LEYENDAS DEL PAÍS VASCO – El santo Cristo de la Inocencia.

Era portentoso el efecto causado por el padre misionero que predicó aquel año la cuaresma en el pueblecito de Arizmendi. Todos los fieles, y muchos que no lo eran, habían acudido a oírlo; algunos con unción, otros por mera curiosidad, y todos salían entusiasmados. ¡Aquellas meditaciones de la Pasión…! ¡Jamás se había oído en el pueblo nada semejante! Y las mujeres, y algunos hombres también, lloraban emocionados, recorriendo con su imaginación, conducidos por el fervoroso fraile, la vía dolorosa y los tormentos del Señor en la cruz.

Solamente hubo un alma que permaneció impasible ante la narración; un alma tan embotada por el mal, que la luz no podía abrirse camino en su negrura, donde todo eran tinieblas. Era ella la Mari-Andrea, la del viudo, como la llamaban en el pueblo. Efectivamente, unos años antes de aquella memorable cuaresma, se había casado con un viudo que tenía un pequeño, Agustín, rapaz de unos nueve años. Mari-Andrea era entonces una de las más lindas mozas de Arizmendi: sanota, fuerte, alegre, y también buena y afectuosa. Acogió al niño de su marido con amor y le prodigó cuidados y dulzuras, con gran satisfacción del pobre hombre, que pasaba días y meses fuera de su casa, en su trabajo. «Pronto —pensaba ella— tendré yo un hijito mío de mis entrañas, y por él tengo que cuidar a este rapaz.»

Pero ¡ay!, el tiempo pasaba, y el hijo tan esperado no llegaba ni se anunciaba siquiera. Mari-Andrea sintió fastidio, primero; angustia, miedo, pánico a su esterilidad, después. Eso la transformó poco a poco, pero radicalmente. Se hizo adusta, seca, recelosa; se le mudó el carácter y hasta se le quebró el color. En aquellos tres años envejeció rápidamente, estaba enloquecida, obsesionada con una idea fija: ser madre.

Todo aquel cambio lo pagó el huerfanito, por el que empezó a sentir manía al principio y después aborrecimiento y hasta odio. Unos celos salvajes a la madre difunta; celos que no había sentido como esposa y que la atormentaban al imaginarla madre.

El marido, siempre en su trabajo, no se daba cuenta del cambio que había experimentado Mari-Andrea respecto a su hijo, y además ella lo disimulaba hábilmente ante él; pero después vinieron las malas palabras, los golpes, el ensañarse con el pobre niño.

En aquella cuaresma en que el predicador movió todos los corazones, el de Mari-Andrea se movió también; pero se movió por el mismo demonio, y maquinó un plan horrible, monstruoso, que se dispuso a llevar a cabo con cínica frialdad.

Preparó primero dos fuertes maderos, que unió en forma de cruz, y los llevó a la cocina de su casa. Cogió después al niño, le desnudó brutalmente y con saña inhumana le azotó. Luego le coronó con una rama de espino, que ya tenía preparada, y se dispuso a atarle en la cruz. Por su imaginación loca fue pasando todo el sermón de aquella tarde, y ella lo iba poniendo en práctica con fruición. Levantó la cruz con fuerza sobrehumana y la clavó en la cocina de la casa. Y sus labios murmuraron: «Quiero hacerle como al Otro, igual que le hicieron al Otro».

El pobre niño resistió poco tiempo el suplicio. Un sudor de agonía le sobrecogió todo, mientras que, inconsciente, se le oyó exclamar: «¡Tengo sed!». Como loca, riendo a carcajadas, Mari-Andrea va a mojar en vinagre un trapo, mientras repite: «¡Igual, igual que el Otro!». Pero al levantar la cabeza hacia la cruz, para presentarle el vinagre, de su pecho brotó un rugido de espanto. El niño no estaba en la cruz. En su lugar, era la imagen viva de Jesucristo crucificado la que allí, en la cocina de su casa, la miraba con ojos llenos de pena y de misericordia. Mari-Andrea huyó despavorida, gritando: «¡Milagro, milagro! ¡Perdón, perdón!».

La gente se arremolinó, entró en la casa. Y en la cocina pudieron ver a Cristo en la cruz, mientras que, junto al hogar, en el sitio de costumbre, estaba el niño dormido. Su cuerpecito conservaba aún las señales de sus padecimientos, de los golpes y de las ligaduras. En aquel mismo lugar se levantó una capilla. El Cristo se llamó de la Inocencia, puesto que ocupó el lugar de un inocente tan brutalmente perseguido.

La fama de sus curaciones, sobre todo en los pequeños, se extendió rápidamente por todas partes, y son muchos los que acuden a pedirle la salud de los niños enfermos.

 

←LEYENDAS DEL PAÍS VASCO

←CC.AA.PAÍS VASCO

← CC.AA.

←ESPAÑA