LEYENDAS DE TOLEDO- LA HECHIERA MARTA

La hechicera Marta

AIlá por los años de 1420 acababa de ser declarado mayor de edad don luan II de Castilla, cuando en Valladolid vivía un caballero, cubierto de gloria y de honores, más desprovisto de fortuna. Empleó su juventud peleando contra ingleses y portugueses en tiempo de luan I, sin recibir por ello ninguna recompensa ni entrar en el reparto que de Castilla se hizo a los nobles en tiempos de Enrique III. Después había defendido la causa de don Fernando de Antequera, por lo que, al advenimiento de Juan II, cayó en la desgracia del nuevo rey, viviendo retirado de la corte sin otra ilusión en el mundo que su bellísima hija Marta, de excepcionales cualidades, que constituía toda la fortuna del anciano.

En la corte de Juan II empezaba a sobresalir un paje de lanza del rey, que se atrajo la amistad y el afecto del monarca; se llamaba don Álvaro de Luna y era sobrino del papa Benedicto XIII (Pedro de Luna); pronto conquistó el joven con su simpatía todas las voluntades, concediéndole cargos de confianza y adquiriendo gran relieve su fuerte personalidad.

Con ocasión de unas fiestas celebradas en Valladolid, don Álvaro de Luna conoció a Marta y, deslumbrado ante su belleza, se enamoró apasionadamente de ella, siendo su amor correspondido por la joven, que admiraba la bizarría y el valor de su pretendiente.

Pasaron varios años en amorosos coloquios. Pero don Álvaro fue encumbrándose, llegando a ser el favorito del monarca, y, cegado por su ambición, abandonó a Marta, después de deshonrarla, quedando la desgraciada sin más consuelo que su anciano padre.

Pasó un año, y una noche unos enmascarados asaltaron la casa de Marta, llevándose a su hijo y dejando muerto en el suelo a su padre, que intentó impedirlo. Nadie pudo descubrir el paradero del niño, y aquella mujer quedó en la más horrenda desolación, sin encontrar consuelo en el mundo.

Transcurrieron muchos años; el condestable se había construido un soberbio palacio en Escalona, de espesos muros y almenadas murallas y flanqueado por dos fuertes torres. Los salones estaban decorados con riquísimos damascos y brocados de oro, el mobiliario era de incalculable valor y abundaban los objetos de arte y valiosas joyas de orfebrería.

El rey de Castilla, Juan II, y su nueva esposa, doña Isabel de Portugal, eran los huéspedes de honor de don Álvaro. Éste deseaba atraerse a la joven reina, como lo había conseguido del monarca. Estaban asimismo invitados el arzobispo de Toledo y los más nobles caballeros de las cortes de Castilla y Portugal. Durante las jornadas de la estancia regia, se desvivía por obsequiarlos con torneos y fiestas, queriendo emular al más poderoso monarca. Pero a la joven reina la contrariaba aquella magnificencia en que vivía don Álvaro, superior a la de los reyes.

En los arrabales de la villa vivía una mendiga, conocedora de las ciencias ocultas, que conjuraba a los espíritus, sanaba enfermedades y leía el porvenir en las estrellas y en las plantas. Los habitantes de la comarca iban a consultarla en sus inquietudes, y ella les averiguaba la causa de sus males y les preparaba los remedios con sus mágicos conocimientos. Todos la conocían por la Hechicera y era respetada por ellos. El mismo don Álvaro, que con su poder le hubiera dado muerte o expulsado de sus dominios, le permitía continuar ejerciendo sus actividades.

Una noche, mientras en el palacio del condestable se celebraba una espléndida fiesta, y en la villa reinaba el más profundo silencio en sus desiertas calles, sólo interrumpido por el alerta de los centinelas, una mujer, impasible ante el viento y la lluvia, que empapaba sus ropas, llegó al pie del castillo y, rodeando las murallas, llamó a una puerta, que se abrió a sus misteriosas palabras, desapareciendo en su interior.

Se acababan de retirar a sus habitaciones los habitantes del castillo, fatigados de las fiestas de aquella jornada. Don Álvaro, acostado en su lujoso lecho, no podía conciliar el sueño; mil angustias y cuidados le atormentaban, quitándole la paz necesaria para dormir. De pronto se abrió una pequeña puerta secreta en su cámara y apareció por ella una mujer demacrada y de aspecto miserable, con sus cabellos empapados de agua y como una furia se acercó al lecho. Don Álvaro reconoció en ella a la hechicera e intentó levantarse para echarla, pero ella le dijo: (No me iré mientras no me devuelvas a mi hijo que me robaste».

Y don Álvaro cayó desplomado en el suelo sin conocimiento, como herido por una mano invisible.

La mujer huyó por la misma puerta por la que había venido.

Al día siguiente se levantó el condestable como si nada hubiera ocurrido y se preparó, como todos los invitados, para asistir a una gran cacería. En la explanada del castillo esperaban los monteros con jaurías de perros y halcones; fueron llegando todos los nobles y, por último, aparecieron los reyes. Se puso en marcha la comitiva, yendo también el hijo de don Álvaro, llamado luan, joven gallardo y valeroso, que contaba veintidós años. Al atravesar las calles de la ciudad, salió del Arco de Santa María una mujer que, conducida por algunos soldados, daba terribles chillidos. La reina la vio y, compadecida de ella y con curiosidad al oír que era una hechicera, le preguntó el porvenir. A lo que contestó la hechicera: «Vos, señora, libraréis a Castilla de un monstruo que la devora hace treinta años»; y miró al condestable. Dirigiéndose al rey, le dijo: «Vos moriréis de sufrimiento por la mejor cosa que en toda vuestra vida habéis de hacer, que será decapitar al hombre más orgulloso de Castilla». Y al condestable: «Vos moriréis en Cadalso», a lo que contestó: «Yo desmentiré esa profecía no volviendo a entrar en ese pueblo». Al de Villena le dijo: «Vos poseeréis en breve esta población, con todos sus alcázares y sus tierras». Y la hechicera desapareció. Todos quedaron preocupados por las profecías, excepto el de Villena, y se internaron en el bosque.

Allí, persiguiendo una res herida, corrió a todo galope el hijo de don Álvaro, pero desbocado su caballo, le derribó en tierra. En aquel momento la hechicera se acercó a él y rápidamente le desabrochó el jubón, buscando en su pecho alguna señal para reconocerle, y descorazonada al ver que no era el que buscaba, le clavó una daga en el pecho. El hijo del condestable no murió de la herida de la hechicera, pero don Álvaro la condenó a morir colgada de una almena, donde estuvo varias horas balanceándose su cadáver, hasta que, cortada la cuerda, su cuerpo fue a estrellarse contra las rocas del fondo del barranco. Así terminó aquella bellísima mujer llamada Marta, que en su juventud cautivara a don Álvaro.

Las profecías de la hechicera se cumplieron todas:

La reina fue la causa de la perdición de don Álvaro, quien terminó en un cadalso. El rey murió de sentimiento por haberle ahorcado, un año después, y la villa de Escalona pasó a manos del marqués de Villena, privado de Enrique IV de Castilla.

 

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