LEYENDAS DE VALENCIA – La cueva de la Dona.

Antes de la expulsión de los moriscos, en el reinado de Felipe III, los piratas asolaban las costas de Levante. Encontraban en ellas excelentes refugios naturales, especialmente en los alrededores de Altea, Calpe y Benidorm, donde se abastecían de agua para sus largos viajes de piratería.

Cerca de Altea, en un lugar solitario llamado el Corral de Enrós, vivía un joven matrimonio. El marido era alto, arrogante y vencedor en todos los deportes; la esposa era la más bella mujer que las gentes del país habían visto. Vivían en aquel lugar apartado mientras les arreglaban una casa en el pueblo, y en las ocasiones en que el marido tenía que hacer algún viaje, la mujer se quedaba sola.

Una de las veces en que él se hallaba ausente, desembarcó cerca de Altea una partida de piratas moriscos, renegados y turcos. Se acercaron a la costa, aprovechando la niebla y la oscuridad de la noche, y parte de ellos se dirigieron al Corral de Enrós. Forzaron la puerta de la morada, cargaron lo que les pareció de valor y se llevaron a viva fuerza a la dueña, a la que de nada sirvieron súplicas ni gritos de socorro.

Una vez a bordo, fue presentada al capitán de la nave, y éste, admirado de su hermosura, decidió ofrecérsela, como regalo, el rey de Argel. Dio orden a los marineros de que la respetasen y le quitasen las ligaduras y le concedió una relativa libertad.

Apenas se habían separado de la costa, cuando la guardia de las fortalezas costeras descubrió la presencia de las naves argelinas. En el castillo de Altea y en las torres de Capnegret, La Galera y el Mascarat se tocó a rebato. Los moros izaron las velas y remaron con todas sus fuerzas. Al poco tiempo el mar comenzó a agitarse y el cielo se oscureció, amenazador. Se amainaron las velas, la tripulación se alborotó, y la cautiva, aprovechando la agitación de a bordo, se tiró al agua. Cuando, pasado el peligro, volvió la calma y advirtieron la desaparición de su prisionera, era ya demasiado tarde para emprender su búsqueda.

La animosa joven nadaba con toda su energía hacia la costa. Pero su esfuerzo habría sido inútil, de no haberse encontrado una barquichuela que las olas habían arrebatado de la cubierta de una de las naves moriscas. Subida en tan frágil embarcación, sin timón y sin remos, se entregó a la voluntad del viento. Éste la impulsó, en un principio, hacia la costa argelina, donde la hubiera esperado la esclavitud; pero repentinamente cambió de dirección, y la desgobernada barquichuela se dirigió hacia la sierra de Albir. Corría el peligro de estrellarse contra las peñas; pero quiso la providencia que fuese a entrar por la abertura de una cueva.

Al cabo de algunos días, unos pescadores encontraron en su interior el cuerpo inerte de la hermosa mujer. Creyéndola muerta, algunos de ellos fueron a avisar a la justicia. Los que se quedaron velándola observaron que respiraba; la reanimaron como pudieron, le dieron agua y le improvisaron un lecho. Cuando llegaban las autoridades, se había reanimado del todo. Desde entonces, a aquella cueva se la ha llamado la cueva de la Dona.

 

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