LEYENDAS DEL PAÍS VASCO – El diablo penitente.

Hace muchos años, en algunos pueblos vascos había la costumbre de salir a medianoche algunos penitentes, descalzos y desnudos de medio cuerpo para arriba, con unas disciplinas en la mano, para azotarse. Rodeaban el pueblo, parándose bajo alguna imagen que había sobre las puertas, y ante ella se disciplinaban hasta sangrar, sobrecogiendo a los vecinos más madrugadores, que huían asustados. Llegaron a inspirar tal miedo estos penitentes, que hasta los más audaces procuraban evitar su encuentro. En Lequeitio, como en todos los pueblos de la costa, eran los pescadores los primeros en levantarse; mas como no podían salir todos los días al mar, para no madrugar en balde, nombraron a un atalayero llamado Chili, hombre fuerte y vigoroso, casi gigantesco, que era el encargado de levantarse antes del amanecer, ir a la atalaya y observar el estado del mar, para dar aviso a los pescadores de si podían embarcarse o no.

Comentaban en una ocasión reunidos todos los pescadores con Chili, el miedo que inspiraban los nocturnos penitentes; pero al forzudo atalayero nunca le habían sobrecogido lo más mínimo: él se había encontrado a muchos, sin que le hicieran ninguna impresión. Sus compañeros insistían en que si en las sombras de la noche se le acercara a él alguno, ¡ya temblaría! Pero Chili, ofendido de que se pusiera en duda su valor, contestó: «Aunque el mismo demonio vestido de penitente me pidiera que le acompañara, no vacilaría en hacerlo. ¡Es de cobardes tener miedo!».

Aquella noche, como de costumbre, se levantó Chili cuando aún brillaban las estrellas y se dirigió a la atalaya para examinar el estado del mar y del cielo. Y estando observándolo, vio venir hacia él una sombra más negra que la noche, que le dijo: «Oye, muchacho: quisiera llegar al pie del monte Oíz antes del amanecer, y no sé por dónde se va. ¿Quieres tú acompañarme?». «Imposible —contestó Chili— que puedas llegar allí tan pronto; así que no cuentes conmigo.» Pero la sombra insistió: «Tú prometiste anoche que acompañarías a cualquier penitente sin ningún miedo; así que, si tienes palabra, ven conmigo». Chili se resistía: «¿Quién va a avisar a los pescadores que pueden salir al mar?». «Mira, por eso no te preocupes, porque se ha levantado un fuerte temporal y no se puede salir con esas olas.» Chili vio el mar fuertemente agitado por una gran marejada, y dijo: «Pues vámonos». Echaron a andar los dos, y, rodeando las murallas de la villa, llegaron bajo el arco de San Pedro. El atalayero miró al penitente, diciendo: «Ahí tienes una imagen».

Pero el otro siguió impasible, sin hacer siquiera ademán de disciplinarse. Pronto llegaron a la segunda puerta, que estaba muy próxima, y Chili, viendo que tampoco allí se azotaba, le dijo: «Si no tienes valor para azotarte, yo te azotaré, y así me calentaré las manos». «Tienes frío, ¿eh? Pues yo te calentaré pronto», contestó el penitente.

Continuaron andando hasta la tercera puerta de la muralla, sobre la que había una imagen de la Virgen. El penitente agachó la cabeza, como avergonzado, y pasó de largo, sin detenerse ante ella. Dejaron atrás al pueblo y empezaron a caminar por el monte a toda prisa. Chili comenzó a fatigarse, y le dijo: «Acorta el paso, porque sudo». «¿Sudar ahora? Lo que tú tienes es miedo, porque eres un cobarde.» Chili, lleno de coraje, iba a levantar los puños para golpearle por su ofensa, cuando se fijó que su compañero tenía, en vez de dedos, cinco garras largas y curvas, como las de una fiera, y quedó horrorizado, sin atreverse a mirarle. Únicamente pudo decir su primera mentira: «Yo no tengo miedo».

Penosamente iba caminando Chili junto a su compañero, en dirección al Cristo del Portal, pensando no pasar de allí y volverse a Lequeitio, aunque le llamase cobarde. Y cuando iban a llegar, el penitente se detuvo y dio un rodeo, para no pasar junto al Cristo. Al volverse a reunir con él, se iba a despedir Chili, y, de espanto, no pudo hablar: el rostro de su compañero tenía hocico y dientes de cabra y era monstruosamente feo. Se le acercó, mirándole muy fijo, con una mirada infernal, y se echó a reír con horribles balidos, diciéndole: «¡Tú tienes miedo, Chili, tienes miedo!». El atalayero, temblando, contestaba: «No tengo miedo».

A toda prisa siguieron subiendo por la empinada cuesta, después de haber atravesado el puente de Lea, y tomaron la estrecha senda de Auria, llegando a Óibar. Chili, que había frecuentado tanto aquellos parajes, para él familiares, atolondrado por el espanto, los desconocía y creíase estar en el camino del infierno; buscó, febril, en su bolsillo, y encontró el rosario, que empezó a rezar con profunda angustia. El falso penitente le miraba con aquel rostro, que infundía pavor, y, gozoso, veía a Chili pálido como la muerte, que apenas le sostenían las piernas y que estaba a punto de desfallecer. De nuevo le preguntó con voz terrible: «Tienes miedo, ¿eh? Responde de una vez para siempre».

En ese momento llegaban a la ermita de Óibar. Chili, anhelante, empujó la puerta, mientras decía: «¡Madre mía, tengo miedo! ¡Sálvame!». Y cayó de bruces dentro de la ermita.

Entonces aquel horrible penitente lanzó un terrible rugido, que hacía estremecer, y dijo: «Para que otra vez dejes en paz al demonio en el infierno. Yo soy el diablo, y ya habías caído en mi poder. Puedes dar gracias a eso que llevas en la mano y al lugar en que estás refugiado; que si no es por ello, no te me escapabas».

Y con una furia infernal dio un fuerte golpe contra la puerta de la ermita, dejando allí incrustadas las huellas de su horrible garra.

Durante mucho tiempo acudieron los vecinos a contemplar las huellas del diablo. Todavía está en pie la ermita; pero en las últimas reparaciones se borraron las señales de las garras del maligno.

 

←LEYENDAS DEL PAÍS VASCO

←CC.AA.PAÍS VASCO

← CC.AA.

←ESPAÑA