LEYENDAS DE TOLEDO- LA JUDÍA RAQUEL

La judía Raquel

En todo el reino de Toledo no había mujer de más perfecta belleza que la judía Raquel. Era todavía muy niña y ya su fama de hermosa se había extendido entre todos los habitantes de la ciudad, que discurrían los medios de que podrían valerse para contemplar aquel rostro de estatua y aquellos soñadores ojos verdes, bajo el marco de sus negros y sedosos cabellos, peinados en dos largas trenzas.

Raquel era huérfana de padre y podía vivir holgadamente con la pequeña fortuna que de él heredara; pero la predicción de una gitana de «sus amores con un rey» la hacía soñar con grandezas y vivir rodeada de fantásticas ilusiones, que transformaban en su imaginación su humilde vida en maravillas orientales.

Un hermoso día, Raquel contemplaba en su jardín cómo una paloma era perseguida por un halcón, que furioso, intentaba lanzarse sobre ella para darle muerte. La judía seguía aquella lucha con gran interés y compasión por la pobre paloma, a punto ya de caer en las garras del ave de rapiña. Más en aquel momento apareció un cazador, que de un disparo dio muerte al halcón, salvando así la vida a la paloma. Después se dirigió a Raquel y cortésmente le ofreció sus excusas por el atrevimiento de su balcón, que había alterado el descanso de la bella muchacha.

Era el cazador de una distinción exquisita, joven y arrogante, y revelaba en su presencia ser un noble caballero. Admirado quedó de la belleza extraordinaria de aquella niña: nunca en su vida había visto ninguna semejante, y con delicada galantería le manifestó el afecto que había causado en él su hermosura, despidiéndose a continuación de ella. Raquel quedó halagada por las galanterías de aquel noble y deseó volver a verle. Pronto vio cumplido su deseo, pues a partir de entonces, las visitas del caballero a la hermosa judía fueron muy frecuentes, hasta que ella comprendió que estaba locamente enamorada de él.

Cuando Raquel oyó de labios del caballero la inmensa pasión que en él había despertado su belleza, su amor se desbordó, sumergiéndolos en un mar de delicias. Se sintieron felices comunicándose su pasión durante cierto tiempo, pero un día él le descubrió que era Alfonso VIII y la joven se horrorizó ante el abismo que se abría a sus pies y los separaba; su unión con el rey era imposible. Sin embargo, su amor, más fuerte que su vida, le impedía renunciar a él y se dejó arrastrar por su fatal destino con su corazón fundido en el de aquel hombre. La predicción de la gitana se había cumplido. Los mismos sentimientos animaban a Alfonso VIII, que, enteramente entregado al amor de aquella maravillosa mujer, por la que hubiera dado su reino, llegó a ser su obsesión constante. ¡Feliz hubiera sido desposándose y compartiendo con ella la corona! Pero era ya tarde, porque él estaba casado y no se podía deshacer, ni la razón de estado se lo hubiera permitido.

No tenía otro camino que seguir su fatalidad, pero al lado de Raquel, pues sin ella le era preferible la muerte; así, pues, continuó gozando, a ratos, de aquel amor que le compensaba todas las amarguras de su vida, llegando a dominarle hasta abandonar los asuntos del reino, por consagrarse a ella.

Se alarmaron los cortesanos con la mudanza de su señor y así se lo comunicaron a la reina, que en silencio sufría el más completo abandono de su esposo, y juntos decidieron indagar la causa que trastornaba al monarca.

El rey fue espiado y muy pronto dieron con la casa de la judía Raquel; la noticia enfureció a la reina, que, rabiosa de celos, sintió el ansia de vengarse. La soberana informó a los magnates y a la Iglesia de la conducta de su esposo, de cómo, olvidando sus deberes sagrados, se entregaba a los brazos de una infiel. Alarmados todos por el descubrimiento, llegaron a un terrible acuerdo.

Asuntos del reino obligaron a Alfonso a ausentarse y, aprovechando esta ocasión, unos emisarios del furor de la celosa reina y de los fieros magnates, entraron de noche en la casa de Raquel y la asesinaron villanamente, dejándola en el lecho con el corazón traspasado.

Al volver el rey y ver lo ocurrido, enloqueció de dolor; rápidamente ordenó el destierro de todos los que él sospechaba autores del crimen, incluso de la reina, a quien odiaba, y se entregó a su devoradora pena. Mandó construir un suntuoso sepulcro, donde enterró a Raquel y con ella su corazón, y allí, llorando, pasó media vida sin encontrar consuelo a su dolor.

Mucho tiempo transcurrió desde la muerte de aquella mujer, dueña de sus afectos, sin que el monarca reaccionara; sentía siempre sangrar su herida como en el primer instante. Pero un día, en que apenado estaba orando sobre la tumba de su amada, se le apareció un ángel anunciándole la pérdida de sus hijos varones y su derrota de Alarcos, y que conseguiría el perdón de Dios y su consuelo volviendo a su antigua vida y al cuidado de su reino.

Al rey le pareció que era la voz de su eternamente amada que le alentaba desde el infinito, y volvió a dedicarse a la reconquista de su patria, guerreando contra los moros y demostrando en todos los combates un valor heroico y un desprecio absoluto de la vida. Y dicen que la muerte le halló sonriente, como acariciado por la mano invisible de Raquel.

 

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