LEYENDAS DE VALENCIA – Indíbil y Mandonio.

Después de la heroica resistencia de los defensores de Sagunto, sitiados por los ejércitos cartagineses al mando de Aníbal, y del aniquilamiento voluntario de sus habitantes, que perecieron lanzándose a las hogueras con sublime heroísmo, Aníbal se estableció en Sagunto. Aquí reconstruyó el castillo para prisión, y en él quedaron encerrados, como rehenes, algunos españoles de las más notables familias, asegurando así la neutralidad del pueblo, mientras él llevaba la guerra a Italia.

Después de la victoria de Cannas, que no supo aprovechar Aníbal para apoderarse de Roma, ésta envió a España un poderoso ejército al mando de los Escipiones para combatir a los diez mil cartagineses que a las órdenes de Asdrúbal habían quedado en España.

Los Escipiones libraron a Sagunto del dominio cartaginés, dieron la libertad a todos los rehenes allí depositados y reedificaron la ciudad, concediendo privilegios a sus nuevos moradores.

Pero algunos españoles, deseando verse libres del yugo extranjero, se reunieron para combatirlos poniéndose al frente de ellos dos nobles hermanos llamados Indíbil y Mandonio, naturales de Játiva y soberanos de unos pequeños estados. Indíbil mandaba los pueblos ilercavones e ilergetes y ausetanos, desde el Mijares hasta Vic, y Mandonio, los pueblos comprendidos en la cuenca del Júcar, que limitaban con los de su hermano.

Los dos procuraban atraerse a los españoles, inculcándoles las ideas de libertad y de patria para combatir al invasor.

Una vez que los romanos habían vencido a los cartagineses, Indíbil y Mandonio se enfrentaron con los ejércitos de Escipión en Cullera, donde fueron derrotados, por la inferioridad de sus tropas, y quedaron prisioneros de los romanos.

Fueron conducidos a Sagunto, junto con sus familias; éstas eran la esposa de Mandonio, llamada Minurra, mujer de extraordinaria belleza, y tres hijas, casi niñas, de Indíbil. Encerraron en un aposento del castillo a las mujeres, siendo tratadas con toda clase de consideraciones y respetos y rodeándolas de comodidades. Pero ellas de nada podían disfrutar, con la enorme angustia de desconocer la suerte de su padre y esposo, y lloraban con gran desconsuelo. Minurra procuraba consolar a las jóvenes con gran entereza, disponiendo su ánimo, si fuera preciso, a la muerte, antes de servir de placer a los romanos.

Publio Cornelio Escipión, vencedor de los cartagineses, tenía veinticinco años y era de arrogante figura y gran generosidad y nobleza, por lo que le querían y respetaban los españoles. Dio orden de que fuera conducida a su presencia la prisionera Minurra. Y ésta fue llevada a una suntuosa estancia, con rico mobiliario y valiosas obras de arte, donde la esperaba Escipión, ataviado con gran magnificencia. Allí le confesó que la había contemplado en otra ocasión y cómo desde entonces había quedado enamorado de su belleza; con apasionado lenguaje fue descubriéndole su loco amor y solicitó ser correspondido por ella, ofreciéndole a cambio la libertad de los suyos.

Pero la hermosa Minurra le rechazó, porque sólo podía amar a su esposo Mandonio, a quien guardaría fidelidad hasta la muerte.

Escipión insistió, con nuevas promesas de felicidad para toda su familia. Pero ella se mantuvo inflexible en su negativa.

Hasta que, irritado, el orgulloso romano dijo:

— ¡Desdichada! ¿Cómo te atreves a oponerte, si ya eres mía por el derecho de guerra sobre las mujeres de los vencidos?

Y Minurra no volvió a la prisión. Alarmadas por su ausencia las hijas de Indíbil y pensando que les pudiera caber igual suerte, se repartieron un veneno que una de ellas llevaba oculto en los pliegues de su túnica, y cuando el carcelero entró a llamarlas, encontró a las tres jóvenes muertas.

Pasaron varios meses de triste cautiverio para los presos españoles, hasta un día trágico en que fueron sacados de sus calabozos y conducidos por varios soldados romanos hasta una playa desierta. Allí observaron que ninguna embarcación los esperaba en la que pudieran ser transportados a otro país. Y, angustiados, meditaban en la suerte que les esperaba. De pronto apareció en la playa una mujer, que llegaba jadeante, metiéndose entre los prisioneros y que llamaba a gritos a su esposo Mandonio. Éste, al verla, corrió a su encuentro, abriendo los brazos para estrecharla entre su pecho; pero ella retrocedió, diciéndole que la pasión del romano se había cebado en ella y después la había entregado para placer de sus oficiales. Se dirigió luego a todos y les comunicó que iban a morir bajo las lanzas romanas y que serían arrojados al mar sus cadáveres. Indíbil preguntó por sus hijas, y Minurra le narró su heroica muerte. Después, ella sacó de su túnica un agudo puñal, lo entregó a su esposo Mandonio, y dijo:

—Todavía puedes hacer en mí justicia… ¡Toma!

Mandonio, ciego de ira, clavó el puñal en el corazón de su esposa y, sangrante aún, se lo hundió en su pecho, cayendo los dos cuerpos juntos.

Indíbil, ante aquellos cadáveres, arengó a los prisioneros, augurando que venideras generaciones vengarían aquellos ultrajes y crímenes, y con el mismo puñal se quitó la vida.

En aquel momento se presentó un centurión, que dio orden de acabar con aquellos hombres, cuyos cadáveres, arrojados al mar, quedaron flotando sobre las olas.

 

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