llegaron a la cueva, ante cuya puerta los extendieron, escondiéndose a toda prisa ellos entre unas zarzas. Vieron desde allí cómo salía de la cueva una niña preciosa, con el pelo extendido, que cogía uno de los panes y lo metía en la cueva; salió por el siguiente, y así, uno tras otro, se los llevaba todos. Mas cuando cogió el último, que tenía la cruz, al ir a entrar en la cueva, no podía, por más que lo intentaba. Los padres aprovecharon este momento de apuro para coger a su hija, y con ella corrieron hacia su casa, sin volver la cabeza, con miedo de que los persiguieran. Hiciéronle en casa mil preguntas; pero la niña no los conocía ni se acordaba de nada. Estaba como atontada, sin saber qué responder. Sólo cuando le preguntaron: «¿Qué hacías allí?», contestó: «Cumplir el deseo de mi madre».

 

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