LEYENDAS DE VALENCIA – La madre hambrienta.

Después del derrumbamiento del gran imperio romano, socavado por los desórdenes y el vicio, Alarico I y sus indomables guerreros dominaron a la orgullosa Roma, y, roto el dique, se desbordaron todos los pueblos del norte, sedientos de sangre y de botín. Sobresalieron por su crueldad los vándalos, que, atravesando los Pirineos, cayeron sobre la Península y arrasaron, a su paso, el oriente de España, devastaron las ciudades del litoral y llegaron hasta Valencia, que dejaron aniquilada con sus incendios y pillajes.

Centenares de familias sucumbieron entre los escombros calcinados, y las calles quedaron sembradas de ensangrentados cadáveres, víctimas de aquella cruel matanza.

Pronto se agotaron las pocas provisiones salvadas del incendio. El hambre se apoderó de la ciudad, cuyos habitantes huían a los campos, ocupando las guaridas de las fieras, que, según refiere san Agustín, invadieron la ciudad, atraídas por el hedor de los cadáveres en descomposición, y ello constituyó una invasión más funesta aún que la de los vándalos.

Como consecuencia de aquella mortandad, se desencadenó una horrible epidemia de peste, que acabó con los pocos habitantes que quedaban.

Cerca de la parroquia de San Esteban extendíase un mísero barrio de chozas, en una de las cuales habitaba una pobre familia, que, al no poder huir ante los invasores, por el estado de la esposa, permanecieron ocultos y refugiados en su humilde vivienda. Pero habiéndose prendido fuego en todas las chozas vecinas, los escombros derrumbados obstruyeron la puerta de entrada y quedaron enterrados en ella el matrimonio y un niño pequeño. El marido, con grandes esfuerzos, se dedicó a apartar los escombros, hasta dejar la puerta libre, y se lanzó a la calle en busca de algún alimento para los suyos. Al poco rato volvió, feliz, con una vasija de agua y algunas provisiones, que devoraron aquellos seres hambrientos. Al día siguiente, la mujer dio a luz a su segundo hijo, y durante algunos días pudo el padre traer algún alimento para su familia, que se encontraba entre los escombros del barrio abandonado.

Pero un día la espera se hizo interminable para la mujer y el niño, porque pasaban las horas sin que el hombre volviese a su casa. La mujer mandó al niño que saliera a ver si veía a su padre, y el pequeño le encontró cerca de la choza, muerto, víctima de la peste. La mujer, ante la imposibilidad de levantarse en busca de la comida, dio los últimos restos al niño, mientras ella, de sufrimiento y hambre, quedaba desfallecida.

Largo rato debió de durar el desmayo, porque, al volver en sí, encontró al niño pequeño muerto, y al otro rendido de llorar, y, como loca, queriendo salvar la vida del único ser que le quedaba, dio al niño de comer del cadáver de su hermano pequeño, y ella también comió.

Al día siguiente había muerto también el niño mayor, y la mujer se alimentó durante varios días de su hijo fallecido.

Los pocos supervivientes decidieron sanear la ciudad y recoger los cadáveres, y, recorridas las calles, encontraron en la choza a la mujer, casi sin vida, tumbada en el suelo. Llevada a un lugar más hospitalario, relató sus angustias y dejó horrorizados a sus oyentes al referirles que se había comido a sus hijos. Denunciada a las autoridades, fue condenada por ellas, sin tener los jueces en cuenta el atenuante de su trágica situación, a morir apedreada delante de la iglesia de San Esteban.

 

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