LEYENDAS DE VALENCIA – La virtuosa doncella.

Los habitantes levantinos vivían en completa paz, resignados con el dominio romano, cuando se enteraron de la guerra civil que se había desencadenado en Roma entre dos hombres poderosos y ambiciosos, Sila y Mario, repercutiendo en la península Ibérica las consecuencias de aquella lucha sangrienta.

Quinto Sertorio había estado en España al frente de los ejércitos romanos, y, conocedor de las grandes virtudes militares de los españoles, fue enviado por Mario para organizar un partido fuerte y numeroso con el que poder hacer frente a los ejércitos romanos.

Sertorio, por extrañas causas, se situó en Valencia, llamada ya Laurona por los romanos, ciudad entonces insignificante, dependiente de Edeta, renunciando así a habitar en ciudades mucho más importantes, como Tarragona y Cartagena, capitales de la España Citerior y Ulterior.

Rápidamente creció Laurona en riqueza y en importancia al ser ocupada por Sertorio, pues sus legiones aumentaban de continuo con prisioneros y voluntarios romanos diseminados por toda la Península. Y, además, la afabilidad y el espíritu justiciero de Sertorio supieron atraerse a los indómitos españoles, rindiéndosele varias ciudades y llegando a dominar toda la comarca, desde Valencia hasta el Pirineo, incluso parte del territorio aragonés. Su cuartel general lo estableció en Valencia, convirtiéndola en una popularísima ciudad.

El general romano era querido y respetado por sus soldados, a los que trataba con toda clase de consideraciones; mas también les había dado órdenes, bajo severísimas penas, de respetar a todas las mujeres del país, por lo que se atrajo asimismo el afecto de los españoles. Iba acompañado Sertorio de una cierva blanca, que le seguía mansamente; en ella creían todos que estaba personificada la diosa Diana, favorable al guerrero, y Sertorio sentía por ella una verdadera idolatría.

En Laurona existía una caudalosa fuente, a la que acudían, al ponerse el sol, todas las mujeres de la ciudad, quienes, después de llenar sus vasijas, en larga procesión, emprendían el camino de regreso a sus casas, llevando el agua cristalina y fresca con que aplacar la sed de sus familiares. La fuente era el centro de reunión de la gente moza, donde los labriegos esperaban a las doncellas, que a diario acudían a sus amorosas citas con la disculpa de sus cántaros.

Atraídos por las bellas mujeres aldeanas, acudían también a la fuente los soldados de Sertorio, llegando los más atrevidos a conseguir la confianza y hasta el amor de las zagalas.

Se distinguía entre ellos, por su arrogante figura, un soldado romano llamado Lupo, que se había enamorado de una hermosa muchacha, llamada Forcia, sin conseguir de ella ni una mirada de compasión al pintarle con apasionado lenguaje el amor que le inspiraba su hermosura.

Desdeñosa, le rechazaba siempre, sin que saliera de sus labios la más leve esperanza. Y el romano se enardecía con las continuas negativas, sintiendo cada vez mayores anhelos de conseguir aquella diosa inflexible al amor.

La bella aldeana, dispuesta a que el soldado renunciara a ella para siempre, decidió confiarle su secreto, y un anochecer, al volver de la fuente acompañada del romano, que solicitaba de nuevo su cariño, la doncella le reveló que desde niña amaba con pasión a un muchacho de su misma aldea, soñando los dos, felices, con su boda, concertada ya por los padres, que gozosos consentían en aquella felicidad para sus hijos. En uno de sus amorosos idilios, hicieron un solemne juramento, poniendo por testigos a los dioses, de su amor eterno, comprometiéndose los dos a consagrar su vida a aquel amor, aunque el hado fatal le arrebatara la existencia a uno de ellos. Pero el mozo fue reclutado en una leva romana y, arrancado de los brazos de su novia, partió con las legiones de Sila a Grecia, donde encontró la muerte. Desde entonces, Forcia vivía ausente de este mundo, sin más ilusión que encerrarse en un templo, esperando la muerte, consagrada a las ninfas.

El romano, al escuchar la triste relación de sus amores, pensó renunciar a la doncella. Pero un soldado, conocedor de su fracaso amoroso, le prometió su ayuda para conseguir a Forcia, a cambio de que Lupo le ayudara a él a apoderarse de la cierva de Sertorio, y los dos se comprometieron a poner en práctica sus atrevidos planes.

Corrió la nueva por toda la Península de que un nuevo ejército romano, partidario de Sila y a las órdenes del general Pompeyo, venía a España a luchar contra las tropas de Sertorio y decidir las rivalidades de los dos aspirantes al gobierno de Roma, Mario y Sila. Era Sertorio el mejor general de su tiempo y contaba con oficiales como Perpena. Pero Pompeyo traía un formidable ejército de 30.000 infantes, que se unirían en la Península a las tropas que había reclutado Metelo.

Pompeyo tomó algunas plazas, cuando se presentó en su campamento un traidor soldado de Sertorio que llevaba la cierva para entregársela al enemigo. Con ello menguó ante los españoles el prestigio de Sertorio, abandonado ya de la diosa Diana.

Pompeyo aprovechó aquella circunstancia y se aproximó a Laurona acompañado de la cierva. Los habitantes contemplaban extrañados cómo Diana había tomado el partido de Sila, e inclinándose a seguir las indicaciones de los dioses, muchos se pasaron al enemigo, en medio de la mayor confusión. Mientras, el traidor abría las puertas de la ciudad para que entraran los ejércitos de Pompeyo, que se adueñaron de la plaza.

Sertorio, mientras, abatido por el abandono de la cierva, que significaba para él el fin de su buena estrella, tuvo que hacer heroicos esfuerzos para sobreponerse y organizar la reconquista de Laurona con un poderoso ejército.

Las fuerzas de guarnición de Pompeyo que ocupaban la plaza se alojaron por las casas de la villa. A casa de Forcia llegó un centurión y varios soldados; ella reconoció en el centurión al amigo de Lupo, ascendido por sus traiciones en favor de Pompeyo. Terminada el agua de beber, el centurión ordenó que dos soldados acompañasen a la muchacha hasta la fuente. Pero ella no pudo volver a su casa, porque el traidor la había entregado con engaño a Lupo, también ya centurión de Pompeyo, por haberse apoderado de la cierva.

Lupo, que esperaba a la muchacha, a la fuerza la tomó en sus brazos, y huyó con ella a un bosquecillo, donde intentaba satisfacer su salvaje pasión. Pero Forcia, con entereza heroica, con sus propias uñas se arrancó los ojos, que arrojó al rostro de Lupo, huyendo éste horrorizado ante aquella ensangrentada visión; pero luego cayó prisionero de unos soldados de Sertorio que cercaban la ciudad. Avanzó una patrulla, encontrando a la doncella ciega, que, llevada ante el general Sertorio, le refirió su trágico suceso y la traición del soldado, quedando amparada en la tienda del general.

De sorpresa, y cuando menos los esperaban, las tropas de Sertorio cayeron sobre la ciudad, trabándose en ella una sangrienta batalla, en la que Pompeyo cayó herido en un muslo y Sertorio alcanzó una completa victoria sobre su rival, apoderándose de nuevo de Laurona, donde hizo un gran escarmiento en soldados y habitantes, por su inconstancia al pasarse al enemigo. Y sintió una de las más grandes alegrías al ver volver a la cierva a su lado, que, habiéndose escapado del campamento enemigo, llegó corriendo a lamer humildemente las manos del victorioso Sertorio, el cual creyóse asistido otra vez por la diosa Diana, y con fe inquebrantable acabó con el enemigo.

Recobradas la serenidad y la calma en la ciudad, una mujer recorría las calles buscando desolada a su hija, y a todos los soldados que veía les preguntaba por ella, hasta que la guiaron a la tienda de Sertorio, donde encontró a su hija, pero ciega. Triste impresión hizo a la pobre madre aquel encuentro y empezó a llorar lastimeramente; pero Forcia la consolaba, sintiendo la alegría interior de haber podido cumplir su juramento de fidelidad a la memoria de su amado.

Sertorio condenó a muerte de cruz a los dos soldados traidores; sentencia que se ejecutó en la plaza pública. Y mandó edificar un templo a las ninfas, donde se acogieron la ciega con su madre y allí vivieron hasta el fin de sus días. Sobre las ruinas de este templo, descubiertas recientemente, se levantó la ermita de San Miguel de Liria, famosa en toda la comarca.

 

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