LEYENDAS DEL PAÍS VASCO – El ungüento de la bruja.

Durante la Reconquista, en los frecuentes combates entre moros y cristianos, éstos luchaban con el valor heroico que les despertaba la defensa de su religión, y causaban incontables bajas a los moros. Pero no se agotaban por ello los guerreros árabes, que, como surgidos de la tierra, volvían a acudir en gran número a la batalla siguiente, lo que exasperaba a los soldados españoles, quienes nada conseguían con convertir en cementerios los campos de batalla. No se explicaban aquel misterio los cristianos, ni lograban averiguar de dónde sacaban aquellas cantidades de tropas de repuesto. Mucho tardaron los soldados españoles en averiguar que el secreto de todo consistía en un ungüento que fabricaba una bruja que habitaba entre los moros. Untaba con él a los cadáveres que yacían en el campo de batalla, y éstos resucitaban. Así, después de cada combate, cuando el campo estaba sembrado de muertos, llegaba de noche esta bruja con un puchero bajo el brazo; después, metiendo dos dedos en él, cogía un poco de ungüento, con el que untaba las heridas de los cadáveres, y sin decir palabra, los volvía a la vida, levantándose como si despertasen de un profundo sueño. Uno tras otro, iba resucitando a todos los cadáveres, que a veces llegaban a muchos miles, y ya se dieran los combates en las llanuras de Álava, ya en la parte más abrupta del País Vasco, no faltaba nunca la bruma untadora. Se libró un día una de las más sangrientas batallas; en ella, el número de moros muertos era incalculable. Mas los victoriosos cristianos temían que, como en otras anteriores, no disminuyesen los combatientes moros.

Un soldado cristiano de gran ingenio decidió averiguarlo, y mientras sus compañeros dormían, él se quedó de centinela, sin perder de vista los cadáveres moros tendidos en el campo. A medianoche vio que aparecía una sombra, que se agachaba junto al primer muerto, tomaba un poco de ungüento con los dedos y untaba sus heridas, resucitando el moro. El soldado no necesitó ver más; acercándose, clavó su lanza en la bruja, y con ella atravesó también al moro: los dos cayeron muertos. Cogió entonces el puchero, que estaba caído en el suelo, y con un poco de ungüento untó las heridas de la vieja, para probar su eficacia. Al momento resucitó, diciéndole: «Por favor, no me mates, y yo te enseñaré a hacer este ungüento prodigioso». Pero el soldado, sin hacerle caso, le clavó la lanza en el pecho, dejándola, por fin, muerta en el campo.

Saltando de alegría, corrió junto a sus compañeros y les comunicó su descubrimiento, y, para demostrárselo, les decía: «Matadme, y luego me untáis bien las heridas con esto, y resucitaré».

Mas los soldados se negaban a arriesgar la vida de su querido compañero. Tanto insistió el muchacho, que al fin cedieron y le dieron muerte; seguidamente le untaron bien con el ungüento, y al punto resucitó.

Después utilizaron el ungüento para resucitar a todos los soldados cristianos caídos en el campo de batalla, que se levantaron fuertes y triunfantes.

 

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