LEYENDAS DE VALENCIA – La Zaidía.

El rey Lobo, nombre con que se conoce en la historia a Aben Sad el Gazami Aben Mardenis, se hizo célebre en la España musulmana como valeroso guerrero y sagaz político, que supo sostener el reino árabe contra la invasión de los almohades. Aben Sad se construyó un suntuoso palacio en Valencia, que aventajaba a los de todos sus antecesores.

Este prudente monarca tenía en su harén las más hermosas mujeres de su país; pero extasiado ante la hermosura de Zobeida, hija del caudillo moro que gobernaba en Murcia, llamado Ibraím, la tomó por esposa, siendo su favorita, y de la que tuvo una hija, llamada Zaida, de deslumbradora belleza, cuya fama traspasó los límites de su reino.

La horda almohade avanzaba, arrasando la Península y acercándose a la parte oriental de ella, regida por Aben Sad. Al frente de las tropas africanas venía el príncipe Cid Abu Sad, hermano del emperador Yusuf, que había quedado en África. Cid Abu, conocedor de la fama de la extraordinaria hermosura de Zaida, se propuso adueñarse de ella, negociando amistosamente con su abuelo Ibraím a cambio de la doncella.

Aben Sad, ante la inminencia del peligro que corría su reino, pidió auxilio al rey de Castilla, que le envió refuerzos y con ellos pudo defender a su estado y enfrentarse con el enemigo en los campos de Murcia, donde se libró la espantosa batalla de Algelad, el 24 de octubre de 1165, quedando derrotadas las tropas del rey moro Aben Sad.

Pero, culpando de la derrota al caudillo Ibraím, por sus tratados, le destituyó de su cargo y, para más escarnio, repudió a su hija Zobeida, a la que devolvió al jefe murciano, marchando padre e hija a llorar su desventura en el destierro.

Mientras, la bella Zaida lloraba sin tregua la ausencia de su madre y suplicaba a su padre, Aben Sad, que la perdonara y recibiese de nuevo. Ablandó, con sus continuos ruegos, el corazón del monarca, que volvió a aceptar por esposa a Zobeida y repuso a Ibraím en su cargo.

Con grandes fiestas quiso solemnizar el rey moro la vuelta de la sultana. Una de ellas fue una fantástica regata nocturna por el Guadalquivir, con espléndidos premios para los más esforzados remeros. Se deslizaban las barquichuelas, artísticamente adornadas con damascos, flores y luces de diversos colores. Sobresalía, entre todas, una adornada con gran lujo y soberbios brocados que formaban un toldo, en cuyo interior iban el rey moro, su esposa y su bella hija Zaida. Habían acudido a estas fiestas, como invitados, algunos nobles castellanos que prestaron ayuda a Aben Sad en sus luchas contra los almohades. Uno de ellos contempló a la bella Zaida y quedó locamente enamorado de aquella extraordinaria hermosura, soñando en poder conquistarla.

El rey moro, embelesado, miraba a su hija, orgulloso de aquella maravilla, y la obsequió regalándole el palacio, que desde ese momento se llamó la Zaidía, y se decidió a decorarlo para admirar a las generaciones venideras y demostrar así el amor que había profesado a su hija y a su esposa. Mandó embellecerlo con maravillosos arabescos, esmaltes de colores y piedras preciosas, que producían fantásticos juegos de luces.

Tenía el caudillo varios hijos varones, y el mayor se llamaba Abul Hegiag, príncipe arrogante y valeroso.

Con variable fortuna sostenía Aben Sad la guerra contra los almohades durante varios años. Pero su pueblo, antes sumiso, comenzó a sublevarse contra él en varias plazas, entre ellas Alcira, mandando para sofocar la sublevación a su hijo Abul Hegiag, que después de sitiar la plaza, logró someterla.

Al mismo tiempo, Alfonso II de Aragón, con un formidable ejército, atacaba a Tarragona, acudiendo en su auxilio el rey moro Aben Sad. Y ya iba el príncipe Abul a auxiliar a su padre, cuando le detuvo una sublevación en Valencia, teniendo que poner sitio a la capital; pero, llamado por su padre, marchó a Tarragona.

Mientras, la bella Zaida, en los jardines del alcázar, entre embriagadores aromas, esperaba que llegara la noche, y con ella su enamorado, caballero cristiano, que acudía a diario a contemplar la esplendorosa belleza de Zaida, más resplandeciente que la luna. Y, entregados a sus coloquios amorosos, permanecían hasta que se ocultaban las estrellas. Varias veces había el caballero intentado convencerla para que huyese con él a su reino, donde la haría su esposa; pero Zaida se resistía siempre a abandonar aquel palacio que su padre había construido para su deleite.

Las tropas del rey de Aragón aprovecharon la ausencia del rey moro y cayeron de improviso sobre Valencia. Iba con ellas el enamorado caballero cristiano, dispuesto a apoderarse por la fuerza de la doncella; pero ante la defensa de la guardia de la sultana, tuvo que abandonar su empresa.

Aben Sad se trasladó a Mallorca en busca de refuerzos; pero le sorprendió la muerte en la isla. Sucedióle en el trono su hijo Abul Hegiag.

Los almohades habían triunfado en casi toda la España árabe y mandados por Cid Abu entraron triunfantes en Valencia. El jefe moro cuidó lo primero de ir en busca de la bella Zaida, con cuya posesión ya soñaba desde hacía tiempo.

Quedó desconcertado al enterarse de que Zaida había marchado a Marruecos para ser la esposa del emperador Yusuf, su hermano. La boda había sido concertada por el hermano de Zaida, Abul Hegiag, a cambio de los señoríos de Denia y Játiva.

Yusuf recibió con gran ostentación a su bella esposa y mandó construir un suntuoso palacio para que no echara de menos la lujosa morada de la Zaidía. Pero la sultana palidecía de tristeza, y ante los consejos de los médicos, hubo de volver a Valencia hasta que recobrase la salud y la alegría perdidas.

Zaida no se restableció con la vuelta a su país y, siempre asomada a su mirador, contemplaba con profunda nostalgia los bellos jardines, en los que se había deleitado amando al caballero en sus perfumadas noches, y lentamente languidecía y empeoraba, hasta morir de amor.

Yusuf mandó embalsamar su cuerpo y transformar el mirador en un sepulcro, donde descansaran los restos de la sultana. Grabaron sobre su tumba una inscripción, que encontraron los cristianos al conquistar la ciudad, y que decía que «Dios Todopoderoso castigaría con su cólera al que osara profanar con su planta aquel recinto donde descansaba la sultana Zaida».

 

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