LEYENDAS DE VALENCIA – El mesón de la calle de Sagunto.

En Valencia, saliendo de la ciudad del Cid por la puerta de Serranos y atravesando el Turia, tiene la entrada la calle de Sagunto. En esta calle había un antiguo mesón para descanso de caminantes, y que hoy, aunque reconstruido, conserva algunos elementos primitivos.

En el año 302 de nuestra Era, cuando España estaba dominada por los romanos, eran conducidos, un atardecer, entre unos soldados, por la calle de Sagunto, dos hombres presos, maniatados como malhechores.

Una multitud los esperaba para verlos pasar el puente sobre el Turia. Causa de esta expectación era la fama de santidad de aquellos dos hombres. Uno de ellos, joven, llamado Vicente, de padres valencianos, aunque nacido en Huesca, había conquistado la admiración de las gentes por su talento y grandes virtudes, así como por su entereza y valor en las continuas predicaciones en tierras de España y Roma defendiendo la doctrina de Cristo, sin temor a los castigos de los romanos ni aun a la muerte. El otro, ya anciano, era venerado entre los cristianos como un supremo jefe de la Iglesia; se llamaba Valero y era obispo de Cesaraugusta. Los llevaban a Valencia para hacerles apostatar en público o recibir, si no, un castigo ejemplar.

Por el Turia, entre las numerosas embarcaciones, llegaba una barca grande, con forzudos remeros, que conducía a tres respetables varones, que, al saltar a tierra, fueron saludados con respeto por los hombres allí congregados. Uno de ellos, llamado Emilio, tenía gran autoridad y recorría los grupos dando órdenes. Habían acordado que la multitud se concentrara en el puente para impedir el paso de los soldados, y en el momento en que fueran a cruzarlo los prisioneros, caer sobre los sayones que los conducían y, aprovechando la confusión, huir con los presos por el río hasta ponerlos a salvo.

Al aparecer, a lo lejos, los dos prisioneros, una conmoción agitó a la multitud, que se apiñó sobre el puente, sin que lograran los soldados poner orden ni abrir paso entre ellos. Venían conducidos y rodeados por un centenar de soldados. Valero, el más anciano, con larga barba blanca, reflejaba en su semblante la paz de su alma y caminaba majestuoso, como inundado de luz celestial. El otro era su diácono; de unos treinta años, de rostro atrayente y sereno. Su presencia fue recibida con gritos, que exasperaban a la soldadesca. De pronto cundió la noticia de que los prisioneros habían sido encerrados en el mesón de la calle de Sagunto, al comprender los romanos la idea de los cristianos de impedirles el paso. Viéndose burlados, los cristianos decidieron asaltar el mesón aquella noche y apoderarse de los presos. Pero, descubiertos sus nuevos planes, fue detenido Emilio y, haciendo una gran redada de cristianos, desalojaron el puente. En el mesón separaron a los dos presos. El diácono Vicente, llevado a la planta baja, fue atado a una columna, que aún se conserva, donde pasó toda la noche.

Cuando amanecía, fueron sacados los presos del mesón para conducirlos a la cárcel. Al pasar por el puente del Turia, vieron doce cadáveres, con las cabezas separadas del tronco, esparcidos por el suelo. Ante las preguntas de los detenidos, el centurión les explicó que habían intentado libertarlos el día anterior, y que, descubiertos, habían pagado su insensatez con la vida. Los presos se conmovieron ante aquellas víctimas, expresando en alta voz la dicha que habían conseguido aquellos cristianos con la palma del martirio. Uno de ellos era el cadáver de Emilio.

En la cárcel los encerraron en distintos calabozos, sometiéndolos a terribles martirios para que abjuraran de su fe. Ellos se resistieron con entereza. El suplicio de Vicente duró hasta el 22 de enero de 313, en que su cadáver fue arrojado a un muladar, donde los cristianos erigieron el santuario de San Vicente de Roqueta.

 

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