LEYENDAS DEL PAÍS VASCO – A orillas del Urumea.

En la ciudad que reposa a los pies del monte Urgull, la bella Donostia, bañada por el Urumea, río sagrado de los vascos, que desciende de las montañas de Navarra, se encontraba Pedro de Laurtun, enamorado de una bella donostiarra, María de Lordi.

María amaba su tierra extraordinariamente. Nunca hubiera querido separarse de ella. Pensaba en los árboles de ciruelas salvajes y manzanas agrias, las verdes y húmedas montañas donde destacan las campánulas blancas; pero, sobre todo, en el Urumea, donde se bañaron generaciones de guerreros vascos; en el laizkibel, en que se rompen las olas impotentes, en la lluvia y el sol velado de su país.

Por esto, cuando Pedro de Laurtun, huérfano y sin porvenir, le pro-puso huir con él para casarse en el extranjero, rehusó. No abandonaría jamás el techo paterno, no causaría ese dolor a sus padres, aunque aseguraba que amaba a Pedro con todo su corazón. Pedro, atormentado por la desesperanza y por los celos, decidió marchar de Donostia, abandonar el país y cruzar el mar para buscar el olvido. Pensaba que María no le amaba. Su negativa no era sólo por no abandonar a sus padres y su país, sino porque amaba a Luis de Bidanay, el francés que había venido a San Sebastián, cargado de dinero, para arrebatarle su felicidad. Recordaba también que María no había manifestado un gran disgusto cuando le habló de su partida. El desgraciado Pedro marchó al puerto donde debía embarcar; pero antes pasó por la calle donde vivían los Lordi, para decir adiós a María con el pensamiento. Miró a la ventana cerrada, y ya iba a dejar la calle, cuando observó que María le esperaba en el umbral. Se acercó, y ella le dijo que no debía partir ni abandonar la tierra de sus juegos infantiles, a la que desean volver todos los que la han dejado. Además, no siempre se consiguen las riquezas que se sueñan; hay muchos que mueren en el camino, y otros arrastran una existencia miserable en el lejano país. Pedro contestó que las mujeres de aquellos países saben amar, y cuando entregan su corazón a un hombre, no lo olvidan por otro más rico. María comprendió la indirecta, y le contestó que las vascas debían mostrar hospitalidad y no acoger con hostilidad al extranjero. Éste era el caso de Luis de Bidanay, cuyo antepasado luchó junto a los vascos de Roncesvalles. Pedro, entonces, le confesó que al desaparecer de su vista el faro de Igueldo, se encontraría en una tumba, y que la vida no significaría nada para él. Calló después, entristecido. María le tomó la mano y le contó que, a pesar de no merecérselo, le amaba, y había conseguido, en unión de su madre, que consintiera su padre en el matrimonio. Pedro pidióle perdón por sus celos y desvaríos, y se encontró de nuevo lleno de júbilo ante lo que no esperaba llegaría a sucederle.

 

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